NN
Entrevista
a Constantino Bértolo.
Mario
Campaña.
GUARAGUAO ∙ año 30, n.º
82-83, 2026 - págs. 271-283
Formado
en la retórica y la dialéctica, Constantino Bértolo no rehúye
ningún tema para la discusión, como verá enseguida el lector. Es
gentil, pero directo y franco. Su amplia formación es un soporte
que, sin exhibirse, dinamiza y amplía una astucia innata que alcanza
frutos intelectuales infaliblemente comprometidos con la igualdad y
la justicia. En unos cuantos días hallamos momentos para
introducirnos en un juego de amigos, de preguntas y respuestas, sin
protocolos. El resultado es el siguiente.
Pongo
por delante esta pregunta porque no quiero olvidarla, por ninguna
causa. Tengo entendido que desde que te jubilaste, o un poco después,
sueles visitar el pueblo de tu infancia. ¿A qué se debe ese
interés? ¿Qué clase de retribución recibes en esos viajes, en
esas visitas?
Bueno,
te cuento: en el 2020, en la contratapa de un libro de poesía
publicado en una editorial gallega, Chan da Pólvora, se leía
–traduzco– la siguiente nota: «En el año 2011,
Constantino Bértolo se asomó durante unos minutos al otro lado de
la muerte y a su regreso tenía el cuerpo atestado de saudades y
nostalgias. Abrió la ventana de los orígenes y se reencontró con
Tino de Féliz, el chaval que había sido, y con la lengua gallega».
En efecto, ese Tino de Féliz era yo mismo que firmaba el libro, de
título nada modesto, O Gran Poema, con el nombre con el que
era y soy conocido en mi pueblo, Navia de Suarna, allá al pie de las
montañas de Lugo. El libro, un largo poema dividido en seis cantos,
suponía efectivamente, se dice allí también, «la respiración de
un resucitado o un epitafio… Un poema de regreso y de inocencia».
Valga recordar que años antes, en el 2011, aún en tiempos de mi
actividad como editor, había sufrido un infarto que me llevó a un
más allá del que ni la nada pude experimentar.
Quizá
sea esa circunstancia la que explique, al menos en parte, la
retribución que mis viajes a los paisajes y gentes de mi infancia me
conceden. Acaso sea el mismo movimiento animal que hace que los
elefantes caminen en sus andares póstumos hacia los cementerios que
les son familiares, o acaso, y más simplemente, sea que, al alcanzar
la jubilación, las vivencias del tiempo, su disponibilidad y
finalidades se modifiquen de manera sustancial. Regreso a la
nostalgia de uno mismo, a los ecos de una lengua antigua extraviada
en el camino y a los espejos y espejismos de un paisaje, un río,
unas montañas o unas nieblas, que traducen la vana ilusión de
permanencia. Sentimentalismo cursi, en resumen; algo que odiaría en
cualquier texto propio o ajeno.
¿No
has dado paso a la pregunta por lo que no fue, la pregunta por la
vida que hubieras vivido y no viviste si en lugar de irte hubieras
permanecido junto a esa lengua, esos caminos, ese río, montaña o
nieblas, esos espejos o espejismos? ¿Cómo le hubiera ido en la vida
a ese Tino de antes? ¿Cómo crees que lo mirarías ahora si pudieras
encontrarlo?
