El misterio Fole
Las historias del escritor gallego Ánxel Fole se percibían como relatos de carácter popular que parecían haber sido transmitidos oralmente, elaborados con un talento especial para recrear el ritmo y la atmósfera de la narración oral, y que mostraban una sabiduría narrativa que quizá no se encuentre en ningún otro autor que escriba en gallego. El mundo de Fole se basa en la realidad, pero su realismo se asienta en lo imaginario, en lo inventivo, como a él le gustaba decir, y se sustenta únicamente en su delicado humor, una mezcla de ingenio seco e ironía comprensiva. En sus relatos crea una atmósfera de complicidad en la que el lector se deleita sumergiéndose. Creo que es en la calidad y el estilo de la escritura de sus relatos donde reside el secreto del éxito de sus cuentos populares, que van mucho más allá del costumbrismo, del mismo modo que sus incursiones en lo fantástico superan lo fantasmagórico, y sus historias humorísticas trascienden la mera diversión.
El escritor Roberto Abuín Abuin, en sus reflexiones sobre la escritura, establece una comparación entre escribir y trabajar en el huerto, azadonar o cosechar. Escribir como una forma de relacionarse con esa realidad global que llamamos naturaleza, como una manera de dejar una huella en ella. La escritura como reflejo de un modo de actuar más general, el trabajo que realizan los seres humanos y que se establece como una práctica central para abordar todos los acontecimientos y situaciones que nos rodean y en los que participamos». Escribir sería, por tanto, una forma de traducir la realidad, de dotarla de sentido al convertirla en un signo, de darle una dimensión semántica, de aportar claridad; aunque en el proceso de traducción, en el paso de un lenguaje a otro, al mismo tiempo que el signo se vuelve luz, se ilumina, Algo se pierde por el camino, dada la tensión inevitable que siempre existe entre la palabra y su significado, porque, dice Abuín, «en la propia realidad del signo ya habría un destello oscuro, una ceguera, un ocultamiento radical». El lenguaje como resplandor y oscuridad y, en la escritura de Fole, la lengua gallega como astucia, es decir, como una estrategia en la que conviven el combate y el disimulo. Una estrategia que se convierte en estilo y que adquiere forma literaria en el uso que Fole hace de la oralidad como piedra angular de la arquitectura narrativa de su obra en general, y muy especialmente en la colección de relatos que componen sus dos primeros libros: A lus do candil (1953) y Terra Brava (1956).
Ciertamente, la oralidad como recurso estilístico ya está presente en los textos que Fole comenzó a publicar en la prensa, principalmente en El Pueblo Gallego, durante los años de la Segunda República, pero será tras la Guerra Civil Española cuando este recurso se convierta no solo en el rasgo dominante de su escritura, sino que adquiera también una dimensión política y estética sorprendentemente nueva y particular, ya que a sus características literarias añadirá un eco ideológico, de carácter irónico, lo que obliga a leer a Fole desde una perspectiva inesperada, el enigma de Fole, que, en mi opinión, pone de relieve su relevancia dentro de la literatura gallega contemporánea. *
Como bien sabemos, Fole, que antes del levantamiento fascista había sido miembro del Partido Liberal Nacionalista, se siente perseguido y, con obstinación y prudencia, huye de la ciudad de Lugo, donde había vivido hasta entonces, para refugiarse, en una especie de exilio interno, con el apoyo de amigos con vínculos claros e influyentes con los «nacionales», en el espacio interior de la geografía rural de las montañas lucenses, abriendo así —como señala Claudio Rodríguez Fer— un período proteico de contacto con el mundo rural que resultaría definitivo para la creación de su obra gallega». Estas circunstancias se interpretan como «una expresión bidimensional de la sociedad gallega de la época» y como la causa del gusto y la inclinación de Fole por lo fantástico¹ «para expresar, a través de personajes de ficción, sus propios miedos con los que tuvo que convivir durante la Guerra Civil y la posterior dictadura, disfrazándolos con símbolos y metáforas para eludir la censura de la época»².
