sábado, 7 de noviembre de 2026

EL MISTERIO FOLE y EL NARRADOR CAPITALISTA


El misterio Fole

Las historias del escritor gallego Ánxel Fole se percibían como relatos de carácter popular que parecían haber sido transmitidos oralmente, elaborados con un talento especial para recrear el ritmo y la atmósfera de la narración oral, y que mostraban una sabiduría narrativa que quizá no se encuentre en ningún otro autor que escriba en gallego. El mundo de Fole se basa en la realidad, pero su realismo se asienta en lo imaginario, en lo inventivo, como a él le gustaba decir, y se sustenta únicamente en su delicado humor, una mezcla de ingenio seco e ironía comprensiva. En sus relatos crea una atmósfera de complicidad en la que el lector se deleita sumergiéndose. Creo que es en la calidad y el estilo de la escritura de sus relatos donde reside el secreto del éxito de sus cuentos populares, que van mucho más allá del costumbrismo, del mismo modo que sus incursiones en lo fantástico superan lo fantasmagórico, y sus historias humorísticas trascienden la mera diversión.

El escritor Roberto Abuín Abuin, en sus reflexiones sobre la escritura, establece una comparación entre escribir y trabajar en el huerto, azadonar o cosechar. Escribir como una forma de relacionarse con esa realidad global que llamamos naturaleza, como una manera de dejar una huella en ella. La escritura como reflejo de un modo de actuar más general, el trabajo que realizan los seres humanos y que se establece como una práctica central para abordar todos los acontecimientos y situaciones que nos rodean y en los que participamos». Escribir sería, por tanto, una forma de traducir la realidad, de dotarla de sentido al convertirla en un signo, de darle una dimensión semántica, de aportar claridad; aunque en el proceso de traducción, en el paso de un lenguaje a otro, al mismo tiempo que el signo se vuelve luz, se ilumina, Algo se pierde por el camino, dada la tensión inevitable que siempre existe entre la palabra y su significado, porque, dice Abuín, «en la propia realidad del signo ya habría un destello oscuro, una ceguera, un ocultamiento radical». El lenguaje como resplandor y oscuridad y, en la escritura de Fole, la lengua gallega como astucia, es decir, como una estrategia en la que conviven el combate y el disimulo. Una estrategia que se convierte en estilo y que adquiere forma literaria en el uso que Fole hace de la oralidad como piedra angular de la arquitectura narrativa de su obra en general, y muy especialmente en la colección de relatos que componen sus dos primeros libros: A lus do candil (1953) y Terra Brava (1956).

Ciertamente, la oralidad como recurso estilístico ya está presente en los textos que Fole comenzó a publicar en la prensa, principalmente en El Pueblo Gallego, durante los años de la Segunda República, pero será tras la Guerra Civil Española cuando este recurso se convierta no solo en el rasgo dominante de su escritura, sino que adquiera también una dimensión política y estética sorprendentemente nueva y particular, ya que a sus características literarias añadirá un eco ideológico, de carácter irónico, lo que obliga a leer a Fole desde una perspectiva inesperada, el enigma de Fole, que, en mi opinión, pone de relieve su relevancia dentro de la literatura gallega contemporánea. *

Como bien sabemos, Fole, que antes del levantamiento fascista había sido miembro del Partido Liberal Nacionalista, se siente perseguido y, con obstinación y prudencia, huye de la ciudad de Lugo, donde había vivido hasta entonces, para refugiarse, en una especie de exilio interno, con el apoyo de amigos con vínculos claros e influyentes con los «nacionales», en el espacio interior de la geografía rural de las montañas lucenses, abriendo así —como señala Claudio Rodríguez Fer— un período proteico de contacto con el mundo rural que resultaría definitivo para la creación de su obra gallega». Estas circunstancias se interpretan como «una expresión bidimensional de la sociedad gallega de la época» y como la causa del gusto y la inclinación de Fole por lo fantástico¹ «para expresar, a través de personajes de ficción, sus propios miedos con los que tuvo que convivir durante la Guerra Civil y la posterior dictadura, disfrazándolos con símbolos y metáforas para eludir la censura de la época»².

