viernes, 3 de mayo de 2019

EL DOBLÓN DE ORO DEL CAPITAN AHAB




El doblón de oro que Rockwell Kent no quiso enseñarnos.
  
                   Todos los objetos visibles, amigo, no son sino máscaras de cartón.


Una de las mayores satisfacciones como editor que puedo atreverme a recordar –acaso la mayor acaso la única- reside en haber facilitado el feliz encuentro editorial de tres elementos que ya tomados por separado tienen tenían un valor sobresaliente, pero que en juntanza conforman un pequeño tesoro editorial. Me estoy refiriendo a la edición de Moby Dick de Herman Melvillé publicada por la editorial Debate en 2003 y que, al mérito ya impresionante de la calidad y alto significado literario de esa obra de arte de la literaria universal, sumaba la magnífica e inteligente traducción del maestro argentino Enrique Pezzoni y el esplendor gráfico insuperable de las ilustraciones de Rockwll Kent. Una edición para la que el diseñador Juan García Costoso elaboró una excelente portada en juego de azules con las leves manchas y líneas rojas propias por entonces del sello.
Pocos libros hay tan capaces como Moby Dick de narrar una historia trágica que resulta ser al tiempo un destino personal y colectivo. Pocos traductores como Pezzoni pueden enorgullecerse de haber encontrado la más ajustada semántica para trasvasar al castellano los tonos y matices de una escritura delicada y firme en medio de una tormenta argumental, y pocos, ninguno acaso, talentos plásticos tan certeros y expresivos como el de Rockwell Kent para registrar en blancos, grises y negros, el aire, las palabras y los silencios de una aventura tan tenebrosa, opaca y oscura como la historia novelada supone. Difícil será que quien haya visto la oscuridad con que Rockwell Kent ilumina al personaje roto del capitán Ahab pueda darle otra apariencia. Imposible escapar de la visión turbia de esos mares que su pulso magistral siembra de rizos y amenazas. Rostros, arpones, naves, gritos, gestos, aves, olas, velas, cabestrantes, arboladuras y catástrofes encuentran en el arte del ilustrador el trazo y la tintura perfecta, la expresión precisa, el ángulo cierto, el encuadre más expresivo. La iconografía de Rockwell Kent no consiste en duplicar lo que la semántica y la sintaxis de Melville logran por si misma sino ofrecer un imaginario visual desde el que descubrir lo que las palabras ocultan permitiéndonos como lectores enfrentarnos a lo que lo obvio no deja ver.
Se comprenderá por tanto que en medio de mi alta admiración hacia su talento como ilustrador, en la iconografía presente en esa edición del Moby Dick destaque la usura visual hacia uno de los elementos narrativos que desde mi punto de vista ocupa un lugar central en la historia de esa soberbia sin límites que une al capitán con la ballena. Me refiero al famoso doblón español que Ahab clava en un mástil del Pequod en el transcurso de una escena inolvidable que ocupa todo el capítulo xxxvi de la novela:

-Todos ustedes, vigías, me han oído dar órdenes acerca de una ballena blanca.¿Miren! ¿Ven esta onza española de oro?
A decir esas palabras, levantó al sol una gran moneda resplandeciente.
-Es una pieza de dieciséis dólares, marineros. ¿La ven ustedes? Señor Starbuck, alcánceme esa maza.
Mientras el oficial le acercaba el martillo, Ahab, sin hablar, restregaba lentamente la moneda de oro contra los faldones de su abrigo, como para aumentar su brillo, y cantaba quedamente para sí, sin palabras, produciendo un sonido tan extrañamente sofocado e inarticulado que parecía el chirrido maquinal de las ruedas de la vitalidad oculta en su interior.
Cuando recibió la maza de manos de Starbuck, avanzó hacia el palo mayor con la herramienta alzada en una mano y exhibiendo la moneda de oro con la otras.
Al fin exclamo a toda voz:
-¡Aquel de ustedes que me anuncie una ballena de cabeza blanca, frente rugosa y mandíbula torcida; aquel de ustedes que me anuncie esa ballena blanca, con tres agujeros abiertos en la aleta derecha de la cola…atención, aquel de ustedes que me anuncie esta ballena, y no otra, recibirá esta onza de oro, muchachos!
-¡Hurrah, hurrah! – gritaron los marineros, agitando sus sombreros encerados para saludar el acto de clavar la moneda en el palo.

Ese doblón de oro que Ahab clava en el mástil del Pequod es desde ese momento la verdadera y única brújula de la nave, la flecha que marca y obliga a su singladura, el horizonte insoslayable de la aventura que se nos relata, el relámpago dorado que ilumina la tormenta interior que la novela narra y argumenta. Desde que ese doblón entra en escena todo el paisaje queda modificado por el brillo maligno de ese oro que atraviesa el corazón de la nave, la ambición de todos los tripulantes y la soberbia extrema de su capitán. Y siendo así ¿cómo explicar que el ilustrador esconda hasta las páginas finales esa presencia tan total?
Durante mucho tiempo pensé que la causa de tal secuestro tenía su origen en la propia materialidad que la ilustración en negros y grises con que Rockwell había trabajado y que imposibilitaba la representación de ese brillo que el oro no solo presupone sino que metaforiza en tanto síntesis de la codicia entendida como uno de los pecados capitales a través de los cuales el mal se manifiesta. Ni siquiera una ilustración en color podría reflejar la pulsión satánica que el oro vehicula y esa imposibilidad se convertía para mí al menos en un acierto innegable por cuanto era su casi total desaparición del escenario lo que mejor “ilustraba” la relevancia que el artista le otorga a un oro que, en la única visualización que en el capítulo CXXXIII se nos ofrece, refulge como una custodia católica. Sin embargo, con el pasó del tiempo me he ido abriendo a otra explicación posible que sin negar en parte las razones anteriores las sitúa en un contexto interpretativo diferente. Ocurre que la interpretación clásica de Moby Dick según la cual la ballena blanca es la representación del Mal Absoluto ha ido dejando paso en mi conciencia a un entendimiento diferente en el que la ballena blanca – y el color elegido me parece clave- no sería la representación de ese Mal Absoluto sino de su radical contrario: el Bien Absoluto que precisamente por ser el Bien y por serlo en el nivel de lo Absoluto, sería la causa fatal de las desgracias que la condición humana conlleva de manera insoslayable. El Bien por tanto como amenaza, la búsqueda del bien como peligro, como riesgo, como admonición. “Todo ángel es terrible” escribiría Rainer María Rilke y en esa clave la lectura de la obra se me revela más compleja y sugestiva. En esa clave el papel del oro, del dinero, del doblón y sus brillos católicos deja de ser objeto de fascinación para configurarse como un falso bien, un bien prosaico en definitiva, finito y medible, discreto y humilde en comparación con el resplandor de la blanca pureza de la ballena. Y en esa clave el ilustrador no esquiva su presencia sino que se limita a negar su protagonismo. No es el oro el que ciega la mirada de la tripulación sino la promesa engañosa del bien que su posesión encierra al impedirles comprender que otro bien mucho peor es el que les aguarda. Darle al doblón más presencia gráfica supondría convertirlo en el becerro de oro de esa condición humana que la aventura del Pequod pretende encarnar, y concederle mayor visibilidad al ídolo – “Todos los objetos visibles, amigo, no son sino máscaras de cartón”- sería hacer de la simple ambición el núcleo ético del mal que la novela nos ofrece. Rockwell Kent parece darse cuenta de que ir por ese camino sería restarle significado a la historia porque no es la humana ambición lo que nos condena al naufragio personal o colectivo sino que es la soberbia satánica de Ahab: ser como Dios, poseer el Bien, la que nos encamina hacia el daño y el desprecio de lo ajeno, hacia la avaricia y la justificación del maltrato al prójimo. La historia de Moby Dick no es la historia de un valor de cambio- la moneda- sino del bien como valor absoluto y por eso mostrar demasiado ese oro no nos hubiera dejado ver el lado turbio, enmascarado y siniestro que todo encuentro con la Bondad encierra.

martes, 23 de abril de 2019

El futuro del libro o qué futuro quieren los libros



Los libros del futuro o qué futuro quieren los libros.
Constantino Bértolo.