Aunque no pretendo restar mérito a esta interpretación, me parece que la transferencia mecánica que se establece entre las circunstancias personales de Fole y su escritura reduce la interpretación, el valor y la relevancia presentes en las obras a las que nos referimos y, sobre todo, parece ignorar la dimensión que conlleva el uso de la lengua gallega en aquellas circunstancias históricas, y que no puede pasarse por alto si se desea leer a Fole en su totalidad. Entiendo que, para poder apreciar la importancia de ese uso de la lengua gallega en aquel momento y en aquellas circunstancias, es necesario tener en cuenta los diferentes significados que su uso tuvo y tendrá a lo largo de la propia Historia de Galicia, pues es evidente que no es lo mismo si hablamos del gallego del Rexurdimento (un testimonio de existencia), del del grupo republicano y culto «Nos» (una reivindicación como instrumento de alta cultura), y, ya contemporáneo a Fole), el del grupo fundador de Galaxia (una estrategia de supervivencia), del mismo modo que hoy, en tiempos de búsqueda de la soberanía, el significado de su uso es muy diferente al de épocas anteriores, aunque las integre y las reivindique. Es necesario, por tanto, valorar en cada momento histórico tanto el valor de uso de la lengua gallega como su valor de cambio, es decir, su capacidad para influir e intervenir en el mercado lingüístico que la rodea. Un mercado que, en consecuencia, exige situarla en relación con el poder del castellano como lengua dominante en ese espacio lingüístico, cultural y político, en el que se integraba de forma conflictiva, desigual y objetivamente subyugada. Este exilio interno, el encuentro con esta Galicia rural y remota, supondrá para Fole no solo un redescubrimiento de la lengua gallega en su versión más cercana al habla cotidiana, sino también que la propia lengua gallega está sufriendo su propio exilio interno: como lengua rural, periférica y perseguida. Es este hecho, el encuentro de los dos exilios, el de la lengua y el de Fole, lo que hará que el uso que de ella hace el autor de *Lus do candil* dote a esa elección de un significado ideológico de enorme y significativa fuerza. La lengua gallega como rebelión. Sabemos que la lengua acoge la realidad, le brinda hospitalidad. Y precisamente así suena la lengua de Fole: hospitalidad; es una escritura hospitalaria, que da cobijo y alojamiento a una realidad sometida a la represión y a la aniquilación tácita. La lengua gallega alberga la realidad del espacio en el que existe, pero al mismo tiempo la oculta y la protege de la violencia a través de su propio uso. Es decir: que ella misma, incluso desde un punto de vista puramente defensivo, es también, a su manera, violencia. La lengua gallega como maquis lingüístico. Y la literatura de Fole, que algunos —incluidos los censores— parecen entender como mero folclore o costumbrismo, es, de hecho, resistencia, una «palabra cargada de futuro», como habría dicho Blas de Otero, otro opositor al franquismo. El gallego de Fole es una trinchera, una lengua que no se rinde. Al leer hoy esta literatura, debemos tener en cuenta su dimensión objetiva como literatura de combate en una batalla que, incluso ahora, no puede considerarse terminada. La astucia de Fole en esa batalla reside precisamente en su habilidad para revestirse, a través de la oralidad, de ese aire inocente —el pueblo como estado de inocencia— y en estar tan cerca de la naturalidad, precisamente para camuflarse en el paisaje, para convertirse en una mimesis de lo que vemos sin apenas darnos cuenta. Escribir en gallego como un silencio —una lengua a la que se le niega la existencia— es astuto, más que «silencioso»; habla, y al hablar deja constancia de una realidad negada que, no obstante, exige un futuro. Esto forma parte del misterio de Fole, de su perdurabilidad a lo largo del tiempo: su