Aunque no pretendo restar mérito a esta interpretación, me parece que la transferencia mecánica que se establece entre las circunstancias personales de Fole y su escritura reduce la interpretación, el valor y la relevancia presentes en las obras a las que nos referimos y, sobre todo, parece ignorar la dimensión que conlleva el uso de la lengua gallega en aquellas circunstancias históricas, y que no puede pasarse por alto si se desea leer a Fole en su totalidad. Entiendo que, para poder apreciar la importancia de ese uso de la lengua gallega en aquel momento y en aquellas circunstancias, es necesario tener en cuenta los diferentes significados que su uso tuvo y tendrá a lo largo de la propia Historia de Galicia, pues es evidente que no es lo mismo si hablamos del gallego del Rexurdimento (un testimonio de existencia), del del grupo republicano y culto «Nos» (una reivindicación como instrumento de alta cultura), y, ya contemporáneo a Fole), el del grupo fundador de Galaxia (una estrategia de supervivencia), del mismo modo que hoy, en tiempos de búsqueda de la soberanía, el significado de su uso es muy diferente al de épocas anteriores, aunque las integre y las reivindique. Es necesario, por tanto, valorar en cada momento histórico tanto el valor de uso de la lengua gallega como su valor de cambio, es decir, su capacidad para influir e intervenir en el mercado lingüístico que la rodea. Un mercado que, en consecuencia, exige situarla en relación con el poder del castellano como lengua dominante en ese espacio lingüístico, cultural y político, en el que se integraba de forma conflictiva, desigual y objetivamente subyugada. Este exilio interno, el encuentro con esta Galicia rural y remota, supondrá para Fole no solo un redescubrimiento de la lengua gallega en su versión más cercana al habla cotidiana, sino también que la propia lengua gallega está sufriendo su propio exilio interno: como lengua rural, periférica y perseguida. Es este hecho, el encuentro de los dos exilios, el de la lengua y el de Fole, lo que hará que el uso que de ella hace el autor de *Lus do candil* dote a esa elección de un significado ideológico de enorme y significativa fuerza. La lengua gallega como rebelión. Sabemos que la lengua acoge la realidad, le brinda hospitalidad. Y precisamente así suena la lengua de Fole: hospitalidad; es una escritura hospitalaria, que da cobijo y alojamiento a una realidad sometida a la represión y a la aniquilación tácita. La lengua gallega alberga la realidad del espacio en el que existe, pero al mismo tiempo la oculta y la protege de la violencia a través de su propio uso. Es decir: que ella misma, incluso desde un punto de vista puramente defensivo, es también, a su manera, violencia. La lengua gallega como maquis lingüístico. Y la literatura de Fole, que algunos —incluidos los censores— parecen entender como mero folclore o costumbrismo, es, de hecho, resistencia, una «palabra cargada de futuro», como habría dicho Blas de Otero, otro opositor al franquismo. El gallego de Fole es una trinchera, una lengua que no se rinde. Al leer hoy esta literatura, debemos tener en cuenta su dimensión objetiva como literatura de combate en una batalla que, incluso ahora, no puede considerarse terminada. La astucia de Fole en esa batalla reside precisamente en su habilidad para revestirse, a través de la oralidad, de ese aire inocente —el pueblo como estado de inocencia— y en estar tan cerca de la naturalidad, precisamente para camuflarse en el paisaje, para convertirse en una mimesis de lo que vemos sin apenas darnos cuenta. Escribir en gallego como un silencio —una lengua a la que se le niega la existencia— es astuto, más que «silencioso»; habla, y al hablar deja constancia de una realidad negada que, no obstante, exige un futuro. Esto forma parte del misterio de Fole, de su perdurabilidad a lo largo del tiempo: su capacidad, con una apariencia de transparencia, de convertirse en ironía, el arte de decir más de lo que parece decir: lo que no se dice. Una escritura que, más allá de la propia subjetividad del autor, fue y sigue siendo un combate real y subterráneo, en territorio enemigo. La oralidad como estrategia, el uso del lenguaje popular como una jugada astuta. Escribir como quien trabaja en el huerto. Como si Fole, el exiliado, no fuera quien escribiera, sino más bien alguien que deja que la vida sencilla y cotidiana de «la buena gente» escriba a través de él. Leer a Fole es como observar a alguien —«las hierbas húmedas en sus manos»³— trabajando la tierra, ver cómo la remueven, siembra, riega, se cansa y descansa, hace una pausa, mira al cielo, escucha el canto de un pájaro, oye hablar a dos campesinos, se sienta en un campo junto a alguien que desentraña las palabras de una historia, observa cómo sopla el viento, el balanceo de las mujeres y cómo se iluminan las luces de la noche mientras se frota las manos. La escritura como trabajo y el trabajo como el proceso en el que esa separación entre materia y conciencia se vuelve imposible. Y así, la censura política y literaria pasa por alto todo ello. La vida es conflicto, lucha, y se está escribiendo; la cruda realidad se escribe, se afirma, —una pared rocosa cubierta de petroglifos— se convierte en lengua, en la lengua gallega. Eso es Fole: una lengua gallega que no muere. Un relato que nunca termina, un discurso que suena a la vez como un antiguo romance y como una intimidad colectiva en conflicto. Porque la base de la escritura de Fole es la oralidad, una escritura que parece brotar de la tierra. La escritura como expresión natural del cuerpo social, cultural y político. El acto de escribir como fenómeno natural, una naturalización que hace imposible distinguir en su escritura —aquí discrepo de Rodríguez Fer— entre una realidad material y una realidad espiritual. La escritura como trabajo y el trabajo como el proceso en el que esa separación se vuelve imposible.

Es cierto que leemos a Fole desde un punto de vista ideológico diferente al de la época en que comenzó a escribir sus primeros relatos y cuentos. Por ejemplo, el valor del gallego no es hoy el mismo que entonces. Ni su valor de uso ni su valor de cambio. Debemos recordar que en el Lugo de la inmediata posguerra, hablar gallego era, más que nada, un peligro. La paradoja es que Fole, al invertir su capital lingüístico en el mercado restringido de la lengua gallega, convierte esa fuente de peligro, la lengua gallega, en un lugar de refugio, una metáfora del ocultamiento, del esconderse.

Para mí, ese es el misterio de Fole: cómo hace de su retraimiento, de su exilio interior, al irse a vivir a los pueblos y aldeas, «abriendo así», como señala Rodríguez Fer, «un período proteico de contacto con el mundo rural», Un auténtico campo de batalla, una lucha de la que sale victorioso, como bien lo demuestra el hecho de que hoy estemos aquí celebrando su centenario y el valor de su literatura.

