martes, 20 de octubre de 2026

ENTREVISTA A C. BÉRTOLO

 NN

 

Entrevista a Constantino Bértolo.


Mario Campaña.


GUARAGUAO ∙ año 30, n.º 82-83, 2026 - págs. 271-283


Formado en la retórica y la dialéctica, Constantino Bértolo no rehúye ningún tema para la discusión, como verá enseguida el lector. Es gentil, pero directo y franco. Su amplia formación es un soporte que, sin exhibirse, dinamiza y amplía una astucia innata que alcanza frutos intelectuales infaliblemente comprometidos con la igualdad y la justicia. En unos cuantos días hallamos momentos para introducirnos en un juego de amigos, de preguntas y respuestas, sin protocolos. El resultado es el siguiente.


Pongo por delante esta pregunta porque no quiero olvidarla, por ninguna causa. Tengo entendido que desde que te jubilaste, o un poco después, sueles visitar el pueblo de tu infancia. ¿A qué se debe ese interés? ¿Qué clase de retribución recibes en esos viajes, en esas visitas?

Bueno, te cuento: en el 2020, en la contratapa de un libro de poesía publicado en una editorial gallega, Chan da Pólvora, se leía –traduzco– la siguiente nota: «En el año 2011,  Constantino Bértolo se asomó durante unos minutos al otro lado de la muerte y a su regreso tenía el cuerpo atestado de saudades y nostalgias. Abrió la ventana de los orígenes y se reencontró con Tino de Féliz, el chaval que había sido, y con la lengua gallega». En efecto, ese Tino de Féliz era yo mismo que firmaba el libro, de título nada modesto, O Gran Poema, con el nombre con el que era y soy conocido en mi pueblo, Navia de Suarna, allá al pie de las montañas de Lugo. El libro, un largo poema dividido en seis cantos, suponía efectivamente, se dice allí también, «la respiración de un resucitado o un epitafio… Un poema de regreso y de inocencia». Valga recordar que años antes, en el 2011, aún en tiempos de mi actividad como editor, había sufrido un infarto que me llevó a un más allá del que ni la nada pude experimentar.

Quizá sea esa circunstancia la que explique, al menos en parte, la retribución que mis viajes a los paisajes y gentes de mi infancia me conceden. Acaso sea el mismo movimiento animal que hace que los elefantes caminen en sus andares póstumos hacia los cementerios que les son familiares, o acaso, y más simplemente, sea que, al alcanzar la jubilación, las vivencias del tiempo, su disponibilidad y finalidades se modifiquen de manera sustancial. Regreso a la nostalgia de uno mismo, a los ecos de una lengua antigua extraviada en el camino y a los espejos y espejismos de un paisaje, un río, unas montañas o unas nieblas, que traducen la vana ilusión de permanencia. Sentimentalismo cursi, en resumen; algo que odiaría en cualquier texto propio o ajeno.


¿No has dado paso a la pregunta por lo que no fue, la pregunta por la vida que hubieras vivido y no viviste si en lugar de irte hubieras permanecido junto a esa lengua, esos caminos, ese río, montaña o nieblas, esos espejos o espejismos? ¿Cómo le hubiera ido en la vida a ese Tino de antes? ¿Cómo crees que lo mirarías ahora si pudieras encontrarlo?

Creo que hubiera formado parte de ese trayecto generacional en el que muchos de mis compañeros de infancia se ubicaron históricamente, es decir, en alguna de las grandes oleadas de la emigración rural hacia ciudades como Madrid, Barcelona o Bilbao. Por estadística hubiera sido mayor la posibilidad de vivir en Cornellá o París que en Usera. Aquellos son los años en los que la economía en crecimiento provoca una alta movilidad social, con fuerte trasvase de población del campo a la ciudad, que da ocasión a una posibilidad de acceso al mundo universitario hasta entonces detentado por la burguesía o la pequeña burguesía. En ese sentido no creo que los perfiles de mi campo biográfico hubieran variado mucho. Mi pueblo, Navia de Suarna, era lo que se entendía por una villa, es decir, un pequeño foco comercial con fuerte contacto con lo rural –de ahí la presencia en mi memoria de lo que vengo llamando «los tonos graves de la musicalidad de la lingua gallega», que permanecieron como ecos en mi voz–, y además mi familia en concreto no se integraba con especial implicación en el mundo campesino. Lo que es posible es que, en esas otras circunstancias que imaginas, mi «desclasamiento cultural» hubiera sido menos predecible o asequible. Procuro en cualquier caso no vivir esos regresos desde una antropología sentimental. Como recuerda Raymond Williams en La ciudad y el campo, cuando uno ha vivido inmerso en la cultura urbana siempre la lleva encima. Hoy, por otra parte, cualquier vana nostalgia idílica se desvanece cuando suena el móvil.


Ahora sí, arranquemos. Cuando te jubilaste se te identificaba como editor y crítico literario, alguien que había ejercido la crítica y además intervenía directamente desde la Escuela de Letras. De tu experiencia como editor se ha hablado mucho, y en la crítica has seguido. Me gustaría pedirte que empieces haciendo una evocación de la Escuela, de tu vida y empeño como maestro. ¿Cómo se gestó, por qué se terminó y qué crees ahora que fue lo más valioso de aquellos años, para ti y para todos los demás?