Debe de ser cosa de la edad porque enfrentado al tema que aquí nos reúne, Los libros del futuro, siento que me estoy volviendo un ignorante. A estas alturas de mi vida cuando, el pasado ocupa muchísimo más espacio que el futuro en el libro de mi vida y cuando he trabajado profesionalmente como editor publicando cientos de libros, he de confesarles que tengo muchas dificultades si quisiera delimitar de una forma clara qué es un libro y muchísimas más si intento definir qué debemos entender por futuro. Por libro según la Ley del Libro española de 2007, hemos venido entendiendo hasta hace poco toda obra científica, artística, literaria o de cualquier otra índole que constituye una publicación unitaria en uno o varios volúmenes y que puede aparecer impresa o en cualquier otro soporte susceptible de lectura.
Se entienden incluidos en la definición de libro, a los efectos de esta Ley, los libros electrónicos y los libros que se publiquen o se difundan por Internet o en otro soporte que pueda aparecer en el futuro, los materiales complementarios de carácter impreso, visual, audiovisual o sonoro que sean editados conjuntamente con el libro y que participen del carácter unitario del mismo, así como cualquier otra manifestación editorial.
Esta definición asume ya que la digitalización del universo bibliográfico es una realidad. A través de Internet se ofrece el acceso a millones de libros de una manera que antes jamás habríamos podido imaginar. El derecho a la biobliodiversidad universal está al alcance de la mano con un solo clic. En la era de la información, los avances tecnológicos que han causado un gran impacto social se tienen lugar a ritmo impresionante; “el ritmo del cambio deja sin aliento, - dice Darkton-, de la escritura hasta los códices pasaron, 4300 años; del códice a los tipos móviles, 1150 años; de los tipos móviles a Internet, 524 años; de Internet a los motores de búsqueda, 19 años; de los motores de búsqueda a la clasificación por relevancia mediante algoritmos, siete año”.
La aparición de los libros digitales, de los ebook, de las nubes digitales, de los portales digitales como Amazon han ampliado el concepto de libro introduciendo bajo su rótulo aquellos textos que pueden ser leídos en soportes digitales a través de ordenadores, ebooks, tablets o teléfonos móviles. Ocurre sin embargo que en general cuando se habla del libro y de lectura se tiende a centrar la cuestión en los libros de literatura dejando fuera áreas tan tan irrelevantes como los libros de texto, los libros de ciencias o libros-documento tan importantes para todos como aquel donde se publican los presupuestos generales del Estado. No sería mala idea que en los planes de estudio entrase la lectura y análisis de esos presupuestos, la de los presupuestos municipales o, más simplemente, los programas electorales de los partidos políticos que pretenden nuestros votos. En otras ocasiones se habla del Libro de la vida, de ”leer al Otro” o de la Naturaleza como un libro que hay que saber leer e interpretar. El libro, como vemos, es, en principio, algo de carácter material pero tiene también aspectos intangibles que no conviene olvidar.
Por futuro podríamos entender todo ese tiempo que está por delante del ahora, del presente. El tiempo que todavía no ha llegado. El futuro como un tiempo que todavía no existe y aunque me temo que hablar de lo que no existe es una pretensión humana francamente peligrosa. Lo curioso es que es tiempo que no existe pero tiene realidad e interviene en la construcción de la realidad, en la construcción del presente e incluso del pasado. Desde que oímos o leímos aquella fábula sobre la hormiga y la cigarra sabemos que el futuro es algo que puede y debe ser planificado y que esa necesidad forma parte del presente. Incluso el futuro tiene componentes que lo convierten en una mercancía susceptible de ser comprada o vendida. Se habla por ejemplo del mercado de futuribles donde se especula con el precio futuro de bienes como el petróleo, el café o la soja, y todos somos testigos de como muchos políticos nos venden, algunos con rigor, otros con demagogia, sus ideas de futuro. Cuando votamos de alguna forma elegimos futuro. Un futuro que no existe pero que, paradójicamente, puede ser planificado, construido, elegido. Y hasta puede ser escrito y por lo tanto leído. Bien o mal escrito; bien o mal leído.
Pero es necesario tener en cuenta que el futuro es un concepto que no siempre tiene el mismo contenido para todas la personas. No es lo mismo el futuro para una persona de 68 años que para una persona de veinte. No se entiende el futuro de manera igual en todos los países y culturas. No es lo mismo hablar del futuro en España que en Brasil, en China, en Cuba o en Suecia. Ni siquiera sabemos muy bien cuando empieza el futuro y cuando acaba. A esas preguntas cada sociedad concreta responde de manera particular según sean sus circunstancias sociales, económicas o políticas. Les puedo contar por ejemplo que en España, y yo diría que en en Europa y los países más desarrollados, hasta hace poco, hasta la crisis económica que empieza en el 2008, el futuro apenas existía, apenas tenía espacio, porque se vivía en plena fiebre de la postmodernidad, de manera narcisista y autosatisfecha donde todo se había convertido en una especie de presente perpetuo, bastante frívolo y bastante estúpido, despreocupado. Con las crisis volvieron las preocupaciones. Y futuro y preocupación son de nuevo conceptos estrechamente unidos.
En mi opinión solo una sociedad que se pregunta sobre su futuro es una sociedad sana, inteligente, responsable y prometedora y, desde ese convencimiento, hay que agradecer toda reflexión y debate sobre el futuro del libro.


