lunes, 8 de junio de 2020

Los alegres muchachos de Atzavara de M.V. Montalbén


Problemas ante el espejo
EL PAÍS, 31 / 1 / 1988


Los alegres muchachos de Atzavara

Vázquez Montalbán es uno de esos autores de los que suele decirse que no necesitan presentación. Suele ocurrir, sin embargo, que los personajes que no requieren presentación son los que más necesitan de ella si quien a ellos se acerca pretende evitar el alud de clichés que los rodean.
A riesgo de generalizar en exceso, entiendo que toda la novela española actual tiene un origen común: el realismo. Ha nacido con él o contra él, pero en el realismo tiene su referente insoslayable, lo que un freudiano llamaría su imago paterna. Matar al padre es bueno y necesario. Lo malo es que pocos —Benet, Mendoza, Millás, Guelbenzu, Gándara— se dieron cuenta de que ya antes del asesinato aquel padre era un cadáver, y muchos fueron los que perdieron tiempo y aliento en sembrar de cuchilladas el cuerpo de un fantasma con la triste consecuencia de que todavía hoy arrastran su desorientación y orfandad por las calles de las últimas literaturas germánicas, sajonas o italianas.

Vázquez Montalbán lo tuvo fácil: estaba al lado del realismo cuando el realismomurió. No perdió el tiempo haciendo leña del árbol caído. Dejó que los muertos enterrasen a sus muertos y salió a la calle. Sin complejo de culpa encima, la literatura de Vázquez Montalbán recogió lo mejor de la herencia del realismo: la voluntad de narrar los cambios de conciencia —Una educación sentimental—, y abandonó lo peor: su idealismo paternalista —En Los mares del Sur—. No es de extrañar que con ese equipaje encontrase en el género policíaco su terreno apropiado, en donde, hasta el momento, ha logrado sus mejores resultados.
Desde la novela de género, Vázquez Montalbán ha trazado una crónica de lo contemporáneo y lo ha hecho cumpliendo la exigencia mínima que cabe pedirle a un escritor que se acoge a una retórica: violar y modificar esa retórica. Lo que no le ha impedido caer en su propia tentación: en la reproducción estática del género que él mismo había construido: la novela policiaca de Vázquez Montalbán. Llegó así un momento en el que era evidente que el desarrollo de su obra implicaba la ruptura con esa serie: su punto de vista se estaba volviendo manierista e insuficiente. Los alegres muchachos de Atzavara, como El pianista, proviene, entendemos, de esa necesidad.
En la novela, Vázquez Montalbán parece haberse propuesto abordar —narrativamente— las raíces de nuestro presente. Se remonta para ello al año 1974 —el año de la flebitis de Franco— y se centra en un grupo de exquisitos veraneantes que entretienen sus vidas jugando a sentirse libres y liberados. Por sus perfiles cabría decir que nos encontramos con lo que podríamos llamar el antifranquismo sociológico, es decir, entre gente que vive en la privacidad, se asoma a otros espejos —vía sexo— y acaba por reacomodarse en lo privado. La novela es la historia de ese impotente intento de asomarse al exterior, "y si al romperlos (los espejos) te quedas para siempre sin la antigua imagen a cambio de no tener una imagen de repuesto". En ese sentido, la novela podría entenderse como un acercamiento a los materiales humanos disponibles antes de la transición.
"Una novela es una impresión personal de la vida. Veo dramas dentro de los dramas e innumerables puntos de vista". La frase de Henry James se ajusta a Los alegres muchachos de Atzavara. A partir de cuatro puntos de vista, la novela se entreteje. Esta técnica —esta actitud ética y estética— requiere que el escritor seleccione equilibrada y certeramente los materiales con los que va a trabajar: el hecho o experiencia sobre el que recaerán los diferentes puntos de vista y los soportes de esos puntos de vista.
En estos tres aspectos la novela presenta grietas. La experiencia catártica no coincide para cada voz narrativa; en cada narración la voz del escritor interfiere en el discurso del personaje, y la selección de puntos de vista deja fuera de juego a las presencias más significativas del grupo. Valga como ejemplo de lo dicho el momento en que el primer narrador, un miembro del proletariado de nuevo cuño, valora su historia: "Pasada aquella experiencia, ni ellos pueden esperar nada de mí, ni yo nada de ellos". Tal conclusión es exterior a la novela. Nada en ella narra este juicio, pues ni antes ni después de la experiencia ellos esperaban nada de él.
La novela, sin embargo, acaba imponiéndose al lector, y éste agradece que alguien le permita disfrutar con una lectura que le lleva a dialogar consigo mismo.