Fole como maestro del misterio. El misterio ya no como género literario, sino como una forma de ser y de existir en un mundo, la Galicia de la posguerra, en el que se siente amenazado. Relatos de misterio en los que el dominio técnico, el juego entre la entonación, la construcción del tiempo narrativo y el uso de un lenguaje que se convierte a la vez en materia precisa, en pura precisión y, sin embargo, en oscuridad —una oscuridad iluminadora—, conforman un cuerpo narrativo agudísimo y, al mismo tiempo, acogedor. El lenguaje como sombra necesaria para que la iluminación —es decir, la inteligencia narrativa— resulte deslumbrante. Ya sabes… no como la luz de una vela cuando se apaga, sino como la luz de la vela cuando está encendida. Luz y oscuridad. Así es la escritura de Fole. Un misterio, la lengua gallega, convertido en un milagro.

Al refugiarse en el interior de la provincia de Lugo, en las tierras de Courel, Incio o los Ancares, Fole no solo se encontrará con una lengua gallega con sus propias características sintácticas y semánticas distintivas: - Nunca fui defensor del gallego puro, sino más bien del gallego variado y rico, tal y como todavía se habla en muchas regiones —no solo eso, sino que va a vivir y convivir con una realidad rural en la que la modernidad —es decir, el capitalismo— apenas existe. El capitalismo como cultura en la que las relaciones entre las personas se rigen por la lógica (?) de «Eres lo que tienes, eres lo que vendes, eres lo que compras». Es evidente que las relaciones capitalistas ya están presentes, aunque en menor grado y siempre entremezcladas con rasgos derivados de actitudes y costumbres moldeadas por los vestigios de un mundo feudal o posfeudal, en el que la tierra —la propiedad privada— se considera menos como capital o mercancía y más como una posesión sobre la que descansa la identidad personal y social. Desde mi punto de vista, el encuentro de Fole con esa Galicia atrasada significa, en realidad, que se adentra en un espacio que bien podemos calificar de «no capitalista». Y esa circunstancia tendrá una traducción directa en su escritura, brindándole la oportunidad de dotar a su narrativa de uno de sus rasgos estilísticos fundamentales: el narrador no capitalista.

Como es bien sabido, la categoría de «narrador capitalista» y su opuesto, el «narrador no capitalista», fue desarrollada por el profesor Martín López Navia¹, quien, a partir de la diferenciación retórica que establece al distinguir entre el escritor y el autor —lo que se corresponde con el estado civil del escritor, la autoría como figura retórica que ya pertenece a la institución literaria— y el narrador como «la voz que da voz al texto narrativo» ² parte de la concepción de este último, a través de la personalización o el tropo, como un trabajador que vende su fuerza de trabajo al autor a cambio de un salario. No es este el momento de dar cuenta del corpus teórico de López Navia en toda su amplitud, basado en el intercambio de tiempos, asumido cronológicamente como una medida del acto que la escritura del texto supone para el autor y que cada lector supone o de un lector dedicado al proceso de lectura. El tiempo del lector como inversión, el tiempo del lector como gasto, y el narrador como un empleado cuyo trabajo se establece en relación precisamente con el valor del tiempo —considerado cuantitativa y cualitativamente— que la masa de lectores consume durante el proceso de lectura.

A partir de ahí, López Navia desarrolla la diferencia entre un narrador capitalista que busca, ante todo, despertar y mantener una atención del lector cuantitativamente significativa mediante el uso predominante de recursos retóricos —suspense, sensacionalismo, kitsch, etc. —de lo que denomina una estrategia de «la zanahoria y el palo»— y un narrador no capitalista cuyo papel no es obtener el mayor beneficio o plusvalía para esa autoría que, en términos monetarios, sigue siendo el centro de las ambiciones económicas del escritor.

La relación entre el autor Fole y sus narradores es, según esto, una relación laboral a través de la cual el autor contrata a un narrador —en principio, y en lo que respecta a sus dos primeras obras, podríamos decir que se trata de un prototipo de narrador único— que, como cualquier narrador, se ve obligado a firmar el contrato porque solo al aceptarlo adquiere el derecho a existir. Esa narración, de la que dependerá su derecho a existir, es el salario o «medios de subsistencia» que el autor paga al narrador, quien, inevitablemente, pondrá sus mejores habilidades narrativas al servicio de la intención que el autor decida, empleando aquellos recursos o técnicas expresivas que, aunque son medios de producción de la obra, el narrador los transformará en un texto concreto. Sin duda, el narrador no capitalista de Folé no es un narrador revolucionario: no pretende acabar con los medios de producción. Esta posibilidad, históricamente factible, implicaría «la muerte del autor» no solo en el plano retórico del que hablaba, sino en el sentido material del concepto, mediante la imposición del anonimato y la desaparición o nacionalización de los derechos de autor. Folé no mata, no dispara, no asesina al autor. No es este tipo de gesto literario el que le define, sino que recurre a una estrategia política típica de lo que socialmente entendemos como acción cooperativa, comunal y colectiva, tan natural en una sociedad rural donde ciertas tareas exigían un esfuerzo «vecinal».


1 Isolina González. Tesis doctoral.

2Idem. Bibliografía.

