martes, 5 de junio de 2018

La máquina cultural, de Beatriz Sarlo




La máquina cultural: maestras, traductores y vanguardistas. Beatriz Sarlo
Premio de Ensayo Ezequiel Martínez Estrada. Casa de las Américas 2000

Quizás convendría, ante todo, felicitar al jurado convocado por Casa de las Américas de La Habana, por lo que supone haber premiado este ensayo. Y no solo por lo que supone como reconocimiento a la obra de su autora, sin duda una de las más potentes cabezas culturales con las que cuenta hoy la escritura en lengua castellana, sino por lo que incorpora como actitud «no nacionalista», y me explico: detrás (o delante) del hecho de otorgar el premio a este texto de la argentina Beatriz Sarlo hay, en mi opinión, una clara voluntad de entender «lo cultural» como un ámbito de mediación que está muy por encima de lo que se pudo llamar «cultura nacional» y muy por encima también de lo que podría llamarse hoy «cultura Latinoamericana». Me atrevería a decir que con este ensayo se ha venido a premiar más el pensamiento que la cultura, más la capacidad de pensar acerca de lo que está delante nuestro y, sin embargo, o precisamente por eso, no se deja ver, la capacidad de autocelebrar la capacidad de la «nación humana» de crear. No en vano su propio título parece apostar más por la herramienta que por el producto.
Paradójicamente los tres episodios que se abordan en el ensayo delimitan una geografía y un calendario muy concreto: Argentina en tres momentos históricos que abarcan desde los inicios del siglo XX hasta los inicios de su último cuarto. Y es mérito del ensayo mostrar con claridad cómo lo concreto no obliga necesariamente a caer en el localismo y cómo el localismo no se deja superar simplemente con ampliar el mapa. sin cambiar de actitud en la mirada.
De episodios habla la autora al referirse a las tres partes, a las tres historias que el ensayo narra; no parece una denominación gratuita que responda a lo que la misma Sarlo podría llamar «el costado fuertemente verbalista» del neoensayismo. Es el de la autora un «modo» de ensayo que recurre más a la representación narrativa que al tradicional análisis centrado en la delimitación del objeto, su asalto desde la reflexión y un posterior fallo o conclusión. No estamos ante la ficción reflexiva de un Sebald, pero ya quedan lejos aquellos modos de la antropología social o cultural que la propia Sarlo manejó con talento y eficacia en otros tiempos. El modo narrativo parece dejar más libre (más libre de la dominación del autor) el transcurrir de los textos que recogen cada uno de los tres episodios. Impregnado de un tono ensayístico cercano a los estudios culturales, el libro propone una nueva legitimación del rigor analítico que puede resultar llamativo y novedoso, al menos en el mundo literario español desde el que escribo y en el que los estudios culturales no pasan de ser algo exótico y casi totalmente ajeno (lo que no impide que ya hayan sido condenados por la parte más castiza –es decir, casi toda– de nuestro mundo universitario).
Con palabras de la autora resumimos el contenido del libro:
«En el primer episodio, una maestra enseña lo que ha aprendido, creyendo que lo que fue bueno para ella será bueno para sus alumnos que, en las primeras décadas del siglo, vienen, como ella, de las casas pobres y los conventillos ocupados por inmigrantes e hijos de inmigrantes. En el segundo episodio, una mujer de la élite oligárquica, nacida en cuna de oro y criada en una jaula dorada, hace del dinero y de la educación que recibió de sus institutrices algo más que lo que había calculado su clase de origen, abriendo un espacio de irradiación cultural que fue decisivo desde los años treinta hasta los cincuenta. En el tercer episodio, un grupo de hombres jóvenes, movidos por el impulso radicalizado de su época, cree resolver, en una noche de 1970, los conflictos irresolubles entre cultura y política.» «Son tres historias verdaderas –continúa diciendo la autora– y, según creo, muy representativas de la cultura argentina de este siglo.»

Valga añadir que el libro se cierra con un IV apartado en el que se «muestran las ideas de donde partió este libro y lo que aprendí escribiéndolo».
El episodio sobre la maestra, llamado Cabezas rapadas y cintas argentinas, se construye como una fábula real: la historia de una niña hija de la primera generación de inmigrantes que desde unas duras condiciones socioeconómicas de partida logra, a través de la institución educativa, primero como alumna ejemplar y luego como enseñante distinguida, alcanzar no solo un destino socioeconómico respetable sino también un lugar de mérito y autoestima dentro de su visión del mundo, visión, claro está, construida fundamentalmente con los propios materiales que le ha proporcionado la propia institución educativa. La fábula, quizás una parábola, tiene su clímax según la autora, Beatriz Sarlo, en un momento distinto al que señala la protagonista. Si para esta ese momento tiene que ver con el orgullo nacional y propio (difíciles de separar para el personaje) que representa el desfile de la escuela que dirige en una ceremonia pública y con cuya ocasión adornó a sus pupilos con unas cintas de los colores de la bandera nacional, para la autora el clímax del relato viene determinado por la acción que la protagonista lleva a cabo meses antes cuando, en su primer acto como directora de una escuela, rapa la cabeza a todos los alumnos varones y obliga a deshacerse las trenzas a todas las educandas. En este acto de intromisión autoritaria Beatriz Sarlo ve lo que la maestra no ve ni puede ver: violencia, y desde esa mirada el relato reconstruye las condiciones culturales que han dado lugar a esa ceguera, es decir, «los efectos colaterales» de la acción arrolladora de una máquina cultural sobre una persona, la maestra, que nunca llega ni a sospechar de ella ni por lo tanto a cuestionarla: «No entendió la sobreactuación de su único acto excepcional, por eso mismo, nunca captó bien la institución de la que se enorgullecía y que creía conocer por completo».
El segundo episodio está construido como un cuento de hadas, con princesa incluida. En este caso la princesa «nacida en cuna de oro y criada en una jaula dorada» tiene nombre propio: Victoria Ocampo, la fundadora, animadora y sostenedora de la revista Sur, un foco de irradiación cultural, como indica Sarlo, y comparable en su función al papel que la Revista de Occidente de Ortega cumplió en España. El episodio nos va contando la historia de esta princesa, su refinada y francesa educación, sus viajes, el fracaso de su boda, sus devaneos, sus relaciones culturales, sus devaneos literarios, sus deseos literarios, hasta perfilarnos una figura más cercana a la de embajadora literaria que a la de una impulsora de un movimiento o renacimiento cultural, aun cuando mucho de esto último haya que reconocerle. Para Beatriz Sarlo: «Por las lenguas extranjeras Victoria Ocampo y la revista Sur fueron lo que fueron: una máquina de traducciones (en todos los sentidos) operada por una traductora, intérprete y viajera» y no deja de ser un acierto sorprendente esta consideración de la traducción y su entorno como un eje fundamental de la máquina cultural, máquina que va a convertir a Victoria en una víctima:
Ocampo piensa a la cultura desde el modelo de su historia personal e intelectual. En esto se equivoca y a partir de este punto es ciega para percibir incluso el sentido de muchos episodios de su propia vida. Se ilusiona con que puede haber una relación de simetría y de igualdad entre la cultura argentina y las culturas europeas. Imagina, por lo tanto, que son mutuamente traducibles. Pese a decenas de malentendidos, nunca se convence de que esto es imposible dado el carácter secundario y periférico de la cultura argentina.
Otra historia de ceguera. Otra vez una máquina cultural que alumbra pero (¿inevitablemente?) también ciega.
El tercer episodio que se narra con cierto tono épico (Roldán hace resonar el olifante en Roncesvalles pero nadie escucha su llamada) se centra en una experiencia a caballo entre la estética y la política, en clave de incomprensión o malentendido. Transcurre en 1970, es decir, en los años de alta emergencia de los movimientos políticos radicales. Con ocasión de un acto de lucha contra la censura, unos cineastas porteños son llamados a colaborar en una jornada de protesta. Deciden que su contribución será «textual» y ruedan en una noche seis o siete cortometrajes que recogen, desde estéticas vanguardistas, su «lectura fílmica» del tema. Cuando su material es mostrado durante la jornada de protesta, es violentamente rechazado por un público que capta su mensaje como material burgués (rama decadente). El texto de la narración-ensayo reconstruye, a partir del testimonio y los recuerdos de los protagonistas, aquellos textos fílmicos hoy perdidos, nos hace presente el entusiasmo creativo de los participantes y explica las posibles causas de la incomprensión en razón a que, según la autora,
[…] se trataba de filmes en contra de la censura, pero ninguno de ellos tiene una perspectiva temática «realista» ni un tipo de representación «realista». Más aún, todos ponían de manifiesto que un film político no debía ser temáticamente «realista». Ninguna agrupación de izquierda o peronista radicalizada hubiera podido reconocerse en el programa estético de esos cortos, que sostenían (cada uno de modo diferente) que una vanguardia radicalizada era política porque era vanguardia y no a la inversa.

