jueves, 17 de enero de 2019

SOBRE LA ESTÉTICA SOCIALDEMÓCRATA


Los vencidos, de Antonio Ferres.

Sobre Antonio Ferres dice Manuel Rico: “Es un novelista social pero es un novelista complejo”. En ese “pero” se encuentra resumida todo la boba y socialdemócrata Estética del rancio e idealista pensamiento literario dominante. M. L. Guerra.

En el campo de lo literario una de las asignaturas a reconsiderar con urgencia dentro de eso que el escritor Guillem Martínez viene llamando con sarcasmo y acierto la Cultura de la Transición corresponde a la valorización del llamado realismo español del medio siglo y de modo muy especial en lo que afecta al juicio inequívocamente negativo y paternalista sobre la novela social. El denominado realismo social engloba una escuela o movimiento literario que puede y debe ser caracterizado por el empeño políticamente consciente que pusieron sus componentes - Armando López Salinas, Jesús López Pacheco, Antonio Ferres, Alfonso Grosso, entre otros- para dar testimonio y voz a la realidad humana y social de los componentes de aquellas capas más afectadas y desprotegidas, individual y colectivamente, por la derrota del movimiento obrero y revolucionario en la guerra civil. A su lado los autores que usualmente se encuadran en el realismo crítico u objetivo – Carmen Martín Gaite, Ignacio Aldecoa, José María de Quinto, Rafael Sánchez Ferlosio, Daniel Sueiro, García Hortelano- han mantenido o recuperado un lugar de prestigio que hace que sus textos se estudien, interpreten y comenten dentro de esa especie de canon institucional que constituyen los programas y libros de texto de las enseñanzas medias y universitarias aunque, ciertamente, su consideración, salvo excepciones, tampoco disfrute en estos momentos de muy alto reconocimiento pero sí, al menos, de respeto crítico y académico. Un realismo crítico que surge también con voluntad de testimonio y rebeldía antifranquista pero que, en la mayoría de las obras que en él se encuadran, abordan temas, problemas y problemáticas con protagonistas más cercanos a las clases medias que a las clases trabajadoras. Conviene incluso señalar que, acaso la obra más emblemática de ese tiempo, El Jarama de Sánchez Ferlosio, si bien introduce como protagonistas a miembros de la clase obrera no deja de centrar su peripecia en un día de asueto o fiesta, es decir, focalizando la acción narrativa en un espacio tiempo de no-trabajo, o que una obra sobre trabajadores como Gran Sol de Aldecoa contempla más el trabajo como faena, avatar o quehacer humano que como lugar de explotación, alienación o dominio.

Retomando la expresión de Cultura de la Transición habría que volver la mirada atrás, sin ira pero con memoria, para recordar que la mencionada cultura se erige sobre una sensación general de tabla rasa o borrón y cuenta nueva que presupone entre otras cosas la erosión o el abandono de las esquinas más agudas de lo que durante años se forjó como cultura de la resistencia antifranquista. Y para ese trabajo de demolición la presencia en el paisaje literario de la novela social española constituía una dura y molesta roca en medio del terreno que el nuevo jardín de la transición requería. La tarea de acoso y derribo se realizó a base de dos estrategias: la condena y el elogio. Por un lado se dictaba que las novelas y los novelistas del realismo social habían caído en la fatal tentación de hacer una literatura militante, excesivamente politizada y, “por tanto” poco “literaria”, con un uso por parte de los autores simple o romo del instrumental lingüístico o narratológico que se asociaba con el llamado y anatemizado realismo socialista soviético al que les habría llevado el “marxismo vulgar” de sus integrantes. Por otro “se alababa” sus buenas intenciones, la buena voluntad literaria de sus autores, su entrega a la causa (a la causa política que no a la literaria que habrían lamentablemente sacrificado en aras de la primera). Con dos palmaditas en la espalda y dejar caer simpáticamente el calificativo de “generación de la berza” en cuanto se alejaban un poco se efectuó el trabajo de desvalorización desde las páginas del Suplemento de la Artes y las Letras del diario Informaciones, desde revistas como Triunfo o Cuadernos para el Diálogo (donde la polémica entre Juan Benet e Isaac Montero cumplió el papel de epitafio) o desde los escasos pero influyentes programas de libros de nuestra TVE con Fernando Sánchez Drago como lancero mayor. En realidad y como tantos otros aspectos de nuestra transición la historia de la demolición habría que remontarla a la crisis de 1965 que tiene lugar dentro del PCE, que se manifiesta con la expulsión de Claudín y Semprúm y donde se columbraba un giro socialdemócrata en el que la clase trabajadora dejaba de ser considerada “sujeto” de la ruptura hacia la democracia que luego devino, con el consentimiento del PCE, en esa reforma democrática que las nuevas clases empresariales con la mano de Adolfo Suarez escribieron en clave de democracia liberal con la Monarquía restaurada al fondo. Cuando la democracia liberal nos llegó, en el Parlamento de las Letras la novela social hacía ya tiempo que yacía enterrada en medio del desprecio, la ignorancia y el olvido. Y no parece que en estos momentos haya demasiado interés en remover aquellas cunetas literarias a pesar de que nos llegan algunas señales editoriales que parecerían indicar que algunas losas literarias empiezan a levantarse.

En ese sentido la edición de esta novela por parte de la editorial Gadir constituye una recuperación necesaria y significativa. Escrita en 1960, por problemas con la censura no llegó a publicarse hasta hoy en ninguna editorial española si bien fue traducida a diversas lenguas y ocupó un lugar en catálogos de editoriales tan referenciales Feltrinelli o Gallimard. Para los lectores en castellano, Los Vencidos, hasta esta edición, era “un libro secreto”.

Cierto que desde hace unos años, no muchos, parece haberse despertado un nuevo interés editorial y literario no sólo hacía la obra y la escritura de Antonio Ferres sino también hacia el conjunto de obras y autores que conformaron el llamado realismo social de los años sesenta. Algunas de las novelas del autor, Con la manos vacías (Editorial Viamonte 2002, Tierra de olivos (Editorial Gadir 2004) se encuentran ahora afortunadamente en las librerías. También en fechas recientes Ferrés publicó un libro de poemas En la inmensa llanura (Ediciones Fuentetaja 2001) que mereció el premio de poesía Villa de Madrid y se publicaron sus Memorias de un hombre perdido (Edit Debate. 2002) al tiempo que aparecía la novela póstuma de Jesús López Pacheco, El homóvil (Edit Debate 2002). Una golondrina no hace verano pero no cabe despreciar la idea de que el clima literario esté cambiando y obligue a nuevas relecturas y juicios.

Esta reaparición de una obra que habitaba en el olvido - y no olvidemos que lo contrario de la verdad no es tanto la mentira como el olvido- podría enmarcarse acaso dentro de ese movimiento de “recuperación de la memoria” que en los últimos tiempos ha surgido con fuerza y polémica teniendo como centro la guerra civil y sus secuelas de crímenes y represión cruenta. En mi opinión la vuelta a Ferres y de Ferres es anterior a ese movimiento y sería mejor hablar de un momento histórico de más amplio alcance – a la búsqueda de la memoria perdida- en la que esa recuperación y la literatura de Antonio Ferres tienen claras concomitancias. Convendría señalar sin embargo que la “memoria Ferres” no es una memoria que mira hacia atrás, ni trata de purificar ritualmente el pasado, ni menos aún es una memoria de coyuntura. La memoria que Ferres aporta es una memoria que mira hacia delante, hacia ese futuro que hay que construir. Y creo que es dentro de esa memoria activa desde donde hay que leer Los vencidos.

La acción narrativa de la novela abarca un espacio temporal que se inicia en los últimos días de la guerra civil en Madrid y finaliza en los momentos en que la derrota del eje es ya una hecho evidente con el doble avance aliado en los frentes oriental y occidental, ya liberada París y casi toda Francia. Ese momento marcado por las expectativas de una intervención liberalizadora en España que nunca llegaría a producirse y que supuso para muchos derrotados una derrota más. La novela que rompe con naturalidad y eficacia el desarrollo lineal con continuos flash back, al tiempo que multiplica sus espacios de atención con ágiles cambios de escena y foco narrativo, se centra en la historia de tres personajes: Asunción , la mujer que desconoce el destino de su marido de quien sólo sabe que cayó prisionero después de la entrega de Madrid por parte del mando socialista y que, al parecer, fue condenado a muerte; Frederic Vidal, médico catalán y compañero de aquél durante un tiempo en las duras cárceles de la postguerra , y Miguel Armenteros, oficial del Cuerpo de prisiones , antiguo capitán de artillería en el ejército franquista y cuyo padre, empresario, fue fusilado en Madrid por las fuerzas republicanas. Alrededor de ellos gira toda una constelación bien perfilada narrativamente de personajes secundarios: presos, guardianes, estraperlistas, sobrevivientes, funcionarios, que funcionan como un telón de fondo sobre el que sobresale con rasgos realistas y a la vez simbólicos la figura del aprendiz Juanito, niño aún al final de la guerra, protegido y protector tanto de Asunción como de Federico y que al final del relato toma la decisión de sumarse a los grupos guerrilleros antifranquistas, los maquis, que se preparan para coadyubar a la esperada intervención aliada.