3Plan de huida. Alberto Lema.


lunes, 2 de noviembre de 2026

ESPEJOS

 


Espejos y Poéticas


a)

El tercer riesgo me parece estriba en la tentación de sustituir la experiencia de otros. El poeta no propone sucedáneos de la experiencia ajena, sino que habla de sí mismo (lo que no quiere decir que se limite a hablar de sí mismo y de su propia experiencia). Dicho al revés: sólo en la medida en que la historia colectiva haya sido vivida como experiencia personal podrá proporcionar el punto de partida para un buen poema político. Jorge Reichman.


b)

El tercer riesgo me parece estriba en la tentación de olvidar la experiencia de otros. El poeta no propone sucedáneos de la experiencia ajena, sino que habla desde ella misma (lo que no quiere decir que solo se limite a hablar de esa experiencia ajena). Dicho al revés: sólo en la medida en que la historia personal haya sido vivida como experiencia ajena podrá proporcionar el punto de partida para un buen poema político. Martín López Navia

lunes, 26 de octubre de 2026

Fuera de la Literatura

 
La literatura es una aduana, un mecanismo de homologación y legitimación de los discursos, textos y palabras que tienen voluntad de hacerse públicos. Un mecanismo social, y por tanto intervenido por la clase social dominante, que detenta los medios de producción de ese constructo del lenguaje que ellos mismo definen en cada momento histórico como literatura, actuando esa definición y delimitación como mecanismos de censura.
Como nos recuerda Raymond Williams,  además de una categoría de producción, la literatura es también una categoría de uso y de condición, un modo lingüístico y un espacio en el que se agrupan aquellos hechos de lenguaje a los que se les otorga la condición o carácter de literarios, en función de que incorporen aquellos atributos que los poderes sociales que poseen los mecanismos de producción y homologación determinan en función de reglas y criterios que ellos mismos delimitan y a los que conceden carácter constituyente.
La literatura es proceso y a la vez resultado de ese
proceso que tiene su primer momento autorial en la
composición de su material lingüístico, y, que como tal y
más allá de esa autoría, atiende a las propiedades socia-
les y semiológicas del lenguaje. A ese primer momento
siguen aquellos otros procesos e instancias con que esa
composición formal ha de ser homologada y legitimada
como literatura. Proceso de producción, por tanto, que
abarca tanto la composición material, lingüística, como
su posterior publicación, circulación y consumo en el
espacio social.
En tanto territorio cultural, la literatura agrupa todos
aquellos materiales que en cada momento la sociedad
homologa como literatura, mientras que como actividad
social históricamente construida se ha venido configu-
rando alrededor de su entendimiento como forma de
expresión, dice Williams, de la más «plena, fundamen-
tal e inmediata experiencia humana», que es categoría
cuyo contenido semántico a su vez nos remite a la capa-
cidad social, de la clase dominante, para definir el sin-
tagma en sí mismo y en sus dos conceptos de experiencia
y humana. Funciona la literatura como mecanismo de
delimitación de lo humano y de ahí su papel relevante
dentro de esa área político-cultural que recibe el nombre
de humanismo, desde cuyas consideraciones se han ela-
borado y desprendido las nociones actuales de calidad
literaria, canon, obra maestra, gusto o sensibilidad, que
el propio discurso humanista impone como atributos
objetivos e inmanentes de unas «obras literarias» que,
por su propia y milagrosa inmanencia, se homologarían
a sí mismas como tales al margen de las subjetividades
personales o colectivas.
La literatura como un espacio social construido a
lo largo de un proceso histórico que ha ido definiendo
y redefiniendo categorías y criterios de producción,
identificación y acceso, y con los que inevitablemente
uno debe contar cuando, implícita o explícitamente,
se acepta que un hecho o actividad dada está inserta,
quiere insertarse o debe insertarse en ese espacio social
—lo literario— aunque se haga desde la pretensión de
enjuiciar y cuestionar o rechazar los criterios sobre los
que se sustenta ese espacio. En ese sentido y aunque
desde zonas teóricas cercanas al marxismo se propon-
gan definiciones menos inmanentes de lo literario y se
haga referencia a la literatura como materialidad del len-
guaje a través de una sociedad que se narra a sí misma,
resulta, finalmente, que quien determina esa materiali-
dad es inevitablemente la clase dominante a través de
sus sacerdotes de la semántica, la poética y la retórica.
Frente esta realidad que sitúa a la literatura como
patrimonio y posesión de la burguesía capitalista, el
proletariado revolucionario, al tiempo que iba teniendo
acceso a esa herramienta para el conocer, comunicar y
propagar qué supone la escritura y al conocimiento y
uso de los recursos y técnicas expresivas que su incor-
poración a la cultura escrita ponía a su alcance, pronto
interiorizó la importancia de producir una literatura
al servicio de la emancipación social que pudiese dar
cuenta tanto de sus condiciones para la acción como de
sus objetivos y obstáculos.
Desde esa comprensión, las organizaciones obreras
socialistas o anarquistas entendieron la necesidad de
crear sus propias escuelas y sus propios ateneos como
armas imprescindibles para su enfrentamiento con los
imaginarios que la burguesía, en su pretensión de ser la
clase universal, había venido edificando y esparciendo
a través de unos aparatos ideológicos entre los cua-
les la literatura ocupaba y ocupa un lugar relevante en
cuanto que funciona, podría decirse, como una especie
de manual de instrucciones o «argumentario» al servicio
de su visión del mundo y de las relaciones sociales. De
ahí la necesidad política para las fuerzas de la emanci-
pación de construir y propagar su propia visión e histo-
ria del mundo, es decir, su propia narración, su propia