También y a su modo este tercer episodio cuenta una ceguera, o mejor, una doble ceguera. La de los creadores que no advierten que en la situación política en la que va a tener lugar la recepción de sus textos, la radicalización política va a impedir la lectura de sus intenciones y la ceguera del público que «víctima», según Sarlo, de esa misma radicalización no va a «ver» la carga política radical que los filmes contienen. No deja de ser curioso y seguramente significativo el que en esta ocasión solo una de las cegueras esté narrada –la de los creadores– mientras que la segunda ceguera –la de los radicalizados– esté solamente definida y adjudicada.
Cuando uno termina la lectura de este ensayo tiene la sensación de haberse enfrentado a un artefacto ideológico sumamente eficaz y percibe que alta parte de esa eficacia viene dada por su «narratividad», pues es ella la que le permite al lector no asistir a un mero proceso de conclusiones o comentarios sobre unos hechos determinados, sino «asistir», «experimentar» desde dentro de ellos. Vivirlos. Por supuesto que dado que los textos de Beatriz Sarlo no renuncian a la presencia de lo propio del ensayo: subrayar, interpretar, juzgar, emitir juicios, sabe que los hechos o episodios los «ha vivido» en compañía de una Sarlo nada ingenua, nada neutral ni nada desinteresada pero, aun sabiéndolo, la eficacia de lo narrativo –la sensación de haberlos vivido desde dentro– no deja de mostrar su fuerza persuasiva.
Y finalmente, una vez que uno logra separarse del efecto narrativo, se acaba preguntando qué es lo que este tan especial ensayo nos ha venido a decir. Dicho de otro modo: ¿qué quiere este texto de nosotros? Parece claro que el tercer episodio quiere que compartamos su juicio de que el conflicto entre lo estético y lo político es inevitable porque lo político no respeta «la autonomía» de lo estético, aunque también podría leerse el episodio como un ejemplo más de que lo estético no respeta la autonomía de lo político, porque en definitiva: de qué se habla cuando se habla de «la autonomía» de lo estético. La narración-ensayo de la Sarlo no ayuda a aclarar esa pregunta. En realidad, y como en tantos otros ensayos que reivindican dicha autonomía, de lo que parece estarse hablando es de independencia. Y la independencia es la historia de un poder –¿lo estético?– que se pretende poder igual frente a otro poder, lo político en este caso. Lo que la tercera narración no nos muestra son «las razones» de ese poder que niega la independencia a la propuesta estética de los creadores vanguardistas porteños. Una vieja polémica que releída hoy, es decir, en un presente en que «lo político» parece haberse esfumado y en la que la posible autonomía sería ya solo autonomía frente al poder del sistema de mercado, lo único que parece alumbrar es la esterilidad de esa bipolaridad estética/política que si en la Ilustración cumplió perfectamente su papel –crear límites al poder absoluto– su mantenimiento en el presente no deja, al menos para quien esto escribe, de mostrar un deje de aristocratismo residual.
Sobre aristocracia en algún sentido también parecen hablar los otros dos episodios. Una maestra que se siente «superior» –y efectivamente la «maquinaria cultural» ha legitimado ese sentimiento– a sus súbditos: alumnos y alumnas de baja condición social y a los que somete a un acto de «privilegio feudal» en nombre de un ideal de «higiene nacional». Y una aristócrata en quien los títulos de la fortuna y la cultura coinciden, que decide establecer su corte sureña sin darse cuenta que nunca dejará de ser una advenediza en la verdadera Camelot: los centros financieros y culturales de Londres, París y Nueva York, esos espejos en los que una y otra vez encontrará la respuesta negativa a la pregunta de si ella es la más bella.
En las narraciones, en la buenas narraciones, no suele coincidir lo que se dice en ellas con lo que esas narraciones dicen y algo semejante pasa con este singular y poderoso ensayo: por un lado, la gente vive y convive con la máquina cultural que la reafirma, la cuestiona o la niega pero, por otro, esas máquinas culturales no dejan de ser una manifestación más del poder, con su especificidad si se quiere, siempre que no convirtamos lo específico en una clase de «sangre azul» que otorga privilegios (excepciones al derecho común). Vemos, en conclusión, que en el ensayo se nos habla de la autonomía de la máquina cultural, pero el ensayo en su totalidad curiosamente parece negarla. El espejo existe y existen las imágenes, los episodios, pero en ese espejo la cultura no ocupa rango autónomo sino simplemente subsidiario. No eran esas las intenciones de la autora. Intenciones manifiestas en el último apartado del ensayo. Sin embargo, eso leemos. No creemos que se trate del iluso proceso de independización «de los personajes narrativos». Simplemente el rigor en su tratamiento nos deja ver la carta robada que ese rigor ha dejado encima de la mesa.

Texto publicado en la revista Guaraguao e incorporado a Viceversa. Edit Paso de Barca 2018.

lunes, 28 de mayo de 2018

Marx y Menos IV: Ser y no ser.


Marx y Menos IV

Ser y no ser.

- Hola Menos ¿cómo te va la vida?
- Bien Marx, bien. ¡ Feliz Cumpleaños! bueno ¡Feliz Cumplesiglos?
- Pues sí, que ya son dos ¡Cómo pasa el tiempo!
- Estarás contento con tanto festejo.
- Siempre es grato que se acuerden de uno. Aunque si te digo la verdad en muchos casos parecería que molesta que siga vivo.
- Tampoco te extrañe porque para muchos sigues siendo un aguafiestas. Pero muchos son también los que te celebran y además, que como el cumple te pilla con la crisis cerca pues ahora se te recuerda mucho más que antes de la crisis.
- Razón no te falta. No es que diga que no hay mal que por bien no venga, pero es cierto que la crisis me ha supuesto algo así como una pequeña transfusión de sangre revolucionaria.
- Y académica también amigo Marx. Que he visto muchos homenajes, libros, conferencias y hasta biografías en tu honor.
- Sí. La verdad es que no debería quejarme pero...
- ay Marx, tú siempre con los peros, con la crítica, sin polémica parece que no vives.
- Es que si no hay polémica es señal de que estás muerto.
- Vale, vale, dime entonces de qué te quejas.
- Más que quejarme me desconcierto.
-¿Por?
- Pues no sé muy como decirte. Por un lado es como si dejasen de recordar lo que no fui ni soy. Y por otro parecen empeñados en olvidarse de lo que sí fui y soy.
- A ver, explícate un poco que no te entiendo. ¿Que es lo que te reprochan no ser?
- Lo resumiría diciendo que parecen empeñados en acusarme de no ser su contemporáneo. Lo cierto es que tienen una idea bastante reducida de lo que es la contemporaneidad. Cómo si por no tener acceso a Internet ni móvil ni conocimiento de las leyes de la termodinámica ya estuviera muerto, superado, inútil. Lo curioso es que estos mismos que no dejan de darme de baja por no haber conocido el postfordismo ni los cambios en la distribución geográfica y sectorial de los puestos de trabajo no dejan de reivindicar a Kant o de Adam Smith que, vamos, de termodinámica cero. Hablan y hablan de las nuevas condiciones del capitalismo como si el capitalismo hubiera dejado de ser capitalismo, es decir, extracción de plusvalías. Hablan de economía financiera como si hubiera dos economías independientes en lugar de analizarlas como las dos caras complementarias de una misma moneda basada en las expectativas sobre las plusvalías futuras. Da la impresión de que hablan de globalización del capital como algo diferencial cuando si hubieran leído, no ya el El Capital, sino El Conde de Montecristo podrían comprobar como el capital financiero, que de ficticio no tiene nada, ya viajaba a toda velocidad por los hilos del telégrafo hace más de siglo y medio. Hablan de ficción pero se olvidan de las bases materiales de la verosimilitud.
- Joder Marx, ya veo que estás algo quemado pero también tienes que comprender que es lógico que encuentren en falta que no tuvieses en cuenta categoría ahora tan presentes como la emancipación de la mujer o la sostenibilidad de los recursos naturales.
- Bueno, no me hagas hablar que no quiero que se me caliente la boca. Son ellos los que deberían tener en cuenta que esas desatenciones más que ausencias tienen lugar dentro de una obra que está encaminada a proveer de argumentos a las fuerzas sociales que en aquellos momentos tenían presencia para intervenir en la lucha de clases. Toda mi teoría estaba y está atravesada por la necesidad de la praxis revolucionaria en cada momento concreto, en aquel aquí y ahora donde ni el movimiento de liberación de la mujer ni el ecologismo todavía habían emergido como fuerzas sociales de transformación. Y además tampoco se me puede reprochar tanto esas carencias. Al hablar de la reproducción de la fuerza de trabajo y de las condiciones de subsistencia dejaba abierta la puerta para que se abordase la cuestión del trabajo doméstico como un espacio ni social ni económicamente considerado. Y sobre la cuestión de los recursos no dejo de expresar en algunos momentos mi denuncia sobre la explotación de la tierra. Pero no se trata de eso. Por un lado me acusan de profeta fracasado y por otro me reprochan no haber adivinado el futuro.
- Hombre Marx, es que han pasado más de siglo y medio desde que anunciaste la caída del capitalismo y ahí seguimos.
- Yo no deje eso, hable claramente de que la cosa podía tener otra salida “por el peor lado”. Dije y vuelvo a afirmar que la caída gradual de la tasa general de beneficio es una expresión singular del modo de producción capitalista y que esta tendencia acabaría provocando su propia ruina pero también hablé, y esto nadie parece querer recordarlo, que se podía explicar - y me cito- el “por qué esa caída no es mayor o más rápida acudiendo a la actuación de atenuantes o influencias contrarrestantes que obstaculicen y anulen el efecto de la ley general y la dejen solo el carácter de una tendencia, razón por la cual hemos llamado a la caída de la tasa general de beneficio “caída tendencial”. Parecería que el único que leyó este capítulo décimo cuarto del Libro III de El Capital fue Keynes que, a partir de entender esos atenuantes ,procuró que los Estados pusieran en marcha políticas económicas que favoreciesen la presencia y fuerza de esos atenuantes.
- Cuáles eran, que ahora no los recuerdo.
_ Tu quoque, filio meo? Pues el Aumento del grado de explotación del trabajo, la Comprensión del salario por debajo de su valor, el Abaratamiento de los elementos del capital constante, La sobrepoblación relativa, el incremento de El comercio exterior y El aumento del capital por acciones. Es decir y en resumen, el fuerte incremento de la productividad ligado a las fuertes transformaciones de las tecnologías de la producción, circulación y comercialización de las mercancías.
-Bueno, no te enfades. Que ya que mencionas lo del valor ahí la cosa parece admitir mucho debate.
- Pues venga, que también le tengo ganas a ese debate.
- Habrá que dejarlo para otro día, que ahora es tarde y además te has sulfurado demasiado y no quiero que te dé ese infarto teórico que tantos están deseando.
- Vale, pero no caigamos en eso tan español del “siempre mañana y nunca mañanamos”, que también quisiera hablar de cómo con tanto discurrir sobre lo que Marx no es se les olvida hablar de lo que Marx sí es: el que habló de la propiedad privada de los medios de producción como causa de la explotación y de la dictadura del proletariado como necesidad histórica para el paso hacia una sociedad sin explotación. No es que yo vaya en plan de Yo soy el que soy pero tampoco me parece justo que quieran retratarme como un yo soy lo que no soy.

