lunes, 25 de septiembre de 2017

Autodeterminación I y II: España como conflicto


AUTODETERMINACIÓN (I)

Constantino Bértolo


La obligación de decidir.

Fes que siguin segurs els ponts del diàleg/ i mira de comprendre i estimar/ les raons i les parles diverses dels teus fills. La pell de brau. Salvador Espriu.

Cuando se habla de la extinta Unión Soviética todo el mundo parece estar de acuerdo en que uno de sus males fue la burocratización, esa especie de virus que hasta el mismo Lenin detectó en los primeros años de la revolución y que acabaría por carcomer el necesario dinamismo de las masas a la hora de construir la nueva sociedad que la revolución había puesto en marcha. La lectura predominante del concepto de burocratismo vuelca su acento sobre su entendimiento como acaparamiento por parte de una minoría dirigente de la gestión y control de las decisiones políticas y administrativas que emanan del poder del Estado. Pero también puede enunciarse como aquel conjunto de actitudes que tienden a que las decisiones no lleguen a traspasar su mero carácter enunciativo, es decir, la propensión a que la ideología revolucionaria se quede en mera declaración sin que nunca llegue a intervenir realmente en la transformación de la realidad política, social o económica.

Diversos són els homes i diverses les parles, i han convingut molts noms a un sol amor. S. Espriu

Estamos asistiendo, y en los próximas semanas y meses esta presencia se verá casi con toda seguridad exponencialmente incrementada, a toda una serie de enfrentamientos concatenados entre el Gobierno Central y la Generalitat de Cataluña a propósito de la decisión de esta última institución de poner en marcha de manera unilateral el proceso de separación de la nación Catalunya de la nación España. De momento los enfrentamientos parecen estar centrados en el espacio de lo político
- entendido como área de lo institucional- y de lo jurídico en cuanto territorio de la Ley y sus interpretaciones. Y aunque respecto al impacto o preocupación en el conjunto de la ciudadanía, puede hablarse de movimientos de oleaje con momentos de marea alta, baja o de discreta intensidad, no deja de ser curioso y hasta sorprendente que “la cosa” se entienda más como un problema para el gobierno de mariano Rajoy que como un problema de Estado en el está en juego la propia configuración y naturaleza de lo que unos optan por denominar Estado español y otros simplemente España.



Escolta, Sepharad: els homes no poden ser / si no són lliures. S. Espriu


Sin duda el término España para nombrar a la comunidad nacional bajo la que actualmente convivimos goza de poca o nula aceptación entre aquellas generaciones de españoles que hubimos de sufrir la exaltación continua y falaz de la España Una, Grande y Libre. Otro tanto nos sucede con la bandera rojigualda que a muchos nos hicieron tragar en su momento. No deja de ser también curioso al respecto que las fuerzas y ciudadanías que en el ayer y hoy defienden ideologías y actitudes independentistas que utilicen el término sin ningún reparo geográfico, político y semántico. Digo semántico porque el uso de la contraposición entre Cataluña, País Vasco y Galicia y España, parece asumir la existencia histórica de una nación España que tendría entidad propia aún en el caso de que alguna, algunas o todas esas naciones llegasen a alcanzar su independencia. Dado que históricamente nunca ha tenido lugar un concepto o una realidad España en la que no estuviesen integradas como elementos constituyentes esas otras naciones, cabe preguntarse de que entidad previa política se está buscando la separación: ¿de Castilla?o cual sería la identidad de lo que restaría dependiente: ¿los no independizados serían España? Parece una mera cuestión semántico pero la semántica lo que está señalando en este caso es que la separación o secesión en caso de producirse, originarían un problema de identidad para los componentes de una ciudadanía “no independizada” que difícilmente podrían seguir llamándose españoles. Claro está que no son los independentistas los que deben resolver ese problema de identidad pero evidentemente si parece un problema que se debería tener en consideración y al que se debería dar contestación.

Enllà de contraris/ veig identitat. S. Espriu

Bueno, y los comunistas y las comunistas sobre esto ¿qué? Sobre el papel la posición de nuestro partido es clara. Valga con citar lo que se recoge en el documento número 4, Necesidad de confrontar ruptura con reforma, apart 4.2 aprobado en Abril de 2016 durante la primera fase del XX Congreso: “Por lo tanto, la disyuntiva se plantea nuevamente entre reforma y ruptura, por eso es necesario referenciar quienes en diversos ámbitos de la vida social y política estamos en favor de un Proceso Constituyente abierto a la ciudadanía, un proceso que plantee la elaboración de una manera democrática y participativa, de un nuevo marco constitucional que empezando por dar la posibilidad de elegir entre Monarquía o República, permita consolidar derechos al trabajo, vivienda, educación, sanidad, etc., que reconozca el derecho a la autodeterminación de los pueblos del Estado, que ponga fin al sistema patriarcal, y consolide una democracia real, participativa y directa”.


Presoner dels meus morts i del meu nom,/ esdevinc mur, jo caminat per mi. S. Espriu


Sobre el papel todo claro pero en la práctica política y social, en el día a día de la convivencia ciudadana y en la realidad política, ¿esta claridad está presente? ¿en que postura, actitud, decisión y actividad política sobre la independencia y separación de Calaluña, hoy cuestión palpitante y acaso mañana mismo conflicto explosivo, se traduce esa declaración? ¿ Estamos explicando de manera suficiente a los trabajadores y trabajadoras el pensamiento de nuestro partido sobre el llamado derecho a decidir, sobre el derechos a la autodeterminación y sobre cual sería nuestra intención voto en el caso de que una votación sobre el tema llegara a realizarse? Entiendo que desde nuestra identidad como partido comunista, como PCE, más acá de las declaraciones que se produzcan en otros ámbitos políticos de participación o confluencia como IU y Unidos Podemos, nosotros, las comunistas y los comunistas, tenemos la obligación de decidir qué respuestas debemos de dar cuando se nos pregunta sobre estas cuestiones. Entiendo que si como comunistas reconocemos el derechos de autodeterminación de los pueblos de España como comunistas deberíamos votar en contra de una independencia que perjudicaría los intereses del conjunto de esa clase trabajadora por cuya emancipación trabaja y lucha nuestro partido. Una cuestión que hoy abordamos en este primer acercamiento pero que necesariamente habremos de seguir dilucidando.


AUTODETERMINACIÓN ( y II)



Todo derecho, todo código, es construcción social, relación social de fuerzas” Joaquín Miras.