Durante los años finales del franquismo, de 1974 a 1978, trabajé como profesor de Lengua y Literatura Españolas en un instituto de un barrio de trabajadores al norte de Madrid. Años en los que la cultura, la literatura, la política y la militancia eran una misma cosa; recuerdo aquel trabajo en la enseñanza como agotador y tremendamente satisfactorio al mismo tiempo. Luego, diríamos, otros menesteres y el ejercicio de la crítica literaria salieron a mi encuentro y fue precisamente durante mis años de actividad como crítico en el diario El País cuando, de la mano de Alejandro Gándara y con la compañía de Juan Carlos Suñén, participé en la «imaginación», fundación y puesta en marcha de la Escuela de Letras. Creo que fue un gran invento, un gran acto de imaginación. Sin tener ningún método previo en la cabeza –quizá solo con el difuso modelo de aquella serie, Fama, que la televisión nos había mostrado–, pero partiendo de la idea de que imaginar era pensar y que a pensar se podía enseñar, considero que la experiencia fue muy estimulante y provocadora tanto para nosotros como para el alumnado. Como profesor me vi obligado a, semanalmente, ser interlocutor en voz alta de todos y cada uno de ellos. Otra vez la inseparable suma de lo agotador y lo desafiante a un mismo tiempo. Si vuelvo la mirada hacia atrás pienso que, aunque Carlos Blanco Aguinaga me había enseñado a ver lo que hay en un texto y que con Lacan aprendí a ver lo que no hay, gracias a aquellos alumnos y alumnas comprendí que un texto es sintaxis, es decir, el orden de un desorden, y que sin desorden previo en el imaginar no hay texto literario. Por eso y desde entonces digo y repito que los buenos escritores lo son porque no saben escribir. Los que saben no escriben: redactan. La sintaxis como acto de violencia del lenguaje llevado por su deseo de construir significación. El mal de la Escuela, un mal que sin duda formaba parte del bien que sin duda aportaba, era que creaba adicción. Tanto entre alumnos como entre profesores, y esa adicción no siempre era fácil de gestionar. A través de la escritura de alguna forma se incidía casi inevitablemente sobre los delicados espacios, materiales e inmateriales, de los egos, las identidades, los deseos y las vanidades. Por decirlo de otra manera más contundente: el eje de aquella enseñanza descansaba sobre la asunción, por parte de unos y otros, de que el acto de escribir era un acto de soberbia. Creo que ahí estaba, paradójicamente, una de las claves de su éxito y de su riesgo. Digamos que la toma de conciencia de ese hecho y algunos desencuentros personales me llevaron a alejarme de la Escuela tres años más tarde. En cualquier caso, esas circunstancia no impiden que recuerde aquel tiempo como un período lleno de intensidad y aprendizaje. Al abandonar la Escuela entré ya de manera plena en el mundo editorial.


¿Es esa sintaxis, el orden de un desorden, lo que exploras más concienzudamente cuando detienes la mirada en un libro como crítico profesional? Lo señalo en el sentido en que antes se decía que se trataba de buscar la literariedad de una obra literaria.

No, no veo esa sintaxis como esencia o especificidad de la literatura, aunque sí como cualidad presente en algunos de los textos que más aprecio. Yo no sabría delimitar qué es o no es literatura. Como crítico o editor, evidentemente, estaba y estoy obligado a saber a qué se llama o no literatura en cada momento histórico y, en función de eso, he tratado de intervenir –«Para entrar o salir de la ciudad sitiada», rezaba el sintagma de Caballo de Troya, en clara referencia a las murallas del canon y del mercado– en esa comprensión, que no deja de ser una construcción cultural. En ese sentido, siempre he estado más cerca de las «literaturas postautónomas» de Josefina Ludmer que de la trascendencia de Byung Chul Han (La salvación de lo bello), que tanto éxito tiene entre aquellas o aquellos a quienes «lo que más les gusta de la literatura es que les guste la Literatura».


Doce años después de tu jubilación como editor, puede parecer difícil atribuirte una identidad profesional: elaboras ensayos de creación; compones antologías de doctrinas subversivas; firmas prólogos y epílogos de clásicos de la novela o de epistolarios; participas en traducciones; hurgas en la dinámica editorial con los autores y sus originales… ¿Es muy arbitrario atribuirte una personalidad intelectual unificada hasta cierto punto por la crítica literaria? Asumiéndolo así, quisiera recordar que en 2004 publicaste un ensayo en el que te preguntabas si la novela española de los últimos veinte años era «una comedia ligera». Han pasado veintidós años desde entonces. ¿Qué pregunta te harías ahora sobre el mismo objeto, la novela española, y en particular sobre la de 2004 a 2026?

Ignacio Echevarría, en un prólogo a la edición de El sentido del rencor, con el que me identifico sin problemas, hablaba de lo poliédrico como caracterización de esa multiplicidad de actividad dentro del campo literario, a la que habría que añadir el reencuentro con la poesía. ¡A la vejez, poemas! En octubre aparecerá, por ejemplo, un nuevo libro, La revolución no es una metáfora, en el que lo poético se funde con la político sin necesidad de justificación alguna: ¡a la vejez, poemas! Aciertas plenamente cuando observas que la crítica es el eje de mis ajetreos intelectuales. La crítica como voluntad de intervenir en la producción y circulación de los discursos públicos. De tener que definirme, me definiría como crítico cultural que tiene en las admiradas figuras de Mariátegui, Ángel Rama o Raymond Williams sus más apreciadas referencias y guías. Sobre la novela actual me cuesta manifestarme. Con el paso del tiempo, la novela como género ocupa menos espacio en mis lecturas, más volcadas en la poesía o el ensayo. Una comedia ligera, de Mendoza, a pesar de su ligereza contenía un grado de ironía crítica que es casi imposible encontrar en la narrativa escrita entre el 2004 y el 2026, a la que haces referencia. Da la impresión de que la narrativa de hoy participa sobre todo de una poética de lo noticiable, ya sea morbo, patología, trauma o autoficción narcisista. La novela última parece haberse incorporado sin demasiado recelo a la industria del ocio y del entretenimiento. La narración como testimonio de la geología de lo dado, como resistencia de materiales, no parece gozar de mucho predicamento. Y digo resistencia de materiales como metáfora porque el último manuscrito que ha despertado mi interés tiene ese título. Extrañamente, creo que ha encontrado cobijo editorial.


