lunes, 14 de septiembre de 2026

Necro-lógicas

 

Necrologiza, que algo queda.


Y si miras hacia atrás sólo verás esquelas en el mar.

Aquellos tiempos periodísticos en que al más maula de la redacción se le encargaba escribir las necrológicas, han pasado a mejor vida. El género, antaño arrinconado y desagradecido, hijo espurio de la rentable esquela,  ha cobrado en los últimos tiempos un auge sorprendente: mucho espacio, buena maqueta, bien ilustrado y a ser posible firmado por nombres con cierto renombre. Sin duda son hoy una de las secciones más leídas de los diarios y casi cabe afirmar que, en tiempos donde gran parte de las páginas de la mayoría de ellos parecen estar ocupadas por la propaganda, la promoción y la publicidad mercantil o ideológica, quisieran ser uno de los pocos espacios donde sobrevive la vieja tarea de dar información. Lee uno muchas de esas necrológicas que dan cuenta del fallecimiento de alguien que no le suena de nada y, a tenor de lo en ella se lee, el finado ha desempeñado tan señero lugar en la vida social, política o cultural que lo que no se acaba de entender es cómo hasta ese momento de lo fatal el periódico jamás se había ocupado de dar noticia y relieve a ninguno de sus actos, opiniones o teorías. Ya se sabía aquello de cuánta gente se está muriendo que no se había muerto antes, pero lo que es nuevo es cuanta gente importante se ha muerto sin que en vida se les concediera importancia.



El muerto al hoyo y el vivo al bollo.



Claro que la poética de aquellas antiguas, discretas, impersonales y anónimas necrológicas poco tienen que ver con la hoy dominante. En este campo puede hablarse de la necrológica postmoderna como un nuevo género literario en el que es fácil señalar  rasgos que afectan tanto al necrologizador como al necrologizado. Ahora de lo que se trata es de chupar cámara a costa del cadáver. De obituario impersonal  con trazos de síntesis o recuento final se ha pasado a la más autosatisfecha subjetividad y al despliegue del exhibicionismo narcisista del firmante, que en la mayoría de los casos se reclama buen conocedor y fiel amigo del finado, dando suelta a sus veleidades literarias mientras utiliza la figura del muerto para, con descaro, introducir de contrabando su propio encomio por más que el tráfico clandestino de cadáveres sea delito contemplado en nuestro código penal: Ejemplo:“Leía (leíamos) sobre todo literatura y algunos ensayos, másde autores españoles (sobre todo, claro está, Ortega y Unamuno) que de extranjeros”. Claro está.
Vale constatar también que en el nuevo formato el muerto es tratado como un muerto postmoderno, más pretexto que texto, y por tanto en su retrato, además de los obligados y paternalistas tópicos sobre sus humanas y humanistas virtudes ( Ejemplo: “Estudió Derecho en la Universidad Complutense de Madrid, trabajando al mismo tiempo en el modesto despacho de pan que su familia tenía en la avenida de Felipe II, el escenario añorado de sus juegos infantiles”), está permitido saltarse las, al parecer, ya superadas fronteras entre la realidad y la ficción, entre el conocimiento y la suposición y, puesto que se trata de entonar el autoelogio, nada mejor que elucubrar al por mayor cuando por los motivos que sea algún aspecto de la realidad del necrologizado pueda manchar con algún borrón el ataúd semántico sobre el que el firmante estira su estatura. Que el fallecido fue un marxista, pues nada, se pone en duda su condición de tal “entre los muchos libros que devoraba y que eran el tema habitual de nuestra conversación, no figuraba ninguno que hubiera podido introducirlo en el pensamiento marxista”; que lamentablemente fue comunista y militante del partido comunista, pues juicio temerario al canto en plan perdonamuertes: “Creyó que el comunismo era el camino para liberar al proletariado de sus cadenas (…) Seguramente, como toda fe, religiosa o secular, también la suya estaría llena de dudas y supongo que la perdió por completo en 1989, o quizá mucho antes; nunca hablamos de ello”.
Muerte a muerte, necrológica tras necrológica, nos están reescribiendo la historia. Los exministros de Franco devienen en liberales reprimidos; los comunistas que se enfrentaron a la dictadura ven ninguneada su militancia si no dejaron de serlo o son tratados con generosa comprensión si en algún momento, camino de Bruselas, se subieron al caballo de la fe socialdemócrata; los que se lavaron las manos son exaltados por prudentes; los especuladores de la postguerra son celebrados como capitanes de empresa. El cementerio como finca a cultivar y los epitafios como medallas que el enterrador se cuelga en su pecho. Y el duelo como inversión mediática.