La novela se reparte en dos grandes bloques narrativos que giran alrededor de dos esperanzas fallidas: En el primer bloque se trata de una esperanza individual: Asunción espera encontrar vivo a su marido. En el segundo bloque se aborda una esperanza colectiva: que la deseada intervención aliada mande al régimen establecido por los vencedores a las cuevas de la Historia. Ambas esperanzas no se cumplirán. Ferres entrelaza con brillante estrategia narrativa a través de la figura del médico prisionero el derrumbe de las dos esperanzas. La primera esperanza está en el texto y el lector es testigo de su derrumbe. La caída de la segunda, la centrada en la esperable intervención aliada, no forma pare literalmente de la novela pero está presente en la memoria del lector que conoce el fracaso de esa expectativa viéndose obligado así a tomar una posición casi cruel frente al ánimo optimista de los personajes. Sabe lo que ellos no saben y ya ese juego de implicaciones dice mucho de la astucia narrativa de un autor que, repetimos, nuestros historiadores de la literatura, han venido “alabando” por sus buenas intenciones para mejor hacer valer la “simpleza” estructural con que definen su obra y la de aquellos que con él conforman el llamado realismo social.

Curiosamente y frente a lo que la doble desesperanza hace esperar – esa es la magia del realismo de Ferres – lo se nos queda entre las manos después de la lectura no es ninguna sensación de fatalidad o desánimo aunque tampoco se nos inunda gratuitamente con un sabor final optimista. Simplemente se nos dice narrativamente – es la historia de la desesperada Asunción que ha vuelto a encontrar en su relación con Frederic y con Juanito un nuevo sentido a la vida – que el futuro no está nunca definitivamente escrito. Y por esa puerta abierta, estrecha sin duda, pero abierta gracias al arte, la maestría en el oficio, del narrador, se cuela y amanece una lectura global de la novela que está lejos de ese conformismo de la pasividad que siempre se encuentra detrás del pesimismo.

Como ya se ha comentado el movimiento literario en el que se inscribe la narrativa de Antonio Ferres ha venido siendo “despachada” en nuestra memoria literaria con el rótulo de realismo social o novela social que en su momento fue malamente caracterizada con dos juicios altamente temerarios: la pobreza de sus lenguajes y su sectaria simpleza ideológica.

Me voy a detener aunque sea brevemente en dos aspectos presentes en esta novela, Los Vencidos, que rebaten estos dos claros prejuicios.

Los vencidos se caracteriza, como otras obras ya mencionadas de Ferres, por el uso de una frase seca, contenida, cercana al laconismo, de cadencia armónica y de honda calidez que se ve reforzada por el acierto en la selección de los detalles: alguien que juega con el asa de un botijo, la cabeza curiosa de un gato que asoma por debajo de una cortina, unos labios “embadurnados” de carmín”. La escritura de Ferres, que ya en su momento se relacionó con el timbre bíblico de la prosa de Faulkner, nos recuerda el oído sintáctico presente, por ejemplo, en esa gran novela del siglo XX que es Conversación en Sicilia de Elio Vittorini ( reeditada recientemente por editorial Gadir), mientras que su mirada lingüística – esa capacidad para extraer el adjetivo justo de un sustantivo aparentemente plano o rutinario- nos obliga a recordar la inteligencia gramatical de un Cesar Pavese o un Patrick Modiano.

Destaca también, y de manera muy especial en esta novela, la sensibilidad e importancia del tiempo meteorológico como recurso narrativo. Un uso que dota de atmósfera palpable a todos los escenarios al tiempo que, y valga la redundancia, desgrana un espacio temporal en donde el transcurrir del calendario parece haber cesado, tiñéndose así toda la novela de un “tempo lento” que marca el ritmo y el significado de la historia. “Quedan aguardando las dos mujeres, arrimadas a la pared del edificio, que está todavía caliente del sol. Pero ahora sopla un viento fresco, casi frío. Se agradece el calor del muro en la espalda y en las palmas de las manos”. Solo este “Se agradece” de Se agradece el calor del muro en la espalda y en las palmas de las manos, que permite al lector pasar en un instante de lo impersonal y objetivo a lo subjetivo y personal, refuta cualquier interpretación reduccionista de la escritura de Ferres. Por no hablar de la sutileza con que salpica de color los escenarios de la historia. Colores de un Ortega Muñoz, un Benjamín Palencia o de Caneja, para aproximarnos a veces y muy osadamente al gesto expresivo de un Saura, Continuaron un rato grande sin hablarse, medio dormidos, por una calle larga y oscura. El cielo estaba raso, de color morado, o al retratismo desencajado de un Barjola. Y algo semejante podría señalarse sobre su trabajo tonal con los sonidos y ruidos: pasos que se deslizan, verjas que se cierran, persianas metálicas que suben o bajan (ese sonido todavía tan urbano), piedras que se desprenden, traqueteos, un silencio repentino. Es precisamente el dominio de esta amplia pluralidad de registros y recursos lo que define con exactitud la voz narrativa de Antonio Ferres.

Que en el triángulo de protagonistas a los que la novela da cobijo bajo el nombre de Los vencidos ocupe un lugar relevante un miembro significativo de “los vencedores” – nada menos que un oficial del Cuerpo de prisiones y antiguo oficial de las tropas franquistas -, deja claro que el mundo de esta novela, política, ideológica y humanamente hablando, está a años luz de los tópicos maniqueos, la simplificación del panfleto o las anteojeras de una visión partidista torpe o sectaria. Miguel Armenteros, el oficial de prisiones, no se siente cómodo con su destino de vencedor. Ni lo que ve ni lo que oye, ni lo que hace o deja de hacer responden a su idea de lo que las cosas debían de ser. Es un ser desasosegado y no por su mala conciencia social o porque una conciencia política ajena a su condición de vencedor se vaya abriendo paso en él. No es un converso. La delicadeza con que está construido este personaje, clave en la historia que se novela, proviene del mero dar cuenta de la realidad sucia, triste, turbia por la que se mueve, sea entre las cuatro paredes de la prisión que a él también le encierra, sea por los paisajes mezquinos de un Madrid donde todo, desde el alma al sexo, es material de corrupción y estraperlo.

Pero tan importante o más que esta presencia significativa de “lo otro”, los otros, los vencedores, es la propia estructuración de la novela que, al modo clásico, y hoy esta novela tiene el empaque de un clásico, avanza a través de la combinación pautada de los dos vectores que movilizan la lectura: la intriga – qué esta pasando- y el suspense – qué va a pasar- que se entraman equilibradamente, de ahí su clasicismo, dando lugar a una trama muy sólida sobre la que la argumentación del argumento – la tragedia global y concreta que representó la guerra civil- funciona con una apariencia sorprendente de objetividad que origina a su vez un tono documental, de testimonio épico pero que paradójicamente deja un lugar de relieve, pertinente en extremo, a ese eco lírico de fondo que en mi opinión singulariza a la obra de Ferres dentro de su generación.

No creo que el argumento ni su puesta en escena proponga una lectura de “ni vencedores ni vencidos”, aunque sea evidente que en Los Vencidos la resolución trágica del conflicto civil afecta y engloba narrativamente a zonas que van más allá del propio campo de los vencidos, y algo más que un eco de reconciliación resuena en la novela como trazo y horizonte de convivencia para el futuro: “Solo duran las ideas que tienen razón de ser, las que ayudan a la gente a avanzar y a superarse; pero los hombres terminan por reconciliarse y por convivir al menos”

Para que esa convivencia que se propone, y si se quiere entender que convivencia es todo lo contrario de la tolerancia ciega o la indiferencia exculpatoria, la lectura de esta novela es una lectura necesaria para acabar de una vez con los tópicos y manipulaciones ideológicas que encerraron a la narrativa social de posguerra en el baúl del olvido. Parece que sea hora de que obras como La mina de Armando López Salinas, Central eléctrica de Jesús López Pacheco, La piqueta del propio Ferres o La zanja de Alfonso Grosso salgan de ese Gulag estético donde la mirada literaria de raíz socialdemócrata las ha sepultado. No sería mala noticia que se empiecen a desenterrar las fosas literarias de la posguerra.

Los vencidos. Antonio Ferres. (Edit Gadir. Madrid 2005) Crítica publicada el 22-05-2005 en Relelión.org

domingo, 13 de enero de 2019

Reseña de "Hambruna Roja" de Anne Applebaum: La guerra de Stalin contra Ucrania"




Reseña de "Hambruna Roja" de Anne Applebaum: La guerra de Stalin contra Ucrania"

Hambruna Roja. Edit Debate. 2018.
por Mark Tauger

Mark Tauger enseña historia en la Universidad de West Virginia.

La periodista Anne Applebaum es una destacada y popular historiadora de los antiguos países comunistas europeos. Ha publicado un estudio sustancial del sistema de campos de Gulag soviético que ganó el Premio Pulitzer, y un estudio sobre el control comunista de Europa Oriental.1 En Hambruna Roja Applebaum se centra en la gran hambruna soviética de principios de la década de 1930, que ella describe como impuesta artificialmente por el régimen de Stalin a Ucrania, y que es el resultado de una larga historia de supuesta hostilidad rusa y soviética hacia Ucrania.

Este libro tiene nueva información sobre la cultura ucraniana en la década de 1920, la historiografía de la hambruna después de la Segunda Guerra Mundial, el uso del gobierno ucraniano de la historia de la hambruna, y algunos otros temas. En general, sin embargo, relata la historia nacionalista de la hambruna encontrada en publicaciones anteriores, pero de manera inexacta, y no cita evidencia en sus fuentes que contradiga o socave casi todos sus argumentos. Esta revisión se centra sólo en ciertos temas indicativos en la primera parte del libro, y luego aborda los principales problemas con su descripción de la hambruna en sí.

Este libro se basa casi exclusivamente en fuentes publicadas: monografías, artículos y colecciones de documentos de archivo publicados en la Ucrania postsoviética o en Canadá. En las notas a pie de página de las colecciones de documentos, Applebaum cita sistemáticamente la fuente de archivo completa, seguida de la referencia a la fuente publicada. Un lector superficial podría echar un vistazo a estas notas finales y pensar que se trataba de su propia investigación de archivo. Applebaum critica a los académicos por ser demasiado selectivos (49-50), y también afirma falsamente que una de mis publicaciones no estaba basada en fuentes de archivo (419).