Para abordar esta cuestión, El libro del futuro, me voy a permitir realizar una especie de truco dialéctico dando la vuelta a una de las preguntas desde las que se suelen abordar las cuestiones que atañen al libro, pues si normalmente nos preguntamos qué es lo que queremos de los libros, qué les pedimos, para qué los necesitamos, quisiera abordar esta reflexión desde la pregunta contraria: ¿Qué quieren los libros de nosotros?
Quizá todos estaríamos de acuerdo si respondemos afirmando que lo primero y principal que los libros quieren de nosotros sería el que los leamos pues, para sentir que son libros, necesitan sin duda ser leídos. Un libro que no es leído aparte de deprimirse – nadie me quiere- sin duda tiene problemas de identidad ¿quién soy? ¿para que sirvo? ¿de dónde vengo? ¿a dónde voy? Y lo suyo no lo curan los psicoanalistas. Solo si alguien lo saca del almacén, la biblioteca o la librería esa depresión se convertirá en una sonrisa de felicidad: al fin alguien me quiere, me mira, me toca, me acaricia, me lee.
Pero como bien saben, ahora sí, los psicoanalistas, un deseo implica muchos deseos. Por ejemplo, los libros, para poder ser leídos, son conscientes de que antes deben salir al mercado, ser comprados, ser vendidos ya que vivimos en sociedades donde la resolución e incluso creación de necesidades se concretan en ese lugar imaginario pero real, abstracto pero concreto, que llamamos el mercado. Y el mercado es el principal lugar de intermediación entre el deseo y la satisfacción, entre la búsqueda y el encuentro. Pues bien, en mi opinión los libros del futuro serán libros que querrán ser leídos por todos aquellos o aquellas que quieren a necesiten leerlos sin que el precio u otras circunstancias económicas o sociales se lo impidan y eso no es ni será nada fácil de conseguir en sociedades donde el principal motor del mercado - de la vida- es el logro del mayor beneficio posible, de la más alta tasa de ganancia y donde una gran parte de la población ha de vivir con unos ingresos que difícilmente les permiten pagar el precio de los libros. Por eso los libros de futuro quieren de nosotros, nos reclaman, que consigamos hacer más justas e iguales las condiciones económicas de toda la población, que el coste de los libros se abarate lo más posible y que, aún cuando no fuera posible la deseable nacionalización de una parte importante de la edición de esos libros, que incitemos y empujemos a nuestros gobiernos para desarrollar y cumplir con los necesarios planes de creación de bibliotecas a nivel nacional, municipal y escolar. Diría incluso a este respecto que los libros del futuro desean más estar en muchas y buenas bibliotecas de acceso común que en pocas y acomodadas casas privadas o particulares.
Los libros, como las medicinas, como las personas humanas, podrían no ser unas meras mercancías pero bajo el dominio de la lógica del capital libros, medicinas y personas sólo somos mercancía. Los libros por un lado son el soporte del pensamiento humano pero por otro son meras mercancías que se producen, circulan y consumen. En cuanto producto del trabajo, escribe Castro, el libro contiene trabajo objetivado, materializado, convertido en un tipo de mercancía caracterizada por satisfacer necesidades humanas culturales y esto le confiere valor de uso aunque como tal mercancía en el mercado su valor depende de su valor de cambio. En ese sentido el libro es un objeto singular en cuanto que establece una relación simultánea entre lo material y lo intangible. Como señala Adorno el libro es un mercancía perecedera desde un punto de vista material pero imperecedera y no-consumible en esencia y, por tanto, capaz de superar sus características mercantiles. Como objeto intangible e inmaterial el libro es pieza básica en la sociedad del conocimiento que caracteriza nuestra época pero es también mercancía que satisface las necesidades de entretenimiento. El juego entre conocimiento y entretenimiento es una tensión que atraviesa el mundo del libro. La lectura es una actividad que satisface necesidades. Una sociedad que quiere ser responsable de su propia historia busca en las lecturas conocimiento. Una sociedad que se aburre buscará en la lectura tan solo entretenimiento.
Los libros no son tontos y saben que su producción, logística y circulación tienen unos costes que no siempre ni mucho menos los países pueden costear. Por eso quizá los libros del futuro quieran hacer algo al respecto y aunque por estética y tradición les gustaría ser como son la mayoría de los libros del presente, es decir, impresos en papel, aguardar su destino en grandes y caros almacenes y ser transportados hasta los punto de venta por medios de locomoción también costosos, estarán encantados de abandonar en muchos casos el soporte de papel tradicional para vestirse en formato digital que abarate todos esos costes a fin de facilitar el acceso común a ellos. En ese sentido entiendo que los libros del futuro serán en un alto por ciento muy alto libros digitales y por tanto van a pedirnos que seamos capaces de alcanzar que la mayoría de la población tengan acceso gratuito a los medios tecnológicos necesarios para su lectura y disfrute, y ahí de nuevo las bibliotecas públicas - muy especialmente las escolares- deberán cumplir un papel clave en la salud lectora de cada nación. Pensando en su mejor futuro los libros querrán por tanto que procuremos crear formas de vida y convivencia donde el valor de lo público y común se fomente y donde las condiciones económicas sean lo menos desiguales posibles, donde los libros y la lectura sean parte importante del patrimonio público, de la riqueza común. Vemos por tanto que el libro del futuro, como todo libro, quiere ser leído y por consiguiente quiere que el acceso mutuo entre lectores y lectoras y los libros tenga el menor número de obstáculos posibles.
Como, repito, los libros no son tontos saben bien que ese deseo de ser leídos implica un problema en el que el tiempo, el uso del tiempo, es factor primordial. Leer ocupa tiempo. Leer significa poder disponer de un tiempo personal para la lectura. Los libros quieren nuestro tiempo. Leer es un intercambio de tiempo. Decimos de un mal libro que leerlo fue una pérdida de tiempo, de una bueno que mereció la pena. A cambio de lo que los libros nos ofrecen nosotros les cedemos el coste de nuestro tiempo. Leer es gastar tiempo de nuestro tiempo y el tiempo, como los recursos económicos, no es poseído por todos de igual manera. Gran parte de la población en la mayoría de los países del mundo no goza ni dispone del tiempo necesario para poder leer, mientras que otra parte minoritaria disfruta de un tiempo excedente, tiempo de ocio, más allá del que necesita para garantizar su supervivencia y reproducción. La desigualdad económica implica desigualdad en la posesión y uso del tiempo. Y por eso hay que pensar que el libro del futuro quiere de nosotros que construyamos sociedades donde el tiempo esté distribuido con igualdad y solidaridad y donde nadie sea dueño del tiempo ajeno. Encontrar las estrategias necesarias para fomentar la lectura en sociedades donde la mayoría de la población tiene poco tiempo para el ocio o la formación y al mismo tiempo hay problemas urgentes que solucionar, como el acceso al trabajo, a la vivienda, a la salud o a la educación, es una cuestión política que los libros y su futuro nos plantean y que cada gobierno está obligado a responder.
Año a año y en cada país se publican grandes cantidades de libros, miles de títulos nuevos o reediciones, ya en lengua original o traducidos. Son libros que - cabe suponer- nacen con la vocación de interesar a los lectores y lectoras. No voy a entrar a distinguir sus niveles de calidad. Todos sabemos que frente a libros de alto interés hay libros de poco o nulo. Lo que ahora me preocupa es el qué hacer con esa cantidad de libros que nacen, se editan, pero que para ser leídos, para existir, necesitan ser conocidos por sus posibles lectores y lectoras. Los libros quieren que conozcamos su existencia, su perfil, su contenido. Necesitan poder despertar nuestro interés, nuestros deseos y que no conozcamos tan solo su existencia a través de la publicidad, acaso siempre engañosa y que responde a criterios de desigualdad económica de las editoriales ni a través de una selección siempre minoritaria en los medios de comunicación. Los libros del futuro saben que para poder ser elegidos es necesario crear un sistema de convivencia donde exista el más amplio conocimiento cultural, es decir, una sociedad del conocimiento, del conocimiento como un derecho humano y universal.
Y no podemos olvidar, los libros no quieren que olvidemos, que hay aspectos materiales que más allá de metafísicas y buenas intenciones conforman la biografía, el destino y el espacio de los libros. El sistema de distribución por ejemplo es en buena parte el responsable de que los libros lpuedan llegar a todas partes, a todas las geografías. A los barrios ricos pero también a los barrios pobres, a los punto de venta del entramado urbano pero también a las pequeñas librerías del pequeño pueblo rural o a la biblioteca municipal de las periferias nacionales. Una buena distribución da vida a todos los libros, una mala distribución solo garantiza la vida de aquellos libros que tengan buenas expectativas de venta. La distribución, como la crítica, como el sistema educativo, actúa sobre el canon, favorece tendencias y modas y provoca olvidos y ausencias.
Insisto de nuevo en la idea principal: Los libros quieren existir para poder llegar a los lectores y lectoras y para que estos y estas los abran y lean. Y los libros del futuro, como todos los libros del pasado y del presente quieren ser leídos con tiempo, paciencia, concentración, libertad, responsabilidad e imaginación. Sin censuras políticas o económicas, sin censuras estatales o propias, sin amenazas ni anatemas ni índices de libros prohibidos. Los libros del futuro no quieren ni ser censurados ni que los lectores nos censuremos a nosotros mismos. Los libros quieren ser interpelados, quieren que dialoguemos con ellos y eso exige capacidad crítica y libertad de expresión en la ida -el libro- y en la vuelta: el lector.