viernes, 5 de junio de 2020

Los autores no escriben libros. Entrevista

20/10/2015 Constantino Bertolo

“La literatura se está integrando a las industrias del ocio y del entretenimiento”

En La cena de los notables, el ensayista y editor español Constantino Bértolo argumenta sobre la articulación creciente entre el complejo editorial-mediático, internet y las redes sociales, mostrando cierta desconfianza respecto a que esa transición de haya completado y a la vez mostrando, todavía, cierta confianza respecto a las condiciones de recepción de la literatura, si es que ésta sostiene alguna condición refractaria a la mercantilización generalizada.

Por Pablo E. Chacón

El libro, publicado por la editorial Mar Dulce, es una de las diversas intervenciones del autor en el campo de la crítica, además de su trabajo como editor en Debate y Caballo de Troya.

Bértolo nació en Navia de Suarna en 1946 y esta es la conversación que sostuvo con Télam.

T : ¿Cuánto y cómo, y en base a qué criterios ha cambiado el mercado editorial contemporáneo desde la popularización de las redes sociales?
CB : Entiendo que la aparición de internet y el espacio de las redes sociales han alterado aspectos fundamentales de la actividad editorial, aunque sus repercusiones sobre el mercado todavía no sean de momento demasiado relevantes. Hasta la aparición de internet, las editoriales tradicionales -en papel- tenían el monopolio de la selección de textos. Eran las editoriales las que determinaban en primera instancia quétextos privados-aquellos que algunas personas escriben en sus casas de manera particular y espontánea- van a convertirse, mediantela publicaciónentextos públicosque era condición necesaria, aunque no suficiente, para poder llegar a ser considerados comoliterarios. Internet ha permitido que ahora los textos privadosse hagan públicosa través de la red sin que se requiera la homologación de una editorial. Cierto que el carácter de espacio público de la red es algo cuestionable, perola publicación en la red permite el acceso de los lectores a los textos sin tener que recurrir al libro impreso (no olvidemos que en realidad los autores no escriben libros sino textos; los libros los hacen las editoriales). Por otra parte, el segundo momento de la actividad editorial,hacer llegar al públicolo que se edita -editar es hacer público-, también se ha visto alterado por la aparición de la red, pues si antes esa era tarea de la promoción y el marketing editorial, y de la intervención de la crítica a través principalmente de los medios de comunicación tradicionales, ahora la propia red a través de blogs o páginas web interviene en ese dar a conocer y valorar, tanto los textos aparecidos en la red como los libros que la industria editorial pone en circulación. Pero también aquí el papel de la red sigue siendo de momento subsidiario de los sistemas tradicionales en papel: suplementos culturales, revistas literarias. En resumen: de momento, la red no ha conseguido romper el poder de jerarquizar, que sigue en manos de los medios tradicionales.

T : ¿Ha sido ese un factor clave o hay otros? En caso de haberlos, ¿cuáles serán?
B : Desde mi punto de vista, los cambios en el mercado editorial han sido, por una parte, los nuevos criterios en la contabilidad que imponen las multinacionales haciendo que los libros en almacén dejen de considerarse un activo para pasar a contabilizarse como un pasivo que además genera gastos de almacenaje, y por otra parte, la introducción, vía esas mismas multinacionales, del sistema depre-venta, mediante el cual las editoriales fijan, en primera instancia, aspectos cuantitativos como las tiradas sino también, y a medio plazo determina los criterios de selección de los catálogos. Estos son, en mi opinión, los dos aspectos que -propiciados a su vez por el proceso de concentración empresarial- más han alterado el mercado editorial en los últimos veinticinco años.