Decíamos, al publicar la primera parte de estas reflexiones sobre el tema de Cataluña y su derecho a decidir su permanencia o salida del Estado español, que si como comunistas debemos reconocer el derecho de autodeterminación de los pueblos de España, también como comunistas y en defensa de los derechos de los trabajadores si el referendum tuviera lugar deberíamos defender el voto negativo a la propuesta por cuanto la independencia de Cataluña del resto del Estado español perjudicaría notablemente los intereses del conjunto de esa clase trabajadora por cuya emancipación lucha nuestro partido. Desde entonces la cuestión ha tomado cuerpo y alarma social, se hizo pública una versión de la llamada ley de transitoriedad para hacer efectiva la secesión en caso de ser aprobada por mayoría simple y el Govern ya ha fijado oficialmente la fecha del 1 de octubre para la celebración del referendum. Así pues, lo que la prensa sensacionalista (¿hay otra?) ha venido titulando como “el choque de trenes” ya tiene fecha y calendario. Vendrá el verano, llegará la celebración del 11 de setiembre y los acontecimientos cobrarán un ritmo inusitado. Expectativas e inquietudes se han abierto y la necesidad de abordar unas y otras debe ser asumida por nuestro partido.

El sol ho encén tot, però no ho consum. Joan Salvat-Papasseit.

Para empezar quizás sería bueno antes de nada desmontar esa metáfora ferrocarrilera con que se ha venido expresando y malinterpretando el problema pues representar con esta imagen de “choque de trenes” el conflicto supone aceptar una mecánica inevitable que incluye una visión catastrofista de una realidad que estaría sometida a las rígidas circunstancias de unas vías férreas e inflexibles. De buscar comparaciones, mejor hubiera sido hablar del encuentro (desencuentro, más exactamente) entre una tuneladora, made in Catalonia is not spain y una muralla con geometrías y cimientos de la Constitución de 1978. Y hablando de los cimientos y muros de esa Constitución parece oportuno recordar que esa Constitución emergió de los acuerdos que las fuerzas de la oposición antifranquistas, agrupadas en la llamada Platajunta antifranquista, consensuaron con las fuerzas reformistas del gobierno de Adolfo Suarez. Una oposición que acabaría postergando dos de los puntos que hasta el momento se habían venido reivindicando: el derecho de autodeterminación de los pueblos de España y la necesidad de un referendum para decidir la forma de Estado. Dos puntos fundamentales que, digamos, la correlación de fuerzas en aquellos momentos se llevó por delante pero que siempre han estado presentes, con mayor o menor intensidad, en la realidad política española y que, ahora, el conflicto con Cataluña ha vuelto a poner sobre el tapete. Dos zonas débiles de esa muralla constitucional que la excavadora soberanista trata de perforar. Dos agujeros negros por los que se viene desangrando el llamado régimen del 78.

els altres qui l'avencen, tots d'adreça al mercat. J. S-P.

Al referendum convocado por las fuerzas soberanistas presentes, con mayoría simple, en el Parlament catalán, se le ha venido calificando de referendum inconstitucional, unilateral, ilegítimo, ilegal y vinculante,y entre fuerzas políticas que vienen defendiendo la unidad de la nación España hay quienes hablan de golpe de Estado en marcha. Evidentemente inconstitucional lo es de manera clara: desde el momento en que la Constitución del 78 no recogió el derecho de autodeterminación de los pueblos de España, que, entre otras fuerzas, venían defendiendo tanto el PSOE como PCE, ese derecho quedaba fuera del marco constituyente. Por las misma razones no puede dejar de ser unilateral en cuanto que las fuerzas constitucionalistas se niegan a la posibilidad de crear, vía reforma, las condiciones para su constitucionalidad. Sobre la legitimidad las argumentaciones abandonan el espacio jurídico para centrarse, entre otras razones y argumentos, en cuestiones de orden histórico y económico. Por un lado la historiografía pertinente, dividida al respeto, recuerda que Catalunya nunca tuvo existencia como nación independiente mientras que, por otro, no deja de señalarse la continuidad de un conflicto ya presente durante el dominio de los Austrias, acentuado después de que la nueva monarquía de los Borbones impusiese bajo el Decreto de Nueva Planta una configuración territorial centralizada. Un enfrentamiento histórico que rebrotará en 1873 durante la I República para hacerse claramente visible con ocasión de la proclamación, unilateral, de la República catalana por parte de Francesc Macià en el año 31 y del Estado Catalán por Companys en el 34. Por otro lado y dejando, hasta donde es posible hacerlo, la historia al margen, las argumentaciones de raíz económica han venido ocupando un buen espacio en la polémica: que si el deficit, que si España nos roba. En este aspecto considero la necesidad de recordar que la riqueza diferencial de Catalunya respecto al resto de la población del Estado, ya en PIB ya en renta per cápita, no deja de ser el resultado de la extracción de plusvalías que la clase capitalista y empresarial afincada en Cataluña ha venido ejecutando sobre todo el conjunto de una clase trabajadora obligada a vender su fuerza de trabajo. Desde esa realidad los comunistas defendemos y defenderemos el trasvase de recursos económicos entre los territorios con mayor producción de plusvalías a los de menor riqueza y rechazamos y rechazaremos cualquier reclamación que pudiera consolidar identidades construidas sobre desigualdades económicas de privilegio. De ahí también nuestro rechazo a los conciertos económicos actuales existentes respecto al País Vasco y Navarra.


pren tot d'una / l'aire d'emprendre un nou destí. J. S-P.

Entendemos el referendum como legítimo en cuanto que el derecho de autodeterminación es un derecho de Catalunya como nación histórica por más que las circunstancia sociales, económicas y políticas presentes reflejen el dominio y el interés de la clase burguesa catalana. Es sobre su condición de nación “oprimida histórica y políticamente” que se levanta la legitimidad del referendum y no sobre una pretendida opresión económica. Derecho de autodeterminación como derecho de una nación oprimida a lo largo de una trayectoria histórica donde la correlación de fuerzas no le ha permitido cumplir con su voluntad de nación Estado sin que queda hablar de una supuesta ciudadanía oprimida por el resto de los ciudadanos de España. Porque puestos a hablar de opresión económica del pueblo catalán entonces, los y las comunistas, sin negar ese derecho a decidir, habremos de manifestar que estamos precisamente en contra de la secesión en cuanto que ese hecho facilitaría e incrementaría la opresión económica que las burguesías, a uno y otro lado del Ebro, aplican a la clase trabajadora como conjunto. Una clase trabajadora con escaso peso en la correlación de fuerzas dentro de la realidad actual de Cataluña lo que no deja de ser una circunstancia que caracteriza al actual proceso político catalan.