capacidad, con una apariencia de transparencia, de convertirse en ironía, el arte de decir más de lo que parece decir: lo que no se dice. Una escritura que, más allá de la propia subjetividad del autor, fue y sigue siendo un combate real y subterráneo, en territorio enemigo. La oralidad como estrategia, el uso del lenguaje popular como una jugada astuta. Escribir como quien trabaja en el huerto. Como si Fole, el exiliado, no fuera quien escribiera, sino más bien alguien que deja que la vida sencilla y cotidiana de «la buena gente» escriba a través de él. Leer a Fole es como observar a alguien —«las hierbas húmedas en sus manos»³— trabajando la tierra, ver cómo la remueven, siembra, riega, se cansa y descansa, hace una pausa, mira al cielo, escucha el canto de un pájaro, oye hablar a dos campesinos, se sienta en un campo junto a alguien que desentraña las palabras de una historia, observa cómo sopla el viento, el balanceo de las mujeres y cómo se iluminan las luces de la noche mientras se frota las manos. La escritura como trabajo y el trabajo como el proceso en el que esa separación entre materia y conciencia se vuelve imposible. Y así, la censura política y literaria pasa por alto todo ello. La vida es conflicto, lucha, y se está escribiendo; la cruda realidad se escribe, se afirma, —una pared rocosa cubierta de petroglifos— se convierte en lengua, en la lengua gallega. Eso es Fole: una lengua gallega que no muere. Un relato que nunca termina, un discurso que suena a la vez como un antiguo romance y como una intimidad colectiva en conflicto. Porque la base de la escritura de Fole es la oralidad, una escritura que parece brotar de la tierra. La escritura como expresión natural del cuerpo social, cultural y político. El acto de escribir como fenómeno natural, una naturalización que hace imposible distinguir en su escritura —aquí discrepo de Rodríguez Fer— entre una realidad material y una realidad espiritual. La escritura como trabajo y el trabajo como el proceso en el que esa separación se vuelve imposible.
Es cierto que leemos a Fole desde un punto de vista ideológico diferente al de la época en que comenzó a escribir sus primeros relatos y cuentos. Por ejemplo, el valor del gallego no es hoy el mismo que entonces. Ni su valor de uso ni su valor de cambio. Debemos recordar que en el Lugo de la inmediata posguerra, hablar gallego era, más que nada, un peligro. La paradoja es que Fole, al invertir su capital lingüístico en el mercado restringido de la lengua gallega, convierte esa fuente de peligro, la lengua gallega, en un lugar de refugio, una metáfora del ocultamiento, del esconderse.
Para mí, ese es el misterio de Fole: cómo hace de su retraimiento, de su exilio interior, al irse a vivir a los pueblos y aldeas, «abriendo así», como señala Rodríguez Fer, «un período proteico de contacto con el mundo rural», Un auténtico campo de batalla, una lucha de la que sale victorioso, como bien lo demuestra el hecho de que hoy estemos aquí celebrando su centenario y el valor de su literatura.
Fole como maestro del misterio. El misterio ya no como género literario, sino como una forma de ser y de existir en un mundo, la Galicia de la posguerra, en el que se siente amenazado. Relatos de misterio en los que el dominio técnico, el juego entre la entonación, la construcción del tiempo narrativo y el uso de un lenguaje que se convierte a la vez en materia precisa, en pura precisión y, sin embargo, en oscuridad —una oscuridad iluminadora—, conforman un cuerpo narrativo agudísimo y, al mismo tiempo, acogedor. El lenguaje como sombra necesaria para que la iluminación —es decir, la inteligencia narrativa— resulte deslumbrante. Ya sabes… no como la luz de una vela cuando se apaga, sino como la luz de la vela cuando está encendida. Luz y oscuridad. Así es la escritura de Fole. Un misterio, la lengua gallega, convertido en un milagro.