T : Acaso la mutación sea tan brutal que faltan elementos para pensarla. Eso también se lo pregunto.
B : De momento, y seguramente porquelos intereses creadosalrededor de la actual logística de distribución y venta obligan a la prudencia, lo digital no ha dado lugar a mutaciones radicales. Con todo, es evidente que la edición digital, por cuanto altera los costes de producción, logística y circulación, está llamada a cobrar protagonismo y hegemonía. Tengo, además, la impresión de que las nuevas tecnologías, como la red, la impresión digital y los nuevos soportes de lectura están propiciando unadesacralizacióndel objeto libro. Faltan, en efecto, elementos para pensar los cambios que estas novedades acabarán produciendo, pero no deja de ser llamativo que, por ejemplo, en las revistas de decoración de interiores, las librerías están despareciendo. La librería está dejando de ser elreflejo del alma cultural; el espacio alrededor del ordenador ya no visualiza esa distinción que las bibliotecas personales vehiculaban. El libro como decoración(de lo exterior y acaso también delo interior) parece estar dejando de estar de moda.

T : La figura del crítico literario (el periodista cultural, que no es necesariamente un crítico literario), ¿ha entrado en decadencia frente a los expertos en mercadotecnia y a los análisis de los algoritmos de ventas?
B : Sobre la literatura, que sea lo que esta sea pues indudablemente su definición es una cuestión muy compleja. Sin duda, mantiene ciertos rasgos dedistinción, de consumo minoritario, de prestigio, pero se está integrando de manera acelerada en lo que llamamos industrias del ocio y el entretenimiento. Y en ese sentido se ha dejado de responder a una economía de demanda para reconvertirse en una economía de oferta obligada, por tanto a intervenir en la creación de las necesidades correspondientes: qué leer, cómo leer, qué sentir. La crítica tradicionalmente, al menos en teoría venía acribarsi las obras literarias publicadas respondían a los valores humanistas que supuestamente la sociedad demandaba. Al pasar de la economía de demanda a la de oferta, la crítica se convierte en un mecanismo de información, al servicio del qué consumir. Sobrevive en parte la vieja idea neo-elitista de queser culto es saber consumir; la crítica cumple un papel de cierta relevancia en ese campo. Pero el grueso de la producción de necesidades, del qué leer, reside hoy en los propios aparatos de producción editorial, es decir, en las actividades de marketing, promoción y publicidad y en ese campo, la crítica no deja de cumplir el papel de publicidad de coste cero y de escaso impacto: es el propio mercado quien acaba determinando de manera mayoritaria qué es lo que se lee y cómo la crítica debe atender eso. Su influencia varía según los nichos de mercado existentes, su escala y características, pero en general la crítica cultural, ya sea por la vía de los suplementos o del periodismo cultural, no deja de ser compañera de viaje de la publicidad mercantil. Periodismo cultural, además, parece un oxímoron paradójico, pues mientras el periodismo trata de la actualidad, por cultura todavía entendemos aquellos que está por encima de lo temporal.

T : ¿Es inevitable si se acepta al lector como un cliente, al libro como una mercancía?
B : En efecto, solo considerando al lector comopúblico, es decir, comoacompañanteen el trayecto de vivir, alguien que comparte el interés por construir una idea de bien común que haga la vida más justa y razonable, el libro dejaría ser una mercancía. Su valor vendría determinado por su valor de uso, por su utilidad social. Lo curioso es que una consideración semejante que hoy nos parece utópica es la que subyace en una realidad que ha existido hasta ahora mismo: las bibliotecas públicas. Lo triste es que esa realidad está hoy también amenazada por una lectura codiciosa y económicamente sesgada de la propiedad intelectual: las palabras, las historias son palabras e historias colectivas y aunque ciertamente es necesario devolver a las autoría su tiempo de trabajo, la autoría no tiene por qué convertirse en una renta de propiedad (compartida entre el empresario-editor y los autores). No deja de ser curioso que a la mayoría de los autores se les llene la boca de humanismo barato cuando hablan de que un libro sin lector es un libro muerto pero luego busquen exprimir el bolsillo de los que los resucitan.