Hambruna Roja comienza con una breve reseña histórica, luego tiene dos o tres capítulos sobre cada uno de los temas principales del libro: la Guerra Civil en Ucrania (1918-1921), la NEP en Ucrania (1921-1929), la colectivización en Ucrania (1930-1931), los acontecimientos de 1932 que ella considera la "preparación" de la hambruna, incluyendo las compras de granos, la "lista negra" de aldeas y granjas, las restricciones al movimiento campesino, la supresión de la cultura ucraniana, la hambruna en sí misma y sus secuelas, el "encubrimiento" soviético de la hambruna y otros escritos posteriores sobre la misma.

Este esquema hace que el libro parezca coherente y completo. Sin embargo, cada sección tiene omisiones, errores y distorsiones importantes. Por ejemplo, define la palabra ucraniana Holodomor, "un término derivado de las palabras ucranianas para hambre -holode- y exterminio -mor". (xxvi) Pero "mor" en ucraniano significa "plaga"; la palabra para "exterminio" es vynyshchennia[винищення].2 Ella comienza su libro sobre el "Holodomor" traduciendo mal ese término, atribuyéndole a su significado una intención que no tiene.

Applebaum presenta a los ucranianos como únicos y diferentes de los rusos, en línea con los argumentos nacionalistas ucranianos. Escribe que Ucrania era la república soviética con "el campesinado más numeroso" (102-103). Sin embargo, la República Rusa tenía más del triple de población rural que Ucrania y era un poco más rural.3 También menciona el viejo tema nacionalista (33) de que los campesinos rusos eran "comunales", mientras que los campesinos ucranianos eran "agricultores individuales" que "poseían" sus tierras, caballos y ganado. Sin embargo, la literatura muestra que prácticamente todos los campesinos rusos y ucranianos tenían la tierra en franjas esparcidas por los campos de las aldeas, plantaron sus franjas en los campos de cultivo de primavera en primavera, en los campos de cultivo de invierno en otoño, cosecharon los campos juntos y pastorearon su ganado en el barbecho.4 Este patrón persistió en el período soviético, y la principal fuente de Applebaum lo notó, pero ella no lo mencionó.5 Muchos campesinos "comunales" poseían, alquilaban, compraban y vendían tierras durante el siglo XIX, raramente o nunca repartían sus tierras, y todos ellos poseían su ganado y equipo, a menos que fueran pobres.6 La tenencia "individual" estaba menos extendida de lo que ella afirmaba en Ucrania y condujo a una desigualdad extrema y a "un ejército de muy pequeños propietarios y campesinos sin tierra "7.

Applebaum también hace demasiado hincapié en los aspectos negativos de las relaciones ruso-ucranianas. Afirma que el Edicto Ems emitido por Alejandro II en 1876 "proscribió los libros y periódicos ucranianos" y anticipó la "aguda hostilidad" soviética hacia Ucrania (8-9). Sin embargo, el gobierno de Alejandro II ayudó inicialmente a la publicación de libros ucranianos; las restricciones posteriores a la cultura ucraniana fueron una respuesta al levantamiento polaco de 1861 y fueron limitadas y poco aplicadas.8 Las editoriales ucranianas publicaron numerosas publicaciones en ucraniano y sobre Ucrania, muchas de las cuales se encuentran en las bibliotecas occidentales, incluyendo catálogos de libros ucranianos disponibles para su compra en ese país.9 La autora discute sobre las acciones de los bolcheviques en Ucrania en 1919, las rebeliones campesinas de 1919 a 1921, la hambruna de 1921 y 1923 en Ucrania, y sobre los éxitos del proyecto de Ucrania
y los éxitos de la ucranización en la cultura, todos los cuales tienen grandes problemas, pero por razones de espacio me centraré en la hambruna de 1933 y los acontecimientos que la llevaron a ella.

En el capítulo 4, "La doble crisis, 1927-1929", Applebaum analiza la crisis alimentaria de 1928 y las duras "medidas extraordinarias" que el régimen soviético aplicó para obtener alimentos de los campesinos para alimentar a los habitantes de las ciudades, que durante mucho tiempo han sido consideradas como acontecimientos que condujeron a la colectivización.10 Applebaum describe la escasez de alimentos en las ciudades soviéticas en 1928 (82-83), pero luego escribe que, en Ucrania, "la policía descubrió muchas toneladas[sic] de granos que habían sido retenidos porque los campesinos habían estado esperando, de manera bastante racional, que los precios subieran" (86). Al calificar de "racionales" las acciones de los campesinos, Applebaum parece apoyar su retención de alimentos a precios altos, pero su posterior discusión es muy crítica con las medidas del gobierno soviético para inducir a los campesinos a dejar de acaparar y obtener alimentos para los hambrientos habitantes de las ciudades. Sin embargo, muchas publicaciones han argumentado que las hambrunas pueden ser causadas por agricultores o comerciantes que retienen alimentos de la población, a veces expresados como la "economía moral", el derecho a la subsistencia por encima del derecho al beneficio.11 Applebaum no considera la posibilidad de que los ciudadanos hambrientos, y los funcionarios soviéticos que intentan alimentarlos, puedan haber interpretado estos hechos como una hambruna "provocada por el hombre" creada por los campesinos que se aprovechan de ellos.

Applebaum afirma que las compras del gobierno para aliviar esa escasez "destruyeron ampliamente los incentivos de los campesinos para producir más grano" (87). Sin embargo, más tarde escribe que la cosecha de 1930 fue mucho mayor que la de 1929 (161). ¿Cómo pudo suceder esto si los incentivos de los campesinos fueron "extensamente destruidos"? Ella también discute el esfuerzo de alivio de la hambruna soviética en 1928-1929 (82, 108) pero no considera cómo las malas cosechas y el alivio de la hambruna afectaron los incentivos de los campesinos en este caso. Ella muestra que algunos líderes soviéticos durante esta crisis alimentaria llegaron a ver el nacionalismo ucraniano como una amenaza, como pruebas de grupos nacionalistas ucranianos y comenzaron a conectar problemáticamente la resistencia campesina con el nacionalismo.

En esta crisis que el régimen soviético decidió colectivizar la agricultura soviética. Applebaum cita las referencias de Stalin a la agricultura mecanizada, pero las descarta como un "culto soviético a la ciencia" (87-89), sin tener en cuenta que los líderes y planificadores soviéticos trataban de emular a la agricultura estadounidense, que estaba aún más mecanizada y tenía una base científica. No considera que los repetidos fracasos de las cosechas, que mencionó, podrían haber persuadido a los líderes soviéticos de que la agricultura campesina soviética necesitaba ser modernizada.12 Más bien, atribuye la decisión de colectivizar la agricultura a los plenarios del Comité Central de 1928 que supuestamente concluyeron que los campesinos tenían que ser "exprimidos" y "sacrificados" por la industria (90-91). Sin embargo, la modernización de la agricultura era una cuestión central en esos plenarios. Nunca menciona que en 1929, los soviéticos establecieron VASKhNiL, la academia central de investigación agrícola, bajo el liderazgo del gran biólogo Nikolai Vavilov, que no buscaba "exprimir" a los campesinos.

La discusión de Applebaum sobre la colectivización y la deskulakización en el capítulo 5 describe a los campesinos como "abandonados y solos", indefensos, débiles, sin incentivos para resistir (122). Pero en el capítulo 6 los describe como enojados, organizando bandas armadas, y extremadamente violentos, matando su ganado, rebelándose y asesinando a oficiales soviéticos, sin abordar la contradicción. Admite que en los documentos de archivo de las rebeliones de 1930, "no siempre es fácil separar los hechos de la ficción" y los describe como a menudo "deliberadamente bordados" y "exagerados e histéricos" (152-153). Sin embargo, nunca los cuestiona en base a este punto.

La discusión de Applebaum sobre el sistema de agricultura colectiva (capítulos 6 y 7) tiene muchos pasajes inexactos y problemáticos. Por ejemplo, afirma que después de la colectivización, los campesinos no tenían forma de ganar un "salario" (137), pero observa unas cuantas páginas más tarde que los campesinos koljos tenían parcelas privadas y ganado, con el que ganaban dinero durante todo el período soviético (147). Los campesinos antes de la colectivización no ganaban "salarios" sino que eran "pagados" por la cosecha que producían, que dependía en parte de su trabajo, por lo que el pago por días laborables después de la cosecha era básicamente similar. Ella afirma que en el kolkhozy los "frutos del trabajo de los campesinos ya no les pertenecían, el grano que sembraban y cosechaban era requisado por las autoridades", pero esto requeriría al menos evidencia de cosechas y aprovisionamientos, que ella nunca presenta claramente (ver abajo). Afirma que los campesinos koljos "perdieron la capacidad de tomar decisiones sobre sus vidas", y que los campesinos koljos tuvieron que seguir las instrucciones de las autoridades locales para los cultivos que cultivaban. Sin embargo, por un lado, nunca explica que durante décadas antes de 1930, los campesinos se vieron obligados por el pueblo a cultivar los mismos cultivos en las mismas épocas y en los mismos lugares los campesinos fueron obligados por el pueblo a cultivar los mismos cultivos al mismo tiempo en los mismos campos y en decenas de franjas dispersas por todo el pueblo, lo que significa que la colectivización mantuvo el dominio del pueblo sobre la agricultura. Por otra parte, afirma que los campesinos "trabajaban lo menos posible" (159-160), y que 40.000 familias campesinas decidieron que "no plantarían nada" en abril de 1932 (171), lo que claramente era decisión de ellos mismos.