El desnecrologizador que te desnecronologice buen desnecrologinizador será.



Es difícil fechar la aparición de la necrológica postmoderna. Algunos teóricos se refieren a la muerte del Conde de Barcelona como momento en que la entrada de la fábula en el género, transfigurando al pretendiente que en ocasión propicia solicitó del General Franco combatir en su levantamiento anticonstitucional contra la República, en primer rey “in pectore”de la democracia, dio lugar a su mutación. Otros creen ver su consagración en la sangría hagiográfica originada por el deceso de Jesús (de) Polanco. No falta quién piensa que “arrimar el ascua a tu sardina” es cosa de siempre y que ya Pablo de Tarso puso en práctica. De lo que no cabe duda es de que en el diario El País del pasado de hace ya uns cuantos años, y a propósito de la muerte del abogado comunista Manuel López López se pudo leer con rúbrica de Francisco Rubio Llorente, presidente del Consejo de Estado, una pieza ejemplar por su catadura y deshonestidad
intelectual, impropia, por decirlo educadamente, de quién detenta una representación institucional. A ella pertenecen las citas que ilustran este texto. Quizá Garzón debería intervenir cuando se nos expolia la Memoria del Presente.


¡Que dios nos coja ya necrologizados!


domingo, 13 de septiembre de 2026

Literatura y objetivos

 

Literatura y objetivos.



La literatura no necesita grandes palabras, necesita objetivos. Los objetivos destejen las redes de sentido que naturalizan las palabras y las historias con las que se teje la imaginación social hegemónica, es decir, la imaginación y la literatura capitalista. Y al tiempo, los objetivos, dibujan el espacio semántico al que aspira el movimiento de emancipación que lucha contra la propiedad privada de los medios de producción y muy especialmente los medios de producción de los imaginarios individuales y colectivos, la producción de necesidades, de miedos y deseos, de horizontes, esperanzas y renuncias. Pero, los objetivos son, además, herramientas de trabajo socio-político que la literatura necesita si pretende ser algo más que divertidos o virtuosos juegos de palabras. Como escribe Aurelio Sainz Pezonaga - http://www.rebelion.org/noticia.php?id=167733 - las historias que la literatura transportan son instrumentos de medición de los efectos de poder social que producen los medios de comunicación dominantes. Son.o mejor, pueden ser, herramientas para desbrozar un camino que no está señalizado. Y, sobre todo, son dispositivos que propician nuevas relaciones de los hombres y las mujeres con la realidad y las palabras que la nombran y construyen.
Muchas veces, esas herramientas –
la novela, la poesía, el teatro- son prestadas, han sido diseñadas para otros usos y con otros objetivos: la autocelebración humanista de la burguesía como clase que se siente clase universal. Pero el movimiento de emancipación (ssocial y estética) tiene que reutilizarlas, dotándolas de una nueva función – agitación, sabotaje y propaganda- para poder alcanzar los objetivos propuestos. Y teniendo en cuenta además que generalmente son herramientas tácticas y provisionales que habrán de ser abandonadas en el momento en que ya no sirvan para ir más lejos.


viernes, 11 de septiembre de 2026

Ficción y Mentira

 

Ficción y mentira. Una crítica


Hace ya un tiempo el ensayista José Luis Pardo llamaba la atención, en una tribuna titulada BASADO EN HECHOS REALES, sobre la presunción de que el añadir a una ficción la coletilla de “basada en hechos reales” le confería un valor positivo, un plus, lo que a su entender debería entenderse como un signo de “el descrédito de la ficción” en tanto que esta requeriría de esos “hechos reales” para legitimarse. Pardo ve esto como una posible señal de que algunos narradores han decidido “tomar un atajo que les libere de las duras exigencias del oficio de construir narraciones creíbles” Para el ensayista el recurso a los “hechos reales” proviene del carácter intimidatorio que ostentan los sucesos históricos “por el miserable motivo de haber ocurrido de manera patente y fatal. En resumen Pardo venía a decir que este tipo de ficciones confirmarían lo que llamaríamos “el ya lo decía yo”, trasmitiendo así un mensaje conservador y autogratificante.