Marx y Menos III Mentiras y postverdades


Marx y Menos III

Mentiras y posverdades.


- Hola Marx
- Hola Menos ¿qué hay de nuevo?
- Pues hay lo que hay y lo que no hay.
- Dialéctico te veo.
- No, no, esto nos es dialéctica sino posverdad
-¿Posverdad? ¿y eso que es?
.- Pues más bien es un no es, una mentira que pasa o se ofrece por verdad.
- Bueno, llames como lo llames eso es lo que siempre hemos llamado mentira de la buena.
- Ya, pero ahora es otra cosa, porque es una mentira que convierte en mentira todas las verdades o viceversa. Es una mentira que contamina, una especie de epidemia que enferma la verosimilitud de las cosas.
- A eso yo le llamaría el fetichismo de las mentiras.
- Pues algo así. Es cosa de la prensa, de las noticias.
- Cuenta, cuenta.
- Pues que al parecer y por culpa de la proliferación de espacios y lugares que crean o repiten noticias falsas, las redes sociales por ejemplo, los blogs o la prensa digital, la credibilidad de los periódicos está ahora llegando a cero. Y eso es malo, lo dice hasta Cebrián
- Y ese quien es?
- El que envuelve en papel de celofán las mentiras del Capital
- Pues hombre mucha credibilidad ese no tendrá.
- No te creas, durante años fue el amo de la hegemonía noticiera
- - Y ahora ¿de qué se queja? ¿De que las nuevas tecnologías le han arrebatado el monopolio de la vaselina, es decir, que le han quitado la hegemonía?
- Supongo Marx, es de los que dice que “proliferan rumores infundados que destruyen prestigios y difaman injustamente”, que “el liderazgo de la sabiduría ha dado paso a la manipulación, el error o la vulgaridad” y que “si queremos consolidar la democracia y garantizar el futuro de las instituciones contra las posverdades y la manipulación informativa, los medios de referencia deben recuperar su papel central en el debate político”. Yo la verdad xxxles que desencuaderno con eso del liderazgo de la sabiduría y los medios de referencia. Me imagino que esos medios de referencia son los que no paran de manipular las noticias sobre Venezuela y de desprestigiar al pobre Zapatero para una vez que dice lo que piensa. Pero bueno tu sabrás mejor que yo, que sobre la prensa has escrito mucho sobre todo en tu juventud.
- Calla, calla, que por entonces yo estaba hecho un idealista aunque ya me daba en la nariz que eso de la libertad de prensa estaba más oscuro que claro. Recuerdo que el muy reaccionario gobierno prusiano también, hace ya casi dos siglos, nos quiso vender cinismos semejantes. En aras de vender la censura decían desear que la prensa se abstuviera “de especular con la curiosidad de sus lectores mediante novedades sensacionalistas y murmuraciones en torno a sucesos y personalidades e informaciones carentes de contenido, tomadas de otros periódicos por corresponsales malintencionados o malinformados, tendencia esta contra la cual tiene la censura el deber incuestionable de intervenir”
-¡!Joder!, Lo mismo que Cebrián: “ rumores infundados que destruyen prestigios y difaman injustamente”.
- Pues sí, los mismos perros con distintas semánticas, Menos mal que ahora no tenéis censura.
- No te creas, al fin y al cabo y como bien nos has enseñado el Capital es el mejor censor porque no parece un censor. Además el tipo también pide “reclamo de responsabilidades”, que ya me dirás qué entiende por eso.
- Pobrín, eso de sentir que ya no eres medio de referencia debe ser muy jodido para los que se pensaban parte del ese “liderazgo de sabiduría”
- De pobrín nada que el tipo está forrado. Pero hablando del sabidurías . ¿Tu sigues pensando que la prensa sigue siendo la palanca de la cultura, que sigue siendo el ojo vigilante del espíritu del pueblo y que es la confesión abierta y sin reservas de un pueblo ante si mismo?
- No me hagas sonrojar recordándome aquellas elocuencias juveniles. El periodismo no deja de ser un negocio, una inversión y la lógica de la inversión nada tiene que ver con la verdad. Ahora pienso que quien verdaderamente escribe en los periódicos es el Capital, y sus escribas.
- ¿También en Mundo Obrero?
- No, no, no seas cabrón. Mundo Obrero no funciona con la lógica de una industria y ya dije en su momento, y eso lo mantengo, que la primera libertad de prensa consiste precisamente en no ser una industria. Mucho me temo que para desgracia del sueldo de los que ahí trabajan el único capital que escribe es, si acaso, el capital simbólico.
- Pero el capital simbólico, dice Bourdieu, también tiene su rentabilidad.
- Mucho me temo que ese capital cotiza bajo mínimos. Ojalá fuera así porque serviría para acumular deseo de revolución y ayudaría organizarla. Pero cuéntame más de eso de la posverdad
- Pues eso, que es una especie de tendencia a infiltrar noticias falsas y con morbo comercial, con el ánimo de confundir y hacerse notar. Mentiras en definitiva.
- La mentira puede ser un arma de destrucción masiva. Como el caballo de Atila: allí donde pisa no vuelve a crecer la verdad. Supongo que por eso cuando leo la prensa actual me parece estar atravesando un desierto donde solo crece la publicidad.
- Y entonces ¿qué hacemos ? ¿dejar de leer?.
-Todo lo contrario: leer juntos y pensar juntos, porque esa es nuestra fuerza: leer, pensar y el hacer juntos. Hay que crear inteligencia colectiva, es decir, organización e imaginación. Porque solo la revolución es revolucionaria.
- Y que la veamos.

domingo, 20 de mayo de 2018

Novela y militancia



Estigma, menoscabo y caricatura de la militancia comunista en la novela de la Transición. Un acercamiento.
 
I. Tres novelas.

1.- HISTORIA DE UN IDIOTA CONTADA POR ÉL MISMO o EL CONTENIDO DE LA FELICIDAD1

Estigma: marca o señal en el cuerpo. Desdoro, afrenta, mala fama. Marca impuesta con hierro candente, bien como pena infamante, bien como signo de esclavitud