T : En su opinión, ¿cuál es el futuro de la literatura, que es radicalmente subversiva, en un mundo homogeneizado por los grandes complejos editoriales y mediáticos?
B : Lo complicado resulta definir o delimitar qué es la literatura subversiva. Corrientemente se viene entendiendo por tal aquella que refleja en los textos los valores de las fuerzas que se oponen al sistema capitalista. Y sin duda hay ciertos textos que contribuyen a cuestionar el imaginario ideológico capitalista. Sus efectos subversivos dependen, en mi opinión, de las condiciones de recepción: en un contexto de tensión revolucionaria, un libro puede resultar subversivo; en un contexto de sociedades autosatisfechas ese mismo libro no dejaría de ser digerido por algún segmento del mercado sin causar más problemas. En todo caso, los libros, en mayor o menor grado, participan en el cuestionamiento de las palabras y participan en la construcción del sistema de miedos y deseos. Al fin y al cabo no debemos olvidar que parte de la civilización oincivilización contemporánea tiene en su base libros como la Biblia, el Nuevo Testamento o el Corán. Pero la cosa se complica si pensamos, y eso es parte de mi pensamiento, que la literatura integra toda una serie de momentos y actividades que van más allá de la escritura de textos. Para mí, el sistema de edición y circulación del libro es parte constituyente de lo literario. La lectura no empieza cuando se abre la primera página del libro sino mucho antes. Lo interesante es analizar cómo es el proceso a través del cual un libro llega hasta nosotros o notros llegamos a él. La materialidad de ese camino previo forma parte de lo literario, de la literatura. Una literatura subversiva seguramente exige un sistema editorial subversivo, un campo de lecturas subversivo y un sistema de producción de necesidades subversivo. Eso exige la existencia de espacios políticos subversivos con relevancia cultural y social. Algo difícil de conseguir pero no imposible. Al fin y al cabo, la literatura que más me interesa es aquella que convierte en verosímil lo que hasta entonces pasaba por inverosímil.


sábado, 16 de mayo de 2020

Huelgas, revueltas, revoluciones





Crítico literario, escritor y actualmente también director del sello editorial Caballo de Troya, Constantino Bértolo (Lugo, 1946) nos ofrece en Libro de huelgas, revueltas y revoluciones una completa selección de textos históricos y literarios en los que la palabra se muestra como la herramienta perfecta (o casi) para la difusión de distintos mensajes sociales y reivindicativos.

Publicado por 451 editores, en Libro de huelgas, revueltas y revoluciones podemos encontrar desde El paraíso perdido de Milton o Discurso en las Cortes de Clara Campoamor hasta El vano ayer de Isaac Rosa o La educación sentimental de Flaubert. Como viene siendo habitual dentro de la magnífica colección “451.zip”, de la que forma parte este libro, unas sugerentes y acertadas ilustraciones acompañan cada capítulo.

ÁMBITO CULTURAL: En Libro de huelgas, revueltas y revoluciones encontramos textos históricos y literarios de épocas muy diferentes. ¿Qué tienen en común? ¿Por qué esta selección?

CONSTANTINO BÉRTOLO: Se trataba de crear dentro de lo posible un libro con unidad interna, que pudiese ser leído como una narración, sobre el esfuerzo de hombres y mujeres para sacudirse el yugo de la explotación tanto de los cuerpos como de las almas, entendiendo por estas últimas el lugar donde reside la capacidad de imaginar. Dentro de los límites que todo proyecto editorial acarrea: textos limitados en extensión, derechos de reproducción posibles, etc… que no hicieron posible recoger episodios como las guerras de liberación de las antiguas colonias españolas en Latinoamérica o la misma Revolución Cubana, se trazó un eje histórico tratando de aunar la representatividad, la calidad y la amenidad.

AC: Los textos históricos incluidos (como el discurso ante las Cortes de Clara Campoamor o la Carta a un francés de Frantz Fanon) son esencialmente distintos a los textos literarios (como, por ejemplo, los relatos de Mark Twain o Stefan Zweig). ¿Podemos leer del mismo modo producciones provenientes de campos tan distintos?

CB: Eso se pretendía. La literatura se viene identificando con aquellos textos que recalcan la vida interior, lo imaginativo o la llamada sensibilidad estética pero históricamente la oratoria, los sermones, los manifiestos o la propaganda constituyen formas tradicionales de la expresión literaria y con esa vocación de “recolocar” lo literario en un espacio más amplio se eligieron los textos que cita. Al fin y al cabo la propia Biblia o El libro de las fundaciones, de Teresa de Ávila no dejan de ser obras de propaganda.

AC: El texto sobre el feudalismo es extraordinario, pero no narra una revuelta cuyo fin sea acabar con el poder establecido, sino una lucha entre señores iguales, librada por los súbditos. ¿Por qué eligió para ilustrar la situación social en el Medievo una narración de estas características, es decir, un texto que finalmente justifica el poder sin cuestionarlo?