literatura, en una situación, insistimos, en la que la cate-
goría sociocultural literatura era detentada —y lo sigue
siendo— por una burguesía que ha integrado dentro de
ella la herencia cultural que el humanismo representaba.
Esa voluntad de hacerse dueños de su propio relato
del mundo y de la vida planteaba —y creo que sigue
planteando— a los poderes populares una relevante
cuestión, teórica en principio pero, a mi entender, con
un importante alcance práctico: ¿Cómo construir una
literatura contra la clase que detenta el poder de definir
y delimitar qué es y qué no es literatura? O enunciado de
otro modo y siguiendo al gato de Alicia en el país de las
maravillas: ¿cómo conseguir un lenguaje propio y dife-
rente si el lenguaje hegemónico es propiedad del ene-
migo de clase?
Históricamente un problema semejante —la con-
veniencia de crear una «literatura» diferente a la que se
estaba produciendo de manera hegemónica—, se había
presentado a lo largo de la historia occidental al menos
en dos momentos de cambio en los que nos detendre-
mos brevemente: con la propagación del cristianismo y
con la Revolución francesa. El cristianismo, que para su
expansión por el universo romano, entendió la necesi-
dad de contar con una red de comunicación que le exi-
gía impulsar la alfabetización de, al menos, una minoría
capaz de asegurar junto a la expansión un alto nivel de
uniformidad en los mensajes y criterios de organización,
se encontró con una literatura imperial y romana carac-
terizada por la presencia de una retórica sofisticada y
rebuscada de la que trató de huir tanto porque sus adep-
tos no provenían mayoritariamente de las élites educa-
das en el uso y artes de esas retóricas como por lo que
esa diferenciación aportaría a la nueva identidad, ser
cristiano, que su prédica y fe implicaban.
Esta contradicción dio lugar, seguramente de manera
más espontánea o práctica que programada, al surgi-
miento de una «literatura cristiana» —entendiendo por
tal la práctica de la escritura y lectura que los cristianos
practicaban— en la que el alto empaque de las letras
romanas dejó su lugar a una escritura de elaboración
más simple y «menos educada» (según los patrones de
la educación romana dirigida a una clase dirigente para
la que la retórica era un instrumento de relación política
imprescindible).
Nace entonces lo que se llamó el sermo humilis, un
lenguaje de tono bajo, llano, muy accesible, pero pronto
la intelligentia cristianae, con Pablo de Tarso al frente,
comprobó que ese uso les impedía, en su camino hacia la
propagación de la fe, «conectar» con aquellos grupos de
población que ocupaban posiciones sociales o políticas
de niveles superiores obligándoles a considerar que no
podrían renunciar al uso de ese latín altamente retórico si
querían hacerse con el dominio religioso (y político) den-
tro del imperio. Desde ese momento convivieron en el
cristianismo ambas tendencias en el interior de la nueva
Iglesia: el sermo humilis que, por ejemplo, se encontraría
reflejado en el lenguaje de los evangelios o de los hechos
de los apóstoles, y la nueva retórica cristiana que las
obras de los Santos Padres o los poetas cristianos encar-
nan. Y en realidad y hasta tiempos muy recientes, hasta
el Concilio Vaticano II, la Iglesia católica no renunció al
«prestigio» y ropajes de la lengua latina en sus liturgias y
ceremonias religiosas como la misa o los Te Deum.
Pasan los siglos hasta que nos encontramos con una
burguesía en su ascenso como clase que también iba a
tropezar con la dificultad del control sobre el lenguaje y
la literatura que venía ejerciendo la maquinaria cultural
de las monarquías absolutas en compañía de las institu-
ciones religiosas con sus fuertes aparatos de educación y
propaganda (los sermones y las cátedras).
Ciertamente ya en momentos anteriores los valores
literarios de la aristocracia y las élites asociadas, que
tenían su referencia básica en las literaturas de los clá-
sicos griegos y romanos, habían sido puestos en cues-
tión por la aparición de la novela (El Quijote, la narrativa
picaresca) en cuanto género «libre», sin precedentes
clásicos relevantes, y por el auge del teatro como, avant
la lettre, medio de comunicación de masas. Valga recor-
dar como precedente al respecto a un Lope de Vega que
acepta escribir para «el vulgo» aunque ello suponga no
respetar las reglas de los clásicos. Pero el momento más
representativo de esta confrontación va a tener lugar en
el siglo siguiente y dentro de la literatura en lengua fran-
cesa. Por un lado estallará la primera de las dos famo-
sas querelles: la Querelle du Cid que toma su nombre del
drama homónimo de Corneille donde rompe con la regla
de las tres unidades que la tradición venía imponiendo,
provocando un fuerte enfrentamiento entre el autor y la
Academia de la Lengua que funciona como instancia y
portavoz de la voluntad Real.
En medio de ese combate, la lógica de la burguesía,
el beneficio económico como brújula y criterio, hace
su aparición cuando el dramaturgo, acusado de irres-
petuoso, contesta presumiendo de su éxito de público
a quienes le reprochan el uso de recursos un tanto tre-
mendistas —lo que hoy llamaríamos «efectos especia-
les»— para contar una historia que además rompe con
el decoro y el recato que la aristocracia literaria defiende
como valores literarios. Por si fuera poco la propia que-
rella significa, de facto, que el monopolio que hasta ese
momento mantenía el poder monárquico sobre la publi-
cación —el hacer públicos— los textos de toda clase pues
hasta ese momento la publicación de escritos era pre-
rrogativa real y las imprentas requerían de un permiso o
concesión. Años más tarde tiene lugar la nueva «Querella
entre los antiguos y los modernos» donde las tesis de «lo
nuevo», los aires y valores de la burguesía emergente, se
afianzan y legitiman.
Ya a finales del XVIII, una emergente generación de
ilustrados y prerrománticos pone en circulación, apo-
yándose en la novela como género que no admite reglas,