Ser leído con y desde la responsabilidad, siendo conscientes de que las palabras de los libros son palabras públicas, palabras colectivas y por consiguiente los libros son uno de los lugares donde una sociedad se juega el significado de las palabras, y su capacidad para pensar y meditar, su capacidad de invención e innovación, sus saberes, sus miedos, sus horizontes. Quieren lectores responsables, que respondan a ese carácter de bien común que deben tener la palabras publicadas ya sea en papel, en digital o en internet. Responsabilidad no significa seriedad aburrida pero tampoco diversión estúpida. Significa por parte de los libros respetar la inteligencia de las lectoras y lectores y que estos y estas respeten su propia inteligencia cuando eligen el qué y para qué leer, pues cada tiempo y libro tienen su ocasión y su momento.
Los libros quieren y necesitan nuestra imaginación porque conocer la realidad exige capacidad para construir, para deducir, para asociar, para interpelar. Imaginar es una forma de preguntarse y responder. Leer es imaginar, reconstruir el espacio y tiempo que los libros proponen, meterse en la cabeza de los personajes, descubrir el sentido de un razonamiento, ponderar las reflexiones que se ofrecen, buscar la medida y peso de los datos o hechos que se nos cuentan o relacionan. Los libros necesitan y construyen imaginación. Se comenta al respecto que los libros digitales del futuro podrían planificar nuestra imaginación ofreciendo los hipertextos que relacionan la semántica del texto con los contextos convenientes. Habría que pensar seriamente si esa posibilidad sería un avance o un retroceso. Está el peligro de que los hipertextos programen y planifiquen una imaginación lectora que debe moverse con la mayor libertad y espontaneidad posible para que sirva de adiestramiento y formación crítica. Los libros no quieren una imaginación domesticada. También conviene meditar sobre el imperio de los metadatos que las nuevas tecnologías están favoreciendo. El Big Data como un Gran Hermano que nos datifica y etiqueta de modo permanente. Los big datos se fundamentan en el dime qué lees y te diré quién eres, dime que consumes y te diré que debes consumir. Frente a esto los libros reclaman nuestra mejores capacidades para explorar en lo nuevo, en lo desconocido y quieren lectores que busquen el saber y por tanto mantengan la alta capacidad de extraviarse, de buscar caminos no hollados, las terras incógnitas que forman parte de la vida.
La escritura y la lectura que un libro encarna son una tecnología que amplia y extiende nuestras facultades. Siempre he pensado que la famosa manzana del árbol del bien del mal que Adán y Eva comen rompiendo el mandato divino es una metáfora de la escritura porque la escritura nos vuelve comparables a Dios. Los libros permiten que nuestras palabras salten por encima de nuestros propios límites biológicos, por encima de nuestro tiempo de vida y por encima de nuestra geografía. La escritura nos hace inmortales y omnipresentes, cualidades que Dios parecía haberse reservado para si mismo. No es de extrañar que durante siglos y siglos la escritura y la lectura, los libros, hayan sido patrimonio de las élites del poder. Imaginemos lo mágico que para un analfabeto representa el hecho de que en un papel, en un papiro, viajen las palabras del poder, las ordenes del poder, las sentencias del poder. Los libros durante siglos y siglos han sido parte de las armas del poder y en buena parte lo siguen siendo. Los libros del futuro no quieren ser instrumento de las élites sino instrumento y herramienta para la igualdad y la solidaridad.
Y volvemos así a las preguntas del principio porque si los libros quieren ser leídos es fácil comprender que antes de nada los libros deben ser escritos. Tradicionalmente los han escrito - y leído- los miembros de las élites dominantes o “los escribas”, la alta servidumbre o burocracia al servicio del poder. Más tarde fue cosa de los “letrados”, de los depositarios de las culturas clásicas de Grecia y Roma que detentaban las claves de un humanismo abstracto que no cuestionaba lo concreto del poder. Hoy escribir parece cosa o bien de los artistas – los únicos que al parecer son capaces de expresar el más alto espíritu de la condición humana - o de los sabios que ponen su sabiduría al servicio de las necesidades que el mercado recomienda Todavía hay una enorme multitud de analfabetos en el mundo y más amplias todavía son las multitudes que se sienten incapaces de escribir ya no un libro sino una simple nota o comentario. La cultura del libro requiere un acceso democrático a la escritura y a la lectura para evitar caer en una idea elitista de la Cultura porque ese entendimiento puede dar lugar a la aceptación de la cultura como humillación, al desprecio por el inculto, a pensar a Cultura como aprendizaje de la servidumbre o como mero mecanismo de desclasamiento y arribismo social .
¿Quienes deben escribir los libros del futuro? Pienso que los libros del futuro quieren que su escritura deje de ser un privilegio, una habilidad minoritaria, para ser tarea de todos, tarea común y colectiva donde el yo sea expresión de un todos y el todos no impida la expresión del yo. La escritura de los libros como tarea común y por consiguiente necesidad de buscar sociedades donde la escritura vaya más allá de las élites. Necesidad de socializar la escritura acabando con eso que bien podríamos llamar la propiedad privada de los medios de producción de la escritura. La escritura como elemento mediador entre el libro y el lector.
Soy un profundo defensor de la idea de que la lectura es una aprendizaje que se refuerza cualitativamente de manera extraordinaria si se ve acompañada por el ejercicio de la escritura. Si cada uno de nosotros trata por su cuenta de escribir aunque solo sea un breve retrato de alguien cercano comprenderá el arte de crear un personaje; si cada uno de nosotros trata de describir un paisaje verá con sus propios ojos la dificultad de crear un espacio reconocible; si cada uno de nosotros trata de expresar un sentimiento vera lo difícil que resulta compartir una realidad. Como señala James Paul Gee, la lectura es entendimiento y la escritura es producción. La lectura es la descodificación de la escritura y, por lo tanto, juntas constituyen un par distintivo e inseparable. La alfabetización nos lleva a un entendimiento sobre lo que otras personas han hecho o descubierto. La escritura es una habilidad conveniente para manejar necesidades urgentes de expresión y explorar cosas aun desconocidas. Creo en los círculos de lectura y creo en los grupos de escritura y creo que su fomento – una labor que deberían centralizar las escuelas y bibliotecas- serán la base para que los libros del futuro amplíen su capacidad para que los lectores y lectoras incrementemos nuestra capacidad para intervenir en la construcción de ese futuro común.
Los libros son como un puente que nos une con otras voces, con otras palabras, con otras vidas, con otros conocimientos. Un puente por debajo del cual corren los ríos de la ignorancia, la superstición y el fanatismo. Los libros del futuro tendrán que tender puentes que permitan saltar por encima de los abismos que las generaciones futuras encontrarán en su camino y por eso reclaman, quieren, piden, que los que hoy tenemos responsabilidades en la formación de los futuros lectores y lectoras y de los futuros escritores y escritoras, ayudemos a formarlos para que estén dotados de conciencia crítica y capacidad e inteligencia para saltar obstáculos y detectar daños y evitarlos.
En mi opinión el ser y estar de ese libro del futuro va a depender del futuro que entre todos seamos capaces de construir. Es evidente que los avances tecnológicos tienen un papel fundamental en los posibles futuribles sociales y culturales, pero no debemos olvidar que al final somos nosotros, es decir, los ciudadanos del presente quienes tenemos capacidad para imaginar, planificar y construir futuro. El libro del futuro dependerá de todas y cada una de las elecciones que la humanidad elija o a la humanidad se le imponga. Por eso la primera cuestión sería dilucidar si queremos un futuro consensuado entre todos o un futuro impuesto por unos pocos a unos muchos. El futuro es un libro que no está escrito y que debemos escribir entre todos. El libro del futuro lo estamos escribiendo día a día, elección tras elección, ley tras ley, gobierno tras gobierno. Los libros, por su propia inmanencia, por su propia naturaleza, reclaman para que su destino de ser leídos se cumpla de la mejor manera posible un futuro en el que existan lo que el pragmático lingüista J. L Austin llamó “las condiciones de felicidad”, es decir, el conjunto de circunstancias que permite que algo se realice de la mejor manera posible así como la botadura feliz de un barco hace necesario la existencia de un buen astillero y de un mar en calma.
A modo de resumen y conclusión quisiera nombrar algunas de esa condiciones de felicidad que como a tareas, tangibles e intangibles, a realizar, nos reclaman hoy los libros del futuro:
1.-Acceso a la lectura y escritura como un Derecho Humano Universal.
2.-Entendimiento del libro como “lugar de encuentro” entre lo individual y lo colectivo.
3.- Entendimiento del libro y la lectura como inversión y no como consumo.
4.-Entendimiento de la Cultura Lectora como Pacto de responsabilidad compartida entre autores, editores y lectores.
5.-La lectura como núcleo duro de Sociedad del Conocimiento
6.-La edición como economía pública. Intervención de las Instituciones públicas en la producción, distribución, circulación y acceso al libro y la lectura.
7.-Máxima accesibilidad geográfica y económica. Acceso abierto a la literatura científica en la red.
8.- Intervención de las Instituciones públicas en la producción, distribución, circulación y acceso al libro y la lectura.
9.- Centralidad de la Red de bibliotecas nacionales, municipales y escolares como medio de comunicación, promoción y difusión del libro y la lectura y la escritura.
10.- Acceso universal y gratuito a las nuevas tecnologías de edición, circulación y uso de textos y programas de lectura.
El logro de esa condiciones tangibles o materiales o intangibles o culturales requiere en definitiva una política cultural que implica las necesarias asignaciones presupuestarias en los distintos niveles de las administraciones públicas. Como escribe el brasileño Jose Castilho: Tal vez tudo isso possa ser sintetizado no Direito à Leitura, de toda leitura, de toda literatura, sem censuras e peias, num país de homens e mulheres alfabetizados, cidadãos plenos em seus direitos democráticos. Estes objetivos são permanentes, valores intrínsecos à democracia, aos direitos fundamentais da pessoa, à liberdade. El libro del futuro es un imaginario que para hacerse realidad exige reflexión, participación, planificación, inversión, paciencia y voluntad política.