CB: Lo que comenta es cierto aunque hay que señalar que al final del texto “el pueblo” no respeta el pacto entre “domines” y ahorca a los señores del castillo. La historias de las luchas y revueltas se producen en situaciones concretas y en el texto elegido, como en Fuenteovejuna, las luchas contra el poder feudal tienen lugar en medio de la reorganización del proyecto de las monarquías y eso explica la aparente contradicción. También durante la Revolución Francesa el proletariado, que apenas estaba emergiendo, lucha al lado de la burguesía que luego lo explotará y reprimirá.

AC: Cito a Sofía Casanova: “No es posible escribir literariamente, ni casi con sintaxis, de lo que ocurre. Se atropellan los hechos, y hay que hacer cronología y sintetizar la situación”. El texto, incluido en su libro, es de 1917 y narra acontecimientos contemporáneos. En su opinión, ¿qué escritores actuales, españoles o no, están siendo capaces de trasladar al papel visiones amplias y coherentes del momento que vivimos?

CB: Ofreciéndonos visiones del momento hay muchos, que narren acontecimientos hay pocos porque para eso se requiere un pensamiento literario capaz de “ver” en el espacio y en el tiempo. La desaparición del espacio (sustituido por el escaparate) y del tiempo (sustituido por la repetición) como coordenadas del quehacer humano es propio de la postmodernidad en cuyo flujo o reflujo todavía habitamos. No doy nombres porque las excepciones, que las hay aunque pocas, confirman la regla y a veces determinar el nombre de los árboles no deja ver el bosque ni, suelo añadir, el terreno sobre el que crecen.

AC: Pese a las diferencias de proveniencia, intención y tono en los textos escogidos, parece que es posible reconstruir una visión de la revolución como una lucha contra el poder en la que los combatientes están dispuestos a dar la vida por su noción de justicia o por otros seres humanos. No es un ideal nuevo, pero ¿es un ideal vigente?

CB: Vigente en las culturas occidentales no parece, pero si salimos de nuestro etnocentrismo rampante y nos acercamos, por ejemplo, a los movimientos de emancipación económica y social que están emergiendo en países de Latinoamérica como Bolivia, Ecuador o Venezuela nos llevaríamos sorpresas. No conviene olvidar que hay cinco ciudadanos cubanos que sufren cárcel en los EEUU precisamente porque se jugaron la vida para intentar neutralizar los ataques terroristas contra sus conciudadanos. Que la lucha de clases en Europa atraviese un momento de reflujo en el que ni siquiera los empleados son capaces de protestar ante la arbitrariedad de ERES o despidos masivos, no significa que el ideal haya desaparecido.

AC: ¿Cómo puede la palabra ser útil en la revolución? ¿Es la utilidad un concepto que deban considerar los escritores?

CB: La palabra de los escritores, como la de otros muchos, son palabras públicas y por tanto tienen efectos sobre el conjunto social, son útiles, para unas u otras cosas. Para la revolución son sin duda más útiles las acciones que las palabras pero estas también pueden servir. Imagine que usted, es un ejemplo no se preocupe, envía un email al responsable de Recursos Humanos de su empresa, con copia abierta a todos los trabajadores, preguntando cuales son los sueldos de los directivos. A usted seguramente le despedirán pero casi seguro que sus palabras servirán para que sus compañeros comprueben que las democracias que nos venden no se basan en la transparencia ni en la participación sino en el secretismo de los privilegiados.

AC: Hablemos de nuestro tiempo. El concepto de “compromiso” tal como se entendía en la literatura de hace cuarenta años parece haber sido acallado de manera muy efectiva en el debate dominante. ¿Sigue vivo? ¿Por qué ha sido sustituido?

CB: Compromiso es aquello que te compromete, es decir, que pone en riesgo tu sueldo o tu estatus profesional o tu estatus social, o te compromete con alguien que puede pedirte cuentas. Hoy de eso queda muy poco porque el capitalismo nos tiene aterrorizados a todos. Estamos comprometidos con nuestras hipotecas y con la precariedad amenazante del entorno. El compromiso ha sido sustituido por la ética de las ONG: no molestar al poder.

AC: En palabras de Olivier Rolin, mayo del 68 parece la caricatura de mayo del 68 vista a través de la autocomplacencia. Es uno de los textos más duros del libro, pues nos pone frente a ideales nobles y genuinamente románticos que nuestro sistema ha destruido, forzándonos a verlos como si fueran ridículos. ¿Por qué ha elegido ese fragmento?