y en el libelo anónimo, toda una literatura prerrevolu-
cionaria que concentra sus ataques en clave de sátira y
libertinaje contra la aristocracia como clase decadente
e instalada en un «gusto» literario ya superado, cursi,
vacuo y hasta ridículo. En su intento de buscar fórmu-
las no impregnadas de los valores «aristocráticos», estos
escritores encuentran en la ruptura de los límites del
decoro, en el libertinaje moral y en la literatura erótica,
su modo de intentar encontrar una literatura propia,
fuera de los prejuicios literarios neoclásicos. Esos serán
logros parciales que permiten que aflore a corto plazo
una literatura no sujeta a la moral más conservadora y
rancia, aunque una vez que la nueva clase se instala en el
poder político se producirá una «restauración cultural»,
un pacto con los antiguos valores que la burguesía, en
su pretensión de ser aceptada como clase universal, va
a asumir otorgando ahora a la literatura la categoría de
marco neutral y dotado de una autonomía extrema que
viene a defender la absoluta independencia entre la vida
social y la literatura, y abandonando aquella antigua pre-
tensión de crear una literatura que fuera alternativa a la
«aristocrática» y que si bien y frente a la poesía que hasta
ese momento y al menos desde el Renacimiento se había
construido como género mayor, dejará su huella más
relevante en la consagración y auge de la novela como
género hegemónico.
El siglo XIX significa el asentamiento del capitalismo y
por consiguiente la lucha de clases como geología sobre
la que la historia y la cultura tienen lugar. Las fuerzas
sociales que acompañaban al proletariado en su lucha
contra el capitalismo y la clase burguesa, le van a con-
ceder a la cultura, como ya hemos comentado, enorme
relieve y atención. Hay tanto en el marxismo como en
el anarquismo un afán pedagógico que presupone y
necesita toda una literatura con capacidad de mover
conciencias, señalar causas y efectos, y urgir a la acción
revolucionaria. Creo que podríamos considerar que en
general la conciencia cultural proletaria no cuestionó
los valores de la cultura humanista que la burguesía
utilizaba en clave de clase superior, sino que se planteó
ante todo y como objetivo prioritario su reutilización en
favor de la emancipación, propiciando una literatura
que diera protagonismo a los problemas del sujeto revo-
lucionario —fundamentalmente la clase obrera— en
tanto clase explotada, es decir, una literatura inclinada
a sustituir el protagonismo del mundo burgués por un
paisaje literario en el que el proletariado cobrara dimen-
sión protagonista. Una actitud bienintencionada y que
aún hoy podemos encontrar en esa «caridad literaria»
que tanto escritor sentimental utiliza como moneda de
cambio jugando a revestirse de «literatura social».
Por otro lado la estrategia literaria, la poética, que
debería acompañar a este objetivo, más que provocar
reflexión sobre la necesidad de encontrar nuevos len-
guajes y estructuras de comunicación se inclinaba hacia
unos tratamientos en un registro melodramático casi
siempre, idílico muchas veces o tremendista otras, que
en la narrativa —que también acepta como género mayo-
ritario— no logra ir más allá de esa sustitución del héroe
burgués por un héroe proletario o «pobre», voluntarioso,
abnegado y casi siempre —o siempre— fracasado en
sus esfuerzos. Se busca en estos códigos encontrar una
comunicación accesible a las nuevas capas del proleta-
riado recién alfabetizado pero que no deja de sentirse
atraído con el mundo moral del folletín o las novelas de
misterio. Es el momento de la novela social, que eviden-
temente cumple un papel testimonial e incluso pedagó-
gico de valor estimable en sus mejores momentos, pero
que no deja de traducir un aire idealista e ingenuo.
Quizá lo más singular y llamativo de ese primer
momento de la emancipación revolucionaria sea «la
sacralización» de la cultura que la clase obrera en buena
parte interioriza dando lugar a un predicado y programa
político que parece asentarse sobre la propuesta de que
la cultura sólo será cultura plena, es decir, Kultur, cuando
el proletariado la asuma hegemónicamente.
El único momento de quiebra de esta consigna cultural que las izquierdas revolucionarias hacen suya tendrá lugar, precisamente, en el momento que por primeravez el proletariado se hace con el poder, es decir, con la propiedad de los medios de producción y es posible por tanto, ahora sí, al poder actuar sobre todo el proceso de producción de cultura o literatura, construir una «literatura-otra» que integrase y fuera consecuencia de los nuevos valores surgidos durante el proceso revolucionario. La revolución como proceso, la cultura (la literatura) como proceso revolucionario en el que hasta «el asalto a la imaginación», es decir, la posibilidad de elaborar una imaginación propia, revolucionaria, se planteaba como viable.
Llevados por el impulso de la revolución los nuevos propietarios de los medios de producción de esa categoría mayor que nombramos como Arte y por consiguiente
de categorías que la acompañan como literatura, pintura o música, llevaron en algunos casos hasta el extremo la ocasión histórica de ruptura total con la tradición literaria burguesa negando —en el caso de grupos de vanguardia como Proletkult— justamente la conveniencia de trabajar con tales categorías dentro de una praxis
revolucionaria.
En el contexto de la institucionalización del Estadosoviético se impondrían sin embargo aquellas teorías o doctrinas que entendían que la revolución en el campo artístico debía incorporar en su quehacer toda la herencia del pasado transformando, eso sí, de modo radical sus objetivos pero sin cuestionar la naturaleza del Artecomo categoría a considerar. Se mantiene así dentro de las izquierdas la defensa del arte «comprometido» en tanto arte que apoya y acompaña la ideología y la acción revolucionaria sin apenas incorporar nuevos ángulos o