Creo
que hubiera formado parte de ese trayecto generacional en el que
muchos de mis compañeros de infancia se ubicaron históricamente, es
decir, en alguna de las grandes oleadas de la emigración rural hacia
ciudades como Madrid, Barcelona o Bilbao. Por estadística hubiera
sido mayor la posibilidad de vivir en Cornellá o París que en
Usera. Aquellos son los años en los que la economía en crecimiento
provoca una alta movilidad social, con fuerte trasvase de población
del campo a la ciudad, que da ocasión a una posibilidad de acceso al
mundo universitario hasta entonces detentado por la burguesía o la
pequeña burguesía. En ese sentido no creo que los perfiles de mi
campo biográfico hubieran variado mucho. Mi pueblo, Navia de Suarna,
era lo que se entendía por una villa, es decir, un pequeño foco
comercial con fuerte contacto con lo rural –de ahí la presencia en
mi memoria de lo que vengo llamando «los tonos graves de la
musicalidad de la lingua gallega», que permanecieron como ecos en mi
voz–, y además mi familia en concreto no se integraba con especial
implicación en el mundo campesino. Lo que es posible es que, en
esas otras circunstancias que imaginas, mi «desclasamiento cultural»
hubiera sido menos predecible o asequible. Procuro en cualquier caso
no vivir esos regresos desde una antropología sentimental. Como
recuerda Raymond Williams en La ciudad y el campo, cuando uno ha
vivido inmerso en la cultura urbana siempre la lleva encima. Hoy, por
otra parte, cualquier vana nostalgia idílica se desvanece cuando
suena el móvil.
Ahora
sí, arranquemos. Cuando te jubilaste se te identificaba como editor
y crítico literario, alguien que había ejercido la crítica y
además intervenía directamente desde la Escuela de Letras. De tu
experiencia como editor se ha hablado mucho, y en la crítica has
seguido. Me gustaría pedirte que empieces haciendo una evocación de
la Escuela, de tu vida y empeño como maestro. ¿Cómo se gestó, por
qué se terminó y qué crees ahora que fue lo más valioso de
aquellos años, para ti y para todos los demás?
Durante
los años finales del franquismo, de 1974 a 1978, trabajé como
profesor de Lengua y Literatura Españolas en un instituto de un
barrio de trabajadores al norte de Madrid. Años en los que la
cultura, la literatura, la política y la militancia eran una misma
cosa; recuerdo aquel trabajo en la enseñanza como agotador y
tremendamente satisfactorio al mismo tiempo. Luego, diríamos, otros
menesteres y el ejercicio de la crítica literaria salieron a mi
encuentro y fue precisamente durante mis años de actividad como
crítico en el diario El País cuando, de la mano de Alejandro
Gándara y con la compañía de Juan Carlos Suñén, participé en la
«imaginación», fundación y puesta en marcha de la Escuela de
Letras. Creo que fue un gran invento, un gran acto de imaginación.
Sin tener ningún método previo en la cabeza –quizá solo con el
difuso modelo de aquella serie, Fama, que la televisión nos había
mostrado–, pero partiendo de la idea de que imaginar era pensar y
que a pensar se podía enseñar, considero que la experiencia fue muy
estimulante y provocadora tanto para nosotros como para el alumnado.
Como profesor me vi obligado a, semanalmente, ser interlocutor en voz
alta de todos y cada uno de ellos. Otra vez la inseparable suma de lo
agotador y lo desafiante a un mismo tiempo. Si vuelvo la mirada hacia
atrás pienso que, aunque Carlos Blanco Aguinaga me había enseñado
a ver lo que hay en un texto y que con Lacan aprendí a ver lo que no
hay, gracias a aquellos alumnos y alumnas comprendí que un texto es
sintaxis, es decir, el orden de un desorden, y que sin desorden
previo en el imaginar no hay texto literario. Por eso y desde
entonces digo y repito que los buenos escritores lo son porque no
saben escribir. Los que saben no escriben: redactan. La sintaxis como
acto de violencia del lenguaje llevado por su deseo de construir
significación. El mal de la Escuela, un mal que sin duda formaba
parte del bien que sin duda aportaba, era que creaba adicción. Tanto
entre alumnos como entre profesores, y esa adicción no siempre era
fácil de gestionar. A través de la escritura de alguna forma se
incidía casi inevitablemente sobre los delicados espacios,
materiales e inmateriales, de los egos, las identidades, los deseos y
las vanidades. Por decirlo de otra manera más contundente: el eje de
aquella enseñanza descansaba sobre la asunción, por parte de unos y
otros, de que el acto de escribir era un acto de soberbia. Creo que
ahí estaba, paradójicamente, una de las claves de su éxito y de su
riesgo. Digamos que la toma de conciencia de ese hecho y algunos
desencuentros personales me llevaron a alejarme de la Escuela tres
años más tarde. En cualquier caso, esas circunstancia no impiden
que recuerde aquel tiempo como un período lleno de intensidad y
aprendizaje. Al abandonar la Escuela entré ya de manera plena en el
mundo editorial.