Res no és mesquí/ ni cap hora és isarda J. S-P


Obvio también que desde el momento en que la autodeterminación es anticonstitucional su ilegalidad viene dada. Pero incluso la teoría política más burguesa acepta que ilegalidad e ilegitimidad no son esferas coincidentes. Los comunistas entendemos el derecho de autodeterminación como un a aspiración legítima y por tanto consideramos que es ilegítima la actuación de aquellas fuerzas políticas que se muestran incapaces de dar soporte legal a una reivindicación, el derecho a decidir, reclamada por una parte cuantitativa y cualitativamente relevante de la sociedad catalana. Defendemos que es la sociedad española en su conjunto la que debe de asumir políticamente la necesidad de articular las medidas políticas y jurídicas necesarias para que las distintas naciones presentes en nuestro estado expresen el tipo de relación que desean mantener con entre sí en cada momento histórico, estableciendo los correspondientes mecanismos de desconexión en el caso de que tales procesos fueran necesarios. En ausencia de esto, la reclamación efectiva del derecho de autodeterminación nos resulta legítimo y las responsabilidades derivadas de su “ilegal” puesta en marcha serán responsabilidad de aquellas fuerzas que impiden convertir lo legítimo en legal.

Ara No Es Fa, Pro Jo Encara Ho Faria. J. S-P.

Nosotros, los comunistas y las comunistas, no debemos permanecer inactivos ante el conflicto que se nos viene encima. Y no deberíamos limitarnos a manifestar nuestro acuerdo sobre el derecho a decidir y nuestro desacuerdo con la propuesta de secesión que el referendum contiene. Hubiera sido más transparente que la pregunta a plantear permitiese distinguir entre una y otra opción, entre el aceptar el derecho de autodeterminación y el defender la independencia. En todo caso nuestra obligación como comunistas es dar a conocer a los ciudadanos de toda España y muy especialmente de Cataluña tanto nuestro aceptación de que el referendum tenga lugar como nuestro rechazo a la secesión que en él se planea. Es necesario actuar y acaso como primer paso nada sería mejor y más congruente que impulsar como partido comunista, a través de las organizaciones en las que estamos presentes, la convocatoria en todas las Comunidades Autónomas de manifestaciones y concentraciones reivindicando el derecho a la autodeterminación de los pueblos de España el próximo día 11 de setiembre, el mismo día en que el nacionalismo catalán celebra su fiesta nacional.

Publicado en Mundo Obrero Julio de 2017.






 




jueves, 13 de julio de 2017

Aquellas entrevisas de antaño (VI)


 junio, 2010. Revista Paula. Chile.