Al refugiarse en el interior de la provincia de Lugo, en las tierras de Courel, Incio o los Ancares, Fole no solo se encontrará con una lengua gallega con sus propias características sintácticas y semánticas distintivas: - Nunca fui defensor del gallego puro, sino más bien del gallego variado y rico, tal y como todavía se habla en muchas regiones —no solo eso, sino que va a vivir y convivir con una realidad rural en la que la modernidad —es decir, el capitalismo— apenas existe. El capitalismo como cultura en la que las relaciones entre las personas se rigen por la lógica (?) de «Eres lo que tienes, eres lo que vendes, eres lo que compras». Es evidente que las relaciones capitalistas ya están presentes, aunque en menor grado y siempre entremezcladas con rasgos derivados de actitudes y costumbres moldeadas por los vestigios de un mundo feudal o posfeudal, en el que la tierra —la propiedad privada— se considera menos como capital o mercancía y más como una posesión sobre la que descansa la identidad personal y social. Desde mi punto de vista, el encuentro de Fole con esa Galicia atrasada significa, en realidad, que se adentra en un espacio que bien podemos calificar de «no capitalista». Y esa circunstancia tendrá una traducción directa en su escritura, brindándole la oportunidad de dotar a su narrativa de uno de sus rasgos estilísticos fundamentales: el narrador no capitalista.
Como es bien sabido, la categoría de «narrador capitalista» y su opuesto, el «narrador no capitalista», fue desarrollada por el profesor Martín López Navia¹, quien, a partir de la diferenciación retórica que establece al distinguir entre el escritor y el autor —lo que se corresponde con el estado civil del escritor, la autoría como figura retórica que ya pertenece a la institución literaria— y el narrador como «la voz que da voz al texto narrativo» ² parte de la concepción de este último, a través de la personalización o el tropo, como un trabajador que vende su fuerza de trabajo al autor a cambio de un salario. No es este el momento de dar cuenta del corpus teórico de López Navia en toda su amplitud, basado en el intercambio de tiempos, asumido cronológicamente como una medida del acto que la escritura del texto supone para el autor y que cada lector supone o de un lector dedicado al proceso de lectura. El tiempo del lector como inversión, el tiempo del lector como gasto, y el narrador como un empleado cuyo trabajo se establece en relación precisamente con el valor del tiempo —considerado cuantitativa y cualitativamente— que la masa de lectores consume durante el proceso de lectura.
A partir de ahí, López Navia desarrolla la diferencia entre un narrador capitalista que busca, ante todo, despertar y mantener una atención del lector cuantitativamente significativa mediante el uso predominante de recursos retóricos —suspense, sensacionalismo, kitsch, etc. —de lo que denomina una estrategia de «la zanahoria y el palo»— y un narrador no capitalista cuyo papel no es obtener el mayor beneficio o plusvalía para esa autoría que, en términos monetarios, sigue siendo el centro de las ambiciones económicas del escritor.
La relación entre el autor Fole y sus narradores es, según esto, una relación laboral a través de la cual el autor contrata a un narrador —en principio, y en lo que respecta a sus dos primeras obras, podríamos decir que se trata de un prototipo de narrador único— que, como cualquier narrador, se ve obligado a firmar el contrato porque solo al aceptarlo adquiere el derecho a existir. Esa narración, de la que dependerá su derecho a existir, es el salario o «medios de subsistencia» que el autor paga al narrador, quien, inevitablemente, pondrá sus mejores habilidades narrativas al servicio de la intención que el autor decida, empleando aquellos recursos o técnicas expresivas que, aunque son medios de producción de la obra, el narrador los transformará en un texto concreto. Sin duda, el narrador no capitalista de Folé no es un narrador revolucionario: no pretende acabar con los medios de producción. Esta posibilidad, históricamente factible, implicaría «la muerte del autor» no solo en el plano retórico del que hablaba, sino en el sentido material del concepto, mediante la imposición del anonimato y la desaparición o nacionalización de los derechos de autor. Folé no mata, no dispara, no asesina al autor. No es este tipo de gesto literario el que le define, sino que recurre a una estrategia política típica de lo que socialmente entendemos como acción cooperativa, comunal y colectiva, tan natural en una sociedad rural donde ciertas tareas exigían un esfuerzo «vecinal».
1 Isolina González. Tesis doctoral.
2Idem. Bibliografía.
3Plan de huida. Alberto Lema.