Applebaum también afirma que tanto en Calcuta como en la industria socialista, ya que no había "propiedad privada", los campesinos como los trabajadores se dedicaban al robo generalizado (160, 165). Sin embargo, las empresas estadounidenses pierden decenas de miles de millones de dólares cada año por el robo en el lugar de trabajo.13 Ignora el hecho de que el sistema kolkhoz-sovkhoz se recuperó de la hambruna y que la producción de alimentos aumentó. Esto no podría haber sucedido si los campesinos no hubieran trabajado y robado todo.

Repetidamente ella dice saber lo que la gente estaba pensando, sin evidencia. Durante los años 1931-1932 afirma que "todos entendían en cierto modo que la colectivización era la fuente de las nuevas carencias" (165). Sin embargo, admite que en 1931 hubo "episodios de sequía", lo cual es una subestimación; incluso Stalin declaró públicamente que la sequía había reducido "considerablemente" la cosecha de 1931.14 Rusia y Ucrania tenían una larga historia de sequías y hambrunas, lo que admite (283); ¿cómo puede saber que nadie, ni siquiera los campesinos, veían la sequía como una causa de escasez? Al discutir la decisión del régimen en la primavera de 1932 de detener las compras y proporcionar alimentos y semillas para que las aldeas produjeran una nueva cosecha, afirma que los funcionarios "sabían" que "la ayuda alimentaria a Ucrania era una admisión tácita del fracaso de Stalin", pero también "sabían" que "se produciría una catástrofe" si Ucrania no recibía ayuda (173). Sin embargo, sus fuentes incluyen el decreto publicado el 16 de febrero de 1932 que asignó 870.000 toneladas de semillas y alimentos a Ucrania y a varias provincias orientales, que ella no menciona.15 El hecho de que este decreto fuera publicado implica que los líderes no lo vieron como una admisión de fracaso. Applebaum admite que en abril el Politburó asignó a Ucrania alguna ayuda, pero luego afirma que Stalin "retiró repentinamente la ayuda alimentaria que envió a Ucrania" (174). No hay pruebas de esta acción en sus notas a pie de página, ni en sus otras fuentes, ni siquiera un solo telegrama o carta; esta afirmación parece ser falsa. Applebaum no menciona el decreto del Politburó del 15 de mayo de 1932, en sus fuentes, que asignaba a Ucrania 6,5 millones de puds (106.000 toneladas) de cereales para el socorro alimentario, y más en las próximas semanas.16

Para explicar de forma más concisa los problemas de los capítulos de Applebaum sobre la hambruna, en la siguiente sección se examinan los puntos principales de dos resúmenes de sus argumentos principales al final del libro. El primer resumen aborda las causas y la naturaleza de la hambruna, en el que enumeraré cada frase relevante y discutiré el argumento o las afirmaciones más amplias que cada una de ellas representa (357):

"Ni las malas cosechas ni el mal tiempo causaron la hambruna en Ucrania (1). Aunque el caos de la colectivización ayudó a crear las condiciones que llevaron a la hambruna, el elevado número de muertes en Ucrania entre 1932 y 1934, y especialmente el pico de la primavera de 1933 (7), tampoco fueron causadas directamente por la colectivización. La hambruna fue el resultado, más bien, de la retirada forzosa de alimentos de las casas de la gente (4); de los bloqueos de carreteras que impedían a los campesinos buscar trabajo o alimentos (3); de las duras reglas de las listas negras impuestas a las granjas y aldeas (2); de las restricciones al trueque y al comercio (6); y de la vil campaña propagandística destinada a persuadir a los ucranianos para que observaran impasibles a sus vecinos mientras éstos morían de hambre (5)".

(1) Discute las cosechas y las compras en pasajes separados e inconsistentes. Se refiere a que la cosecha de 1932 fue "40 por ciento inferior al plan de la URSS y 60 por ciento en Ucrania" (190), pero nunca explica cuáles eran esos planes de cosecha. Sin embargo, en la misma página, escribe: "Curiosamente, la caída general de la producción no fue tan dramática como en 1921", y cita datos oficiales de la cosecha total soviética para 1931-1934, todos en el rango de 67-69 millones de toneladas, sin mostrar disminución alguna. Ella nunca aborda esta inconsistencia. No menciona que Davies y Wheatcroft, cuyo trabajo cita para las disminuciones del 40 por ciento y 60 por ciento, dieron cifras mucho más bajas para 1931 y 1932.17 En otros pasajes ella implica o se refiere explícitamente al "fracaso de la cosecha" en Ucrania (209, 211, 213, 283). Sin embargo, en sus conclusiones ignora estas afirmaciones y pruebas anteriores. De hecho, la cifra oficial para la cosecha de 1932 de 69 millones de toneladas que cita Applebaum (190) era un pronóstico previo a la cosecha, y la cosecha real de 1932 fue mucho menor. Los informes anuales del koljoz, que incluían los datos finales de la cosecha, informaron que la cosecha de 1932 fue extremadamente baja, y la de 1933 mucho mayor.18

El debate de Applebaum sobre las compras de grano es igualmente incoherente e incompleto. Se refiere al "plan de aprovisionamientos irrealista e imposible de 5,8 millones de toneladas" para 1932, (179) pero antes escribió que el plan de 1931 era de 8,3 millones de toneladas (168), y nunca compara los dos ni explica por qué el plan inferior de 1932 era "imposible" mientras que el plan superior de 1931 no lo era.19 Tampoco explica que este plan de 1932 se redujera del plan original de aprovisionamientos de 1932 de 7,1 millones de toneladas.20 El régimen anunció el plan de aprovisionamientos reducidos para 1932 en un largo decreto publicado el 6 de mayo que concedía a los campesinos y a los koljosos el derecho a vender sus productos en el mercado libre después de cumplir con las cuotas de aprovisionamientos.21 Esta fue una decisión crucial en la historia de la Unión Soviética porque sentó las bases para la economía de parcelas privadas de koljos que desempeñó un papel importante en la producción de alimentos hasta el final del régimen soviético. Sin embargo, lo llama un "edicto" que "prohíbe a los campesinos comerciar" hasta que cumplan con las cuotas de adquisición (195), omitiendo por completo la reducción de esas cuotas, incluyendo la de Ucrania de 7,12 millones de toneladas a 5,83 millones de toneladas, o casi el 20 por ciento. Ni siquiera hace una nota al pie de página ni da ninguna otra referencia a este documento, que estaba en sus fuentes.

Applebaum cita la correspondencia entre Stalin y Kaganovich en julio de 1932 sobre la reducción del plan de aprovisionamientos de Ucrania, pero nunca dice que realmente lo redujeron (179) ni cómo habría cambiado el plan de aprovisionamientos. También afirma que en el invierno de 1933 Stalin se negó a "facilitar la recolección de granos" (193). Sus fuentes, sin embargo, muestran que el régimen redujo los objetivos de adquisición para Ucrania cuatro veces: en el decreto de mayo de 1932 en 1,3 millones de toneladas, como se señaló; en julio en 40 millones de puds, 656.000 toneladas, más del diez por ciento del plan de Ucrania; en octubre en otros 70 millones de puds, 1,15 millones de toneladas; y en enero de 1933 en 28 millones de puds, 459.000 toneladas.22 En todos los casos después de mayo, Stalin redujo los aprovisionamientos en respuesta a los llamamientos de Ucrania para que se les ayudara a ayudar a los campesinos hambrientos. Por último, el 5 de febrero, el régimen ordenó a los funcionarios locales que pusieran fin a los aprovisionamientos y se centraran en las semillas, y comenzó a proporcionar socorro alimentario24.

El gobierno soviético redujo así las compras de Ucrania a los koljos y campesinos en 1932, no con 40 millones de puds, 656.000 toneladas, como ambiguamente implica Applebaum, sino con 434 millones de puds a 218 millones de puds, 7,1 millones de toneladas a 3,57 millones de toneladas, o aproximadamente la mitad. Incluso con los aprovisionamientos requeridos de las granjas estatales, el plan total de aprovisionamientos para Ucrania se redujo a 260 millones de puds, o 4,2 millones de toneladas, aproximadamente un tercio por debajo de las aprovisionamientos reales de 1931.25 Aunque estas pruebas se encuentran en las fuentes de Applebaum, la autora tergiversó la segunda reducción, no explicó la primera, no mencionó nunca la tercera, la cuarta o el decreto por el que se suspendían los aprovisionamientos, y nunca declaró el plan final de aprovisionamientos. Y criticó a otros eruditos por escoger cerezas (elegir los datos más covenientes para sus tesis) (49-50)! Applebaum observa más tarde que el régimen redujo las compras para Ucrania de la cosecha de 1933 en 915.000 toneladas (284), pero nunca explica que en 1932 redujeron las compras cuatro veces más. Incluso con esa reducción, las compras reales de cereales para 1933, 6,2 millones de toneladas, fueron mayores que las de 1932, 4,2 millones de toneladas. Estos datos, en sus fuentes, son fundamentales para comprender la hambruna, pero nunca los cita.26

(2) Applebaum describe la política de listas negras, que niega a los koljos o a las aldeas el acceso al comercio, los obliga a pagar las deudas anticipadamente y a veces se apodera de otras posesiones, como una de las principales causas de la hambruna. Sin embargo, sus propias fuentes muestran que en diciembre, en el punto álgido de la campaña, sólo unos 400 kolkhozy fueron incluidos en la lista negra, de un total de 23.270 kolkhozy en Ucrania.27 Sus fuentes están de acuerdo en que las listas negras no podían ni debían detener el comercio.28 El gobierno ucraniano también retiró a las aldeas de la lista negra si cumplían con la mayor parte de la cuota de aprovisionamientos.29 Applebaum nunca menciona estos puntos. Basándose en estas pruebas, es difícil aceptar las afirmaciones de Applebaum de que las listas negras eran una de las principales causas de mortalidad por hambruna.