La novela, en todo su desarrollo, acepta el registro de la autobiografía para contarnos los diversos momentos de su vida en los que el narrador y protagonista entiende que tuvieron lugar sus encuentros y desencuentros con la idea de felicidad. De su contenido resumiremos tan solo el bloque narrativo donde hace memoria y balance de su paso por la universidad, citando en largo aquellos momentos que entendemos como más significativos de cara a su valoración de la militancia política., cuando, después de hablarnos de su infancia y primera adolescencia, pasa a narrar sus experiencia universitaria; “La Universidad española, por el mero hecho de ser española, mal podía ser una Universidad, de modo que ingresé en la Cualquiercosa española, sección Ciencias, con la intención de hacer Exactas sin poner los pies en el centro, ni en ninguna de sus secciones y subsecciones, dado que tenía superada la felicidad pedagógica y esperaba, en cambio, descubrir nuevos datos sobre una forma reciente de felicidad a la que no tengo más remedio que llamar por su nombre: la militancia política de extrema izquierda revolucionaria”. Entiende además que los miembros de esa militancia “eran decididos partidarios de la felicidad (social, internacional, proletaria, planetaria) y, por tanto, unos beduinos errantes por la polvareda del futuro, sin mejor oficio que la untuosa vigilancia de prosélitos y militantes” y proseguirá explicando los resultados de su conocimiento directo: Presentaban, como si de un fenómeno circense se tratara, al Héroe Popular bajo el aspecto de un tornero-fresador con mono azul —el cual, por cierto, se hizo transexual en cuanto reunió cuatro duros y adoptó como nuevo apellido el de «Andersen», encantador homenaje a la sirenita, otro bicho con el sexo hecho un lío—, o incluso bajo el aspecto de El Minero Asturiano —otro ejemplo mal elegido pues años más tarde se dejaría crecer la corbata y figuraría como secretario general de uno de los partidos comunistas, toda una carrera—, sin consideración hacia los mineros y tornero-fresadores, los cuales son como yo, es decir, enemigos declarados de la felicidad, por muy proletaria que sea.
Mi experiencia en el terreno de la felicidad planetaria fue triunfal. Y el cenit lo constituyó una semana de trabajo —en realidad conspiración y agit-prop— en una factoría de Sabadell en donde se trataban pieles de cordero con fines que me siguen estando vedados. En aquel estupendo ambiente, con un hedor que nunca más he podido disfrutar, y en amable camaradería con los hermanos proletarios, nos dedicamos, mi célula y yo, a instruirles sobre la miseria que padecían y el futuro feliz que les esperaba, con sólo que se dejaran matar un poco. Lo cierto es que a los cinco minutos nos palmeaban la espalda al grito de «¿no te jode el estudiante?» y pretendían llevarnos de putas. Al término de nuestra labor de agitación y propaganda nos hicimos una foto y acudimos a
cobrar. El empresario, un hombre tan parecido a Sánchez Bella que por un instante creí estar soñando, nos entregó el sobre de estraza con una invitadora sonrisa y susurró que nos había añadido algún billete más que a los restantes hermanos proletarios, porque él tenía un hijo en la mili y sabía lo que es pasar necesidad. El jefe de célula (hoy conspicuo urbanista al servicio de una inmobiliaria californiana) tuvo un movimiento altivo, pero nos lo llevamos a rastras gritando «pues muchas gracias» hasta tenerlo encerrado en el ascensor, en donde nos afeó la conducta mientras nosotros le hacíamos ver la inexistencia de contradicción entre aceptar aquel pequeño detrimento de la plusvalía patronal y el último discurso de Fidel sobre la cosecha del siglo.
Magníficos camaradas los de la militancia en la extrema izquierda revolucionaria! ¡Así nos luce el pelo! En cuanto alguien ni siquiera tan relevante como Sánchez Bella les ofreció una parcelita de promoción pública, se dieron de codazos para entrar en Palacio. España es hoy una así llamada democracia porque lo decidieron de este modo los torturadores, los explotadores y los estafadores.
La libertad conseguida como gracioso obsequio es un fruto venenoso; Adán y Eva también recibieron gratuitamente su Paraíso, pero nuestros primeros padres tuvieron la prudencia de decir «no, gracias» y largarse a la desdicha, es decir, al hogar, a lo habitable. Nuestros vendedores de felicidad planetaria tenían tan poca fe en su propia mercancía que acabaron por comprar el producto de la competencia, el contenido de la felicidad que vendía el enemigo”





2.- La QUINCENA SOVIÉTICA2

Menoscabo: Disminuir algo quitándole una parte, acortarlo o reducirlo. Causar mengua o descrédito en la honra o en la fama. Deteriorar o Deslustrar algo quitándole parte de la estimación que antes tenía..

La novela de Vicente Molina Foix aun teniendo un protagonista y narrador identificado, cuenta la historia de un grupo de ocho jóvenes militantes burgaleses del Partido Comunista que, obligados por la caída de la cúpula del aparato provincial,se trasladan a Madrid para seguir allí desarrollando su militancia - “Eramos todos jóvenes, todos de poco más o menos de veinte años, pero en todos estaba firme la conciencia política y el deseo de entrega a los requerimientos del Partido”-. Cuatro de ellos, que han estudiado las enseñanzas medias con beca, tienen como destino entrar en la universidad mientras que los otros cuatro habrán de buscar trabajo en fábricas y talleres. Entre ellos hay una sola mujer que a tenor de la descripción que de ella se nos proporciona no será causa de ninguna tentación sentimental - “la camarada Marcela espantaba los sentimientos, excepto si cabe, los fraternales con sus manazas de paisana joven que ha conducido bueyes, su corpacho, sus tres dientes en falta”. Todos ellos siguen las medidas correspondientes a las condiciones de radical clandestinidad: “La consigna de los primeros meses de infiltración fue hacerse pasar por miembros de una tuna universitaria de provincias[...] Repugnaba a nuestros principios vestir ese disfraz de cintas [...] cantando a los turistas norteamericanos y recibiendo de ellos, peones del imperialismo, enemigos de clase, dinero fuerte”, Y todos, al instalarse en Madrid sufren los cambios que produce el trasvase de lo rural a lo urbano: “La ciudad es abstracta”, “ En la ciudad la militancia es menos franca que en el campo, donde la entrega a cuerpo entero de sus pobladores tiene en sí algo de profundo compromiso”. Cuando empiece el curso la célula burgalesa se separará en dos grupos distintos; los universitarios se matriculan en Derecho, los otros cuatro que pasan a hacer agitación de base en una factoría de Pegaso. Será después de la separación que empiecen los problemas: “ en las aulas, aislados los cuatro estudiantes por estrategia, aunque al tanto todos de la rutina de los restantes, hizo su aparición la vida personal.”
En la facultad se integran con prudencia de neófitos en la organización universitaria del Partido y atienden las consignas de sus dirigentes: “nuestro enlace del comité universitario, Rosa Laínez, una de cuarto vestida siempre muy convincentemente de burguesa”. Pero pronto la propia vida en las aulas les va introduciendo en el ambiente de los movimientos estudiantiles de protesta y militancia antifranquista. En el bar de Filosofía y Letras conocen , por ejemplo, a los miembros de otras organizaciones de izquierda: “Allí estaban los estudiantes que no estudian pero saben”, “Su grupúsculo de ambigua denominación libertadora, “espontáneo” y “abierto”, “anti-estalinista”, seguía una vía al socialismo francamente tortuosa y aventurera”.
El gobierno prepara un Referendum Nacional3 para la aprobación de la nueva Ley Orgánica del Estado y los recién incorporados a la lucha estudiantil asisten a la concentración que, en clave de humor grueso los del grupúsculo abierto y antiestalinista, han montado. Entra la policía y se arma un enorme revuelo que acaba con el asalto al despacho del decanato y la intervención violenta de los grises y los fachas de Defensa Nacional. Los militantes burgaleses, siguiendo indicaciones de sus responsables evitan ”formar parte de esa acción precipitada llena de riesgos y provocaciones contraproducentes”.
En Navidad se reencuentran todos de nuevo “brindamos con sidra mientras los camaradas obreros contaban conmovedoras escenas de afiliación masiva en sus talleresy al reanudarse el curso otra vez “la vida personal”, en esta ocasión en forma de atracción amorosa, sale a su encuentro a pesar de que ya su enlace les ha exhortado a evitar “las caras monas sin nada aquí dentro que tanto abundan en esta facultad”. El narrador, del que seguimos desconociendo su nombre, abandona los verbos en persona de plural, el nosotros, para cambiar, al menos momentáneamente, al singular: Me avergüenza decir que en febrero había encontrado novia. Cáceres, el tercero del grupo, enseguida se dio cuenta. Sin duda porque él mismo se había prendado de una coruñesa de ojos azules que leía siempre en el tranvía libros de Freud, sin relación alguna con las materias de clase. Así formamos una alianza tácita de mutua ocultación frente a Marcela y el cuarto de la clase, López-López, que no habían caído en los enredos del amor”. Su novia, Marisa, era hija de un sastre militar, dato importante para la posterior trama de la novela, y seguidor entusiasta del Régimen
Poco a poco la célula incrementa su actividad revolucionaria y después de participar, con éxito, en los preparativos de una huelga para reclamar la constitución de un sindicato libre de estudiantes en el distrito, su responsable en la universidad, Rosa Laínez, les comunica en nombre de la alta cúpula dirigente que, aunque Comisiones Obreras cada vez tiene más implantación en las fábricas, una parte de la Iglesia empieza a mostrar su disconformidad con el régimen y hasta grupos capitalistas y financieros cuestionan los métodos fascistas impuestos por Franco, no se estima adecuado todavía la convocatoria de una Huelga Nacional Política pero se convoca una gran acción subversiva, la Quincena Soviética, que el Partido pondrá en marcha en estrecha colaboración con la organización de los camaradas intelectuales, “quienes, por su mayor madurez y preparación ideológica, están capacitados para formar la vanguardia”. Una iniciativa que va a implicar para los estudiantes y obreros redoblar el tiempo y los esfuerzos que hasta el momento han dedicado a sus actividades clandestinas a fin de preparar con intensidad su participación en esa acción programada por el Partido. El grupo burgalés se reune en una iglesia con camaradas de otras organizaciones de obreros y estudiantes “pero el grueso lo formaban los intelectuales, un poeta de verso libre que había cantado al obrero asturiano, dos novelistas del Sur, .una ensayista vasca que servía de enlace con los trabajadores de la margen izquierda del Nervión, y un autor teatral de mucho éxito en los escenarios burgueses de Madrid, el Comediógrafo del Día, el hombre que a las siete entretiene a las damas con chascarrillos de adulterio y por la noche contribuye a la revolución con las grandes taquillas de sus obras.”
Mientras tanto el protagonista, del que pronto sabremos, al sincerarse emotivamente con su novia en la noche post-primeracoyunda, que se llama Simón si bien ese es su nombre de guerra y en realidad se llama Ramiro, se ha ganado la confianza de su futurible suegro y empieza a frecuentar con asiduidad el taller donde este guarda sus colecciones de ropa militar. Hace su aparición por entonces en el escenario de la clandestinidad un nuevo dirigente del frente intelectual, el apuesto Juan Anido, de pelo blanco y ligero deje gutural, que expone que la Quincena Soviética consistirá en una serie de jornadas culturales donde se realizaran distintos actos literarios, conferencias y proyecciones semiclandestinas de cine soviético, dedicadas arecapitular las conquistas del comunismo en la URSS, homenajeando en el año en que se va a cumplir el glorioso cincuentenario de la Revolución al gran país fraterno”.
Ramiro-Simón, que había ganado la confianza del padre de su novia entra, con nocturnidad y alevosía, en el taller del sastre militar y roba trece uniformes de la Policía Armada, de los grises. Asiste a una manifestación con la consiguiente carga de la caballería de las fuerzas represivas el mismo día programado para la intervención decisiva y central de La Quincena que va a desarrollarse durante los actos de clausura de una jornadas internacionales de Teatro que se están celebrando y a la que asistirán tanto la crema de la intelectualidad madrileña como importantes figuras del mundo cultural europeo. Se prepara “el asalto al teatro de invierno”. Un grupo de militantes, disfrazados con los uniformas que Simón ha robado, se reparten por el teatro con el subterfugio de velar por su seguridad. Cuando la obra finaliza, Rosa Laínez y otra camarada suben a escena y leen un manifiesto antifranquista contra la represión de los derechos de asociación y libertad sindical que es aplaudido por la sala de manera mayoritaria. Un éxito. Los falsos policías, menos Juan Anido, junto con las dos camaradas salen del teatro sin problemas, pero Anido es finalmente detenido y a partir de su caída las detenciones se ponen en marcha y Simón se ve obligado a iniciar su “tocata y fuga” no sin antes ser víctima de una especie de “caída del caballo” de ecos marcusianos - “Huida al interior de uno mismo” así como de una especie de revelación mística que tiene lugar bajo los frescos de la iglesia madrileña de san Antonio de los Alemanes. El Partido le facilitará su llegada a Valencia con parada en Mota del Cuervo donde se une con otros camaradas que vienen huyendo de la represión pasándose la noche contando, a modo de un Decamerón Rojo, historias y experiencias. Los últimos capítulos de la novela nos contarán su años de estancia en Valencia. Allí entra en conocimiento con la camaradas Cuca quien se mueve en las ondas y tendencias culturales más actuales, desde la poesía de Gil de Biedma a los haikús dadaístas pasando por los psicotrópicos y que le incita a “refundarse”, a ponerse al día: “¡Vapulearlo todo, cargarse todo, y que caiga en pedazos lo que en nuestra verdad pueda caer hecho pedazos.. (...) ¡Seamos creadores en el bien y en el mal! No olvides que el mejor mal forma parte de la mejor verdad. Y aun así haremos la revolución. ¿Cuál? ¡Ahí voy!. Más tarde se reencuentra con el camarada Anido, huido de Carabanchel y a sus órdenes reanuda su trabajo en el aparato de propaganda que reparte material por los pueblos. Pero no todo será “transporte de octavillas” pues la vida personal vuelve a salir, fatalmente, a su encuentro: ve el mar por primera vez y vuelve a tener un momento de transfiguración mística: “ La ruidosa compañía del mar era el mejor estímulo de un estar conmigo que quería evitar”.
El Partido sigue reclamando su colaboración para celebrar en Valencia “el exacto Cincuentenario de la Revolución” y una nueva acción reivindicativa se pone en marcha. Disfrazados con monos de trabajo un nuevo grupo de camaradas pinta con nitrato de plata y por la noche la hoz y el martillo en la fachada del palacete de la Lonja valenciana para provocar que, cuando le dé el sol al nitrato, pueda verse el signo comunista coincidiendo en el tiempo con un acto gubernamental. La acción tiene éxito también pero más allá del éxito Simón vuelve a sentirse raro y extraño y se aparta del entusiasmo de sus camaradas. Vigilante el Partido,Juan le convoca para una cita donde le soltará una diatriba que se mueve retóricamente entre la reprimenda y la autocrítica con voz ajena : “El hombre que organiza su vida sin contar con el otro es amoral; el pequeño burgués. El muerto. El que no escucha la llamada de los demás. Soy un observador por obligación, Simón ¡Simón! ¿ No estarás cayendo en los fetiches del para-ti?. [...]. El Partido no te pierde de vista, y te alienta, por mucho que lo que yo te digo te parezca un freno. Solo te estoy pidiendo una cosa: sé indulgente con tus camaradas, y piensa que ellos le tienen miedo a la soledad en la que tu te rodeas”. El protagonista, a pesar de la perorata, mantiene sin embargo su desconcierto. Hacia el final de la novela hay de nuevo una caída en el Partido, siempre con mayúscula, con nueva detención de Juan Anido con la inevitable huida y refugio de la militancia en una finca donde Simón y otros camaradas descubrirán una especie de cueva-capilla-altar comunista erigida a modo de santa santorum en recuerdo de un comunista desaparecido. La historia se cierra con la llegada de la policía nacional justo después de que el camarada-vigilante” les manifestase a modo de coda final que la revolución “ Es cuestión de seguir probando. Nos falta práctica. Si insistimos con toda la perseverancia del mundo. Si resistimos. Si aprendemos bien lo que hay que hacer, aparecerá.