Constantino Bértolo en Chile




Por Silvia Veloso
Usted conoce al derecho y al revés el mundo literario. ¿Qué lo emociona aún de la literatura?
Más que el derecho me interesa el revés, la capacidad de la literatura para ponernos al otro lado del tapiz: la materia, los materiales con que la vida nos hace y nos deshace. Me refiero a materiales tan diversos como el yo y sus espejos y espejismos; los miedos tangibles o quiméricos; la realidad como combate y las derrotas consecuentes; el tacto y los deseos; lo inexorable de los condicionamientos económicos, el transcurrir que nos escribe, corrige y tacha; la fuerza no siempre benéfica de los sueños no cumplidos pero no olvidados. Cuando la literatura me ofrece el contacto con esos materiales me despierta admiración, es decir, agradecido reconocimiento hacia las capacidades posibles que alberga el vivir y, sobre todo, el vivir como vivir entre los otros.
¿Y de su labor de editor?
Como editor me sigue produciendo cierta euforia interior encontrarme con un texto en el que pueda apreciar lo que llamo “pensamiento literario”, algo que no podría definir exactamente pero que tiene que ver con una mirada verbal que es,a la vez, inteligente y “entrelagente”. Poder hacer público un texto así es muy satisfactorio y puedo asegurar que cuando su edición, por motivos que pueden ser dispares, pasa inadvertida, una especie de tristeza editorial cae sobre uno. Afortunadamente nuevos libros, nuevas propuestas, nos permitirán retomar con ánimo la tarea.
¿Es complicado ser un editor de trinchera, con las condiciones actuales del mercado editorial?
En el sistema de mercado en que vivimos y actuamos, la lógica del beneficio rige de manera principal nuestros quehaceres y esto repercute sobre la actividad editorial. Pero las sociedades no se pliegan de manera rígida o mecánica con el sistema sobre el que se asientan. Las vidas, como la Historia, están atravesadas de tensiones, de dinámicas distintas, con fuerzas desiguales según el momento pero siempre vivas. Vivimos bajo la tiranía de una imaginación colectiva que tiene en el consumismo su religión y en los dineros sus dioses. Ser ateo editorialmente en una sociedad así es, en efecto, complicado; por fortuna todavía existen pecadores que no aceptan esas tablas de la ley. Editar en la trinchera es editar en pecado. No me arrepiento, y en el Juicio Final pues ya veremos qué pasa. Caballo de Troya es una especie de editorial mefistofélica dentro de Random House Mondadori y su existencia puede causar extrañeza, pero no olvidemos que el capital, que no es tonto, siempre ha puesto una vela a Dios y otra al Diablo.
¿Qué atributos debe tener un manuscrito para ser publicado en Caballo de Troya?
Lo que busco son aquellos textos con capacidad “literaria” para alterar los imaginarios dominantes y predecibles
Usted ha hablado de que en la literatura contemporánea sobran misterio y postmodernismo y faltan precariedad y fisura. ¿Qué temáticas y personajes literarios encarnarían esos atributos?
Llamo conflicto a la tradicional situación dramática: hay dos personajes que se quieren sentar y sólo hay una silla. Y solucionan el conflicto con violencia (novela realista), con consenso (novela socialdemócrata) o construyendo otra silla (novela revolucionaria). En la narrativa postmoderna sólo hay un personaje (cómodamente escéptico) y una silla, y si es muy postmoderna ni siquiera el personaje quiera sentarse, limitándose a hacer metacarpintería. También es frecuente que el personaje se dedique a divagar irónicamente sobre el misterio que supone el que haya una silla.
Hoy, quien más quien menos, todos hablan, escriben y/u opinan en blogs u otros medios digitales. Usted dice mostrarse todavía expectante y escéptico. ¿Qué refleja de la sociedad este fenómeno de tribuna con tanta boca y poco oído?
El tema de internet, la blogosfera y las redes sociales virtuales es muy sugestivo y complicado. Por un lado, y en relación con la propiedad privada de los medios de expresión, supone un cambio cuantitativo y, yo diría, beneficioso porque, en principio, las posibilidades de dar a conocer textos, comentarlos o criticarlos se han multiplicado casi exponencialmente Pero no sé hasta qué punto ese cambio cuantitativo supone o vaya a suponer un cambio cualitativo que permita una elaboración activa y real capaz de construir una imaginación social no domesticada. La red permite que circulen más opiniones, pero los criterios no han variado. Se diría que ya todos podemos acceder a un lugar en la vitrina, pero seguimos vendiéndonos en el mismo hipermercado. A la larga los cambios cuantitativos casi inevitablemente generan cambios cualitativos. Lo más prudente me sigue pareciendo mantenerse expectante.
En Ray Loriga descubrió usted un icono generacional. ¿De qué otros autores se siente padrino y qué valoró en ellos para darles una primera oportunidad?
Descubrir no me parece un término apropiado. Los editores más que descubrir, exploramos, y a veces la propia sed hace que encuentres un oasis o una fuente. Me cupo la fortuna de encontrarme con aquella primera novela de Ray Loriga, Lo peor de todo, que era un claro ejemplo de cambio de tono y horizonte en la narrativa española. También, por entonces me sorprendieron los libros de Luis Magrinyà por el magistral uso de las oraciones subordinadas como herramienta de su sintaxis narrativa, o la escritura de Julián Rodríguez por lo logrado de su cadencia. Tuve la suerte de que me llegaran las primeras miradas “afterpop” de Germán Sierra o Eloy Fernández-Porta, de editar en España el primer libro de Rafael Gumucio y, ya en Caballo de Troya, han aparecido nuevos nombres, Mercedes Cebrián, Elvira Navarro, Alberto Lema, Fernando San Basilio, Oscar Aibar, Lolita Bosch, Javier Pascual, en quienes veo capacidad de cuestionar los imaginarios anquilosados.
¿En qué punto está hoy la literatura hispanoamericana?
Me parece muy comprometido responder a esa pregunta, tanto porque mis conocimientos de ella no son seguramente lo exhaustivos que debieran, como en razón de que sería más adecuado hablar de literaturas en plural más que de una presunta literatura latinoamericana en singular. Pero tampoco quiero escaquearme, así que me atreveré a generalizar. Veo a los nuevos escritores latinoamericanos moviéndose en un dilema que no es nuevo: por un lado el deseo de hacer una escritura enraizada en la tradición o tradiciones de lo propio; por otro el deseo de conectar con los discursos literarios que llamamos globales, aunque quizá habría que llamar imperiales puesto que la cultura global hoy es la cultura anglosajona. Es cierto que este dilema atraviesa toda la literatura latinoamericana desde sus inicios, si bien antes la metrópoli era París o Madrid y hoy es Nueva York. Las relaciones entre lo global y lo local no creo que sean incompatibles.
¿Qué nombres le parecen significativos al respecto?
Voy a citar algunos: Claudia Apablaza, Zambra, Bellatin, Gumucio, Brenda Lozano, Lillo, Guadalupe Nettel, Carlos Labbé, Yuri Herrera, Claudia Ulloa, Edmundo Paz Soldán, Israel Centeno, Busqued, Tabarovsky, Violeta Medina, Iosi Havilio, Heriberto Yépez, están manteniendo un meritorio equilibrio entre ambas tentaciones, resistiéndose a caer en una mera uniformación cosmopolita que la presencia de las grandes editoriales multinacionales fomenta. Equilibrio que, sin embargo, no se produce en la mayoría de los autores jóvenes que escriben en España, de ahí que tenga, en general, un juicio más positivo sobre la actual literatura latinoamericana que sobre la española. Espero que no me maten cuando retorne a la madrastra patria.
No suele suceder que la literatura en español traspase las fronteras del mercado de habla hispana. ¿El caso de Bolaño es una excepción?
Más que una excepción diría que Bolaño es excepcional. Pero es también un buen ejemplo de esa escritura que, sin renunciar a su tradición, y en Bolaño la tradición atraviesa todas las fronteras del español, de México a Chile, conecta con esa sensibilidad literaria postmoderna más actual en la que la literatura, sin negar lo trascendente acepta las posibilidades literarias que encierra lo intrascendente.
Y teniendo en cuenta la cantidad de manuscritos que usted lee, ¿ha percibido alguna influencia de su literatura?
Sí, en bastantes manuscritos está presente una lectura bastante superficial de Bolaño. Por desgracia no van más allá de tratar de imitar un aire de “malditismo de la sensibilidad” que, entiendo, es lo que creen encontrar en sus novelas.·

jueves, 4 de mayo de 2017

Karl Marx y la Nación Obrera


Karl Marx: el narrador de la Nación Obrera.


Escribir en mitad de la tormenta. Para salir de inwit. José L. Mellado

La Literatura, así con mayúsculas, es un invento del siglo XIX. Antes lo que había era Las Bellas Letras como parte de La Bellas Artes que es expresión que todavía perdura. Es entonces cuando se escriben las grandes y fundamentales historias de la Literatura, o mejor, de las Literaturas, porque se empieza a hablar de una Literatura Universal pero de lo que en verdad se trata es de crear, cada mochuelo en su olivo, las respectivas Literaturas Nacionales. Siguiendo el impulso cultural del romanticismo se trata de aunar tradición y modernidad, historia y Estado, la palabra y la identidad. En cada nación brota la necesidad imperiosa de establecer tradiciones que permitan, apoyándose en las manifestaciones de lengua común, legitimar su propia existencia como nación, la unidad de destino en lo universal que dijo aquel. Resucita el Cid en España, La Chansón de Roland en Francia, los Nibelungos en Alemania y hasta Robín Hood en Inglaterra. Se acuña el término de Literaturas Nacionales y a través del sistema educativo se convierte la literatura en una de las señas de identidad más relevantes a la hora de “hacer Nación”.