¿Y cuánta presencia tiene o te gustaría que tuviese ese crítico cultural cuando haces crítica literaria? ¿El crítico literario debe tener en cuenta también la crítica cultural para comprender mejor la obra sobre la que reflexiona?


Entiendo que nadie puede ser un buen crítico literario si no es al tiempo un crítico cultural; al fin y al cabo la literatura o es cultura o no es nada (acaso un miembro con voz dentro de un círculo de coleccionistas de libros, al modo de los coleccionistas de sellos o carteles de cine). Un libro –de poesía, novela, teatro o ensayo– es un algo dentro de otro algo –la cultura, la política, el convivir– que lo rodea y le da significado. Pertenece, como diría Aristóteles; es un miembro de una familia, de la familia literatura si es el caso, entendiendo, como ya he dicho, que ese marco categorial es un espacio lingüístico que en cada momento histórico se delimita socialmente. El crítico, vuelvo de nuevo a Aristóteles, tendría como función explicar la diferencia específica que esa obra concreta introduce, si tal hecho se produce, en esa comunidad de textos que la familia configura y, en consecuencia, la lectura que aporta a esos otros marcos o lenguajes –la cultura, lo político– que dentro de ella tienen existencia. Partiendo de esta poética, que comparto, es fácil entender que el juicio crítico requiere un conocimiento –más importante todavía: un juicio– de ese entorno cultural y político en el que la aparición de la obra tiene lugar. Dicho más claramente: si la crítica literaria se limita a dar cuenta de lo que una obra concreta supone dentro de la familia estrictamente literatura, no estaría siendo crítica literaria sino mera filología, «crítica filológica», que sin duda tiene razón académica de ser, pero que, a mi entender, no alcanzaría el rango que la crítica literaria presupone. Ni que decir tiene que si la obra no aporta diferencia específica alguna, lo que ocurre con la mayoría de los textos, la única función de la crítica sería poner en evidencia tal constatación. Resumiendo: o la crítica literaria es también crítica cultural y crítica política o es mera y simple publicidad, dicho este juicio sin olvidar que la publicidad poco tiene de simple en nuestro mundo capitalista.


Otro elemento que unifica tu vida pública es, sin duda, la política. No sé si se puede decir que ese fuerte interés haya influido en tu trabajo como editor. ¿O sí? En todo caso, he visto artículos tuyos sobre coyunturas políticas y quisiera preguntarte si sigues afiliado al Partido Comunista y, en el caso de que así sea, pedirte que nos digas cuál es la propuesta más madura que puede hacer un ilustre militante comunista como tú a la sociedad española de hoy, si acaso un militante está autorizado a hacer este tipo de declaraciones.

Sí, indudablemente lo político, más que la política, ocupa un lugar con singular relieve entre mis señas de identidad. Podría casi considerarme un hijo del 68 español, que lo hubo, que es el tiempo de la Universidad, una época de enorme agitación en la que la cultura, lo político y la política, en tanto espacio de acción e intervención, formaban de una misma «esfera pública». Es a esa identidad de inquietudes a lo que me refiero al hablar del 68. Recuerdo casi perfectamente mi primera participación pública en un acto cultural montado en la Facultad de Filosofía y Letras, en el que leí unos poemas aquella misma mañana que el cantautor, recientemente fallecido, Pablo Guerrero nos impulsaba con su Pero tiene que llover. Es también el tiempo en el que, de la mano de algún compañero, Rafael Chirbes por ejemplo, empiezo a interesarme por el marxismo en aquellos encuentros semiclandestinos en los que del Cineclub, Rocco y sus hermanos, se pasa casi sin transición a los comentarios sobre textos de Marx, a las charlas de Ernesto Portuondo sobre Braudel, de Gabriel Albiac sobre Althusser o a la lectura de los primeros relatos kafkianos de Juanjo Millás. Un totum revolutum de revueltas, amistades, libros, militancia y afectos que entiendo dejó un fuerte sello sobre aquella generación. En aquellas circunstancias, la entrada en el pce era algo bastante esperable. Pasé un año en Londres y recuerdo haber coincidido en algún acto con un tal Joaquín Sabina, quien, después de contarnos que venía huyendo de la policía de Jaén, cantó varias canciones de Paco Ibáñez. Les debo de dar suerte a los cantantes, porque conocí en otros momentos a Mari Trini y recuerdo con una buena sonrisa que, con ocasión de una entrevista en la tele para algo literario, coincidí con los chavales de Estopa y mientras a mí me ofrecían qué quería beber, a ellos, desconocidos totalmente en aquel momento, se negaron a traerles nada. La vida, que da vueltas. Volviendo a la militancia: me parece necesario añadir que desde el Congreso de 1978, donde el pce abandonó el leninismo, me di de baja y no volví a pedir el ingreso hasta 1994, cuando en Madrid el partido tomó un rumbo más leninista. Actualmente me gustaría que los comunistas procurásemos volver a ese «ser comunistas», un concepto y una praxis que la dilución en ropajes electoralistas ha distorsionado. Sostengo, en clara minoría, que una voz más radical, directa y transparente respondería de modo más adecuado y eficaz a este momento de «plusvalías absolutas» al que nos están sometiendo.