(3) El régimen soviético intentó impedir que los campesinos huyeran de Ucrania, el Cáucaso Norte y el Bajo Volga mediante decretos a principios de 1933.30 Applebaum señala que se capturaron varios miles de campesinos, pero nunca presenta una estimación del número total. La única cifra que he visto es la de 219.460 personas capturadas a mediados de marzo, la gran mayoría de las cuales fueron enviadas de vuelta a sus aldeas.31 Incluso si el doble de personas se vieran atrapadas en esta dura política, y todos murieran de hambre, esto explicaría sólo una minoría de muertes por hambruna (ver abajo). Applebaum también afirma que "más allá de Kharkiv, donde comienza el territorio ruso, no había hambre" (198). Sin embargo, las fuentes de los archivos muestran que "hubo casos masivos de hinchazón a causa de la hambruna y la muerte" en la región central de Blackearth Oblast, especialmente en las partes meridionales al otro lado de la frontera con Kharkiv.32

(4) En el capítulo 10 Applebaum describe las duras búsquedas que el personal local, a menudo ucraniano, impuso a las aldeas, basándose en una colección de memorias ucranianas (222), y presenta muchas anécdotas vívidas. Aún así, nunca explica a cuánta gente afectaron estas acciones. Cita un decreto ucraniano de noviembre de 1932 que pide la formación de 1100 brigadas (229). Si cada una de estas 1100 brigadas registraba 100 hogares, y un hogar campesino tenía cinco personas, entonces tomaban alimentos de 550.000 personas, de 20 millones, o alrededor del 2-3 por ciento. Como se discutirá más adelante, incluso si todas estas personas murieran a causa de las búsquedas confiscatorias, esto sería sólo una pequeña parte del total de muertes por hambruna.

(5) La atribución de Applebaum de la hambruna a una "campaña de propaganda viciosa" contra campesinos acusados de retener granos deja fuera la mitad de la historia. Cita varias fuentes en las que los funcionarios y otras personas expresaron su certeza de que los campesinos estaban reteniendo alimentos (231 y siguientes). Sin embargo, no relaciona estas fuentes con los informes publicados de 1928 que citó anteriormente sobre los campesinos que retenían granos, que algunas personas deben haber recordado. Sin embargo, la propaganda no era toda la historia. Ella cita la famosa carta de Stalin a Sholokhov culpando a los campesinos de la escasez, pero no menciona que él envió ayuda alimentaria a la región de Sholokhov.33 Sus fuentes tienen muchos documentos que ven a los campesinos como víctimas, que asignan ayuda a las aldeas hambrientas y a los niños y a los inválidos en los hospitales, e incluso que reportan arrestos de personal por trabajo deficiente para ayudar a la gente hambrienta.34 Escribió sobre algunos de estos esfuerzos de ayuda (269ss), pero no considera si estas acciones socavaron la "campaña de propaganda" de hostilidad hacia los campesinos.

(6) Applebaum no presenta ninguna prueba de que los límites al comercio de koljos fueran una causa de la hambruna. A la mayoría de las provincias ucranianas se les permitió comerciar a finales de 1932 o principios de 1933, pero incluso con este permiso, los campesinos trajeron mucho menos grano a los mercados que en cualquier otro año (otra señal de una cosecha baja).35 Pero el otro lado de este asunto fue el alivio del hambre. Afirma que "durante el invierno de 1933 él[Stalin] no ofreció ninguna ayuda alimentaria adicional" (193) y que sólo en mayo de 1933 el gobierno "aprobó finalmente una ayuda alimentaria significativa" (283). Sus propias fuentes muestran que después del 5 de febrero de 1933, cuando el régimen suspendió los aprovisamientos, los funcionarios de todos los niveles trabajaron para obtener y distribuir alimentos a estas personas hambrientas, especialmente a los niños36. La mayoría de los documentos en ambas colecciones de documentos ucranianos que datan desde el cese de los aprovisionamientos en febrero hasta la cosecha en agosto (Holod 1932-1933[1990], 350-558; Holodomor[2007], págs. 621-920) hablan del alivio de la hambruna por parte de los funcionarios a algún nivel, al igual que sus otras fuentes, pero ella no cita casi ninguno de ellos en su muy incompleto análisis de la ayuda de las instituciones soviéticas.37 Este alivio para la URSS en su conjunto incluía millones de toneladas de grano asignadas de las limitadas reservas de la URSS y del grano adquirido.38

Quizás aún más importante, Applebaum ignora casi por completo el hecho de que estos campesinos hambrientos fueron los que pusieron fin a la hambruna, con la ayuda del alivio de la hambruna soviética, al producir una cosecha mucho mayor en 1933. Ella menciona el trabajo campesino a principios de 1933 de manera extremadamente elíptica (252, 265, 296), y nunca menciona las muchas agencias que el régimen estableció para ayudar a los agricultores a superar la hambruna.39

(7) En el capítulo 13, "Aftermath," Applebaum discute la mortalidad por hambruna. Señala que los puntos de vista se están "fusionando" en torno a una estimación de 3,9 millones de muertes en exceso (279-280), pero esto sigue siendo discutible.40 Luego afirma, sin pruebas, que la mortalidad por hambruna era mayor en las provincias de Kiev y Khar'kiv, citando la afirmación de Andrea Graziosi de que estas regiones representaban la "mayor resistencia política" a los bolcheviques en la Guerra Civil y en 1930 contra la colectivización (282-283). Sin embargo, ni ella ni Graziosi proporcionan ninguna prueba de que Stalin haya dado instrucciones para "castigar" a esas provincias. Ella no cita pruebas, de nuevo de sus propias fuentes, de que los aprovisionamientos en la provincia de Kiev se redujeron en gran medida y terminaron siendo "extremadamente mínimos", de que la región tuvo pérdidas de cosechas en 1932 y de que la provincia de Kiev recibió un socorro alimentario sustancial41.

La segunda conclusión resumida de Applebaum se refiere al nacionalismo ucraniano. Sostiene que "la hambruna fue una hambruna política, creada con el propósito expreso de debilitar la resistencia campesina, y por lo tanto la identidad nacional, y en esto tuvo éxito" (283). Sin embargo, sólo ofrece pruebas anecdóticas de la "resistencia campesina" y nunca explica su relación con la "identidad nacional". Su principal prueba de ello son las historias fabricadas por funcionarios sobre conspiraciones campesinas y conexiones con nacionalistas ucranianos en el extranjero (por ejemplo, 95 y ss., 102 y ss. y 184 y ss.). Si "resistencia" significaba que los campesinos retenían la producción a precios más altos, es difícil ver esto como "nacionalista", porque causó que la gente en las ciudades ucranianas se muriera de hambre, y porque los campesinos rusos también fueron acusados de esto. Más tarde, al hablar del genocidio nazi en Ucrania, hace una afirmación aún más fuerte (323): "Esta fue la política de Stalin, multiplicada muchas veces: la eliminación de naciones enteras a través del hambre." Pero 24 páginas más tarde (347) escribe: "Stalin no intentó matar a todos los ucranianos...." Ella nunca aborda esta contradicción y nunca documenta ninguna de las dos reivindicaciones.

Ella argumenta que la hambruna trajo "el fin de la ucranización". Escribe las detenciones de "casi 200.000" figuras políticas y culturales ucranianas, a las que llama "toda una generación de ucranianos patriotas educados" (217), aunque nunca explica lo que les sucedió. Mientras que los arrestos que ella describe ciertamente dañaron la cultura ucraniana, Ucrania tenía entre 8 y 9 millones de habitantes, y muchos más de 200.000 fueron educados.42 Ella afirma que, como resultado de esta represión, "la lengua rusa volvió a dominar" (218), pero sus ejemplos son Donetsk y Odessa, regiones altamente rusas. Las estadísticas ucranianas muestran que la proporción de periódicos de distrito en ucraniano disminuyó del 85,3 al 80 por ciento. Pero el 80 por ciento sigue siendo dominante, y mayor que el porcentaje de ucranianos en Ucrania en el censo de 1937.43 El número de libros publicados en ucraniano en Ucrania aumentó de 27 millones en 1928 a más de 55 millones en 1934 y 65,3 millones en 1937, casi el 90 por ciento de todos los libros publicados, con sólo 5,8 millones en ruso.44 En 1935-1936, de los 4,96 millones de estudiantes en las escuelas de Ucrania, 4,1 millones aprendieron ucraniano, 634.962 ruso y un número mucho menor de otros 17 idiomas.45 A la luz de estos datos, es difícil aceptar su afirmación de que la ucranización había terminado.
En el capítulo 14 Applebaum analiza el intento soviético de ocultar la hambruna y los informes de los visitantes extranjeros para informar al mundo exterior al respecto. Entre ellos había periodistas, y ella contrasta los escritos de Gareth Jones, que viajó brevemente por Ucrania y escribió sobre la hambruna, con los de Walter Duranty, quien, según ella, ocultó la hambruna. Sin embargo, no cita el artículo de Duranty en la primera plana del New York Times el 24 de agosto de 1933, con el titular "Famine Toll Heavy in Southern Russia", con el subtítulo "Death Rate During Last Year Has Trebled - Food Supply Now Held Assured" (La tasa de mortalidad durante el último año se ha triplicado - El suministro de alimentos ya está asegurado), y el primer párrafo, que dice, en parte: "Sin embargo, la escasez de alimentos que ha afectado a casi toda la población en el último año, y en particular a las provincias productoras de cereales -es decir, Ucrania, el Cáucaso septentrional y la región del Bajo Volga- ha causado grandes pérdidas de vidas humanas". Duranty no "negó" la hambruna.