3.-EL BUQUE FANTASMA4

Caricatura:dibujo satírico en que se deforman las facciones y el aspecto de alguien. en Mex: Película de cine hecha de una serie de dibujos animados que simulan el movimiento.

En primera persona Martín Benavente de Juan, el narrador y protagonista de la novela El buque fantasma, rememora, más veinte años después, un momento de su vida que tuvo lugar en la estación de tren de V: “Fue cuatro días después del atentado a Carrero Blanco, el mismo día de Nochebuena por la mañana”. La estación estaba llena de policías que buscaban a los cabecillas de la Universidad. Algunos de ellos ya habían sido detenidos y uno de ellos, Gaztelu, había delatado a sus camaradas, entre ellos a ese narrador y protagonista que ese día está en la estación después de haberse escondido en casa de un tío suyo. Allí en la estación ve como se le acerca un policía de la Brigada Político-Social y aguantando el miedo aparta con el pié el bolso de viaje pues “Esa mañana había tenido la inspiración de meter en él unos números de Pekín informa, algunos más de Nuestra lucha y, por espíritu ecuménico, uno o dos «mundos obreros». Afortunadamente sale bien librado del encuentro y constata con decepción la pasividad curiosa de la gente que, sin acercarse, se había dado cuenta del suceso - “Los mirones se dispersaron decepcionados. Casi seguro que a los muy miserables les habría gustado verme detenido, sólo para tener luego algo extraordinario que contar al llegar a sus casas”. Mientras, él mismo se siente mortificado “por la indignidad de haber sido, por pánico, simpático con quien únicamente podía repugnarme”.
Un año y medio antes de ese episodio, Martín había llegado a esa ciudad para estudiar en la Universidad, alojándose en un principio en casa de su tío Narciso, veterinario un tanto peculiar, de posición económica desahogada y con buenas relaciones con las autoridades franquistas de la provincia. Martín, que ha venido cargando en su maleta con libros de Engels, Freud y Tamames, tiene el propósito de encontrar por medio de su tfamiliar trabajo para pagarse la carrera -“yo estaba sinceramente convencido de que pagando mis estudios con el sudor de mi frente contribuía tanto a remediar las injusticias sociales en el mundo como a una más pronta llegada del comunismo a España. Porque una cosa era segura: el comunismo acabaría por llegar a España y yo lo recibiría en una fábrica. Eso por descontado”.
En la Facultad conoce a José Rei – Había algo en él que recordaba a uno de esos revolucionarios irlandeses. No sé. Quizás esa fatalidad de los que tienen una causa justa, una juventud hermosa y la audacia en los ojos, pese a lo cual no pueden evitar ser unos perdedores sin remedio. Había algo en su mirada que lo delataba así.- que le va a poner en contacto con dos militantes, Gabriel y Gaztelu, de la organización política en la que participa -Gabriel era una persona rara, un rigorista.... escribía con la izquierda, no fumaba, no bebía nunca, no iba al cine jamás, no salía nunca por la noche, nada.... Usaba el violín únicamente para interpretar en él unas versiones inquietantes y poco humanas de la «Internacional» y otros himnos revolucionarios que elevaban su moral y exaltaban su ardor combativo. Tampoco se reía nunca.- En Reí martín encuentra una especie de mentor político - “Fueron desde luego días muy provechosos. Y así fue también como me explicó Rei las diferencias que existían entre una sociedad feudal y otra industrializada,.. “ y a la vez un amigo y confidente -” Yo tuve que confesarle que no había tenido hasta el momento ninguna novia, pero que no lo descartaba y que desde luego me gustaría que también fuera fija”. Poco a poco nuestro protagonista se va vendo implicado en la actividad política de sus nuevas amistades -Había también un problema añadido. Rei y Gabriel empezaron, cada vez con mayor frecuencia, a pasarme propaganda ciclostilada”.- y pronto Reí le hace la propuesta de organizarse en la Juventud Comunista, que acabará aceptando con un tanto de miedo a a la vez que se siente atraído por el peligro y la vanidad - “Qué lástima que la clandestinidad tenga que ser clandestina. Que pena que el mundo no pueda conocer mi secreto.....arrancarle a una admiradora un pequeño “olé. Qué le vamos a hacer”. Empieza entonces a vivir y sufrir las incoherencias y absurdos de la militancia y el enfrentamiento sectario entre revisionistas y maoistas, el irracionalismo de los partidos comunistas – No hagas preguntas. Eso es la disciplina de partido, el centralismo democrático- y siguiendo las consignas de la organización – Tenemos que conocer mejor a todo el mundo. Hay que trabajar con la gente- entra en contacto con dos compañera vascas, las hermanas Lola y Celeste: “ A mi me parece que eran las más guapas de clase, de modo que empecé mi trabajo por ellas”.
A partir de ese momento la historia de militante Martín Benavente De Juan se estructura a través de un nuevo eje, el sentimental que se suma y co-funde con su trayecto existencia: “No puedo decir que la universidad española se portara mal conmigo: en el primer trimestre me hizo marxista-leninista-pensamiento maotserung y, a la vez, un enamorado clásico, es decir, romántico, desesperado, doliente.” “ Me veía a mí con las dos, con Lola y con Celeste, viviendo y durmiendo con ellas, que me aceptaban sin problemas. Me imaginaba un comunismo ideal, un día con una, otro con otra, otro con las dos, sin orden, sin prejuicios, sin fines, con la cama sin hacer todo el día”. Un momento de desidia en el puesto de trabajo que el tío finalmente le consigue provoca la perdida temprana de ese empleo y el abandono del domicilio familiar . En estas circunstancia da comienzo su relación con una mujer madura, bella y de “clase social alta”, Dolly, con la que tiene su primera experiencia sexual plena y con la que va a establecer una relación que basculará entre la amistad y el sexo. En el entre tanto, la actividad política se centra en la preparación de las interminables asambleas de estudiantes: “ En los dos meses de clase habríamos hecho ya unas treinta o cuarenta asambleas, de clase, de grupo, de curso, de comunes, otra vez de clase, luego de facultad, luego de grupos, que resultaba imposible aburrirse”
Entiendo que con lo resumido hasta el momento de la historia de este personaje Martín Benavente De Juan que la novela desarrolla, se ha ofrecido materia narrativa suficiente para que el lector de este breve ensayo se haga “una composición de lugar”. En el posterior desarrollo de la historia de Martín habrá espacio para narrar una manifestación estudiantil - “Apretamos más aún las filas. Gritamos todavía con determinación más enérgica. Si hubiera sido a voces, las cosas en España habrían cambiado aquella misma mañana”- dar cuenta del desvanecimiento de sus relaciones con Lola y de los acontecimientos que origina la delación de uno de los camaradas. También se nos dará a conocer la permanencia de sus encuentros con Dolly, su traslado a vivir en una pensión, la relación entre Rei y Celeste y la rutinaria cotidianidad revolucionaria: “Y así fue transcurriendo el curso. Asambleas, exámenes parciales, conatos de manifestación que duraban dos o tres minutos, cursillos leninistas, reuniones de célula. Lo de costumbre”.
A nivel argumental la novela se cerrará con su implicación en la detención de un compañero de piso, la detención de Rei, el desenamoramiento de Celeste, la falsa acusación de confidente de la policía, su entrada a trabajar en sucursal provincial del diario Pueblo, la desconfianza de sus camaradas y el apartamiento de la actividad política, su tristeza al “ver a mis viejos camaradas destrozados e inanes sobre el asfalto de la existencia” para finalizar la historia con las críticas, decepciones y desilusiones de Rei, su desencanto final y su esperable suicidio.
II. Más acá o más allá del desencanto.