Permíteme que insista… ¿Qué propuesta harías tú como individuo autorizado por tu experiencia y tus meditaciones a tus congéneres de la España de hoy? Te confieso que a mí, viendo y escuchando a la derecha y la izquierda del sitio en que creo estar, muchas veces me ha parecido que a los españoles de hoy no os queda más alternativa que hacer otro país, uno más, para que cada uno pueda vivir en el país que desea, ya que no podéis convivir en ese país único que se conoce con el nombre de España. ¿Estarías a favor de los dos países? Me voy a permitir contar una pequeña historia personal. A los nueve años mi familia emigró a Madrid. Me gustaba jugar al fútbol y quería hacerlo bien, mi ídolo era Kubala. Un primo me dio un consejo: «Para jugar bien hay que pensar, jugar despacio, sin prisa», y yo intentaba ponerlo en práctica. Cuando jugaba en el colegio de Madrid me decía «voy a jugar despacio para que cuando en el verano vaya a Navia juegue bien». Y en Navia, cuando jugaba me decía también lo mismo: «Voy a pensar sin prisas para jugar bien cuando vuelva a Madrid». Nunca llegué a jugar bien. Con esto del país creo que me pasa algo semejante. Luego estaría el lío de definir qué es exactamente un país y qué es exactamente una nación, pero no me voy a escapar de la pregunta haciendo filología. Lo digo claramente: España como nación única es un imposible. Como país no estoy tan seguro, porque existe un país, Suiza, que a mí me vale como posible referencia de futuro. España quizá sea un país antiguo, pero no deja de ser una nación provisional y reciente. Como mucho, para sus orígenes, podríamos hablar de 1812 y las Cortes de Cádiz, en las que, no lo olvidemos, también estaban representadas «las colonias» de Ultramar. Lo que llamamos la España actual es hija de al menos tres guerras civiles: las guerras de sucesión, con el consiguiente centralismo borbónico; las guerras carlistas, con las correspondiente fuerzas centrífugas; y, finalmente, la guerra del 36, con la derrota de una República Española como proyecto integrador. Es decir, la posibilidad de esa España como nación única contradice nuestra propia historia. Diría que incluso semánticamente la cosa es imposible, porque, en el supuesto de una posible separación de Cataluña, el País Vasco y Galicia, ¿podríamos seguir diciendo España para nombrar la suma del resto de los territorios o ese nombre sería un absurdo insostenible? Como estoy a favor del derecho de autodeterminación, la cosa semántica no me parece un improbable, si bien, como internacionalista y defensor de la igualdad en las condiciones económicas del conjunto de los trabajadores del actual Estado, seguramente, aunque en función de la circunstancia política, no apoyaría esa decisión. Contesto por tanto a tu pregunta: España, como «convenio colectivo», me parece un país deseable. Como «empresa», no.


Tampoco quisiera olvidar preguntarte sobre tus gustos y placeres como lector. ¿Qué es lo que más disfrutas de una obra literaria? ¿Y cuáles son los autores de los llamados clásicos que se han ganado tu devoción o mayor fidelidad?

Me gusta, diría, aquella literatura en la que el árbol (el texto) me deja ver el bosque (el contexto) y la tierra (el lenguaje) sobre la que el árbol y el bosque crecen. Del lenguaje me interesa la presencia de una sintaxis de ruptura con lo dado y lo predecible. Ese encuentro con la violencia del lenguaje en busca de la precisión que uno encuentra en un gran poema (Raúl Zurita, Méndez Ferrín), una aguda pieza dramática (Bertolt Brecht), una novela plena (Dostoievski) o incluso en algún ensayo insólito (Sánchez Ferlosio). Últimamente –y pienso que por una casuística en la que la edad (las expectativas de esa narración llamada vida que a uno le quedan por delante) tiene mucho que ver–, me cuesta asomarme a la novela como género. Me mantengo más atento a la poesía (Lupe Gómez) y al ensayo cultural o político (Didi-Huberman). Si hay que hablar de clásicos, Garcilaso me sigue pareciendo la hostia. La transformación que introdujo el endecasílabo en el oído del castellano me parece algo memorable, un cambio radical y generoso en los modos de producción del sentir. Como contraste, es un poco terrible ver el uso bronco y matón del octosílabo con que en Vox y el pp envuelven su idea de España. Un poquito de endecasílabo no les vendría mal. Entre los clásicos, y sin olvidar esa narración tan enorme e inaugural que suponen los Ensayos de Montaigne, quizá los mejores ejemplos de novela «exacta» me siguen pareciendo La educación sentimental, de Flaubert, o Ana Karenina, de Tolstoi. Pero siempre he disfrutado mucho leyendo las novelas de Thomas Hardy, Baroja, Max Aub, Pérez de Ayala, Carmen Laforet o Armando López Salinas. Y como no soy partidario de mirar hacia atrás sin ira, los textos de SaintJust o Robespierre me parecen imprescindibles.


¿No te parece que a Robespierre le faltó concisión tanto en sus decisiones políticas como en sus discursos? Si lo comparas con Maquiavelo, por ejemplo, ¿no crees que el pensador renacentista aventaja a uno de los más influyentes fundadores de nuestra modernidad?

A su modo creo que de cada uno de ellos podría decirse que fueron fundadores de nuestra modernidad. Pienso que Maquiavelo, testigo de la agonía de los feudalismos cortesanos y del surgimiento de las burguesías económicas, vislumbró en efecto «la sintaxis» de la modernidad en la que llevamos viviendo siglos, con la Revolución francesa incluida. Sintaxis burguesa en definitiva: las luchas en el interior de la nueva clase dominante por el control de las plusvalías. En Robespierre, sin embargo, yo veo la intuición de una sintaxis revolucionaria. Robespierre es la lucha en el interior de la propia revolución, la revolución en lucha con la revolución. Una dialéctica revolucionaria inevitable. Se dice mucho eso de que la revolución devora a sus hijos. Y no. Lo que las revoluciones devoran, vale esto también por supuesto para la soviética, es a los hermanos y cuñados, es decir, a los y a las que discuten cainitamente sobre la herencia. Robespierre se adelanta a su propia revolución y por eso lo matan «sus iguales», y por eso me sigue pareciendo que su pensamiento nos orienta hacia un adelante que todavía no se ha cumplido: el comunismo como exigencia de la razón. La diosa Razón, que no es la diosa Ganancia que hoy está en los altares. Y sí, a Robespierre quizá le sobraron palabras y le faltaron decisiones. Aunque, al parecer, sus enemigos, antes de la guillotina, le pegaron el tiro en la boca por miedo a sus palabras.