CB: Porque creo que resume bien la interesada derrota de toda esa generación que llamamos sesentayochista que es la que ha nutrido, hasta ya mismo, buena parte los cuadros dirigentes del capitalismo en su fase de expansión neoliberal. Una derrota más sentimental que política porque el 68, que no logró saltar más allá de una pequeña burguesía descontenta con la horteréz de las clases medias, no fue capaz de articularse como un combate de clase. Una izquierda de “queremos lo imposible” será una izquierda muy poética pero políticamente deja mucho que desear. Y creo que actualmente muchos movimientos sociales parecen seguir esos pasos con su permanente miedo a organizarse. El narrador de la novela de Rolin no para de hablar y de explicarse. Lo apreciable en la novela es que es precisamente esa verborrea irreprimible la que nos dice lo queel narrador calla.

AC: Existe una visión, tal vez ingenua, que dice que las grandes obras de la literatura sobresalen casi naturalmente al cabo del tiempo, pero usted apunta en el prólogo a la clase dominante como el factor que relega activamente a los márgenes del mercado a la literatura de “lucha, combate y protesta”. Sin embargo, cualquier librería está llena de ensayos actuales, claros y certeros, sobre la injusticia asesina de nuestro sistema, y no parece que el activismo de nuestro tiempo sea débil ni cínico. ¿Es posible, sin más, que la ficción incendiaria simplemente no interese en estos momentos? ¿Tal vez el ensayo y el documental, géneros de no-ficción, son los vehículos de concienciación de nuestro tiempo?

CB: No comparto exactamente su opinión. Cierto que hay ensayos, sobre todo, que denuncian la injusticia asesina de nuestro tiempo, pero el deseo de justicia, así sin más, no deja de ser una buena intención inoperante y consoladora. Hay muchos libros “de izquierdas” que no paran de preguntarse cómo debe ser la izquierda de nuestro tiempo pero apenas hay teoría deducida de una praxis concreta. Entre otras razones porque apenas hay praxis revolucionarias concretas y las que hay apenas logran hacerse visibles. No quiero decir que el activismo de nuestro tiempo sea cínico o débil, aunque tampoco lo descarto, pero sí me atrevería a afirmar que tiene tanto miedo a ser acusado de antiguo, dogmático, disciplinado o estalinista que el poder debe de estar encantado observando como se entretiene teorizando sobre cómo hacer una tortilla sin romper los huevos o cómo romper los huevos sin mancharse los dedos. Claro que la respuesta a su pregunta ya se encuentra en el cantar del Cid. “Lengua sin manos, cómo osas fablar”.

AC: El único texto que habla del momento actual es una pieza humorística del colectivo Wu Ming que refleja el fracaso de las utopías históricas. Varias facciones antisistema hablan y hablan, aludiendo a la acción revolucionaria no como si fuera una necesidad ni un estímulo, sino sólo como un cliché verbal estéril. ¿Por qué es ese texto el más adecuado para cerrar el libro?

CB: Me gustaba la idea de cerrar el libro con una autocrítica que entiendo más sarcástica que pesimista. Estuve a punto de encargar un texto que narrase un suceso revolucionario que tuviese lugar en el 2010 pero luego pensé que el optimismo gratuito no es, ni mucho menos, lo contrario del pesimismo.

AC: La precisión de su pensamiento y el compromiso con la función última de su profesión le han convertido en una voz única dentro de la crítica de nuestro país. ¿Permite el sistema mercantil, que controla la prensa y las editoriales, que exista la crítica seria?

CB: Suponiendo, que es mucho suponer, que su comentario tuviese algo de cierto, no creo que esa crítica fuera a representar ningún peligro para el sistema. Lo peligroso sería que la crítica con vocación de intervenir no respondiese a uno, tres o diez casos aislados sino a una situación de enfrentamiento cultural con fuertes raíces en un tejido social tenso. No es el caso.

AC: Como editor, ¿qué echa de menos en la narrativa actual, qué tendencias, actitudes o posiciones ante la escritura faltan en nuestro país?