El capítulo 15 de Applebaum sobre "El Holodomor en la historia y la memoria" examina la historiografía nacionalista de la hambruna, desde las publicaciones durante la ocupación nazi de Ucrania hasta las publicaciones de los emigrados, principalmente en Canadá, que culminaron en el libro de Robert Conquest Harvest of Sorrow (Cosecha de la pena) de 1986, y los escritos sobre la hambruna en la Ucrania independiente. Esta historiografía es informativa, pero critica a los "eruditos soviéticos y a las principales revistas académicas" por supuestamente ignorar a Ucrania. Ella describe como "sin precedentes en la época para un libro sobre Ucrania" (337) que los académicos revisaron Harvest of Sorrow. Sin embargo, una búsqueda en JSTOR de reseñas en 18 publicaciones periódicas de estudios eslavos durante 1960-1985, los 25 años antes de la publicación de Harvest of Sorrow, utilizando la palabra clave "Ukraine" trajo más de 800 reseñas, y utilizando la palabra clave "Ukrainian" más de 1100 reseñas.

Hambruna Roja presenta evidencia anecdótica recientemente publicada sobre muchos aspectos de la hambruna, pero la mayoría de las declaraciones extremas de Applebaum son indocumentadas. Su descripción de los ucranianos como víctimas de la persecución es exagerada para el período zarista y engañosa para el período soviético: el régimen arrestó a muchas figuras culturales ucranianas, pero también arrestó a muchas figuras culturales rusas, y la ucranización, como se evidencia en la publicación y la educación, no terminó. Sus argumentos que atribuyen la hambruna de 1932-1933 a las listas negras, los controles de carretera, los registros y la propaganda se contradicen con las pruebas de sus propias fuentes que no cita. Su afirmación de que la hambruna no fue el resultado de una pérdida de cosechas está en contradicción con sus propias declaraciones y con la evidencia en sus fuentes que no cita, especialmente la gran reducción en las compras de alimentos de Ucrania . Dado que la hambruna después de los bajos aprovisionamientos de 1932 fue mucho peor que después de los aprovisionamientos más altos de 1931, la única explicación racional es que la cosecha de 1932 también fue mucho menor.46 La discusión de Applebaum sobre el debate acerca de si la hambruna fue un genocidio (347ss) ignora estas cuestiones, que son cruciales para esa discusión.

Aunque este artículo de revisión no permite una discusión completa del tema del genocidio y la responsabilidad de Stalin, podemos al menos notar ciertas conclusiones de las fuentes presentadas aquí. Stalin y otros líderes hicieron concesiones a Ucrania en los contratos públicos y estaban claramente tratando de equilibrar las necesidades de subsistencia de Ucrania y otras regiones, especialmente de las personas que vivían en ciudades y emplazamientos industriales y que no podían acceder a los alimentos sustitutos de los que dependían algunos campesinos para sobrevivir (véase, por ejemplo, Applebaum ch.12). Los líderes soviéticos no entendían el fracaso de la cosecha de 1932: pensaban que los campesinos retenían los alimentos para elevar los precios en el mercado privado, como algunos de ellos lo habían hecho en 1928. Les preocupaba la toma de Manchuria por parte de los japoneses en 1931-1932 y la victoria nazi en Alemania a principios de 1933, y temían que grupos nacionalistas en Polonia y Austria pudieran inspirar una rebelión nacionalista en Ucrania. Frente a estas "amenazas", los líderes soviéticos se mostraron reacios a hacer que la URSS pareciera débil admitiendo la hambruna e importando una gran cantidad de alimentos, algo que ya habían hecho repetidamente anteriormente. La hambruna y el insuficiente alivio de los soviéticos pueden atribuirse a la pérdida de cosechas, y a la incompetencia y paranoia de los líderes con respecto a las amenazas extranjeras y a los especuladores campesinos: una versión de represalia de la economía moral.

Hambruna Roja ha recibido considerable atención en la prensa, pero ninguna de las críticas que he visto, ni siquiera las académicas, abordan los graves problemas del libro. Michael Ellman describió el libro de Applebaum como "equilibrado y matizado" y sólo señaló que el suyo "no es el único marco posible para un estudio de la hambruna".47 Sheila Fitzpatrick, en TheGuardian, llama al libro "una obra superior de historia popular". Ella discrepa ligeramente con la opinión de Applebaum de que Stalin tenía la intención de "matar ucranianos", sin mencionar las declaraciones contradictorias de Applebaum sobre este punto.48

Un erudito me preguntó: ¿por qué los trabajos académicos no han recibido la misma atención que el libro de Applebaum? Además de su condición de periodista conocida y ampliamente publicada, otra razón de la popularidad de su libro es que las académicas nacionalistas ucranianas han estado propagando la perspectiva que ella defiende durante décadas, como ella misma documenta (cap. 15). La omisión por parte de Applebaum de pruebas clave replica las prácticas de los escritores nacionalistas ucranianos. Por ejemplo, el Harvard Ukrainian Research Institute (que trabajó con Applebaum y Conquest, como documenta en el libro) publicó recientemente una colección de artículos, After the Holodomor (Después del Holodomor), en la que, al igual que Applebaum, los autores atribuían la hambruna a las compras de cereales, pero nunca declararon qué eran en 1932 y cuánto más bajas que en 1931 o 1933.49

Algunos podrían preguntarse si la escritura de Applebaum es más accesible para los lectores "no especializados". Hay muchos escritores excelentes entre los especialistas eslavos, y un relato más preciso podría haberse presentado fácilmente en un lenguaje claro y sencillo. La escritura de Applebaum no "simplifica" la verdad, sino que la oculta, como se discute en esta reseña. La hambruna roja no encaja bien en la literatura académica existente, ni siquiera como "historia popular". Su interpretación se asemeja a la de La Cosecha del Dolor de la Conquest, y utiliza fuentes recientemente publicadas que proporcionan descripciones vívidas de las experiencias de muchas personas en la hambruna. Pero omite demasiada información importante, tiene afirmaciones falsas sobre puntos clave y saca conclusiones injustificadas sobre cuestiones importantes basadas en el uso incompleto de las fuentes, lo que la hace ni siquiera cercana al nivel de una verdadera beca, como la de Años de Hambre de Davies y Wheatcroft. Hambruna Roja se caracteriza mejor por un pasaje del libro de Peter Kenez sobre el nacimiento del Estado de Propaganda: "la propaganda a menudo significa decir menos que la verdad, engañar a la gente .... manipular y distorsionar la información, mentir" y dirigirse al "público en un lenguaje sencillo... "50

Cuando incluso los académicos evitan confrontar historias populares que engañan al público, perpetúan un problema en el campo de la historia. El historiador norteamericano Peter Charles Hoffer escribió en su libro sobre la malversación de fondos en la historia norteamericana, Past Imperfect: "Defraudar es tergiversar u ocultar con la intención de engañar y con el objetivo de ganar con el engaño. En la erudición histórica, la falsificación, el plagio y la fabricación eran tipos devastadores de fraude. Puede que no sean procesables en un tribunal de justicia, pero socavan los fundamentos mismos de la autoridad académica. Además, pusieron a prueba la capacidad y la voluntad de la profesión de controlarse a sí misma".51

Espero que esta revisión ayude a los lectores y académicos a ser cautelosos al referirse a Hambruna Roja y a estar alertas a los problemas en este tipo de escritos.


1Gulag: A History, Doubleday, 2003; Iron Curtain: The Crushing of Eastern Europe, 1944-1956, Doubleday, 2012. Her website that lists many of her writings is:https://www.anneapplebaum.com/.

2See for example, M. L. Podves’ko, Ukrains’ko-Anhliys’kyy slovnik, Kyiv, 1957, pp. 106, 445; W. Niniows’kyi, Ukrainian-English and English-Ukrainian Dictionary, Edmonton, 1985, pp. 343, 488. The Google translator also gives these translations.

3Ukraine’s rural population was approximately 24 million, Russia’s was 76 million, in 1926; Vsesoiuznyi perepis’ naseleniia 1937g. Kratkie itogi, Moscow, 1991, 48-51. Russia’s rural population was 83% of the total population, Ukraine’s rural population was 81.7% (my calculation from this source). She discusses the 1937 census (299ff), yet does not notice that it also shows the same population relationship: Vsesoiuznyi perepis’ naseleniia 1937g., 51.

4V. I. Gurko, Features and Figures of the Past, Stanford: Stanford University Pres, 1939, 136.

5Graham Tan, “Transformation versus Tradition: Agrarian Policy and Government-Peasant Relations in Right-Bank Ukraine 1920-1923,”Europe-Asia Studies, v. 52 n. 5, July, 2000, 918ff. Her source was V. M. Lytvyn et al., Istoriia ukrains’koho selianstva, Kiev, 2006, v. 2, 59.

6T.K. Dennison, A.W. Carus, “The Invention of the Russian Rural Commune: Haxthausen and the Evidence,” The Historical Journal, v. 46 n.3, September 2003, 561-582; M. M. Gromyko, Mir russkoi derevnyi, Moscow, 1991, 57ff.; P. N. Zyrianov, Krest’ianskaia obshchina evropeistkoi Rossii, Moscow: Nauka, 1992, 50ff.