Para terminar, por el momento: ¿qué reflexiones o reacciones te inspira ese famoso verso de Mallarmé que dice que ningún golpe de dados abolirá el azar? ¿Qué sentidos le atribuyes?

Siempre me ha parecido un misterio insondable la significación de ese verso. La interpretación dominante es que la realización concreta de lo posible no determina que otros posibles no hayan podido producirse o vayan a hacerlo. Algo así como el principio de incertidumbre de Heisenberg: que el gato esté vivo no convierte en necesario el que no esté muerto. A mí esta interpretación «cuántica» me parece brillante pero no me acaba de satisfacer. Recuerdo que cuando leí El azar y la necesidad, aquel libro de Jacques Monod, que en los años setenta provocó ciertas inquietudes en el marxismo más hegeliano, el papel del azar en nuestra relación con la realidad me pareció apabullante. ¿Quien no ha tenido la experiencia concreta de que el encuentro casual con una persona determinara alguna toma de decisión que acabaría ocupando un lugar insoslayable en su trayectoria vital o intelectual? Que tire la primera piedra aquel cuyo destino, diríamos, no haya tropezado con el azar en algún momento de su vida. ¿Cuándo, cómo y por qué, por ejemplo, el entrevistador y el entrevistado nos hemos conocido? Pero también en aquel libro se hacía evidente que la necesidad era un espacio que acotaba las posibilidades del azar, y eso ya no entraba en contradicción con el ser social que todos somos y que, en última instancia, delimita las posibilidades concretas del azar. En otras palabras: el azar me parece menos azaroso de lo que podría desprenderse del verso de Mallarmé: dime cuál es tu sueldo y te diré qué posibilidades tienes de encontrarte tomando cervezas con la hija de Amancio Ortega.

Dicho esto, lo que también me parece innegable es el papel relevante del azar en nuestra vida cotidiana. Si en mi primer día en la Facultad de Filosofía y Letras no me hubiera sentado al lado de aquel amigo concreto que acabaría presentándome a mi maestro Carlos Blanco Aguinaga, casi seguro que mi trayecto e identidad como crítico o editor no serían los que fueron, pero cabe también preguntarse si acaso la ubicación del asiento elegido fue solo cosa del azar o intervino, igualmente, la lectura previa de aquel espacio y de los códigos que sin duda iban a influir en esa elección: ¿sentarse delante?, ¿detrás?, ¿en un lado? Como diría Montaigne: «Todo movimiento nos delata». Por otro lado, concedo además al azar una alta competencia para introducir las convenientes dosis de humildad a la hora de la valorar las circunstancias propias y ajenas. Las relaciones entre el azar y el mérito deberían rebajar soberbias y vanidades. El azar y sus relaciones con «lo desconocido» me parecen motivo más que suficiente para cuestionar también el papel del saber en cuanto concepto «superior». Saber mucho, a veces, impide descubrir lo que no se sabe. El conocimiento, que suele conllevar soberbia, puede producir ceguera o recelo ante lo desconocido. El azar ayuda a la humildad, a «saber saber», que es algo muy difícil de lograr. Por eso en las entrevistas de trabajo sería bueno que se presentase el anticurrículum: con los datos de lo que no sabes pero querrías aprender. En las entrevistas de trabajo o en entrevistas como esta. Disculpen si no lo he logrado.

martes, 13 de octubre de 2026

lLA CULTURA COMO DESCLASAMIENTO

1977

Ser cultos para ser libres.


Aquel fue un año en el que empezaron muchas cosas que habían empezado mucho antes. También acabaron otras. Porque nada llega o se debilita de repente y tanto lo que surge como lo que se desvanece no lo hace en el aire.

Veníamos de la longa noite de pedra, escapando de la España una e imperial. Casi saliendo de Bécquer y Baroja habíamos alcanzado a Sartre, Camus y Machado. Luego vinieron Jaime Gil de Biedma, Ángel González y de pronto el apresurado adiós a la novela social, hola a los novísimos y el boom latinoamericano de autores, libros y editoriales: Sudamericana, Cortazar, Vargas Losa, Ediciones Joaquín Mortiz, Losada, Siglo XXI, Borges, Rulfo, García Márquez, Ediciones de la Flor. La bronca Benet versus Montero, adiós a Galdós y viva Arrabal y el Marat-Sade. La acumulación primitiva de literaturas y placeres: Crítica del gusto de Della Volpe, Pour lire Le Capital, El Erotismo de Bataille. De la compra clandestina de obras obras prohibidas a una cultura editorial o censurada o vigilada: Zyx, Ciencia Nueva, Siglo XXI, Ariel, Cuadernos para el Diálogo, Seix Barral. Por aquel entonces, cuando la acumulación de capital simbólico era también acumulación de capital político. La lectura como desclasamiento, intercambio y combate: Últimas tardes con Teresa, La reivindicación del Conde Don Julián, El gran momento de Mary Tribune, los libros de poesía de Visor o El Bardo. Cuando leer a Rilke era un gesto rebelde, leer a Bertold Brecht un acto de alegría, leer a Gramsci entrar en una cartografía intelectual. Y los correspondientes aparatos de alta agitación cultural y propaganda: Triunfo, Camp del Arpa, Por favor, Hermano lobo. El Suplemento de las Artes y las Letras del diario Informaciones siempre dispuesto para hacernos comprender que la única revolución posible es la revolución literaria. Evidentemente no faltaban sombras, ni cierres, ni cárcel, ni dudas, ni muertes pero todo era como si todo estuviera a punto de llegar. El asalto a la cultura y las palabras.