Texto leído en las Jornadas para la Lectura de la Revista brasileña Emilia

lunes, 25 de febrero de 2019

Dios salve a Juan Benet




Juan Benet. Cuentos completos.

Juan Benet parece estar a punto de convertirse en un "clásico", es decir, unos lo alaban, otros lo denigran y nadie lo lee. Alguno de nuestros más jóvenes y "famosillos" narradores ha dicho que no se puede soportar, salvo masoquismo literario, la lectura de una sola página de Benet. Otro escritor, con vocación de referenciador, eleva a los altares de la prosa inmortal las primeras líneas de Volverás a Región. Dios salve a Juan Benet.
En estos tiempos narrativos en los que predominan las novelas de misterio, trauma psicológico, crimen, braga y suspense, y triunfa el costumbrismo existencialero de la juventud airada pero autosatisfecha, la obra de Benet corre sin duda el alto riesgo de ser llevada al higiénico espacio de lo sacro. Quizás por ello haya que agradecer esta edición de sus Cuentos completos cuya lectura acaso permita a sus lectores descubrir que Benet es un autor que no escribe "de espaldas al lector". Ocurre simplemente que Benet es -y quedan pocos- un escritor que respeta, y por tanto exige de los lectores, el uso de las facultades humanas que la lectura requiere: memoria, paciencia, inteligencia y juicio, y desprecia (y seguramente ahí resida "su oscuridad") el sentimiento como motor hegemónico de la lectura.
Si en sus obras narrativas mayores Benet parece haber elegido la distancia (o quizá la soberbia) como punto de vista, en los cuentos - tomemos el titulado Syllabus como ejemplo- la ironía se muestra como óptica predilecta. Una ironía que, curiosamente, se presenta como arma de los fuertes frente a los débiles, trastocando así su función tradicional (arma de los débiles frente a los fuertes) y convirtiéndose en esa especie de cinismo aristocrático que caracteriza (y limita) a gran parte de la mejor literatura de este siglo que está finalizando. Los lectores que se sientan parte de los fuertes encontrarán en estos cuentos motivos para seguir autosatisfechos. Los que se sientan parte de los débiles pueden aprender a descubrir (y acaso combatir) la inteligencia del enemigo. Los lectores que sufran la contradicción de moverse en la dialéctica fuerte/débil (supongo que somos la mayoría de este país en permanente estado electoral) asistirán al despliegue narrativo de una literatura construida sobre una concepción del talento más cercana al rigor que al ingenio.