...se ve el mundo:/ un gallo sin cabeza/ que corre como loco por el patio. J. L. Mellado

A lo largo del siglo XIX la Nación, como concepto político se asentó como realidad social, económica, cultural y, no lo olvidemos, militar. Políticamente ese asentamiento se produce a través de su plasmación como Estado, ese conjunto de instituciones que gestiona, ordena y vigila “el trasiego” de relaciones individuales y colectivas que se dan en su geografía. En ese gran movimiento de las naciones hacia ser Estado no todas alcanzaron la meta deseada por muy distintas razones que bien se pueden resumir en una sola: no lograron reunir el poder suficiente para pasar del “ser” al “estar”, del deseo a la realidad. El “ser Nación” requiere la presencia de distintas y entrecruzadas características: desde contingencias geográficas o étnicas hasta una lengua común, pasando por la existencia de esa memoria y autoconciencia que otorga una historia colectiva dotada de diferencia específica. El “estar en Estado de Nación” requiere ante todo reconocimiento ajeno y propio, borrar fronteras o aduanas hacia dentro y establecer respeto hacia fuera. Esa necesidad de respeto se plasma en la reivindicación de la cultura en tanto expresión del “espíritu” nacional. La cultura como mecanismo para marcar territorio y la literatura como mediador semántico fundamental a la hora de legitimar, construir o rechazar identidades. La literatura como prueba de nobleza, de madurez, de exaltación, de insatisfacción. Narcisismo colectivo que la clase dominante, la burguesía dirigente que tiene en sus manos el proyecto de nación, venderá como algo ina-preciable y superior, al resto de la población.

Que estire hasta romperse, por si así cabe todo/ Que el chasquido nos salve. J. L. Mellado

Hace ciento cincuenta años que se publicó El Capital. Dentro de un año, en el 2018 será el bicentenario del nacimiento de su autor. El capital de Marx, nos recuerda con especial clarividencia Manuel Sacristán, sin duda el pensador español que más fructífera atención e inteligencia ha prestado a su obra, nace como una propuesta para fundamentar y formular racionalmente un proyecto de transformación de la sociedad. Es evidentemente un texto con una envergadura intelectual y política que desborda todas las posibles caracterizaciones que salen al uso. Es un tratado de economía, un libro de Historia, una disertación filosófica y hasta un compendio de antropología. Es todo eso y la suma global de todo eso que es mucho más que el resultado de la simple concatenación de los sumandos. “Su privilegiada mente y su dedicación tenaz a la causa del proletariado, escribe Manuel Martínez Llaneza le permitieron descubrir la naturaleza económica de la explotación capitalista –el mecanismo de extracción de plusvalía– que grandes pensadores anteriores no habían sido capaces de explicar. Sólo ese hallazgo –de carácter científico y no ideológico– bastaría para considerarlo una figura grande de la historia, si no tuviese sobrados méritos en otros campos de la acción y del pensamiento”.

Y que llegue mañana / y acordarse de todo. J. L. Mellado

El tiempo de Marx, la almendra central del siglo XIX, es también el tiempo del asentamiento de la literatura nacional al servicio de la Nación. La literatura como mecanismo de expresión y reconocimiento de una comunidad nacional que a su través se construye a si misma como lenguaje, como trama, como narración. Es el tiempo en el que la novela se constituye en género hegemónico y desde esa hegemonía cuenta y recuenta la historia e historias de una burguesía que se siente y ve como clase universal. Los grandes relatos burgueses del XIX tienen su lugar en las paradigmáticas obras de Balzac y Flaubert, Dickens y Wilkie Collins, Manzoni y Fóscolo, Galdos y Alarcón, Fontane y Keller. Grandes narrativas nacionales que actúan como sobrelecturas de la historia, a veces, pocas, contradiciéndola, casi siempre transfigurándola en aconteceres de la individualidad en el interior de la sociedad civil, naturalizando los imaginarios de la burguesía, sus valores, sus contradicciones, sus empeños, sus biografías. La burguesía como gran protagonista contando su propio historia. En pocas ocasiones, concediéndole un papel secundario y sentimental y más en clave de pobreza que de explotación, el proletariado hace acto de presencia: Hugo, Sué, Elisabeth Gaskell. Si atendemos a la historia de la literatura podemos afirmar que el proletariado no tiene quien le escriba. Pero si cuestionamos el concepto estrecho, reducido e interesado de qué sea la literatura y admitimos que literatura es la narración que una comunidad hace de si misma a través de todos los medios de expresión a su alcance, inesperadamente cabe comprender que El Capital es la gran narración de la Nación Obrera. Porque lo que Marx escribe es el relato donde el trabajo, en su lucha contra el capital, es el protagonista de la historia restituyéndole ese papel que la burguesía ha venido negándole. Desde este ángulo, que salta por encima de las consideraciones estéticas con las que la burguesía ha establecido las fronteras de lo literario, la narración que Marx lleva a cabo es la historia de esa nación, la Nación Obrera, que algún día, con el empuje de los comunistas y las comunistas será la nación universal.

Publicado en el Nº 305 de la edición impresa de Mundo Obrero abril 2017

domingo, 2 de abril de 2017

Febrero 1917. La revolución ha venido ¿y nadie sabe cómo ha sido?


Febrero 1917: ¿Una revolución espontánea?

Lo único que puede afirmarse es que se tirotean el pasado y el futuro” L. Trotsky


1.- La Historia como intención.

No nos engañemos, la historiografía dominante es profundamente anticomunista y esa actitud, latente o expresa, se evidencia en todo lo que mira, toca, interpreta y juzga. A veces de una manera burda y otras con modos más sutiles, menos evidentes y difíciles de detectar si no se presta atención a todo el escenario ideológico presente en un acontecimiento que, aunque concreto, la revolución rusa de febrero, no deja de estar estrechamente relacionado con el verdadero objetivo ideológico de esa historiografía anticomunista: el cuestionamiento de la revolución bolchevique que tendrá lugar meses más tarde.
A poco que cualquiera se asome a las muchas historias de la revolución que se encuentran en nuestro mercado editorial, podrá comprobar la rara unanimidad con que al referirse a los acontecimientos que tienen lugar en la Rusia zarista durante ese febrero de 1917, se habla de revolución espontánea y se recalca y subraya que en su brote, arranque y estallido, escasa o ninguna relevancia debe concederse a unos partidos políticos que, a lo más, se sumarían a aquella coyuntura histórica tratando de orientar las aguas revolucionarias hacia sus respectivos molinos políticos. Este “negacionismo”, esta celebración de la espontaneidad de las masas, tan impropio de ese pensamiento conservador para el que masa es casi sinónimo de irracionalidad animal, no deja de ser una clara consecuencia de la intención realmente buscada por la historiografía al uso: minimizar en lo posible el papel, no tanto de todos los partidos sino, en concreto, el de uno de ellos: el partido bolchevique.
Sin negar el carácter de revolución desde abajo que los sucesos de febrero evidencian, pero para dejar constancia al mismo tiempo del importante papel que los partidos revolucionarios desempeñaron en aquellos momentos, trataremos de describir de manera concisa la secuencia de los hechos. Como es obvio, todo acontecer histórico tiene antecedentes inmediatos y próximos y otros remotos y el momento elegido para dar comienzo al relato, aunque subjetivo, no por ello debe ser arbitrario pues, en toda narración, la selección del punto de partida deja transparentar la especial mirada ideológica desde la que la narración de la historia va a producirse. Al respecto parece conveniente hacer notar que, también con extraña coincidencia, la mayoría de los historiadores burguesas proponen el asesinato del monje Rasputín a finales de 1916 como antecedente u origen de aquella revolución. Elección que por su relevancia narrativa nos llevaría a conceder primacía en el desencadenamiento de la historia a la nobleza rusa en sus discrepancias con la corona zarista. Por nuestra parte mantendremos el criterio de que esa condición inaugural debe adjudicarse a otros acontecimientos por cuanto reúnen características de especial peso y relieve.