La elección de estas tres novelas para la realización de este acercamiento y estudio del tratamiento de la militancia comunista que se lleva a cabo en la narrativa española de la transición, pretende evitar lo que de arbitrariedad personal toda selección supone, en arás de concederles una significación que supla los límites y limitaciones que el acercamiento reconoce. Es evidente que la constelación de novelas en las que la militancia política es abordada con mayor o menor intensidad va mucho más allá de lo que esta trinidad recoge. De algunas de ellas hablaremos a la hora de analizar las tres que se proponen pero otras muchas quedan fuera de esta oportunidad. Al respecto parece insoslayable citar de manera prioritaria el trabajo El desencanto en el PCE de la Transición analizado a través de la novela y el cine5 realizado por el profesor Marcello Caprarella que, en cierto sentido, marca las coordenadas analíticas desde las que hemos abordado nuestra reflexión aunque, en nuestro caso, hemos ampliado, más allá del PCE, nuestra mirada hacia otras militancias comunistas. En la novela de Azúa expresamente se habla de militancia de extrema izquierda, en La Quincena Soviética no hay dudas de estarse ocupando de la militancia en el PCE, mientras que en El buque fantasma se habla de un grupo de filiación maoista, a la izquierda del PCE.
Es fácil apreciar que los resúmenes que hemos ofrecido de cada una de las tres novelas han buscado claramente resaltar aquellos perfiles que ponen de manifiesto las posiciones estéticas, y por tanto políticas y morales, con que se aborda el tema de la militancia comunista. Son, han querido ser en ese sentido, resúmenes argumentales no porque resuman el argumento narrativo, aunque también, sino porque se constituyen como pruebas argumentales de ese menoscabo, estigma y caricatura que las caracteriza.
Sin duda el mismo hecho de que las tres novelas se integren en ese subgénero que podemos nombrar como novelas de la militancia estudiantil durante el franquismo, explica la repetición en cada una de ellas de lo que Capraella denomina “convenciones argumentales” entre las que fácilmente podemos señalar: el entusiasmo inicial, la universidad como espacio iniciático, la captación de los nuevos militantes, el destacado rol de la atracción amoroso y sexual en la convivencia grupal y de manera especial entre militantes de distinta “extracción social”, los escenarios de la protesta intraniversitaria, las manifestaciones, la represión brutal de la policía, las huidas, las detenciones, “la caída” como clímax, la rigidez , vigilancia y puritanismo de las organizaciones respecto a la vida privada de los militantes, la autocrítica como autorepresión, el dogmatismo y acartonamiento en las exposiciones ideológicas, la repetición rutinaria de fórmulas doctrinales, las delaciones, el proceso de desengaño, la decepción, el abandono final. Que estos elementos aparezcan como lugares comunes nada tendría de extraño en una narrativa que limita su espacio dramático a un mundo tan concreto como supone el mundo universitario de los años finales del franquismo. En todo caso a esta reiteración de topoi y tópicos difícilmente se le podría achacar esa visión negativa de la militancia que el título de esta exposición anuncia. Si acaso reproches de corte estético como el que apunta la voz narrativa de la que se sirvió el escritor Isaac Rosa en su novela El vano ayer6 al abordar el tema: ”Atención: la mecánica repetición narrativa, cinematográfica y televisiva de ciertas actitudes, roles o simples anécdotas descriptoras de un determinado fenómeno o período consigue convertir tales elementos en tópicos, más o menos afortunados clichés que, cuando son utilizados en relatos que no van más allá del paisajismo o el retrato de costumbres (dentro de un tránsito tranquilo por géneros habituales), provocan a la vez el malestar del lector inquieto y el sosiego del lector perezoso. Mientras este se acomoda en unos esquemas que exigen poco esfuerzo y en que reconoce a unos personajes bastante ocupados en conservar el estereotipo, el lector inquieto se desentiende con fastidio ante la enésima variación -pequeña variación además- de un tema viejo, como una cansina representación de esa commedia dellàrte en que hemos convertido nuestro último siglo de historia”
Ocurre sin embargo, y entiendo que los resúmenes ofrecidos son testimonio más que suficiente, que no trata solamente de lugares comunes, semantemas propios de género “novelas de la oposición al franquismo”, sino de decantaciones ideológicos que manifiestan lecturas y prejuicios extranarrativas que tiñen la mirada de los narradores que en las tres novelas rememoran en primera persona hechos y actitudes que tuvieron lugar en años ya muy distantes biográfica y mentalmente del momento en que la rememoración se inicia. Sobre ese distanciamiento entre los hechos narrados y el momento de la rememoración volveremos luego. Quisiera ahora seguir reflexionando sobre el carácter distorsionante que tiñe los semantemas propios de este subgénero que conforman “las novelas de la oposición al franquismo” y que por acumulación funcionan como elementos de degradación de propia actividad política, la militancia, sobre las que se construye su eje narrativo.
Algunas interpretaciones y autointerpretaciones al respecto se apoyan en el carácter irónico de las poéticas desde las que esa novelas se habrían construido. Entiendo que la ironía7 es en principio forma de decir lo que no se puede decir. Dice lo que no se dice. Decir otra cosa de lo que dice. Pero lo que define el ser de la ironía no es tanto su función retórica, su efecto, sino la situación que la provoca. La ironía es, en origen, el hablar del débil delante del fuerte. No es un recurso que el débil use para hablar al fuerte sino un código encriptado utilizado por los débiles en una
situación marcada por la presencia siempre vigilante del poder. Ese es el terreno constituyente de la ironía: la situación de desigualdad. La ironía en ese contexto jerárquico es el medio que tiene cualquier hablante de ir en contra de la ley o la norma sin tener que asumir las represalias que conllevaría una incitación al combate. Sin embargo en los textos de las tres novelas comentadas el recurso a la ironía nada tiene que ver con la desigualdad ni con la voluntad de debilitar la posición del poder y sus discursos. Su función en esas novelas, y en otras que ahora no vienen al caso, responde más a una estrategia exhibicionista – de ahí el auge de la autoironía, tan abundante en esa narrativa en primera persona que nos ocupa- que a la construcción de una obligada clandestinidad semántica. La ironía entre iguales, entre el narrador y los lectores en unas condiciones comerciales de libertad de expresión, no es ironía sino complicidad, guiño de identidades, muestra de pertenencia, ornato gratuito que a nadie pone en peligro, que nada oculta porque gusta precisamente de mostrarse como inteligencia compartida y que, encantada de haberse conocido, no hace otra cosa que mirarse en el confortable espejo de un superioridad moral, estética o política.
Claro que se podría alegar que precisamente esas novelas recurren a la ironía porque se enfrentan al poder real o simbólico que la militancia comunista detentaría en los momentos en que esa novelas aparecen, 1986, 1988 y 1992. Nada más alejado de la realidad como ya veremos cuando acudamos a la palabra de los historiadores que se han interesado por el tema. En esos momento es el PSOE el que ha acaparado prestigio y hegemonía mientras que las organizaciones comunistas sufren un fuerte deterioro de su imagen pública y política. Precisamente son los momentos de dominio cultural de un PSOE que como organización ningún relato de oposición, de militancia antifranquista, puede ofrecer. En esas situaciones la ironía deja su lugar al sarcasmo que es procedimiento retórico que parte también de una situación de desigualdad pero en condiciones absolutamente contrarias a la ironía, pues el sarcasmo es el recurso de un fuerte contra el débil y está encaminado a provocar el aplauso y el reconocimiento de los otros fuertes que participan en la escena. Fuertes contra débil. Un punto de partida propicio para la producción de burla y crueldad. Burla y crueldad dirigidas hacia alguien, las militancias comunistas, que ostenta una posición más débil son formas de dominio semántico y narrativo. La crueldad es una forma de catarsis aristocrática, funciona de arriba abajo. Como versión retórica de la crueldad gratuita el sarcasmo es también un recurso que crea reconocimiento y recuento entre los que detentan poder y es quizá por eso que suelen utilizarlo los que se sienten inseguros de tal pertinencia. El sarcasmo devendría
entonces más que muestra de dominio, gesto servil y disfraz del miedo, atemorizada impotencia, jactancia vana.
No se debe por tanto, ni a la presencia de esos semantemas en el entramado de la acción narrativa, ni a la comparecencia de una mirada inquisitiva e interesada en dar cuenta de los errores, por exceso o defecto, que se hayan podido dar en los movimientos y militancias antifranquistas, lo que provoca que en estos tres novelas la militancia aparezca, se revista y se ofrezca como un fenómeno más necesitado de estudio psicológico que de reflexión política. Aquel idiota - opinará Azúa de su protagonista- que había creído en todas las mentiras ideológicas con el único fin de no tener que comprometerse con su propia vida y empuñar su responsabilidad. Esos mismos elementos que el subgénero parece desprender y el cuestionamiento de la militancia están presentes en otras novelas de esa misma constelación narrativa sin que la estigmatización vía ridículo aparezca como recurso de mediación casi único entre el texto y el lector. En novelas como La Larga Marcha de Chirbes, El vano ayer de Rosa o en la reciente El Grupo de Ana Puértolas, la militancia muestra ángulos de complejidad suficientes para que el lector asuma su problemática política y human aunque sea también verdad que no faltan en ella esa convenciones argumentales tan tópicas como la utilización de subtramas amorosas que se co-funden con la militancia: La verdad es que, a finales de aquel curso, las parejas habían empezado a tejerse y destejerse velozmente: se inició el baile sentimental y político con extrema animación. La gente se afiliaba con precipitación a las organizaciones políticas y también al amor”8, “…..fueron los universitarios, que cayeron los primeros, seguramente por su imprudencia… en esa última reunión, cuando llegamos nos lo encontramos allí con su novia, que era muy buena chica y muy comunista y todo lo que quiera, pero qué pintaba en aquella reunión , que era sólo de los enlaces de sector”,9, “El entusiasmo amoroso crecía con el ardor revolucionario, y, juntos, pasaban de preparar un cartel antiimperialista apara colocar en la delegación de estudiantes o en el barrio a otras actividades menos combativas pero no menos arrebatadas”10.
En estas últimas novelas hay al menos una voluntad, lograda en mayor o menor medida, de alcanzar una comprensión de la militancia política que evita la tentación de caer en el regusto por la sátira o el pastiche, mientras que las tres seleccionadas la oṕtica narrativa va encaminada no a la comprensión sino al descrédito y, por consiguiente, su objetivo y efecto no es la narración del desencanto como fenómeno que históricamente sobrevino como efecto colateral de la “normalización democrática” sino la neutralización y degradación estética de la militancia y el compromiso político. Es ahí donde este acercamiento se aproxima al excelente ensayo de Marcello Capraella ya citado al mismo tiempo que se aparta de algunas de sus predicados.