Publicado en Ajoblanco a finales del siglo pasado

domingo, 17 de febrero de 2019

Luis Magrinyà


Prólogo a Cuentos de los noventa de Luis Magrinyà

Al empezar la década de los noventa la narrativa española ya se había instalado en esa cursilería de fondo que, al menos desde entonces, la viene caracterizando. Cursilería, es decir, pereza de la razón y sentimentalismo de la emoción, sustitución del conflicto por el misterio, del argumento por la tópica de la investigación criminal y de la imagen por el cliché, voces narrativas confortablemente escépticas y unas gotitas de metaliteratura, exotismo o psicoanálisis de manual. Un fraseo con inflación de adjetivos y adverbios, pisando el vibrator lírico para las resonancias de lo emotivo y con una sintaxis de párrafos sentenciosos con muchas yustapuestas y pocas subordinadas, es decir: oración enunciativa principal de tono sentencioso con dos o tres adjetivos calificativos, subordinada breve para que el lector no se extravíe y cola final con copulativa para el ornato gratuito. Para entendernos la narrativa al servicio del lector como cliente. Y aquellos novelistas de la Nueva Narrativa encantados de haberse conocido y de sentirse reconocidos: premios, congresos y congresillos, ventas estimables, adelantos suculentos de las editoriales que se los disputaban. Momentos de autosatisfacción en los que todos parecíamos habernos acostado ibéricos y subdesarrollados para despertarnos europeos y con tarjeta de crédito.
Por aquel entonces yo era un editor arruinado, dos términos que, a salvo de unas pocas excepciones, suelen ser redundantes. Era, efecto, un editor asalariado trabajando como director literario en una editorial más familiar que independiente y siempre pendiente de renovar la línea de crédito. Editor en editorial ajena. Luego me pasaron otras cosas: aquella editorial de tamaño medio fue comida por una editorial más grande y luego la multieditorial más grande fue comida por una multinacional muchísimo más grande y gorda y etcétera. El tiovivo de la vida que da, y este libro demuestra, muchas vueltas.
Un editor arruinado es un editor obligado a tener imaginación. El hambre afila el ingenio que decían los clásicos. El dueño y director general de aquella Editorial Debate de antaño me adjudicó unos discretos pero suficientes estímulos pecuniarios y me pidió dos cosas: moverme dentro de un presupuesto modesto para mantener alejada en lo posible la espada de Damocles de la quiebra y dotar al sello con unas señas de identidad literarias de prestigio (todavía este no se había convertido en la losa funeral que es en la actualidad). Entusiasmo no me faltaba. Durante años había ejercido la crítica literaria en diversos medios y pensaba, ingenuo de mí, que ser editor era como ser crítico pero con poder ejecutivo. Llé a tal desempeño con la creencia de que el programa de una editorial literaria que se precie de serlo debería centrarse en intentar editar la mejor literatura del pasado, la mejor literatura del presente y la mejor literatura del futuro. Atendiendo a este criterio diseñé tres colecciones: Punto de Rescate para mirar al pasado (El Conde de Montecristo de Dumas, La piedad peligrosa de Stephan Zweig), Punto de Encuentro para mostrar el presente (La Puerta de Damasco de Robert Stone, Su pasatiempo favorito, de William Gaddis) y Punto de Partida para apuestas de futuro Lo peor de todo, de Ray Lorriga, El frío, de Marta Sanz, Biografía de la huída, de Josán Hatero). Lo malo es que entre lo supuesto y la realidad quien acaba mandando es el pre-supuesto, es decir, donde decía pasado, hubo que leer libres de derechos de autor; donde decía presente, autores con pocas ventas que las editoriales fuertes desdeñaban y donde se proponía futuro, exhaustiva lectura de originales que generalmente, antes de llegar a nuestra mesa, ya habían pasado sin suerte por las editoriales hegemónicas de aquel momento. En resumen: un alentador panorama – sí, alentador aunque no comparezca – con poco ruido y menos nueces.
Llegó un paquete con una carta de Luis Suñén. Ya sé que cuesta imaginarlo pero en aquellos años todavía se escribían cartas. Aquella estaba escrita a mano: “Querido Constantino: como sabrás los nuevos aires gerenciales que empiezan a sacudir el mundo editorial me han agradecido los servicios prestados. Te adjunto el original de un libro de de relatos, nouvelles más exactamente, que estaba pensando en editar cuando la buena nueva laboral acabó con mis propósitos. Creo que merece la pena que lo leas con atención. Un abrazo.” Como en mi caso, Luis Suñén había entrado en el mundo editorial después de haberse desempeñado con éxito como crítico literario y, como él mismo anunciaba, su cese como director editorial de Alfaguara era el heraldo negro de unos nuevos tiempos en los que ya se anunciaba que un editor que lee estaba condenado al fracaso profesional. Mi respeto por el criterio literario de Suñen me llevó a la lectura pronta del original que acompañaba su misiva. Lo primero que me llamó la atención, para mal, fue el Prólogo del autor: “Puede ser fácil, desde aquí abajo, reírse de la precaria pirueta en que se sostiene, tan difícilmente, la vida del aéreo; podemos pensar que son unos locos o unos necios y que más les valdría ceder desde un principio a la atracción terrestre que los acecha y tiraniza”. Me sonó a pedante, a listillo, y además pensaba entonces que los libros deben defenderse por si mismos sin necesidad de explicaciones previas. Cuando uno lee un original, con otros cincuenta esperando encima de la mesa lo que está deseando es encontrar un motivo para no seguir leyendo y rechazarlo y aquella nota a punto estuvo, a pesar de la recomendación, de mandarlo a la papelera. Por fortuna para mí seguí leyendo. Y sobrevino el silencio: “Pues en el momento en que lo encontramos ha sonado para él, como se dice, la hora de la verdad, Tras un largo y fúnebre sueño que ha durado toda una noche y toda una mañana, presa de la agitación y el sudor, Martín se despierta a las tres y salta de la cama de un brinco compulsivo. Esta aterrado, le falla la respiración. La primera ojeada al espejo le devuelve grabado este mensaje: “Tengo que cambiar”; y añade: “Ahora mismo. Tengo que ser lo que no he sido”. La más profunda intuición dicta la primera medida: aparta el rostro del espejo y apaga la luz.” Cuando un texto te llena la cabeza de silencio, desalojando el sinfín de ruidos que usualmente viven en ella, la oreja del editor se levanta: aquí hay algo. Y en efecto, allí había una escritura, es decir, una voz consciente de que para dejarse oír hay que crear un espacio compartido en el que texto y el lector dialogan dialécticamente. No se trata sólo de que te seduzcan halagando o dando gusto a tus altas o bajas pasiones literarias, sentimentales o existenciales ni de que te pongan delante una trama de suspense que haga la función que la zanahoria cumple para el andar del asno aburrido y remolón. No, se trata de que un pensamiento literario ponga en marcha el entendimiento del lector aún sin saber exactamente a donde te va a conducir ese diálogo. Frente a la expectativa fácil del qué va a pasar la intriga del pensar qué está pasando: qué sigue reflejando aquel espejo cuando la luz se apaga. Una escritura en la que llama fuertemente la atención, por inusual, la geología de una sintaxis: plegamientos, subordinadas, sinclinales, yuxtapuestas, simas, puntos y comas, grietas, glastos, causales y disyuntivas, fosas, comas inclusivas, basaltos, condicionales, capas freáticas y estratos, sobre la que se levanta una orografía y un paisaje que si bien la crítica definiría de manera casi unánime como irónico, a mi entender es más fruto de un atento desapego, tanto hacia los lectores como hacía los aconteceres de sus criaturas narrativas, más propio de una compasión burlona que de ese paternalismo intelectual que lo ironía requiere y delata.
Me gustó, me interesó, me extraño. Pero el gusto personal no es – ni creo que deba serlo- el criterio fundamental a la hora de tomar la decisión editorial pertinente, ni el interés propio siempre coincide con las circunstancias empresariales, ni la extrañeza es garantía suficiente para que los lectores vayan a abandonar la certidumbre de los cursis potitos literarios que el mercado literario les venía ofreciendo. En cualquier campo de actividad la aceptación de lo nuevo o inusual exige un esfuerzo que pocos están dispuestos a realizar. Y además: era un libro de cuentos. Así que al menos en un principio la propuesta de edición no fue muy bien acogida. Le escribí al autor contándole que “a pesar de… y aunque… lamento…si bien…”. Y aquí se acabaría esta historia si no fuese porque semanas después el relativo éxito de crítica de uno de los libros publicados me dio fuerza suficiente para proponer el lanzamiento de la colección Punto de Partida con un formato rompedor por clásico: portada sobria y sin ilustración siguiendo el modelo Gallimard. Y nueva carta al autor: “Estimado amigo: Si todavía…. un nuevo planteamiento… me gustaría…. Un cordial saludo deseando…”
Nos vimos las caras y firmamos el contrato. Si no recuerdo mal el adelanto fue de 300.000 pts, 1.800 euros. Discreto para la época, un lujo hoy. Sobre las relaciones entre autor y editor se ha hablado mucho. Evidentemente, para un autor que empieza el editor despierta agradecimiento. Para un editor el afecto va a estar en función de lo que ese autor le aporte a su condición de editor. No digo que no haya un lugar para lo personal, digo simplemente que en principio la relación se establece sobre bases asimétricas. La mayoría de los autores nuevos procuran sonreírr cuando conocen al editor y ponen cara de escucharle atentamente. También esto Magrinyà mostro su diferencia. Entro en la editorial como un artista enla galería en día en que se inaugura su exposición. Recuerdo de aquel momento dos cosas: su look “newyorkino”: chaqueta de color, vaqueros y zapatillas (algo muy llamativo para 1993) y, más sorprendente todavía: que se reía sin recato. La risa de Luis Magrinyá. El editor hablaba de Henry James y el de Andy Warhol, el editor hablaba de Edward Hooper y él de Mapplethorpe. El asimétrico encuentro entre el letrado y el artista. Y sin embargo, creo, no nos caímos mal. El libro tuvo, como era de esperar, escasas ventas pero, menos predecible, algunas excelentes críticas que cabe suponer satisfacieron en parte nuestras vanidades y legitimaron mi decisión desde el puto de vista de la empresa: “los sorprendentes logros de este primer libro, obra de un escritor joven aún pero ya hecho, capaz de abrirse paso en muy difíciles territorios y ofrecer un excelente puñado de textos entre los que destacan al menos dos relatos (Siervos y señores y Conformidad) realmente espléndidos. La colección de narrativa que con él se inaugura no podía arrancar con mejor pie.” Ignacio Echevarría. Babelía. El País.
Dos años más tarde, sorprendentemente y acaso gracias a las ventas de las 1069 recetas de Carlos Arguiñano que la editorial había colocado en el mercado, todavía la quiebra económica se mantenía a raya. En el interim la colección Punto de Partida se había asentado no sin que las presiones de los distribuidores me hubieran obligado a renunciar a aquellas portadas sobrias para dar paso a diseños a todo color con ilustraciones más o menos atractivas. Con el nuevo diseño, y con una ilustración que hoy me parece horrorosa saldría el segundo libros de relatos que esta edición también contiene (ya ven: dos por el precio de uno y cuatro cuentos más de propina): Belinda y el monstruo, con seis narraciones largas en las que Magrinyà profundizaba en su mirada de forense enfocándola ahora de modo principal hacia las relaciones amorosas como espacio privilegiado para la disección de los afectos. Una joya y un gusto de libro: imagínense a un magistral cirujano con escalpelo en mano hurgando sobre los lugares comunes del amor y sus fantasmas. Subordinada a subordinada, la malignidad lúcida de su sintaxis ponía al descubierto las mediocridades sobre las que crece y con las que se alimenta ese sentimiento tan noble que llamamos amor. "Por mucho que mitiguen clases, ideologías, y otros condicionantes, el amor funciona como un adecuado barómetro del desencuentro en otros ámbitos de la sociedad". Una joya y nuevamente buenas críticas y escasas ventas, mientras el bien ganado reconocimiento literario del autor se incrementaba exponencialmente. Que nos dijera adiós resultó inevitable. Como reza aquel verso tan cursi del cubano José Ángel Buesa: “Te digo adiós y acaso te quiero todavía”. Pues eso.

miércoles, 13 de febrero de 2019

Leer a Panait Istrati


Panait Istrati. Prólogo a Los pescadores de esponjas.