¿Es
esa sintaxis, el orden de un desorden, lo que exploras más
concienzudamente cuando detienes la mirada en un libro como crítico
profesional? Lo señalo en el sentido en que antes se decía que se
trataba de buscar la literariedad de una obra literaria.
No,
no veo esa sintaxis como esencia o especificidad de la literatura,
aunque sí como cualidad presente en algunos de los textos que más
aprecio. Yo no sabría delimitar qué es o no es literatura. Como
crítico o editor, evidentemente, estaba y estoy obligado a saber a
qué se llama o no literatura en cada momento histórico y, en
función de eso, he tratado de intervenir –«Para entrar o salir de
la ciudad sitiada», rezaba el sintagma de Caballo de Troya, en clara
referencia a las murallas del canon y del mercado– en esa
comprensión, que no deja de ser una construcción cultural. En ese
sentido, siempre he estado más cerca de las «literaturas
postautónomas» de Josefina Ludmer que de la trascendencia de Byung
Chul Han (La salvación de lo bello), que tanto éxito tiene
entre aquellas o aquellos a quienes «lo que más les gusta de la
literatura es que les guste la Literatura».
Doce
años después de tu jubilación como editor, puede parecer difícil
atribuirte una identidad profesional: elaboras ensayos de creación;
compones antologías de doctrinas subversivas; firmas prólogos y
epílogos de clásicos de la novela o de epistolarios; participas en
traducciones; hurgas en la dinámica editorial con los autores y sus
originales… ¿Es muy arbitrario atribuirte una personalidad
intelectual unificada hasta cierto punto por la crítica literaria?
Asumiéndolo así, quisiera recordar que en 2004 publicaste un ensayo
en el que te preguntabas si la novela española de los últimos
veinte años era «una comedia ligera». Han pasado veintidós años
desde entonces. ¿Qué pregunta te harías ahora sobre el mismo
objeto, la novela española, y en particular sobre la de 2004 a 2026?
Ignacio
Echevarría, en un prólogo a la edición de El sentido del
rencor, con el que me identifico sin problemas, hablaba de lo
poliédrico como caracterización de esa multiplicidad de actividad
dentro del campo literario, a la que habría que añadir el
reencuentro con la poesía. ¡A la vejez, poemas! En octubre
aparecerá, por ejemplo, un nuevo libro, La revolución no es una
metáfora, en el que lo poético se funde con la político sin
necesidad de justificación alguna: ¡a la vejez, poemas! Aciertas
plenamente cuando observas que la crítica es el eje de mis ajetreos
intelectuales. La crítica como voluntad de intervenir en la
producción y circulación de los discursos públicos. De tener que
definirme, me definiría como crítico cultural que tiene en las
admiradas figuras de Mariátegui, Ángel Rama o Raymond Williams sus
más apreciadas referencias y guías. Sobre la novela actual me
cuesta manifestarme. Con el paso del tiempo, la novela como género
ocupa menos espacio en mis lecturas, más volcadas en la poesía o el
ensayo. Una comedia ligera, de Mendoza, a pesar de su ligereza
contenía un grado de ironía crítica que es casi imposible
encontrar en la narrativa escrita entre el 2004 y el 2026, a la que
haces referencia. Da la impresión de que la narrativa de hoy
participa sobre todo de una poética de lo noticiable, ya sea morbo,
patología, trauma o autoficción narcisista. La novela última
parece haberse incorporado sin demasiado recelo a la industria del
ocio y del entretenimiento. La narración como testimonio de la
geología de lo dado, como resistencia de materiales, no parece gozar
de mucho predicamento. Y digo resistencia de materiales como
metáfora porque el último manuscrito que ha despertado mi interés
tiene ese título. Extrañamente, creo que ha encontrado cobijo
editorial.