2.-Las fuerzas del futuro.
Hay constancia de que a partir de la primavera de 1916 se reinicia, a consecuencia del empeoramiento de sus condiciones de vida y del rechazo creciente a la guerra, una nueva oleada de huelgas y manifestaciones violentas por parte del proletariado de las ciudades con mayor peso industrial. En Octubre de ese mismo año en Petrogrado, y por iniciativa de los bolcheviques, se inicia en uno de los talleres de la gran fábrica Putilov una huelga que se extendió a la totalidad de las grandes fábricas de la ciudad dando lugar a desórdenes y manifestaciones reprimidas por las fuerzas de la policía local con la ayuda de las tropas de la guarnición que, en parte y en algunas ocasiones, he ahí lo inesperado, en lugar de reprimir confraternizaron con los huelguistas.
En Petrogrado, el partido bolchevique establece ya en 1915 un comité dirigido por Chiliápnokov, Zalutski y Molotov que se mantiene comunicación con los dirigentes que sufren exilio, destierro o cárcel y trabaja extendiendo sus consignas de paz inmediata tanto en los medios obreros como en los frentes o cuarteles.
Al comenzar el año el ejército se descomponía en los frentes de guerra, había más de un millón de deserciones, el hambre, la miseria y la subida de los precios alcanzaban inquietantes niveles y el frío se dejaba sentir con especial crudeza.
Con ocasión del aniversario del Domingo Sangriento de 9 de enero (22 de enero según nuestro computo1) de 1905, el comité bolchevique de Petrogrado prepara una gran manifestación obrera precedida de una huelga general que recibirá el apoyo de unos ciento cincuenta mil huelguistas aun cuando las manifestaciones callejeras apenas alcanzan importancia.
Días después, resurgen conflictos en la fábrica Putilov, donde trabajan más de 40.000 obreros, y el 22 de febrero la dirección de la fábrica decide el cierre patronal dando lugar a tumultos en los que participan obreros, mujeres y algunos estudiantes..
Para el 23 de febrero, las organizaciones socialistas habían convocado diversos actos y marchas para celebrar el “día de la mujer” y grupos numerosos de ellas a los que se suma toda una marea de obreros, recorren la ciudad enfrentándose a unas fuerzas de la policía que intentan que ocupen las calles y avenidas más céntricas.
En los días siguientes las huelgas se extienden y los manifestaciones van reconvirtiéndose en una multitud amenazante de trabajadores y trabajadoras que intensifican la intervención violenta de la policía. En la mañana del día 24 militantes de las distintas organizaciones obreras organizan los primeros soviets procediendo a la elección de delegados en las fábricas, mientras el comité bolchevique lanza una declaración indicando que “la consigna de un gobierno de salud nacional – iniciativa que apoyan los mencheviques y social revolucionarios además de los constitucionalistas liberales (kadetes)- es una maniobra conservadora y reclaman la transferencia de poderes a los obreros y campesinos
Las revueltas, huelgas y manifestaciones no dejan de crecer y aparecen las primeras banderas rojas autocracia. Los enfrentamientos entre la policía y los manifestantes se vuelven cada vez más violentos y, acosados, los trabajadores, crecidos en sus ánimos ante la no intervención de los cosacos, asaltan comisarías y se hacen con armas.
En la madrugada del 26, domingo, la policía había detenido a más de un centenar de dirigentes de las organizaciones obreras. Sin embargo los trabajadores vuelven a tomar las calles y cruzan el Neva helado bajo el fuego de las ametralladora. Mueren decenas de manifestantes. y los obreros, aunque logran que una parte de la guarnición del regimiento Pavlovskii reaccione en su defensa, se acaban retirando a los suburbios. Crece la ira y numerosos incendios se producen por toda la ciudad, entre ellos el del Palacio de Justicia
El 27 va a ser el día decisivo. Los obreros afluyen nuevamente a las fábricas y, en asambleas generales, deciden proseguir la lucha. Los soldados de tres o cuatro regimientos se sublevan y, en unión de grupos de obreros, asaltan y destruyen cuarteles de la policía, entran en los arsenales y se aprovisionan de armas y municiones. A mediodía toman las cárceles y liberan a los presos políticos. Cuando llega la noche la batalla parece estar decidida pues casi la totalidad de las tropas destacadas en la capital se habían pasado a la insurrección.
Aquella mañana la Duma desobedece el decreto de su disolución ordenado por el zar y la mayoría de sus miembros, kadetes, social-revolucionarios y mencheviques, optan, ante la presión de las masas triunfantes, por constituir un “Comité provisional de la Duma” que trata a su vez de presionar al zar y de restablecer el orden público, y la disciplina militar. Por la tarde tendrá lugar la primera reunión del “Soviet de obreros y soldados” que proclama el triunfo de la revolución y decide, entre otros acuerdos, que en todos sus actos políticos las tropas han de obedecer al soviet. Nace así una coexistencia de poderes más cerca de la hostilidad que de la colaboración - el Comité provisional de la Duma que dará lugar al Gobierno Provisional, Comité ejecutivo del soviet de Petrogrado-, que se mantendrá hasta la revolución de Octubre. En la noche del 1 al 2 de marzo, las dos instituciones, se reúnen para negociar, en condiciones de igualdad un acuerdo. Pero es evidente que en aquel momento la correlación de fuerzas es favorable al unos soviets que desde su constitución controlan la vida pública de la capital, gozan de autoridad antes las organizaciones obreras, sobre la administración y, lo más relevante, sobre las tropas.
3.- La fuerzas del pasado
Para completar el mapa dinámico de los acontecimientos de febrero es imprescindible tratar también de resumir los acontecimientos que protagonizan – y aquí lo de agonizar cuadra mejor que nunca- los dirigentes políticos y militares sobre los que ha venido sosteniéndose el régimen autocrático con la figura del Zar Nicolás II a la cabeza.
Cierto que la persona del monarca cuando llega 1917 está siendo cuestionada por parte de la aristocracia, la nobleza, la alta burocracia y la alta burguesía industrial que ven como la debilidad del régimen, la desastrosa conducción de la guerra y la impopularidad de la familia real están creando un ambiente de malestar que pone en peligro sus estatus y privilegios. Sin embargo estas discrepancias no llegan a cuajar y la única señal de su existencia acaso se encuentre en el asesinato, a manos de representantes de la aristocracia palaciega, de la figura de Rasputín, extraño y extravagante personaje que goza de los favores de los Romanov. Pero más allá de este episodio nada podría alegarse sobre un posible papel activo o cómplice de la burguesía en el desencadenamiento de los acontecimientos de revuelta, huelga y revolución.
A las primeras noticias de las protestas y manifestaciones que se suceden en la capital se les otorga escasa relevancia, y, solo cuando las revueltas toman proporciones significativas y se conocen los primeros amotinamientos de soldados y cosacos, el zar y su entorno tratarán de restablecer, sin éxito, el orden enviando tropas del frente para reprimir la rebelión de obreros y soldados. Ante las reticencias de la Duma, el amotinamiento casi general de los soldados y el triunfo de las revueltas de los obreros del día 27, se decide el envío de tropas de élite y fieles que sin embargo no llegan nunca a intervenir ante el miedo a que se pongan a favor de los insurrectos. El 1 de marzo asumiendo que las tropas amotinadas no obedecen las ordenes de la oficialidad el Zar accede a que la Duma forme gobierno y sopesa su posible abdicación. Finalmente y después de comprobar que sus jefes militares le han retirado su apoyo, decide abdica en la persona de su hermano Miguel quien, luego de entrevistarse con los representantes de la Duma, va a rechazar su subida al trono salvo en el caso de que la futura Asamblea Constituyente se lo pidiera. El día cuatro de marzo entre el alborozo de la población se hizo público el final de la dinastía de los Romanov. La revolución de febrero ha terminado. Empieza una nueva etapa.