Évame si tu me amas me transito. Carlos Oroza.


Y de pronto al general solo la muerte le arrebata el poder -y ese hecho aun hoy nos constituye- y la historia sale a nuestro encuentro. Los herederos del franquismo, con Juan Carlos al frente, se disponen a ganar la postguerra civil que nunca acaba y con la venia de USA, Alemania y el eurocomunismo de Carrillo- ¡Oh Tú Santiago, el pequeño Gran Timonel!- se inicia la normalización del país: un rey, un mercado, café para todos, un nuevo periódico referencial y una cultura encantada de sentirse guapa y europea. Vemos, perplejos pero no demasiado, como aquel capital político, simbólico y común se vende por un plato- suculento- de lentejas: Jorge Semprún Premio Planeta 1977, Juan Marsé Premio Planeta 1978, Manuel Vázquez Montalbán Premio Planeta 1979, Juan Benet, finalista Premio Planeta 1980. El dinero como libertad. La barca de la revolución que se estrella contra la rutina cotidiana y la literatura como ese buen lugar donde pasar algún tiempo. Si el recambio generacional parecía en un primer momento - La verdad sobre el caso Savolta de Mendoza, Retrato del fascista adolescente de Antonio Prometeo Moya - mantener cierta compromiso civil, pronto se descubre que un nuevo pacto cultural y literario- la cultura como entretenimiento: Belver Yim, de Jesús Ferrero, Un invierno en Lisboa, de Muñoz Molina, Todos mienten de Soledad Puértolas- se acomoda a las nuevas circunstancias. Mercado, de entrada no. De la cultura como resistencia al escepticismo dogmático: se acabó la lucha de clases. El mercado es la vanguardia y la movida madrileña es su profeta. Barcelona y el hundimiento del Titanic aunque Anagrama y Tusquets se reconvierten con éxito en editoriales de ficción. Alfaguara y los trescientos mil nuevos novelistas que la crítica literaria apenas reticente saluda con orgullo. La narratividad al servicio del cliente. Tigres de papel, La conjura de los necios, Juegos de la edad tardía, Corazón tan blanco, La ley del deseo. La cultura de la desigualdad como garantía de los nuevos derechos individuales. ¿Qué hace una chica como tu en un sitio como este? preguntaba Burning y Solchaga contesta: enriquecerse. Tantos años de cultura y desclasamiento para descubrir que debajo de los adoquines solo estaban la corrupción y los dineros.


lunes, 14 de septiembre de 2026

Necro-lógicas

 

Necrologiza, que algo queda.


Y si miras hacia atrás sólo verás esquelas en el mar.

Aquellos tiempos periodísticos en que al más maula de la redacción se le encargaba escribir las necrológicas, han pasado a mejor vida. El género, antaño arrinconado y desagradecido, hijo espurio de la rentable esquela,  ha cobrado en los últimos tiempos un auge sorprendente: mucho espacio, buena maqueta, bien ilustrado y a ser posible firmado por nombres con cierto renombre. Sin duda son hoy una de las secciones más leídas de los diarios y casi cabe afirmar que, en tiempos donde gran parte de las páginas de la mayoría de ellos parecen estar ocupadas por la propaganda, la promoción y la publicidad mercantil o ideológica, quisieran ser uno de los pocos espacios donde sobrevive la vieja tarea de dar información. Lee uno muchas de esas necrológicas que dan cuenta del fallecimiento de alguien que no le suena de nada y, a tenor de lo en ella se lee, el finado ha desempeñado tan señero lugar en la vida social, política o cultural que lo que no se acaba de entender es cómo hasta ese momento de lo fatal el periódico jamás se había ocupado de dar noticia y relieve a ninguno de sus actos, opiniones o teorías. Ya se sabía aquello de cuánta gente se está muriendo que no se había muerto antes, pero lo que es nuevo es cuanta gente importante se ha muerto sin que en vida se les concediera importancia.



El muerto al hoyo y el vivo al bollo.



Claro que la poética de aquellas antiguas, discretas, impersonales y anónimas necrológicas poco tienen que ver con la hoy dominante. En este campo puede hablarse de la necrológica postmoderna como un nuevo género literario en el que es fácil señalar  rasgos que afectan tanto al necrologizador como al necrologizado. Ahora de lo que se trata es de chupar cámara a costa del cadáver. De obituario impersonal  con trazos de síntesis o recuento final se ha pasado a la más autosatisfecha subjetividad y al despliegue del exhibicionismo narcisista del firmante, que en la mayoría de los casos se reclama buen conocedor y fiel amigo del finado, dando suelta a sus veleidades literarias mientras utiliza la figura del muerto para, con descaro, introducir de contrabando su propio encomio por más que el tráfico clandestino de cadáveres sea delito contemplado en nuestro código penal: Ejemplo:“Leía (leíamos) sobre todo literatura y algunos ensayos, másde autores españoles (sobre todo, claro está, Ortega y Unamuno) que de extranjeros”. Claro está.
Vale constatar también que en el nuevo formato el muerto es tratado como un muerto postmoderno, más pretexto que texto, y por tanto en su retrato, además de los obligados y paternalistas tópicos sobre sus humanas y humanistas virtudes ( Ejemplo: “Estudió Derecho en la Universidad Complutense de Madrid, trabajando al mismo tiempo en el modesto despacho de pan que su familia tenía en la avenida de Felipe II, el escenario añorado de sus juegos infantiles”), está permitido saltarse las, al parecer, ya superadas fronteras entre la realidad y la ficción, entre el conocimiento y la suposición y, puesto que se trata de entonar el autoelogio, nada mejor que elucubrar al por mayor cuando por los motivos que sea algún aspecto de la realidad del necrologizado pueda manchar con algún borrón el ataúd semántico sobre el que el firmante estira su estatura. Que el fallecido fue un marxista, pues nada, se pone en duda su condición de tal “entre los muchos libros que devoraba y que eran el tema habitual de nuestra conversación, no figuraba ninguno que hubiera podido introducirlo en el pensamiento marxista”; que lamentablemente fue comunista y militante del partido comunista, pues juicio temerario al canto en plan perdonamuertes: “Creyó que el comunismo era el camino para liberar al proletariado de sus cadenas (…) Seguramente, como toda fe, religiosa o secular, también la suya estaría llena de dudas y supongo que la perdió por completo en 1989, o quizá mucho antes; nunca hablamos de ello”.
Muerte a muerte, necrológica tras necrológica, nos están reescribiendo la historia. Los exministros de Franco devienen en liberales reprimidos; los comunistas que se enfrentaron a la dictadura ven ninguneada su militancia si no dejaron de serlo o son tratados con generosa comprensión si en algún momento, camino de Bruselas, se subieron al caballo de la fe socialdemócrata; los que se lavaron las manos son exaltados por prudentes; los especuladores de la postguerra son celebrados como capitanes de empresa. El cementerio como finca a cultivar y los epitafios como medallas que el enterrador se cuelga en su pecho. Y el duelo como inversión mediática.