rupturas, salvo las teorías teatrales de un Bertolt Brecht que trata de escapar de los mecanismos de la poética de la identificación sobre la que ha venido sosteniéndose buena parte de la estética burguesa.
Pero una literatura comprometida no es exactamente,en nuestra opinión, una literatura popular ni por consiguiente una literatura que pudiéramos llamar de unidad popular capacitada para «ser poder popular». Creo que
una literatura que incorpore ese impulso revolucionario requiere hablar más de la voz del pueblo como arma de poder que de literatura comprometida con el pueblo.
En realidad hablar de «voz del pueblo» para constituirse como herramienta de emancipación debería remitir a lo que se «oye» en los niveles donde el pueblo se expresa, y no hacia una literatura a través de la cual hablarían «los
que no tienen voz», sin que esto signifique que consideremos que la literatura comprometida no deba mantener presencia y relevancia en los frentes culturales. Pero el concepto de «literatura popular» que propondríamos
sería no una «literatura contra» sino una «no-literatura»,
o por mejor decir, una «literatura fuera de la literatura»,
que recogiera aquellos modos de comunicación y expresión a través de los cuales lo popular, es decir, lo que no es institución de ningún tipo, se relaciona consigo mismopara construirse o reconocerse como Poder Popular.
Entiendo que estas propuestas sobre las que hemos
empezado a reflexionar en compañía del Colectivo
Todoazen pueden resultar al menos en teoría confusas y
nada mejor en consecuencia que acudir al ejemplo como
recurso expresivo cuando algo se resiste a ser explicado,
definido o delimitado: día a día los trabajadores de una
empresa, una oficina o una tienda se «narran» entre
sí sus vicisitudes laborales, charlas entre ellos y ellas y
dan cuenta, a modo de aviso o experiencia, de aquellas
«historias ejemplares» con las que se sienten implica-
dos y que conformaría una especie de memoria viva de
las relaciones entre trabajo y capital en esa empresa,
oficina o tienda. Historias de «A fulanito que protestó
sobre esto le pasó...», «Se hizo una huelga y nos...», «La
jefa de recursos humanos siempre dice que de acuerdo
pero nunca...», «Tú haz lo que quieras pero a tal compa-
ñera que trabajaba aquí hace unos años le hicieron...».
Esta «narrativa laboral» debería ser recopilada y dada a
conocer, es decir, debería ser publicada, hecha pública
y no sólo en el propio ámbito de la empresa sino en el
más amplio espacio de la política de lucha y combate
en cuanto que constituye un patrimonio narrativo de
especial relevancia para entender el «background narra-
tivo» casi siempre desconocido sobre el que descansa el
capitalismo. La «narrativa laboral» como ejemplo de ese
nuevo entendimiento de literatura popular, literatura
fuera de la literatura, que proponemos como tarea a rea-
lizar desde las organizaciones que sientan la necesidad
de hacer poder popular.
Historias ejemplares que no sólo tendrían como foco el espacio laboral, aun cuando le concedamos a este ámbito especial relevancia. También las «historias de
vida», el registro de aquellas vidas que han transcurrido bajo el dominio del capital y que a través de la propia autonarración acaso recogiesen, con mayor naturalidad y ejemplaridad que la retórica tradicional políticalas huellas de la inevitable humillación que ese dominio impone sobre las vidas concretas sin que, muchas veces, esto sea algo consciente para quien las padece pero que acaso, a través de la narración que emerge, sin duda se podría hacer presente. Se trataría de oír, transcribir y publicar las vidas de aquellos que han padecido el despido, el paro, el desahucio, o la historia ejemplar de la trabajadora o el trabajador ya jubilado, o la historia de aquel o aquella militante que lleva años y años participando en las organizaciones políticas revolucionarias y que a pesar de tanto cansancio siguen colaborandoactivamente. Oír las vidas del mundo del trabajo. Oír las voces de quienes esperan su cita en el ambulatorio y se desahogan contándonos su vida y padecimientos, de quienes están ingresados en un hospital y relatan sus sueños de juventud, de quienes hacen rehabilitación y recorren el curriculum de su familia, de quienes llevan a sus nietos al cole y miran hacia atrás con ira callada.
Crear todo un sistema de ediciones populares, en papel o digital, donde esas voces tengan su lugar. La «literaturaotra» como presencia y herramienta de Poder Popular.
Mientras «la literatura» no cesa de contarnos historias de héroes decepcionados nadie habla de aquellos que siguen militando. Tampoco sabemos mucho del futbolista que no triunfó, del cantante que fracasó, del nadador que no logró el record. Voces y contrahistorias de quienes en algún momento creyeron que la salvaciónera una mera cuestión de empeño y sacrificio personal.
Estas y otras muchas más historias que los medios tradicionales de producción de «literatura» no contemplan, de las que los medios de comunicación nada nos dicen.
Esos silencios que son silencios porque nadie los oye.
De vez en cuando por ejemplo, la prensa sensacionalista nos cuenta la historia de alguien al que le tocó la lotería pero nunca se nos cuenta la historia de aquellos y aquellas a los que nunca les tocó la lotería y sin embargo siguen, semana a semana, jugando y creyéndose que al fin les va a tocar y entonces podrán «empezar a vivir».
Para cuándo una novela de misterio y acaso de horror que nos cuente «la historia del jugador de lotería al quenunca le tocó la lotería». Oír y leer las vidas del común,
de «lo ordinario». Una tarea más política que cultural y que requiere voluntad, reflexión, tiempo y concreción.
Una tarea a la que prestar atención en todo proyecto de construcción de Poder Popular. Una «literatura-otra», literatura fuera de la literatura, que debe ser intendencia del combate porque en medio de la lucha (de clases) es bueno y necesario recordar sin retóricas las palabras a favor de las cuales se está luchando. A veces el mejor libro no está en una biblioteca. A veces se trata de oír,