4.- Una espontaneidad largamente preparada.
La historia de la revolución de febrero parece tener como escenario casi único Petrogrado. En Moscú las noticias de lo que pasaba en la capital provocaron las primeras huelgas y manifestaciones y la toma, sin apenas resistencia, de la Duma municipal. En muchas ciudades de provincias los movimientos de obreros y la creación de soviets no empezaron hasta que la revolución triunfa. En ningún sitio salvo en la capital hubo acción alguna en defensa del viejo régimen. En la capital se contaron mil cuatrocientos cuarenta y tres muertos y heridos, de los cuales ochocientos sesenta y nueve pertenecían al ejército. Sesenta eran oficiales. La prensa burguesa habló de revolución incruenta minusvalorando la acción violenta de obreros y soldados, de modo semejante a como la historiografía burguesa española a analizaría la llamada Transición democrática sin apenas hacer referencia a las luchas obreras y ciudadanas que tuvieron lugar lugar en los meses inmediatamente anteriores y posteriores a la muerte de Franco.
Es evidente, el relato ofrecido lo constata que la revolución de febrero fue obra de los obreros y campesinos, representados éstos por los soldados. Ahora bien, reconociendo ese claro protagonismo de “los de abajo” queda abierta la pregunta o preguntas sobre su espontaneidad: ¿La revolución surgió de manera inesperada o desde el principio fue impulsada, dirigida o coordinada desde alguna instancia política o social? ¿Fue o no fue una revolución espontánea? Para poder responder me parece inevitable tener que recurrir a aquello del “ni sí ni no sino todos lo contrario”.
Por espontáneo el diccionario de la Rae ofrece varias acepciones de las que dos tiene relación con la cuestión planteada: “Que se produce aparentemente sin causa” y “Que se produce sin cultivo o cuidados del hombre”. El dilema, aparte de presentarse como causa de disparidad en las interpretaciones que la historiografía recoge, tiene, y sobre todo tuvo en su momento, una importancia política inmediata pues la sutoria concede autoridad y legitimidad, algo fundamental a la hora de que “el doble poder”, -Gobierno Provisional, Comité del Soviet de obreros y soldados”- establezca sus relaciones y dependencias. La “teoría de la espontaneidad” obviamente restaba autoridad al soviet y además permitía hacer una lectura “natural” de la caída del Zar sin tener que adjudicar responsabilidades a las distintas capas sociales, -nobleza, burguesía, burocracia, ejército, iglesia- que hasta ese mismo momento habían venido sosteniendo la autocracia. Pero volvamos al sí ni no sino todo lo contrario.
Ni sí: si entendemos que una revolución da comienzo cuando el monopolio del poder se ve cuestionado por un acto de subversión y si aceptamos que una de las formas más frecuentes de realizarse ese acto de subversión es la disputa por el espacio público, la ocupación de las calles, las plazas, los edificios públicos, - recordemos aquel “la calle es mía” de Fraga Iribarne- parece claro que aunque las manifestaciones de “día de la mujer” hubieran sido preparadas por las organizaciones obreras ninguna de ellas habría planificado que esas manifestaciones, al encontrarse y mezclarse con las masas de obreros, fueran la chispa que disparase el conflicto. Dado que ese encuentro de obreros y mujeres reclamando pan para sus hijos y el fin de la guerra no parece responder a una voluntad previa podría resultar aceptable hablar de espontaneidad al menos hasta que las organizaciones obreras del barrio de Viborg toman la decisión de formar los primeros soviets.
Ni no: porque más que de espontaneidad habría que hablar de emergencia, de salida a la superficie de un sentimiento de opresión y rencor que responde a la conciencia de clase que a lo largo de todo el movimiento de emancipación obrera, distintos partidos y organizaciones han venido cultivando entre los trabajadores y trabajadoras, fomentando tanto la no aceptación pasiva de su situación así como la necesidad de organizarse a fin de dar expresión resuelta a su deber y derecho a enfrentarse violentamente con la clase explotadora. No olvidemos que “el día de la mujer” con que se inicia la ocupación de las calles, es planteado como un día de reivindicación y protesta que desafía ese dominio de la calle que caracteriza física, mental y jurídicamente al poder. La calle como ese lugar donde “el poder soberano” se manifiesta” y por lo tanto como ese espacio en donde ese poder puede ser cuestionado y confrontado.
Sino todo lo contrario: "La masa se puso en movimiento sola, obedeciendo a impulso interior inconsciente", escribiría Stankievich meses después dándole un carácter casi místico a la acción de aquellas masas de manifestantes. Lo que este autor no se pregunta es de dónde viene ese impulso interior o, por mejor decir: quién o quiénes llenaron ese interior de razones, voluntad y fuerza capaces de transformarse en impulso, en coraje, en voluntad de intervenir, de irrumpir para interrumpir la opresión. Si se hubiera hecho esa pregunta quizá entendería que esa espontaneidad, ese impulso, ese decir basta y hasta aquí hemos llegado, es el resultado de unas condiciones objetivas: salarios de miseria, inflación brutal de los precios, el creciente sentimiento de derrota y fatalismo en la guerra, la falta de alimentos, el frío que no se puede combatir, pero también de unas condiciones subjetivas que se han construido con la ayudas de las organizaciones y partidos revolucionarios que a lo largo de la historia han logrado introducir esa conciencia, en las fábricas, en los barrios, en los cuarteles, en los frentes de guerra, en parte de la intelligetsia, en todos aquellos sectores de la sociedad que viven el capitalismo como injusticia y sinrazón
Y en ese papel el trabajo del partido bolchevique fue fundamental. El partido bolchevique aún cuando el estallido revolucionario coge a las mayoría de sus dirigentes en el exilio o la cárcel, ha venido creando entre los trabajadores y soldados la conciencia de que son ellos los que poseen el derecho a construir su propio destino recuperando el control de sus vidas. El partido bolchevique que comparte con el mundo del trabajo su lectura marxista del mundo. Una lectura que tiene en la historia de La Comuna de París un capítulo insoslayable y constituyente. Una lectura revolucionaria de las insurrecciones fracasadas de 1905. Un partido que impulsa de manera permanente la acción de clase para dar lugar al surgimiento de esa “espontaneidad” que solo puede entenderse si se acepta que para legar a ella, a “la espontaneidad de las masas” es necesario contar con fuerte organización, dura militancia y constante voluntad revolucionaria.
Solo desde esa voluntad colectiva en marcha se entiende el estallido de la revolución de febrero. Una revolución que da lugar a ese doble poder que a la vez expresa la convivencia de dos revoluciones: una burguesa de corte democrático y otra proletaria que por diferentes motivos se ve frenada. En cualquier caso valga decir que en febrero el futuro gana su primera batalla y queda a la espera de dar su paso definitivo. Tendrá que esperar a Octubre. Pero quienes no esperan son los bolcheviques. Lenin anuncia su llegada. La revolución volverá a llamar a las puertas de la Historia.