El tiempo acaba poniendo a cada uno en su lugar”, dice un aforismo popular al que muchos en el mundo literario se acogen para pronosticar ya olvidos ya reconocimientos póstumos. Lo que el aforismo parece desconocer es que ese tiempo – literario en este caso- tiene también, como las palabras, sus dueños y gestores y estos tienen sus gustos, sus intereses estéticos y sus juicios y prejuicios literarios y desde ellos habilitan famas, posteridades y silencios. Durante años la literatura de Panait Istrati (Braila 1884- Bucarest 1935)ha vivido en el olvido editorial y académico. Su momento de gloria, el período de entreguerras en Europa parecía haberse extinguido sin apenas dejar huella ya no en canon de la literatura occidental sino en las historias de las literaturas al uso. Hace unos años la narrativa de Istrati, de la mano de la editorial Pre-Textos con la publicación de Kyra Kyralina y el Tión Anghel reapareció en las mesas de novedades con más, hay que decirlo, pena que gloria y poca o nula atención de la crítica. Quizá el tiempo de Panait Istrati todavía no haya llegado lo que, confieso, no me parece extraño porque su literatura se escapa – no entra dirían otros- en los parámetros literarios más dominantes en los que el estilo franco, directo, vital y vehemente propios de Istrati no goza de especial predicamento.
De ahí que haya que felicitar y congratularse de aquellas iniciativa editoriales, arriesgadas y poco complaciente con la doxa literaria, que ultimamente han puesto al alcance de los lectores algunas de sus novelas más significativas : Nerrantsula KRK Ediciones 2015, Codine Libros de la Ballena 2013, Los cardos del Baragan , Qualea 2014, Los Huiduci, Libros de la Ballena 2018 .
Publicar en estos tiemposa Istrati es todo un signo de valor y de rebeldía contra el gusto domesticado y hegemónico que llena hoy las mesas de novedades. Y ojalá estas publicaciones sean señal de que algo pude estar cambiando en unas aguas literarias en las que sobreabundan envases de muy distintas marcas de agua mineral pero entre las que resulta difícil encontrar la frescura y la transparencia de aquellas que brotan de un manantial, sin chapa ni cartón, en medio de un paisaje ajeno a cualquiera de las plantas embotelladoras que en el mundo editorial se encuentran. Editar hoy al rebelde Panait es un inesperado gesto editorial del que conviene congratularse.
Porque veces la literatura logra desasirse de las propias redes endogámicas que la Iglesia literaria trenza con sus dogmas y anatemas y saltando por encima de las trampas que la teoría literaria ofrece, se acerca a su última razón de ser: la vida, esa aventura donde el hombre y las palabras se encuentran o desencuentran, se ignoran o se reconocen. Ese es el caso de la literatura que el autor de El pescador de esponjas1 elaboró con un estilo tan personal que a no faltaron ni faltan quienes al referirse a su escritura hablan de falta de estilo olvidando que precisamente estilo hace referencia etimológica – punzón que deja huellas- a lo que la escritura Istrati posee en extremo: la capacidad de penetrar hasta los tejidos más hondos de la concreta condición humana: la carne y el hambre. Su escritura hiere y quizá por eso algunos sacerdotes de la Diosa Literatura prefieran ignorarlo. No faltan tampoco lo que quieren hacer de sus obras simples reliquias de un momento literario que pertenece tan solo al pasado. Son los que encuentran en su abigarrada biografía motivo para resaltar la leyenda de un escritor autodidacta, dotado sin duda de vitalismo pero carente de lecturas formales y méritos estrictamente literarios. Una especie de milagro literario al que se condena con halagos. Valga como ejemplo lo que de él escribió su amigo Victor Serge: “Escribía sin tener la menor idea de la gramática ni del estilo, pero como poeta nato, enamorado con toda su alma de varias cosas simples”. “Poeta nato”, hay elogios que matan. Y la verdad: no es de extrañar que la historia literaria de Panait Istrati tenga su punto de arranque justamente en esa forma de asesinato social que conocemos con el nombre de suicidio. Una historia que Romain Rolland, el autor de Jean Cristhophe y hoy otro de esos escritores olvidados, narró en el prologo a la primera edición de Kyra Kyralina, el primer libro de Istrati publicado: «En los primeros días de enero de 1921 me fue trasmitida una carta del Hospital de Niza. Había sido encontrada sobre el cuerpo de un desesperado que acababa de cortarse la garganta. Se tenía poca esperanza de que sobreviviese a su herida. Yo la leí y fui impresionado por el tumulto del genio. Un viento ardiente sobre la llanura. Era la confesión de un nuevo Gorki de los países balcánicos. Se acertó a salvarlo. Yo quise conocerlo. Una correspondencia se anudó. Nos hicimos amigos.
Se llama Istrati. Nació en Braila, en 1884, de un contrabandista griego a quien no conoció nunca, y de una campesina rumana, una admirable mujer que le consagró su vida. Malogrado su afecto por ella, la dejó a los doce años, empujado por la necesidad devorante de conocer y de amar. Veinte años de vida errante, de extraordinarias aventuras, de trabajos extenuantes, de andanzas y de penas, quemado por el sol, calado por la lluvia, sin albergue, acosado por los guardias de noche, hambriento, enfermo, poseído de pasiones, presa de la miseria. Hace todos los oficios: mozo de bar, pastelero, cerrajero, mecánico, jornalero, cargador, pintor de carteles, periodista, fotógrafo. Se mezcla durante un tiempo a los movimientos revolucionarios. Recorre el Egipto, la Siria, Jaffa, Beyruth, Damasco y el Líbano, el Oriente, Grecia, Italia, frecuentemente sin un centavo, escondiéndose una vez en un barco, donde se le descubre en el camino y de donde se le arroja a la costa en la primera escala. Vive despojado de todo, pero almacena un mundo de recuerdos y engaña muchas veces su alma leyendo vorazmente, sobre todo a los maestros rusos y a los escritores de Occidente...».
En 1923, dos años después de aquel suicidio fallido, la publicación Kyra Kyralina, va a suponer todo un acontecimiento literario que habrá de verse confirmado con la aparición de sus libros siguientes: Codine, Los relatos de Adrien Zografif, El tío Ánghel, Los cardos del Baragán. Pero no se trata de ningún milagro ni puede seriamente decirse que Istrati es un escritor que escribe “sin tener la menor idea de la gramática ni del estilo”. De origen humilde, como Jack London o Mohamed Chukri con quienes su obra y vida mantienen relaciones singulares, la literatura es una afición que cultiva muy tempranamente. Ya en 1907 publica sus primeros artículos y cuentos en la prensa de izquierdas rumanas y conoce y trata a algunos de los escritores rumanos inclinados hacia el socialismo revolucionario. Quien crea que Istrati es “un ingenuo” literariamente hablando se engaña. Creo que con sólo asomarse al inicio del primero de los relatos que la edición de Los pescadores de esponjas recoge cualquier lector podrá percibir los ecos cervantinos que en ese comienzo quijotesco se constatan: “En los alrededores de la Acrópolis había, hacia 1907, una calleja a las afueras de Atenas cuyo nombre no recuerdo en este momento. Puede ser que esta calle conserve su nombre de aquella época, o puede que haya cambiado, como también pueden haber desaparecido ambas cosas sin dejar rastro, porque calles y nombres son apenas menos efímeros que los hombres; esto, además, no tiene ninguna importancia para el caso.” Y no es este el único eco cervantino que encontraremos en unos relatos en los que el uso del doble perspectivismo es uso frecuente, ni dejaran de llamar la atención la presencia especular de la literatura de Gorki o Dostoiwski. Que la aparente espontaneidad de su escritura es el resultado de una voluntad de estilo muy concreta no pasaría inadvertida para un crítico como el peruano Juan Carlos Mariátegui, sin duda uno de los intelectuales más estimables que la literatura y el pensamiento en lengua española han tenido, que observa en Istrati: Yo no conozco en la literatura novísima una obra tan noble, tan humana, tan fuerte como la de Istrati. Este hombre nos acerca a veces al miste­rio. Pero es entonces cuando nos acerca también a la realidad. No hay sombras, no hay fantas­mas, no hay duendes, no hay silencios ni mutis teatrales en sus novelas. Hay un soplo de fata­lidad y de tragedia que nace de la vida misma. El hombre, en estas novelas, cumple su destino. Pero su