7Zyrianov, Krest’ianskaia obshchina , 36, shows repartitional communes dominant in most Ukrainian provinces; on household tenure, Vadim Koukouchkine, From peasants to labourers: Ukrainian and Belarusan immigration from the Russian Empire to Canada, Montreal: McGill-Queens University Press, 2007, 17-18; David Moon, The Russian Peasantry, 1600-1930, London: Longman, 1999, 93.

8The best study of this issue is Alexei Miller, The Ukrainian Question: The Russian Empire and Nationalism in the Nineteenth Century, Budapest: CEU Press, 2003; on these points: 62ff, 97-115, 230-241, 267ff.

9Kataloh knyzhnaho magazyna redaktsiy zhurnala “Kievskaia staryna,”28 pages, 1899, and Katalog malorusskikh khig knizhnago magazine Stepana Ivanovicha Gomolinskago, 32 pages, 1887, which is available online: https://cdm16014.contentdm.oclc.org/digital/collection/p4014coll9/id/21391/rec/1.

10See, for example, Moshe Lewin, Russian Peasants and Soviet Power(New York: Norton, 1968), and Michael Reiman, The Birth of Stalinism(Bloomington: Indiana University Press, 1987), among many other publications.

11See for example Pierre Spitz, “The Right to Food in Historical Perspective,” Food Policy, v. 10 n. 4, November 1985, 306-316, and especially E. P. Thompson, “The Moral Economy of the English Crowd in the Eighteenth Century,” Past & Present, n. 50, February 1971, 76-136. .

12These are discussed in Tauger, “Stalin, Soviet Agriculture, and Collectivization,” in Trentmann and Just, eds., Food and Conflict in Europe in the Age of the Two World Wars, New York, 2006, and “La famine soviétique ‘inconnue’ de 1924-1925,” in Tauger, Famine et transformation agricole in URSS, Paris: Delga, 2017, 27-74.

13See the study inhttps://www.cnbc.com/2017/09/12/workplace-crime-costs-us-businesses-50-billion-a-year.html?__source=sharebar%7Cemail&par=sharebar, and Edwin H. Sutherland, White Collar Crime: The Uncut Version, Yale University Press, 1983. On Russia, see for example Christine Worobec, “Horse Thieves and Peasant Justice in Post-Emancipation Imperial Russia,” Journal of Social History, v. 21 no 2, Winter 1987, 281-293.

14See Tauger, Natural Disaster and Human Action in the Soviet Famine of 1931-1933, Pittsburgh, 2001; Davies and Wheatcroft,Years of Hunger, passim; Stalin, Sochinenniia, Moscow, 1954, v. 13, 216-217.

15Ruslan Pyrih, ed., Holodomor1932-1933 rokiv v Ukraini: dokumenty I materialy, Kyiv,2007, 63-64.

16Holodomor, 2007, 156; Holod na Ukraine, Ochyma istorikov, movoiu dokumentiv, Kyiv, 1990, 162.

17Davies and Wheatcroft, Years of Hunger, Palgrave MacMillan, 2004, 449.

18On these points see Tauger, "The 1932 Harvest and the Famine of 1933." Slavic Review, v. 50 no. 1, Spring 1991, 70-89; and idem., Statistical Falsification in the Soviet Union: A Comparative Case Study of Projections, Biases, and Trust, The Donald W. Treadgold Papers in Russian, East European, and Central Asian Studies (Seattle: University of Washington, 2001), no. 34.

19Her sources indicate that the 1931 procurement plan for Ukraine was actually 7.17 million tons; Holodomor, 2007, 173.

20Holod … ochyma, 1990, 352-353; Holodomor, 2007, 642.

21Holodomor, 2007, 149-52.

22Holodomor, 2007, 290-303, 355-360, 597-601.

23Holodomor, 2007, 291, document 217, telegram from Stalin to Kaganovich, 19 August 1932: “As is evident from the materials, not only the Ukrainians but also the North Caucasians, Middle Volga, Western Siberia, Kazakhstan and Bashkiria will speak with the Central Committee about reducing the grain procurement plan. I advise satisfying for the time being only the Ukrainians, reducing their plan by 30 million and only in extreme case by 35-40 million. As for the others, postpone discussion with them until the end of August.”

24Holodomor, 2007, 641; Holod … ochyma, 1990, 349.

25Holodomor, 2007, 597-601.

26Davies, Wheatcroft, Years of Hunger, 470.

27Heorhii Papakin, “Blacklists as an instrument of the Famine-Genocide of 1932-1933 in Ukraine,” translated from Ukrainian and available at: https://holodomor.ca/academic-articles/ , pp. 8-10. Holodomor, 2007, 458, 620; Holod 1932-1933 ochyma, 1990, 311-314; on number of kolkhozy, Asatkin, Narodne hospodarstvo USRR, 1935, 205.

28Holodomor, 2007, 458, 620; Holod 1932-1933 ochyma, 1990, 311-314; the regime had brought goods to villages for years to trade for grain.

29Papakin, “Blacklists,” note that some villages were placed on and off the blacklists multiple times, which implies that the policy was arbitrary rather than systematic.

30Tragediia Sovetskoi derevni, v. 3, 634, 644.

31N. A. Ivnitskii, Golod 1932-1933 godov v SSSR, 2009, 199.

32RTsKhIDNI, f. 112, op. 26, d. 21, l.229. I discussed this source in detail in “Soviet Peasants and Collectivization, 1930-1939: Resistance and Adaptation,” in Steven Wegren, ed., Rural Adaptation in Russia, Routledge, 2005, 83ff. See Ivnitskii,Golod 1932-1933 godov v SSSR.

33http://vlastitel.com.ru/stalin/reform/perepisk.html.

34Holod 1932-1933… ochyma, 1990, 455-456.

35See John Whitman, “The Kolkhoz Market,” Soviet Studies, v. 7 (April 1956), 390.

36Holodomor, 2007, 641; Holod … ochyma, 1990, 349, as noted above. For an example of relief that began on & February, two days after the suspension of procurements, see Holodomor, 2007, 663; Holod … ochyma, 1990, 374. The fact that both collections include this document means that the editors considered it significant.

37For example, Davies, Wheatcroft, Years of Hunger, ch. 6.

38Tauger, “1932 Harvest and the Famine of 1933,” 74; Tauger, Davies, Wheatcroft, “Soviet Grain Stocks …”

39See Tauger, Commune to Kolkhoz, PhD dissertation, UCLA, 1991, ch. 7, and Davies and Wheatcroft, Years of Hunger, passim, among other sources.

40France Meslé, Jasques Vallin, Evgeny Andreev, “Demographic Consequences of the Great Famine: Then and Now,” in Graziosi et al., After the Holodomor, Cambridge: HURI, 2013, 220-222.

41Holodomor, 2007, 771, 775-778; Holod … Ochyma, 1990, 399-400.

42Vsesoiuznaia perepis’ naseleniia 1937 g. Kratkie itogi, Moscow, 1991, 28.58.

43Vsesoiuznaia perepis’ naseleniia 1937 g., 94: Ukraine had 28.4 million people of whom 22.2 million or 78 percent, were Ukrainian.

44Narodne hospodarstvo USRR: statystychnyi dovidnik, ed. O. M. Asatkin, Kyiv, 1935, 575, 577, Vsesoiuznaia perepis’ naseleniia 1937 g., 94; Kniga i knizhnoe delo v Ukrainskoi SSR, Kiev, 1985, 399.

45Sotsialistychna Ukraina: Statystychnyy zbirnik, Kyiv, 1937, 222.

46I made this point in 1991 in “The 1932 Harvest and the Famine of 1933.”

47http://www.h-net.org/reviews/showrev.php?id=51300

48https://www.theguardian.com/books/2017/aug/25/red-famine-stalins-war-on-ukraine-anne-applebaum-review

49Graziosi, ed., After the Holodomor, Cambridge: HURI, 2013. For this and other issues, see my review of this book inNationalities Papers, v. 43 n. 3, 2015, 514-518.

50Peter Kenez, The Birth of the Propaganda State: Soviet Methods of Mass Mobilization, 1917-1929, Cambridge, 1985, 2, 4, 7.

51Peter Charles Hoffer, Past Imperfect. Facts, Fictions, Fraud: American History from Bancroft toAmbrose, Bellesiles, Ellis, and Goodwin, New York, 2004, 139. 