El desnecrologizador que te desnecronologice buen desnecrologinizador será.



Es difícil fechar la aparición de la necrológica postmoderna. Algunos teóricos se refieren a la muerte del Conde de Barcelona como momento en que la entrada de la fábula en el género, transfigurando al pretendiente que en ocasión propicia solicitó del General Franco combatir en su levantamiento anticonstitucional contra la República, en primer rey “in pectore”de la democracia, dio lugar a su mutación. Otros creen ver su consagración en la sangría hagiográfica originada por el deceso de Jesús (de) Polanco. No falta quién piensa que “arrimar el ascua a tu sardina” es cosa de siempre y que ya Pablo de Tarso puso en práctica. De lo que no cabe duda es de que en el diario El País del pasado de hace ya uns cuantos años, y a propósito de la muerte del abogado comunista Manuel López López se pudo leer con rúbrica de Francisco Rubio Llorente, presidente del Consejo de Estado, una pieza ejemplar por su catadura y deshonestidad
intelectual, impropia, por decirlo educadamente, de quién detenta una representación institucional. A ella pertenecen las citas que ilustran este texto. Quizá Garzón debería intervenir cuando se nos expolia la Memoria del Presente.


¡Que dios nos coja ya necrologizados!


domingo, 13 de septiembre de 2026

Literatura y objetivos

 

Literatura y objetivos.



La literatura no necesita grandes palabras, necesita objetivos. Los objetivos destejen las redes de sentido que naturalizan las palabras y las historias con las que se teje la imaginación social hegemónica, es decir, la imaginación y la literatura capitalista. Y al tiempo, los objetivos, dibujan el espacio semántico al que aspira el movimiento de emancipación que lucha contra la propiedad privada de los medios de producción y muy especialmente los medios de producción de los imaginarios individuales y colectivos, la producción de necesidades, de miedos y deseos, de horizontes, esperanzas y renuncias. Pero, los objetivos son, además, herramientas de trabajo socio-político que la literatura necesita si pretende ser algo más que divertidos o virtuosos juegos de palabras. Como escribe Aurelio Sainz Pezonaga - http://www.rebelion.org/noticia.php?id=167733 - las historias que la literatura transportan son instrumentos de medición de los efectos de poder social que producen los medios de comunicación dominantes. Son.o mejor, pueden ser, herramientas para desbrozar un camino que no está señalizado. Y, sobre todo, son dispositivos que propician nuevas relaciones de los hombres y las mujeres con la realidad y las palabras que la nombran y construyen.
Muchas veces, esas herramientas –
la novela, la poesía, el teatro- son prestadas, han sido diseñadas para otros usos y con otros objetivos: la autocelebración humanista de la burguesía como clase que se siente clase universal. Pero el movimiento de emancipación (ssocial y estética) tiene que reutilizarlas, dotándolas de una nueva función – agitación, sabotaje y propaganda- para poder alcanzar los objetivos propuestos. Y teniendo en cuenta además que generalmente son herramientas tácticas y provisionales que habrán de ser abandonadas en el momento en que ya no sirvan para ir más lejos.


viernes, 11 de septiembre de 2026

Ficción y Mentira

 

Ficción y mentira. Una crítica


Hace ya un tiempo el ensayista José Luis Pardo llamaba la atención, en una tribuna titulada BASADO EN HECHOS REALES, sobre la presunción de que el añadir a una ficción la coletilla de “basada en hechos reales” le confería un valor positivo, un plus, lo que a su entender debería entenderse como un signo de “el descrédito de la ficción” en tanto que esta requeriría de esos “hechos reales” para legitimarse. Pardo ve esto como una posible señal de que algunos narradores han decidido “tomar un atajo que les libere de las duras exigencias del oficio de construir narraciones creíbles” Para el ensayista el recurso a los “hechos reales” proviene del carácter intimidatorio que ostentan los sucesos históricos “por el miserable motivo de haber ocurrido de manera patente y fatal. En resumen Pardo venía a decir que este tipo de ficciones confirmarían lo que llamaríamos “el ya lo decía yo”, trasmitiendo así un mensaje conservador y autogratificante.