¿Y
cuánta presencia tiene o te gustaría que tuviese ese crítico
cultural cuando haces crítica literaria? ¿El crítico literario
debe tener en cuenta también la crítica cultural para comprender
mejor la obra sobre la que reflexiona?
Entiendo
que nadie puede ser un buen crítico literario si no es al tiempo un
crítico cultural; al fin y al cabo la literatura o es cultura o no
es nada (acaso un miembro con voz dentro de un círculo de
coleccionistas de libros, al modo de los coleccionistas de sellos o
carteles de cine). Un libro –de poesía, novela, teatro o ensayo–
es un algo dentro de otro algo –la cultura, la política, el
convivir– que lo rodea y le da significado. Pertenece, como diría
Aristóteles; es un miembro de una familia, de la familia literatura
si es el caso, entendiendo, como ya he dicho, que ese marco
categorial es un espacio lingüístico que en cada momento histórico
se delimita socialmente. El crítico, vuelvo de nuevo a Aristóteles,
tendría como función explicar la diferencia específica que esa
obra concreta introduce, si tal hecho se produce, en esa comunidad de
textos que la familia configura y, en consecuencia, la lectura que
aporta a esos otros marcos o lenguajes –la cultura, lo político–
que dentro de ella tienen existencia. Partiendo de esta poética, que
comparto, es fácil entender que el juicio crítico requiere un
conocimiento –más importante todavía: un juicio– de ese entorno
cultural y político en el que la aparición de la obra tiene lugar.
Dicho más claramente: si la crítica literaria se limita a dar
cuenta de lo que una obra concreta supone dentro de la familia
estrictamente literatura, no estaría siendo crítica literaria sino
mera filología, «crítica filológica», que sin duda tiene razón
académica de ser, pero que, a mi entender, no alcanzaría el rango
que la crítica literaria presupone. Ni que decir tiene que si la
obra no aporta diferencia específica alguna, lo que ocurre con la
mayoría de los textos, la única función de la crítica sería
poner en evidencia tal constatación. Resumiendo: o la crítica
literaria es también crítica cultural y crítica política o es
mera y simple publicidad, dicho este juicio sin olvidar que la
publicidad poco tiene de simple en nuestro mundo capitalista.
Otro
elemento que unifica tu vida pública es, sin duda, la política. No
sé si se puede decir que ese fuerte interés haya influido en tu
trabajo como editor. ¿O sí? En todo caso, he visto artículos tuyos
sobre coyunturas políticas y quisiera preguntarte si sigues afiliado
al Partido Comunista y, en el caso de que así sea, pedirte que nos
digas cuál es la propuesta más madura que puede hacer un ilustre
militante comunista como tú a la sociedad española de hoy, si acaso
un militante está autorizado a hacer este tipo de declaraciones.
Sí,
indudablemente lo político, más que la política, ocupa un lugar
con singular relieve entre mis señas de identidad. Podría casi
considerarme un hijo del 68 español, que lo hubo, que es el tiempo
de la Universidad, una época de enorme agitación en la que la
cultura, lo político y la política, en tanto espacio de acción e
intervención, formaban de una misma «esfera pública». Es a esa
identidad de inquietudes a lo que me refiero al hablar del 68.
Recuerdo casi perfectamente mi primera participación pública en un
acto cultural montado en la Facultad de Filosofía y Letras, en el
que leí unos poemas aquella misma mañana que el cantautor,
recientemente fallecido, Pablo Guerrero nos impulsaba con su Pero
tiene que llover. Es también el tiempo en el que, de la mano de
algún compañero, Rafael Chirbes por ejemplo, empiezo a interesarme
por el marxismo en aquellos encuentros semiclandestinos en los que
del Cineclub, Rocco y sus hermanos, se pasa casi sin
transición a los comentarios sobre textos de Marx, a las charlas de
Ernesto Portuondo sobre Braudel, de Gabriel Albiac sobre Althusser o
a la lectura de los primeros relatos kafkianos de Juanjo Millás. Un
totum revolutum de revueltas, amistades, libros, militancia y
afectos que entiendo dejó un fuerte sello sobre aquella generación.