*

III la oposición antifranquista, entre la historia y la narrativa.

Comentábamos antes la necesidad de tener en consideración la diferencia de tiempos de la narración que encontramos a la hora de abordar las tres novelas seleccionadas. Localizar el año en que transcurre la aproximación del protagonista de la novela de Félix de Azúa a la militancia resulta dudoso. Por un lado habla de Sánchez bella como Ministro de Educación cuando este personaje del franquismo nunca fue Ministro de Educación sino de Información y Turismo entre 1969 y 1973, por lo que habría que ubicar las experiencias de su protagonista en el campo de la extrema izquierda dentro de esa horquilla temporal. La Quincena Soviética ubica de modo claro el calendario de su acción puesto que la acción tiene como eje el año, 1967, en que se celebra el Cincuentenario de la Revolución de 1917, y en El Buque Fantasma se nos dice que la peripecia se inicia cuando “El Proceso de Burgos (1970) estaba todavía muy cerca). Por consiguiente podemos afirmar que las tres historias transcurren durante la última década del franquismo.
Sobre ese período los historiadores que han analizado las actividades de la oposición al franquismo señalan algunas características tanto de la oposición política en general como de la la estudiantil y universitaria. Así Juan Andrade al estudiar el papel del PCE11 en los cambios que van a a afectar a los intelectuales y estudiantes expone que “Razones de distinto tipo y envergadura explican esta afluencia de intelectuales a las filas del PCE. Conviene tener en cuenta que en las décadas de los sesenta y setenta se produjeron cambios en la estructura socioeconómica por impacto de lo que se dio en llamar la revolución cietífico-técnica, en virtud de la cual los trabajadores intelectuales se masificaron y proletarizaron, entrando en contradicción con el marco de relaciones vigentes”, “Durante la segunda mitad de los sesenta los comunistas desempeñaron también el papel determinante en la constitución de sindicatos democráticos de estudiantes...[...} La experiencia de los sindicatos democráticos languideció en los setenta como consecuencia, entre otras cosas, de la irrupción de perspectivas ideológicas radicales de inspiración sesentayochistas que provocaron la atomización del movimiento estudiantil y la ascendencia sobre él de organizaciones que se situaban a la izquierda del PCE. Para Eduardo González Calleja12 la protesta estudiantil antifranquista que tiene como centro la desaparición del SEU y la creación de Sindicatos democrático “se convirtió en una auténtica “cuestión universitaria”, abriendo desde febrero de 1965 “un período de revuelta permanente, una especie de crisis endémica de la vida “normal” en la Universidad”, “ A partir de 1965 comenzaron a aparecer en los campus grupos radicales a la izquierda de un PCE [...] Mientras que hasta 1966-67 el PCE quería que se participara en la elecciones oficiales a través de comisiones y plataformas para después proclamar el SDEU como sindicato único y Unitario, los grupos a su izquierda aceptaban esa táctica sólo para los centros más atrasados”. Y Gregorio Valdevira13 no duda a la hora de afirmar que “Sin duda, las mayores movilizaciones y las más graves alteraciones del orden y, desde luego, las más numerosas, contra el régimen de Franco fueron protagonizadas por los estudiantes. En aquel tiempo de silencio, de miedo e inseguridad, de más de dos décadas, casi las únicas voces de disenso que se oyeron fueron las de los estudiantes universitarios [...] El impacto de la oposición universitaria fue superior a los demás por su continuidad, la proyección de su protesta en la calle, en la que libraba auténticas batallas con la policía, el descontrol, la intransigencia y la política utópica y radical de un largo período, su influencia en las clases medias y su resonancia en los medios de comunicación”
Pues bien, asumiendo lo que estos historiadores constatan acerca del papel tan positivo de las movilizaciones estudiantiles en la resistencia antifranquista, parecería coherente denunciar como una falsificación narrativa esa visión llena de descrédito, burla e irrisión que en estas novelas se encuentran. Entre los que los libros de historia nos dicen y lo que estás novelas reflejan parece haber algo más que una contradicción pues dan la impresión de estar referiéndose a dos mundos políticos y morales diferentes; uno lleno de ingenuidad, torpeza y manipulación y otro repleto de entrega, coraje y firmeza. Para resolver tal incoherencia sin caer en la denuncia paranoica, por “conspiración narrativa”, de esas tres novelas parece conveniente acudir de nuevo a la distancia temporal que se produce entre los hechos narrados y el momento en que esos hechos son rememorados por esos narradores en primera persona que los tres autores eligen como voz narrativa. En todos los casos han transcurrido más de tres lustros y en el interim en España se ha producido la muerte del dictador, el cambio de Régimen, la aprobación de la Constitución de 1978, la entrada en la Comunidad Europea y la llegada al gobierno del Partido Socialista Obrero Español. Cabe por tanto pensar que es la nueva situación, “la normalización democrática” la que permite e impulsa ese mirar atrás con burla, desdoro, desconsideración y marcada altanería hacia ese fenómeno político, la militancia comunista al que en ningún caso estas tres novelas - y no solo ellas- parodian y denigran. Cabe sumarse a la opinión que a propósito de la novela de Muñoz Molina El dueño del secreto expresa Justo Serna cuando sugiere que “ los narradores cuentan algo más o menos remoto que les afectó profundamente. Cuando lo rememoran tiempo más tarde, ya disfrutan de cierto acomodo o de cierta estabilidad: estabilidad mediocre, pero aceptable”. Estaríamos ante lo que Serna denomina “el antifranquismo imaginario”, ante unas muestras narrativas representativas de la mirada hacia el pasado político que la llamada transición democrática española produjo como narración global. Entiendo que esta perspectiva permite entender mejor el magma cultural, político y narrativo que la transición va a escribir como relato hegemónico. La propia postmodernidad como espacio ideológico y cultural sin duda ayudó a la creación de unas subjetividades colectivas en las que el compromiso político, la ideologías transformadoras, el comunismo en cualquiera de sus versiones, se arrinconaron como muebles obsoletos y trasnochados. En apenas unos años la militancia comunista, como el propio marxismo o la idea de revolución, se vieron descalificadas como espacios muertos, groseros, feos, antiguos. Lo que estas novelas revelan, más allá de sus valores literarios, escasos en algún caso y mas apreciables en otros, es la desvalorización de aquellas ideologías que trataron y tratan de construir una vivencia a partir del ser como un ser y un estar entre y con los otros. Al fin y al cabo son novelas que abordan un hecho, la militancia, que no deja de ser una expresión del “nosotros” como valor de vida. Unas experiencias del nosotros que han sido narradas en un momento en el que el yo se ha convertido en el paradigma dominante. Algo que casi proféticamente la camarada Cuca en La Quincena Soviética anuncia y propone al desorientado camarada Simón hacia el final de su historia: Pero ¿y tú?. Tu tú. Mi yo. El él de él. De éste, de aquél. ¿Dónde los metemos? Todo hay que interpretarlo. Buscar nuestros significados a las viejas palabras aprendidas, y si son distintos pues que lo sean”.