destino no tiene una trayectoria inexo­rable ordenada por los dioses. El hombre es res­ponsable en parte de su vida.. Istrati se rebela contra la justicia de los hombres. Y se rebela también contra la justicia de Dios. Su prosa tiene a veces acentos bíblicos. Con razón uno de sus críticos ha dicho que Istrati ha escrito de nuevo el libro de Job”, al tiempo que ya parece advertir que su literatura rompe con cualquier entendimiento elitista y conservador del arte de las palabras: En sus libros hay la menor dosis posible de literatura. Y esto no impide cla­sificarlos entre las más altas creaciones artísti­cas de su tiempo. Por el contrario, los coloca por encima de toda la manufactura decadente que, con un débil esmalte de novedad, pretende pasar por arte nuevo. Como Jean Genet, como London, como Celine, Istrati es, para nuestra fortuna, un “maleducado” que no guarda “los buenos modales” que los mayordomos literarios vigilan, alguien que se niega a plegarse a “lo correcto”, a lo cursi, a lo académico. Su literatura viene de la vida y nos devuelve a ella y si ese vaivén funciona es porque sabe utilizar con precisión y eficacia el lenguaje y el instrumental sintáctico que sus conocimientos literarios han puesto a su alcance. Para un lector español la lectura de sus historias no dejará de evocarle la figura de Lázaro de Tormes y poco le costará entender que sus obras parecen proseguir los pasos de la novela picaresca.
Cinco son los relatos que agrupa El pescador de esponjas y cabe decir que ellos componen una muestra significativa del conjunto de su obra. Material sin duda arrancado de los avatares de una vida agitada, febril e inclasificable como fu e la de su autor. Una vida llena de experiencias personales que transcurren en un paisaje humano, temporal y geográfico, ajeno sin duda al que hoy vivimos sus lectores pero que – y esto es la magia de la literatura- su talento literario nos permite compartir. La narrativa, decía Adam Schaff es la historia de un destino humano que se ve obligado a atravesar un tiempo, un espacio y una conciencia moral. “El destino no es otra cosa que nuestro corazón” escribe Istrati y en efecto, sus personajes que tienen en la autobiográfica figura de Adrien Zograffi su referente y voz narrativa es la historia de un corazón roto, entre las ansias de vivir en libertad y las cadenas y condenas de un mundo que parece proponer todo lo contrario: “¿Para qué sirven tierras tan vastas y atractivas, para qué los inmensos anhelos de nuestro corazón si uno se ve obligado a dar vueltas toda la vida dentro del mismo kilómetro cuadrado?”.
La narrativa de Panait Istrati que en El pescador de esponjas está tan claramente representada, contiene raíces que anuncian el existencialismo: “No hay nada comparable, para la salud del alma, a lanzarse así, confiadamente, al abismo de lo desconocido, ese desconocido que nos llama con gritos irresistibles.”, la existencia nos llena para poder vaciarnos mejor”, pero responde a una visión más existencial que existencialista no faltando nunca, sea cual sea la radical dureza del vivir que se nos presente, la celebración del vivir: “traté de conservar el mayor tiempo posible aquel sentimiento de gratitud difusa hacia la vida, que me colmaba de alegrías; porque no hay dicha comparable a la que se arranca a la existencia a costa de riesgos y de esfuerzos crueles.”. Apunta en los relatos la mirada, más rebelde que revolucionaria, sobre las injusticias, la explotación y las tragedias que recaen sobre quienes sólo son dueños de su fuerza de trabajo: “Como animales prisioneros, proseguimos nuestra tarea de gusanillos submarinos: sacar esponjas, respirar un poco, volver con las manos vacías y recibir golpes.”,Cerré los ojos para protegerlos del sol y, también, para no ver la crudeza de la vida. Ahora lo comprendía: aquel trabajo era un verdadero crimen. Matar para vivir. Morir para vivir.” pero su visión del mundo se aparte de la propia de un realismo social plano o predecible. La filosofía que sus historia pone de manifiesto se mueve en la contradicción y reúne conflictivamente la soledad y la solidaridad: “Soy eso: soledad y solidaridad”, felicidad y desgracia: “Si el hombre es demasiado feliz, se queda sólo; y si se queda sólo también, si es demasiado desgraciado”, la amistad y el egoísmo: “la amistad es algo muy raro, pero negarla sería negar la evidencia. Sin embargo, no es bueno creer que hemos venido al mundo con un amigo pegado a la espina dorsal, igual que hemos nacido con pulmones, con unos pulmones propios, con los que respiramos. El esclavo de la amistad no sabe respirar más que con los pulmones de su dueña.”, el heroísmo y la cobardía: “porque todo es heroísmo en la vida del hombre que afronta la vida con sus dos manos vacías por único capital y solo un corazón generoso para defenderse contra la quietud envilecedora.” “El hombre es cobarde: cuando no es él el que aprecia la vida, es la vida la que le ha tomado aprecio a él, y ello parece cosa del mismo diablo.” No podía ser menos porque, recordemos, si una narración es la historia de un personaje que atraviesa el paisaje de una conciencia moral, los personajes de Istrati se van a ver obligados por su condición primigenia de “desposeídos”, a moverse en los límites de una ética individual que poco tiene que ver con la moral establecida. Sin duda uno de los rasgos más originales de su escritura es el espacio singular, entre la picaresca y el lumpen, siempre en el filo de la degradación - “le quité a mi madre los cien francos ahorrados que ella tenía” y el delito: “era profesor de atletismo en paro constante… y ratero de oficio.”- que el hecho de vivir, de sobrevivir, ofrece a los personajes. No se trata de acumular aventuras o anécdotas o paisajes sino de construir una dignidad propia en medio de la intemperie, la injusticia, el hambre o el dolor. Sin moraleja alguna pero con una profunda carga moral en la que ni la bondad ni el mal aparecen como construcciones dadas e inamovibles: «La bondad desmedida —decía— es más dañina que el egoísmo
Si un eje temático concreto estructura no solo los cinco relatos que en El pescador de esponjas se reúnen sino todo el conjunto de la obra de Istrati, habría que hablar de “la errancia”, concepto nuclear y aglutinador sobre el que se asientan todas las historias. La errancia, “el andar de un sitio a otro sin tener asiento fijo.” Que su obra se “asiente” precisamente sobre la ausencia de un asiento fijo, entiendo que define de manera expresiva y clara el mundo narrativo de un autor que, nuevo síntoma de esa movilidad vital y literaria, pasa de escribir sus primeros relatos en rumano para luego y definitivamente instalarse en el francés como lengua literaria. Panait aparece así como un adelantado del “nomadismo” que la postmodernidad ha venido reivindicando como condición del hombre contemporáneo: global, apátrida, lábil, flexible, siempre en proceso de adaptación. La condición humana como condición que se encarna en el vagabundo y el vagabundo como núcleo de la literatura de Istrati: “El signo del vagabundo es totalmente contrario al que la Creación otorga a los demás mortales. En estos, parece que una ley misteriosa se encarga de desarrollar su instinto de conservación, hasta el punto de hacerlos renunciar a todo lo que sea contemplación de la existencia: no viven más que derrochando vida, dispuestos siempre a sacrificar el presente por el mañana.”, “Sotir exhalaba ese perfume de las alturas que emanan —como los grupos alegres que bajan de las montañas los domingos por la tarde— esa especie de hombres inestables que no conocen fronteras, para quienes la tierra entera es su patria y a quienes el deseo de marchar y el de volver sirve de alimento.”
Soy pobre y espero morir pobre, porque marcho en mi vida de- hoy acompañado de la inmensa familia de los vagabundos encontrados en mis rutas. Estoy en la mitad de mi obra, tal como la he concebido durante mis largos años de vagabundo. Cuando haya doblado el cabo de esta jornada, dejaré la pluma, tornaré a los caminos de ayer y reviviré, con mis compañeros recuperados, horas obscuras y alegres, exentas tal vez de las pesadas responsabilidades que me oprimen. Así, habré dado mi más bello ejemplo: liberarse de lo que se lleva en sí de mejor, sin hacer de esta liberación un hábito ni un oficio».

1 Istrati, Panait. Los pescadores de esponjas. Editorial Libros de La Ballena, UAM. Tradución de Ernesto de los Reyes. 2011.