sábado, 24 de octubre de 2026

Poeta en voz alta

 

Poeta da voz alta

Quen se eu berrase escoitaría a miña voz dende as ordes anxélicas. R. M. Rilke.


Para que os ceos te escoiten sen dúbida o primeiro é falar en voz alta, algo raro na poesía actual onde ás voces predominantes lles gusta falar en voz baixa, nun ton de segredo ou complicidade. Poesía pra cómplices e poetas que parecen desculparse por escribir poesía.

Carlos Oroza, que morreu hai moito tempo, foi un poeta de multitudes, aínda que esa multitude fora de dous. Nos seus tempos, enchía de atención e boureo salas e aulas de facultades e colexios. Mais hoxe poucos poetas temos con atrevemento, que ousen falar en voz alta, que atrevanse a dicir, a dictar. A poesía como ditadura, como unha voz que quere ser común, ser escoitada e atendida. Como voz que responde e esixe respostas porque non quere o noso silencio senón as nosas verbas e movementos . Pra falar con voz forte fai falta ter trás dun a presenza dun pobo en marcha que queira ser palabra en libertade. Por iso no é posible facelo en castelán onde o único cai detras é o mercado e por iso temos sorte en Galiza de que eiquí inda teñamos poetas sin medo, que falan en plural e non soamente pra os que tan preto. Poetas que queren que a sua voz poida ser ouvida nas ordes proletarias e celestes.



Poeta en voz alta

¿Quién, si yo gritara, escucharía mi voz desde los órdenes angélicos? R. M. Rilke.


Para que los cielos te oigan, lo primero es, sin duda, hablar en voz alta, algo poco habitual en la poesía contemporánea en castellano, donde a las voces predominantes les gusta hablar en tono bajo, con voz de secreto o complicidad. Poesía para cómplices y poetas que siempre parecen estar disculpándose de escribir poesía.

Carlos Oroza, fallecido hace ya mucho tiempo, era un poeta de multitudes, aunque esa multitud fuera de dos. En su época, llenaba las salas de conferencias y las aulas universitarias de atención y alboroto. Pero hoy en día pocos poetas tienen la audacia de hablar en voz alta, de atreverse a hablar, de dictar. La poesía como dictadura, como una voz que quiere ser voz común, ser escuchada y tenida en cuenta. Como una voz que responde y exige respuestas porque no quiere nuestro silencio, sino nuestras palabras y movimientos. Para hablar con voz firme, se necesita tener detrás la presencia de un pueblo en marcha que quiera ser palabra en libertad. Por eso no es posible hacerlo en castellano, donde lo único que hay detrás es el mercado, y por eso tenemos suerte en Galicia de seguir contando aquí con poetas sin miedo, que hablan en plural y no solo a los más cercanos. Poetas que quieren que su voz se oiga en los más altos órdenes proletarios.


viernes, 23 de octubre de 2026

CAMBIO


CAMBIO

cambio semántico, cambio de chaqueta, cambio de divisas, cambio de pareja, cambio de rumbo, cambio de género, cambio de coche, cambio de casa, cambio de sentido, cambio de rol, cambio de partido, cambio de gobierno, intercambio de silencios, cambiar de zapatos, quédate con el cambio, intercambio de impresiones, cambio de parecer, cambalache, cambio de hora, cambio de monedas, cambio de jefe, cambio de empleo, cambio de estrategia, a cambio de, larga cambiada, libre cambio, calentamiento global, a las primeras de cambio, cambio de marchas, cambio de Estado, en cambio, cambio de dueño, nada ha cambiado en estos años, cambiar de Banco, vaya cambio que ha dado, a cambio de, letra de cambio, cambio climático, efecto invernadero, calentamiento global, globalización, cambio global, en cambio, recambio