En aquellas circunstancias, la entrada en el pce era algo bastante
esperable. Pasé un año en Londres y recuerdo haber coincidido en
algún acto con un tal Joaquín Sabina, quien, después de contarnos
que venía huyendo de la policía de Jaén, cantó varias canciones
de Paco Ibáñez. Les debo de dar suerte a los cantantes, porque
conocí en otros momentos a Mari Trini y recuerdo con una buena
sonrisa que, con ocasión de una entrevista en la tele para algo
literario, coincidí con los chavales de Estopa y mientras a mí me
ofrecían qué quería beber, a ellos, desconocidos totalmente en
aquel momento, se negaron a traerles nada. La vida, que da vueltas.
Volviendo a la militancia: me parece necesario añadir que desde el
Congreso de 1978, donde el pce abandonó el leninismo, me di de baja
y no volví a pedir el ingreso hasta 1994, cuando en Madrid el
partido tomó un rumbo más leninista. Actualmente me gustaría que
los comunistas procurásemos volver a ese «ser comunistas», un
concepto y una praxis que la dilución en ropajes electoralistas ha
distorsionado. Sostengo, en clara minoría, que una voz más radical,
directa y transparente respondería de modo más adecuado y eficaz a
este momento de «plusvalías absolutas» al que nos están
sometiendo.
Permíteme
que insista… ¿Qué propuesta harías tú como individuo autorizado
por tu experiencia y tus meditaciones a tus congéneres de la España
de hoy? Te confieso que a mí, viendo y escuchando a la derecha y la
izquierda del sitio en que creo estar, muchas veces me ha parecido
que a los españoles de hoy no os queda más alternativa que hacer
otro país, uno más, para que cada uno pueda vivir en el país que
desea, ya que no podéis convivir en ese país único que se conoce
con el nombre de España. ¿Estarías a favor de los dos países?
Me voy a permitir contar una pequeña historia personal. A los nueve
años mi familia emigró a Madrid. Me gustaba jugar al fútbol y
quería hacerlo bien, mi ídolo era Kubala. Un primo me dio un
consejo: «Para jugar bien hay que pensar, jugar despacio, sin
prisa», y yo intentaba ponerlo en práctica. Cuando jugaba en el
colegio de Madrid me decía «voy a jugar despacio para que cuando en
el verano vaya a Navia juegue bien». Y en Navia, cuando jugaba me
decía también lo mismo: «Voy a pensar sin prisas para jugar bien
cuando vuelva a Madrid». Nunca llegué a jugar bien. Con esto del
país creo que me pasa algo semejante. Luego estaría el lío de
definir qué es exactamente un país y qué es exactamente una
nación, pero no me voy a escapar de la pregunta haciendo filología.
Lo digo claramente: España como nación única es un imposible. Como
país no estoy tan seguro, porque existe un país, Suiza, que a mí
me vale como posible referencia de futuro. España quizá sea un país
antiguo, pero no deja de ser una nación provisional y reciente. Como
mucho, para sus orígenes, podríamos hablar de 1812 y las Cortes de
Cádiz, en las que, no lo olvidemos, también estaban representadas
«las colonias» de Ultramar. Lo que llamamos la España actual es
hija de al menos tres guerras civiles: las guerras de sucesión, con
el consiguiente centralismo borbónico; las guerras carlistas, con
las correspondiente fuerzas centrífugas; y, finalmente, la guerra
del 36, con la derrota de una República Española como proyecto
integrador. Es decir, la posibilidad de esa España como nación
única contradice nuestra propia historia. Diría que incluso
semánticamente la cosa es imposible, porque, en el supuesto de una
posible separación de Cataluña, el País Vasco y Galicia,
¿podríamos seguir diciendo España para nombrar la suma del resto
de los territorios o ese nombre sería un absurdo insostenible? Como
estoy a favor del derecho de autodeterminación, la cosa semántica
no me parece un improbable, si bien, como internacionalista y
defensor de la igualdad en las condiciones económicas del conjunto
de los trabajadores del actual Estado, seguramente, aunque en función
de la circunstancia política, no apoyaría esa decisión. Contesto
por tanto a tu pregunta: España, como «convenio colectivo», me
parece un país deseable. Como «empresa», no.