IV. La novela tiene razones que la verdad no comprende.

Iniciamos esta reflexión adelantando que la utilización casi única de las tres novelas seleccionadas conllevaba el importante riesgo de que cualquier generalización resultaría sospechosa, aun cuando les otorgaramos la condición de textos significativos para poder acercarse al tema de la militancia antifranquista en la novela española de la transición. Sin duda que para extraer conclusiones menos dudosas será necesario realizar un chequeo más exhaustivo de nuestra narrativa. Pero, aún con esas limitaciones esperamos que esta aproximación coloque al menos sobre el tapete literario, en compañía de otros trabajos de indudable mérito, el tema de la novela y la representación de las realidades políticas en el tardofranquismo. No quisiera sin embargo cerrar la exposición sin referirme a dos problemas que entiendo atañen a esa narrativa de la oposición.
Por un lado constatar que la lectura del repertorio de novelas que tienen su tema en esa área histórica permite constatar una carencia muy señalada al comprobarse que la mayoría de ellas se centran en personajes pertenecientes al mundo de la juventud universitaria, lo que indudablemente reduce su alcance.
Al investigar la cuestión de la defección o abandono de la militancia el profesor francés Oliver Fellieule recuerda que en todas las biografías marcadas por un tiempo de militancia es necesario prestar atención a las tres áreas biográficas en las que la actividad inevitablemente incide: la participación política, la vida en familia, y la vida profesional. La elección del espacio estudiantil como objeto de la narrativa de la militancia introduce serias reservas a la hora de establecer su relevancia y repercusión pues, aunque suelen prestar la atención más o menos necesaria para que se conozca su participación política14, en lo que atiende a su vida familiar no suelen ir más allá del tópico de la ruptura con la familia conservadora o de la introducción ya señalada de subtramas de amor, pasión y atracción sexual que alteran y pone en cuestión la normalidad de una militancia que se presenta como valor por encima de cualquier otro. En las tres novelas estudiadas abundan las limitaciones señaladas al tiempo que podemos observar una ausencia casi absoluta de aquello hechos y situaciones que tengan que ver con la vida profesional por cuanto un personaje estudiante se corresponde con una situación anterior al inicio de esa vida profesional.
Este hecho es el que da lugar al segundo de los problemas que pueden observarse en nuestra reciente narrativa del antifranquismo: la ausencia casi absoluta de protagonistas o personajes pertenecientes al mundo del trabajo, ya del sector primario (que sin embargo dio lugar en la primera mitad del siglo XX a toda una narrativa que tiene en Los campesinos de Joaquin Arderíus, en Requiem por un campesino español de Sender o en La mina de López Salinas tres excelentes referentes), ya del sector servicios (con la relevante y excepciona novela de Fernando Díaz Panfleto para seguir viviendo), ya del sector industrial que aparece como un territorio casi virgen desde el punto de vista narrativo (aunque cabría citar como singular muestra Komatsu PC-340 de Javier Mestre).
Los trabajadores como clase social son los grandes ausentes de nuestra narrativa. Cierto que en La larga Marcha y en La caída de Madrid de Chirbes o en El grupo de Ana Puértolas, aparecen figuras de trabajadores, pero siempre desempeñando un papel secundario en la trama y sin que nunca asistamos al desarrollo de su actividad como militantes en su propio espacio y ambiente de trabajo. En La mano invisible el escritor Isaac Rosa parece hacerse consciente de esta carencia sistemática y aborda, aunque desde perspectivas más alegóricas que realistas el mundo del trabajo.
Parece casi evidente que las poéticas de la novela hoy más establecidas buscan los elementos novelescos que faciliten la lectura a sus posibles clientes. La co-fusión del entramado político y el entramado amoroso sexual responde sin duda a esos planteamientos que buscan más la seducción del cliente lector que la densidad representativa necesaria para dar cuenta de una relación social complicada. Más allá de las reservas ideológicas mencionadas, las novelas actuales han venido favoreciendo la atención prioritaria a los movimientos del yo individual, desconfiando de cualquier condición que moleste a los necesarios egoísmos que la vida competitiva impone. En esas poéticas narrativas centradas en el yo se mueve nuestra actual narrativa, pero no deja de ser posible, y ya han aparecido textos en en esa dirección, que la crisis económica del 2008 dé impulso a nuevas formas de militancia que a su vez den lugar a novelas representativas de este momento político. Esperemos.



1 Esta novela de Félix de Azua fue publicada por la editorial Anagrama en 1986.
2 El 7 de Noviembre de 1888, La Quincena Soviética fue galardonada, por unanimidad, con el VI Premio Herralde de Novela por un jurado compuesto por Salvador Clotas, Juan Cueto, Luis Goytisolo, Esther Tusquets y el editor Jorge Herralde.
3 Hace referencia al Referendum sobre Ley Orgánica del Estado celebrado el 14 de diciembre de 1966
4 En Abril de 1992, diecisiete años después de la muerte del General Franco, catorce después de la probación de la Constitución Española y diez después de la llegada del primer gobierno socialista al poder, se concede el VIII Premio de Novela Internacional Plaza&Janés a la novela El Buque fantasma de Andrés Trapiello. El jurado que perpetró el premio estaba formado por Soledad Puértolas, Néstor Luján, Manuel Gutiérrez Aragón, Enrique Badosa como secretario y Enrique Murillo como presidente,
5 CAPRAELLA, M,. “EL DESENCANTO EN EL pce EN LA Transición, analizado a través de la novela y el cine”, en M. Bueno, J. Hinojosa y C. García (Coords) Historia del PCE. I Congreso (1920-1977), vol II, Madrid, FIM, 2007
6 Rosa. I. El vano ayer. Edit Seix&Barral. Barcelona,2004
7 LA IRONÍA, EL GATO, LA LIEBRE Y EL PERRO, Bértolo, C. Revista Dossier Edición UMP. Santiago de Chile 2007
8 CHIRBES, R. La larga Marcha. Anagrama. Barcelona 1996
9 ROSA, I. El vano ayer, Seix&Barral, Barcelona 2004
10 PUÉRTOLA, A. El grupo, anagrama, Barcelona 2016.
11 ANDRADE, J. El PCE y el PSOE en (la) transición. Siglo XXI. Madrid 2015
12 GÓNZALEZ CALLEJA, E. Rebelión en las aulas. Alianza Editorial. Madrid 2009
13 VALDEVIRA, G. La oposición estudiantil al franquismo, Editorial Síntesis. Madrid 2006
14 Pero conviene hacer notar que la inclinación de esta narrativa a retratar la militancia correspondiente a pequeños partidos o grupúsculos inevitablemente le resta potencia y representación.