Traducción de Deepl. traslator revisada 

La entrevista y sus retóricas


Entrevístame, dime que me quieres

Los apóstoles de la última crisis económica, que los hay, señalan como elementos positivos aquellos cambios a los que su irrupción obliga, llegando a celebrar de esta guisa su profundidad y perseverancia como garantía de que “al final del túnel no solo habrá más luz sino una luz mejor, más nítida, limpia y resplandeciente”. Parece difícil que un desahuciado se deje convencer por tales argumentos y sueñe con que al final de tanta desgracia el modesto piso de sesenta metros cuadrados que la hipoteca le arrebató dejara pasó a un espléndido chalet adosado de ciento veinte metros cuadrados más garaje y piscina comunitaria. En los medios periodísticos, en los que la crisis todavía está produciendo un mortandad laboral que permite hablar de una auténtica masacre o genocidio, no falto tampoco el optimista – en las escuelas de negocios nos han convencido a todos de que hay que ser positivos si se quiere salir adelante- que ve en la crisis, en la avalancha de despidos y en la precariedad general básica, la oportunidad para rejuvenecer los ánimos y la imaginación y reconvertirse de golpe de parado a emprendedor, juntarse con dos o tres amiguetes más digitales que analógicos, poner en marcha en la red “un proyecto cultural”, es decir, uno de esos proyectos en los que se paga poco o nada – “de momento no podemos pero”- tanto a los colaboradores externos como a la escasa y precaria plantilla .
Pues es en ese territorio en donde el género entrevista vivió y está viviendo un tiempo de esplendor al menos desde el punto de vista cuantitativo. Y la cosa tiene su explicación lógica porque al fin y al cabo la entrevista es una forma de contar con una firma o una imagen, es decir con una marca cultural (imagen, marca y firma son ya una unidad de destino en lo digital) a precio cero porque los colaboradores todavía, aunque cada vez menos, pueden atreverse a preguntar que cual será el pago por ese artículo de tres mil caracteres sin espacios que me pides para pasado mañana, pero a un entrevistado o entrevistada “ni se le pasa por la cabeza que pueda cobrar algo si ya con salir debería sentir satisfacción más que suficiente. Encima de que sale no querrá que…”. Así que ahí estamos: la entrevista, y mejor larga que corta que en digital no hay que pagar papel, como recurso predilecto de la cultura low cost. Y algo semejante ocurre con la encuesta para un presunto reportaje con que te asaltanen cuanto te descuidas un poco
Y, en efecto, uno podría decirse que no hay mal – crisis- que por bien- entrevista- no venga porque sin duda la entrevista tiene condiciones para ser un género especialmente capacitado para dar cuenta de esa realidad dialéctica, escurridiza y dinámica en la que sobrevivimos y que parece estar pidiendo para su mejor aprehensión ese cualidad socrática tan propia de la entrevista. Porque no es gratuito recordar que por su etimología el concepto de entrevista, que el diccionario de la RAE define como “encuentro y conversación entre dos o más personas para tratar un asunto determinado”, hace referencia tanto al entre-ver, es decir ”a lo que no se ve con claridad” como al “verse entre sí”, un origen este último que pone en relación el término entrevista con la acepción jurídica del vocablo “vista” en tanto comparecencia conjunta en un juicio de jueces, abogados, acusados, testigos, etc, que da lugar a la expresión y evacuación de aquellos interrogatorios, argumentaciones, presentación de pruebas, testimonios o cualesquiera otros recursos necesarios para aclarar una cuestión, un hecho o un entendimiento. La entrevista como un recurso retórico que al modo de como interrogatorio argumental trata de hacer aflorar algo que permanece oculto o escondido. En definitiva: la entrevista como expresión de ese enjuiciamiento y crítica de la realidad que en estos tiempos de tanta y tan escéptica confusión habría que celebrar de manera muy especial. Lamentablemente, y a pesar del optimismo de los buitres que ven en cada crisis ocasión para incrementar su pelaje, no siempre las entrevistas que hoy proliferan cumplen con ese destino que consiste en desentrañar silencios, actitudes, intereses o malentendidos.
Para poder ponderar si una entrevista determinada supone un acierto o un fracaso lo primero que habrá que considerar es si ese objetivo de hacer aflorar lo escondido se ha cumplido o, al menos, ha tratado de cumplirse para luego poder evaluar si sus fallos o aciertos son responsabilidad o bien del entrevistado o entrevistados, o bien de quienes entrevistan que son los que en definitiva están obligados a saber por qué han entrevistado al entrevistado o entrevistada y qué es aquello querían dilucidar y enjuiciar mediante la entrevista a realizar. Por desgracia la entrevista socrática o dialéctica es hoy genero escaso mientras lo que más abunda es la “entrevista pasteleo” en la que o bien quien efectúa la entrevista parece adjudicarse el papel de autoentrevistado a fin de poder opinar sobre aquello sobre lo que está deseando opinar para que todo el mundo vea lo inteligente que es, adjudicándole a la persona entrevistada el papel de mero pretexto o convidado de piedra, o bien la “entrevista spot” en la que la agradecida figura entrevistada se vuelca en su promoción y con sonrisa o ceño de experta en marketing (mano en el rostro atento al perfil bueno para la fotogenia más conveniente) una y otra vez nos castiga tratando de hacer pasar por vida interior e inteligente lo que no dejan de ser estudiados tópicos semánticos, ripios mentales o complacientes provocaciones. Estamos pues ante la “entrevista escaparate” en la ambos elementos, quien entrevista y quien es objeto de la entrevista, persiguen un mismo objetivo: incrementar su visibilidad mediática. Todos felices, con poco gasto y el capital felicitando al redactor jefe por la contención presupuestaria. 

Ejercicio para hoy: Escriba una entrevista con el autor o autora que en su opinión esté gozando de una fama inmerecida e intente a lo largo de ella poner de relieve lo infundado de su actual reconocimiento procurando que sea el personaje elegido el que se delate a si mismo. Lectura recomendada: Entrevistas e interrogatorios que tienen lugar en el film Algunos hombres buenos.

viernes, 4 de enero de 2019

Marx se va a la China



MARX Y MENOS

La desunión que nos atraviesa.

La liberación es una meta hacia la que caminamos todos"
El lenguaje de las mujeres 


- Hola Marx, veo que estás haciendo la maleta ¿es que te vas?
- Pues sí, debe ser que me ha entrado también a mi el afán por conocer los otros mundos que están en este. Llevaba aquí un año y conocer esta realidad ha sido todo un placer, vital intelectualmente hablando.
- Hombre, eso del placer intelectual me gusta porque normalmente solo se habla de placeres sensuales.
- Es que se nos olvida que la inteligencia, el uso de la inteligencia, es también un placer y un placer apasionante. El conocimiento como pasión. Aprender como forma de la libertad.
- Y de todo lo que has vivido y conocido, aquí entre nosotros, durante este año ¿qué es lo que has aprendido?
- A escuchar. A escuchar sobre todo a las mujeres que es algo que a los hombres nos cuesta hacer. Escucharlas es algo que ellas nos han obligado a hacer. Ser escuchadas es sin duda una etapa fundamental en ese movimiento de emancipación que ellas han puesto en marcha.
- Te van a acabar acusando de transversalista, de abandonar la lucha entre el capital y el trabajo como el motor de la historia.
- Quien lo haga se equivocaría. No deberíamos olvidar que esa voz que no escuchábamos en toda su dimensión, era ciertamente acallada por el patriarcado pero también por el capital, que sin embargo en su propio desarrollo necesitó incorporarlas como fuerza de trabajo de manera directa y ya no solo como industria auxiliar y subalterna para la reproducción y subsistencia de la clases trabajadoras.
- Perdona Marx, a ver si te entiendo: ¿Quieres decir entonces que es el capitalismo quien ha contribuido de manera decisiva a la liberación de las mujeres?
- Lo que quiero decir es que del mismo modo que el capitalismo en su marcha creó las condiciones necesarias para que las revoluciones de la burguesía pudieran tener lugar, ahora el capitalismo, que continúa “desatando” las fuerzas productivas que le resulten convenientes, habría facilitado la aparición de las condiciones necesarias, aunque no suficientes, para que las mujeres en tanto sujeto propio se puedan librar de un patriarcado que, al fin y al cabo, no dejaba de ser el propietario en usufructo de la mujer como medio de producción de nuevas fuerzas de trabajo en el interior de esa pequeña fábrica que hemos venido llamando familia. Para que finalmente esa liberación se produzca deben ser ellas las que se movilicen, organicen y permanezcan en combate contra el patriarcado y sus aliados. Un hecho que puede parecer menor como que el apellido paterno ya no sea obligatoriamente el primero, es para mí un golpe más que simbólico contra esa propiedad patriarcal de la familia.
- ¿Adiós pues al proletariado como sujeto histórico de la revolución?
- Todo lo contrario. El desarrollo de las fuerzas productivas ha permitido a las mujeres ser “escuchadas” por la historia. El horizonte que hoy las convoca y organiza con más fuerza es ese deseo de liberarse del patriarcado, pero ese mismo movimiento las conduce hacia el espacio común del proletariado. Su proceso de liberación del patriarcado, que es un proceso autónomo con respecto al proceso de liberación del proletariado, las encamina inevitablemente hacia una futura confluencia e integración. Pero cada cosa tiene su momento y su dinámica y hoy ese horizonte de liberación que las convoca tiene un empuje que el proletariado como conjunto debe saber agregar y sumar. En realidad lo que el movimiento feminista está produciendo es una especie de revolución cultural en el interior del proletariado, en el proceso de toma de conciencia, un proceso que no altera y ablanda el conflicto entre capital y trabajo sino que lo amplía, intensifica y refuerza. Y algo semejante sucede con el ecologismo: el planeta Tierra como la gran explotada, como trabajadora por cuenta ajena. Porque sigo pensando que la emancipación final de todas y todos los explotados requiere poner fin a la propiedad privada sobre los medios de producción, es decir, sobre las bases materiales de la vida.
- Pero ¿no piensas que el auge de esa liberación retrasa, perturba, escinde, fragmenta y atomiza al sujeto revolucionario?
- No, evidentemente las formas de producción del capitalismo de hoy escinden, fragmentan y atomizan a la clase trabajadora. Pero si deslocaliza, fragmenta y escinde no es porque quiera, conspirativamente, escindir, fragmentar o atomizar a la clase obrera. Eso es algo que se produce y desprende de la búsqueda de la máxima rentabilidad actuando en el espacio de una economía global e imperialista. Lo que sí quiere, y para ese querer sí utiliza todos sus medios y recursos materiales o simbólicos, es que los trabajadores permanezcan “ideológica y políticamente” escindidos, fragmentados, atomizados, “políticamente deslocalizados”. Es contra esa desunión con que nos atraviesan que debemos trabajar las organizaciones revolucionarias. La revolución está ahí pero las puertas no se abren solas: hay que derribarlas. Proletarias y proletarios del mundo ¡Uníos!
- Vale Marx, vale, qué pena que te vayas. Por cierto ¿a donde te vas?
- A China, a ver si entiendo bien qué es lo que allí está pasando.

Publicado en Mundo Obrero Diciembre 2018