Tampoco
quisiera olvidar preguntarte sobre tus gustos y placeres como lector.
¿Qué es lo que más disfrutas de una obra literaria? ¿Y cuáles
son los autores de los llamados clásicos que se han ganado tu
devoción o mayor fidelidad?
Me
gusta, diría, aquella literatura en la que el árbol (el texto) me
deja ver el bosque (el contexto) y la tierra (el lenguaje) sobre la
que el árbol y el bosque crecen. Del lenguaje me interesa la
presencia de una sintaxis de ruptura con lo dado y lo predecible. Ese
encuentro con la violencia del lenguaje en busca de la precisión que
uno encuentra en un gran poema (Raúl Zurita, Méndez Ferrín), una
aguda pieza dramática (Bertolt Brecht), una novela plena
(Dostoievski) o incluso en algún ensayo insólito (Sánchez
Ferlosio). Últimamente –y pienso que por una casuística en la que
la edad (las expectativas de esa narración llamada vida que a uno le
quedan por delante) tiene mucho que ver–, me cuesta asomarme a la
novela como género. Me mantengo más atento a la poesía (Lupe
Gómez) y al ensayo cultural o político (Didi-Huberman). Si hay que
hablar de clásicos, Garcilaso me sigue pareciendo la hostia. La
transformación que introdujo el endecasílabo en el oído del
castellano me parece algo memorable, un cambio radical y generoso en
los modos de producción del sentir. Como contraste, es un poco
terrible ver el uso bronco y matón del octosílabo con que en Vox y
el pp envuelven su idea de España. Un poquito de endecasílabo no
les vendría mal. Entre los clásicos, y sin olvidar esa narración
tan enorme e inaugural que suponen los Ensayos de Montaigne, quizá
los mejores ejemplos de novela «exacta» me siguen pareciendo La
educación sentimental, de Flaubert, o Ana Karenina, de Tolstoi. Pero
siempre he disfrutado mucho leyendo las novelas de Thomas Hardy,
Baroja, Max Aub, Pérez de Ayala, Carmen Laforet o Armando López
Salinas. Y como no soy partidario de mirar hacia atrás sin ira, los
textos de SaintJust o Robespierre me parecen imprescindibles.
¿No
te parece que a Robespierre le faltó concisión tanto en sus
decisiones políticas como en sus discursos? Si lo comparas con
Maquiavelo, por ejemplo, ¿no crees que el pensador renacentista
aventaja a uno de los más influyentes fundadores de nuestra
modernidad?
A
su modo creo que de cada uno de ellos podría decirse que fueron
fundadores de nuestra modernidad. Pienso que Maquiavelo, testigo de
la agonía de los feudalismos cortesanos y del surgimiento de las
burguesías económicas, vislumbró en efecto «la sintaxis» de la
modernidad en la que llevamos viviendo siglos, con la Revolución
francesa incluida. Sintaxis burguesa en definitiva: las luchas en el
interior de la nueva clase dominante por el control de las
plusvalías. En Robespierre, sin embargo, yo veo la intuición de una
sintaxis revolucionaria. Robespierre es la lucha en el interior de la
propia revolución, la revolución en lucha con la revolución. Una
dialéctica revolucionaria inevitable. Se dice mucho eso de que la
revolución devora a sus hijos. Y no. Lo que las revoluciones
devoran, vale esto también por supuesto para la soviética, es a los
hermanos y cuñados, es decir, a los y a las que discuten
cainitamente sobre la herencia. Robespierre se adelanta a su propia
revolución y por eso lo matan «sus iguales», y por eso me sigue
pareciendo que su pensamiento nos orienta hacia un adelante que
todavía no se ha cumplido: el comunismo como exigencia de la razón.