Y traigo a colación esta cuestión no para discutir, discrepar o matizar las afirmaciones o sospechas del ensayista sino simplemente para situar ¿Quién mató a Rosendo? de Rodolfo Walhs, en un presente literario en el que voces con relevancia mediática – lo que no es decir mucho pero tampoco poco – han proclamado libros como Anatomía de un instante o El impostor de Javier Cercas como una de las cimas de esa literatura que se dice posmoderna y en la que las fronteras entre la ficción y la no ficción parecen desvanecerse. Una literatura que parece haber cuadrado el círculo y logrado estar en misa y repicando rompiendo así aquella clave aristotélica sobre Historia y Poesía, es decir, dando si hace falta al Cesar lo que es de Dios y a Dios lo que es del Cesar.

Aun no aceptando la visión de Pardo, sí confieso mi desconfianza ante una formula narrativa que permite saltarse la responsabilidad que a mi parecer exige tanto la escritura de ficción como la escritura de Historia. Porque lo que me parece mal es el recurrir a una u otra legitimidad según convenga: ¡oiga qué esto es ficción! ¡oiga que esto es historia!, evitando así cualquier respuesta discrepante, cualquier interlocución.

Creo que de esta trampa, de esta comodidad, de esta patente de corso sólo se puede salir si el narrador acude a un imaginar honesto y renuncia a un fantasear agradecido. Tema este sobre el que Rafael Reig suele disertar con acierto. Y ¿a qué llamo imaginar honesto?: pues al que no nos vende gato por perro: si es gato el maullido es honesto pero si es perro los maullidos no vienen a cuento. Imaginar, como un deducir narrativo legitimado por las propias bases desde las que se trabaja narrativamente, es decir, una imaginación disciplinada.

Esta es la virtud que se encuentra en la escritura de Rodolfo Walsh al igual por ejemplo que en las novelas del austriaco Erick Halk, autor que a mi entender pertenece y continua su estirpe.

En estos casos la satisfacción del lector basada en “ya lo decía yo” no sólo no se cumple sino que se quiebra porque ese imaginar honesto lo que construye y al construir desvela no son “hechos reales” sino “hechos irreales”, aquellos que hasta el momento narrativo que los pone en evidencia no existían por permanecer ocultos, oscurecidos, soterrados. Sus libros convierten en verosímil lo que hasta ese momento era inverosímil.

Lo que Walsh hace, es ampliar la verosimilitud narrativa frente a la verosimilitud dominante. La verosimilitud no es un concepto literario en stricto sensu sino un desprendimiento ideológico que tienes sus reglas en el la realidad construida socialmente, en la correlación de fuerzas sociales, en la lucha de clases si me permiten. Y la narrativa interviene en la construcción de lo verosímil, es más, entiendo que esa es su función más destacada.

Veamos por ejemplo que sucede con una novela que cabe entender como la contracara de este ¿Quién mató a Rosendo, publicada como recordarán 1977. Me refiero a ¿Quién mató a Palomino Molero? del ínclito Mario Vargas Llosa publicado en 1986. Entiendo que la coincidencia de los títulos no es mera casualidad. Vargas Llosa sabe bien al elegirlo que en el campo literario y político de Latinoamérica el libro de Wallsh es una referencia común y si elige resituar el título es porque su novela se presenta como un ataque frontal a todo un sistema de verosimilitud proponiendo uno nuevo.

La novela de Vargas Llosa como recordarán, cuenta la historia del cruel asesinato de un pobre cholo, soldado en una guarnición militar, cuya investigación recaerá sobre el escéptico pero honrado (el escepticismo como única honradez posible) teniente Silva y su Watson correspondiente: el soldado Lituma (paradigma de una mente popular, sana).

Lo que Vargas Llosa propone es una verosimilitud que abandona lo político para asentarse en lo privado: donde ustedes ven política, yo veo psicología. No es que esto sea algo nuevo en la obra de Vargas Llosa: al fin y al cabo ya en Conversaciones en La Catedral lo psicológico en clave patología estaba presente aunque no de forma tan absoluta como en esta obra que, entendemos, marca el claro giro hacia la derecha de su autor.

La verosimilitud de Walsh es otra, afincada en la constatación de que las relaciones sociales son la urdimbre donde se producen las relaciones personales, individuales, subjetivas.

Toda Retórica, toda poética, toda verosimilitud se nutre y crece sobre una forma determinada de ser y estar en el mundo. La poética de Walsh no es hoy una poética dominante por lo que cabe preguntarse a qué se debe la buena recepción que han tenido ultimamente sus escritos y de manera especial Operación Masacre y este¿Quién mató a Rosendo?

A esta cuestión se puede responder desde dos ángulos bien distintos. Uno optimista y otro pesimista. El pesimismo nos diría que la atención prestada a Walsh viene dada por un lado por el narcisismo del cuerpo periodístico que al celebrar a Walsh quizá pretenden legitimar lo que el periodismo ya no es en función de lo que el periodismo pudo o podría ser y por otro tal aceptación respondería además a esa tradición ideológica a la que le encanta celebrar como nostalgia el fracaso de las opciones revolucionarias: ese mecanismo que permite homologar al Ché derrotado y crucificado y expulsar al Ché que tomó el poder y lo hizo efectivo sobre los paredones de La Cabaña.

Desde el optimismo se plantearía que el éxito de la recuperación de Walsh está indicando que el deseo de verdad sigue estando presente en la sociedad y que esta evidencia debería orientar el tono y las estrategias de aquellas fuerzas que siguen apostando por la transformación revolucionaria de los actuales parámetros socioeconómicos. Esta sería una lectura optimista aunque sin exceso pues no parece que sea verdad lo que falta sino saber el qué hacer con esa verdad. Lo que parece evidente que estamos en tiempos donde la verosimilitud de Walsh permite denunciar las patrañas de aquellas otras que defienden la necesidad del reformismo más prudente y huyen como del diablo de cualquier cosa que suene a ruptura.