CB: Diría que hay una narrativa dramática que cuenta que hay una silla y dos personajes que se la disputan,y una narrativa lírica que nos cuenta que hay una silla y un personaje que no sabe si sentarse o no en ella. Pues en la narrativa actual abunda lo segundo y escasea lo primero. Los misterios han sustituido a los conflictos, el suspense a la intriga, las simetrías a la trama ylas digresiones metaliterarias a la argumentación del argumento.
Constantino Bértolo


Libro De Huelgas, Revueltas Y Revoluciones
Autor: Constantino Bértolo
Editorial: 451 Editores

domingo, 26 de abril de 2020

LA VERGÜENZA DE CLASE



Las clases
                       Selva Almada


Con unas amigas leímos una novela de Annie Ernaux, El lugar, y nos juntamos a comentarla por videollamada. A todas nos gustó el libro. Yo oscilé toda la lectura entre el encanto y el fastidio, la incomodidad permanente de eso que los lectores llaman “sentirse identificado”. Cuántas veces, en mi adolescencia sobre todo, sentí vergüenza de mi casa sin terminar, de mi ropa comprada en la tienda de usados de una amiga de mi madre –entonces no era cool vestirse con ropa usada, era de pobres nomás–, de mi abuela con la patilla de los lentes remendada con cinta adhesiva. Y luego cuántas veces más me sentí avergonzada de mí misma, de mi origen, con compañeros de facultad o con compañeros de talleres, hijos de la progresía argentina. Ay, la clase. Las clases. Hasta el día de hoy pienso que todo solamente se trata de las clases sociales. Pienso en todos los años y en todo el trabajo que me llevó aprender a hablar bien y a escribir bien para después poder “hacerlo mal”, una búsqueda estética, justicia poética me gusta decirle.

(Fuente www.perfil.com).

jueves, 23 de abril de 2020

UN ESCRITOR POCO SIMPÁTICO


La pasión de la inteligencia



Algunas veces, pocas, muy pocas, la justicia, la justicia literaria, vía Academia Sueca, nos deja ver su mejor cara. V. S. Naipaul lleva años jugando, fuera de su voluntad, y perdiendo en las quinielas del Nobel. Y sin embargo era un Nobel inevitable porque parecía inaudito que el mejor escritor actual en lengua inglesa, y no son palabras mías, no obtuviera tal reconocimiento.

El viernes pasado, en las páginas de «Le Monde des Livres», apareció una entrevista con el secretario permanente de la Academia Sueca, institución en la que se cuece el galardón. Hablando de la necesidad de que el premio se abriera y reconociera las nuevas formas literarias en las que la ficción se entremezcla con el testimonio y lo autobiográfico, el entrevistado citaba el nombre de V. S. Naipaul y su cita era una señal o aviso de este fallo. En mi opinión, sin embargo, con V.S. Naipaul no se premia tan solo una forma de abordar la creación literaria sino un talante y un talento que se asienta sobre los cimientos sobre los que se levanta toda gran literatura: rigor, honestidad narrativa, la palabra justa, imaginación para hacer ver lo que aún estando delante de los ojos no se ve, voluntad de construir, obra a obra, libro a libro, una mirada inteligente y, a la vez, entre la gente. En tiempos como estos, en los que la «literatura simpática» triunfa por doquier, el reconocimiento a la literatura de Naipaul no deja de ser un gesto significativo. Un grano de arena en medio de tanta banalidad y cursilería disfrazada de buenos y sublimes sentimientos.

V.S. Naipaul no es un autor «simpático» con los lectores. Respeta al lector y rechaza el halago. Ese mismo respeto lo pide hacia su obra. Desde ese mutuo respeto el lector se encontrará con una obra, ya sea «Una casa para el señor Biswas», ya sea «Un camino en el mundo» o «La pérdida de El Dorado», en la que su esfuerzo se verá recompensado. Leer a Naipaul conlleva «la alegría del esfuerzo». Requiere lo mejor de nosotros mismos como lectores: paciencia, memoria, concentración, capacidad asociativa, inteligencia.

Hace años, con motivo de su última visita a Madrid, le preguntaron cuántos lectores necesitaba un escritor para sentirse un escritor. Lo pensó un momento, breve, sonrió y dijo: trescientos. Siempre tuvo más y ahora este premio Nobel sin duda los multiplicará. Un escritor para una inmensa minoría. Para todos aquellos lectores que no hayan renunciado a la pasión de la inteligencia.
                                                              
                                                                       12/10/2001