La diosa Razón, que no es la diosa Ganancia que hoy está en los
altares. Y sí, a Robespierre quizá le sobraron palabras y le
faltaron decisiones. Aunque, al parecer, sus enemigos, antes de la
guillotina, le pegaron el tiro en la boca por miedo a sus palabras.
Para
terminar, por el momento: ¿qué reflexiones o reacciones te inspira
ese famoso verso de Mallarmé que dice que ningún golpe de dados
abolirá el azar? ¿Qué sentidos le atribuyes?
Siempre me ha parecido un
misterio insondable la significación de ese verso. La interpretación
dominante es que la realización concreta de lo posible no determina
que otros posibles no hayan podido producirse o vayan a hacerlo. Algo
así como el principio de incertidumbre de Heisenberg: que el gato
esté vivo no convierte en necesario el que no esté muerto. A mí
esta interpretación «cuántica» me parece brillante pero no me
acaba de satisfacer. Recuerdo que cuando leí El azar y la
necesidad, aquel libro de Jacques Monod, que en los años setenta
provocó ciertas inquietudes en el marxismo más hegeliano, el papel
del azar en nuestra relación con la realidad me pareció
apabullante. ¿Quien no ha tenido la experiencia concreta de que el
encuentro casual con una persona determinara alguna toma de decisión
que acabaría ocupando un lugar insoslayable en su trayectoria vital
o intelectual? Que tire la primera piedra aquel cuyo destino,
diríamos, no haya tropezado con el azar en algún momento de su
vida. ¿Cuándo, cómo y por qué, por ejemplo, el entrevistador y el
entrevistado nos hemos conocido? Pero también en aquel libro se
hacía evidente que la necesidad era un espacio que acotaba las
posibilidades del azar, y eso ya no entraba en contradicción con el
ser social que todos somos y que, en última instancia, delimita las
posibilidades concretas del azar. En otras palabras: el azar me
parece menos azaroso de lo que podría desprenderse del verso de
Mallarmé: dime cuál es tu sueldo y te diré qué posibilidades
tienes de encontrarte tomando cervezas con la hija de Amancio Ortega.
Dicho
esto, lo que también me parece innegable es el papel relevante del
azar en nuestra vida cotidiana. Si en mi primer día en la Facultad
de Filosofía y Letras no me hubiera sentado al lado de aquel amigo
concreto que acabaría presentándome a mi maestro Carlos Blanco
Aguinaga, casi seguro que mi trayecto e identidad como crítico o
editor no serían los que fueron, pero cabe también preguntarse si
acaso la ubicación del asiento elegido fue solo cosa del azar o
intervino, igualmente, la lectura previa de aquel espacio y de los
códigos que sin duda iban a influir en esa elección: ¿sentarse
delante?, ¿detrás?, ¿en un lado? Como diría Montaigne: «Todo
movimiento nos delata». Por otro lado, concedo además al azar una
alta competencia para introducir las convenientes dosis de humildad a
la hora de la valorar las circunstancias propias y ajenas. Las
relaciones entre el azar y el mérito deberían rebajar soberbias y
vanidades. El azar y sus relaciones con «lo desconocido» me parecen
motivo más que suficiente para cuestionar también el papel del
saber en cuanto concepto «superior». Saber mucho, a veces, impide
descubrir lo que no se sabe. El conocimiento, que suele conllevar
soberbia, puede producir ceguera o recelo ante lo desconocido. El
azar ayuda a la humildad, a «saber saber», que es algo muy difícil
de lograr. Por eso en las entrevistas de trabajo sería bueno que se
presentase el anticurrículum: con los datos de lo que no sabes pero
querrías aprender. En las entrevistas de trabajo o en entrevistas
como esta. Disculpen si no lo he logrado.