1La disparidad entre el calendarios juliano por el que se regía Rusia el el calendario gregoriano que era y es el aceptado por la mayoría de los países occidentales daba lugar a un diferencia de fechas de 13 días de adelanto entre el primero y el segundo. En este comentario utilizaremos las propias de la Rusia de aquel tiempo señalando en alguna ocasión la correspondiente al calendario actual.

miércoles, 15 de marzo de 2017

De qué hablamos cuando hablamos de Juan Carlos Rodríguez




       De qué hablamos cuando hablamos de Juan Carlos Rodríguez


Resulta objetivamente difícil responder a esta pregunta porque su obra, aunque dotada de columna vertebral- el marxismo-, se repartió por cuerpos doctrinales muy diferentes: la literatura, la historia, la política o la filosofía por ejemplo, y en escalas y variaciones muy diversas: el libro, el artículo, las cartas, el folleto. Ahora, después del maremoto de la postmodernidad, impartir saber no goza de buena salud académica o mediática y el sujeto solo se hace responsable- responde- de sus “no-yos” en tanto identidad disponible para el consumo de lo propio y de lo ajeno. La confusión es un arma de destrucción masiva desde el punto de vista del intelecto y el enemigo ha logrado imponer la confusión entre la doctrina y y el doctrinario. El enemigo, ese es en verdad el permanente objeto de estudio y reflexión en la obra, amplia, afilada y germinal de Juan Carlos Rodriguez. El enemigo de clase y sus disfraces e invisibilidades en todos aquellos campos en el que la cultura, de clase, se presenta como universal y perpetua. Esa investigación contínua sobre la infiltración del enemigo de clase en los campos del saber fue su tarea a lo largo de años, libros y programas de enseñanza y con esa tarea abrió los ojos, las miradas y las palabras a muchos de quienes durante los largos años de la Transición asistíamos, en estado de desencanto y desánimo, al éxito de los cinismos políticos de los nuevos demócratas y al auge de las insensibilidades estéticas socialdemócratas instaladas en los centros de formación y circulación – universidades, medios de comunicación- de la semántica y la imaginación colectiva.
Juan Carlos Rodríguez como un referente para la preocupación, como un aguafiestas para los verborreos del grupo PRISA y semejantes, como un trago de agua fresca durante esa travesía del desierto que llamamos Transición en la que muchos, a la sombra del poder, disfrutaron de nevera, bebidas refrescantes y aire acondicionado. Una Transición que nos hizo y nos deshizo, y sobre la que el maestro que habitaba bajo las barricadas de su propio sombrero reflexionó con agudeza y acierto.
En el capítulo dedicado a Pensar la explotación de su libro De qué hablamos cuando hablamos de marxismo, J. C. Rodríguez nos hizo observar, por ejemplo, como, asumidas sin crítica, “palabras mágicas” como Libertad y Democracia, iban a actuar a lo largo del proceso y, en tanto categorías transversales y abstractas, a modo de agujeros negros que acabarían abduciendo a las fuerzas de transformación radical (económica, social) que las luchas antifranquistas habían venido generando: “ De modo que en aquellos tres años decisivos (de 1976 a 1979) se desbordó el “politicismo extremo” que se había iniciado en el 68 francés y que no dejó de acrecentarse hasta su desaparición (como por embrujo) a partir de los ochenta”. Una reflexión sobre la que los comunistas y los comunistas estamos también obligados a reflexionar especialmente en estos días en que la Democracia Parlamentaria, que es el concepto de democracia dominante, ha vuelto a dar el gobierno, vía Rajoy, a los enemigos de la democracia social y económica. Juan Carlos Rodríguez: un aviso para caminantes.
Publicado en Mundo Obrero febrero 2017