Y traigo a colación esta cuestión no para discutir, discrepar o matizar las afirmaciones o sospechas del ensayista sino simplemente para situar ¿Quién mató a Rosendo? de Rodolfo Walhs, en un presente literario en el que voces con relevancia mediática – lo que no es decir mucho pero tampoco poco – han proclamado libros como Anatomía de un instante o El impostor de Javier Cercas como una de las cimas de esa literatura que se dice posmoderna y en la que las fronteras entre la ficción y la no ficción parecen desvanecerse. Una literatura que parece haber cuadrado el círculo y logrado estar en misa y repicando rompiendo así aquella clave aristotélica sobre Historia y Poesía, es decir, dando si hace falta al Cesar lo que es de Dios y a Dios lo que es del Cesar.

Aun no aceptando la visión de Pardo, sí confieso mi desconfianza ante una formula narrativa que permite saltarse la responsabilidad que a mi parecer exige tanto la escritura de ficción como la escritura de Historia. Porque lo que me parece mal es el recurrir a una u otra legitimidad según convenga: ¡oiga qué esto es ficción! ¡oiga que esto es historia!, evitando así cualquier respuesta discrepante, cualquier interlocución.

Creo que de esta trampa, de esta comodidad, de esta patente de corso sólo se puede salir si el narrador acude a un imaginar honesto y renuncia a un fantasear agradecido. Tema este sobre el que Rafael Reig suele disertar con acierto. Y ¿a qué llamo imaginar honesto?: pues al que no nos vende gato por perro: si es gato el maullido es honesto pero si es perro los maullidos no vienen a cuento. Imaginar, como un deducir narrativo legitimado por las propias bases desde las que se trabaja narrativamente, es decir, una imaginación disciplinada.

Esta es la virtud que se encuentra en la escritura de Rodolfo Walsh al igual por ejemplo que en las novelas del austriaco Erick Halk, autor que a mi entender pertenece y continua su estirpe.

En estos casos la satisfacción del lector basada en “ya lo decía yo” no sólo no se cumple sino que se quiebra porque ese imaginar honesto lo que construye y al construir desvela no son “hechos reales” sino “hechos irreales”, aquellos que hasta el momento narrativo que los pone en evidencia no existían por permanecer ocultos, oscurecidos, soterrados. Sus libros convierten en verosímil lo que hasta ese momento era inverosímil.

Lo que Walsh hace, es ampliar la verosimilitud narrativa frente a la verosimilitud dominante. La verosimilitud no es un concepto literario en stricto sensu sino un desprendimiento ideológico que tienes sus reglas en el la realidad construida socialmente, en la correlación de fuerzas sociales, en la lucha de clases si me permiten. Y la narrativa interviene en la construcción de lo verosímil, es más, entiendo que esa es su función más destacada.

Veamos por ejemplo que sucede con una novela que cabe entender como la contracara de este ¿Quién mató a Rosendo, publicada como recordarán 1977. Me refiero a ¿Quién mató a Palomino Molero? del ínclito Mario Vargas Llosa publicado en 1986. Entiendo que la coincidencia de los títulos no es mera casualidad. Vargas Llosa sabe bien al elegirlo que en el campo literario y político de Latinoamérica el libro de Wallsh es una referencia común y si elige resituar el título es porque su novela se presenta como un ataque frontal a todo un sistema de verosimilitud proponiendo uno nuevo.

La novela de Vargas Llosa como recordarán, cuenta la historia del cruel asesinato de un pobre cholo, soldado en una guarnición militar, cuya investigación recaerá sobre el escéptico pero honrado (el escepticismo como única honradez posible) teniente Silva y su Watson correspondiente: el soldado Lituma (paradigma de una mente popular, sana).

Lo que Vargas Llosa propone es una verosimilitud que abandona lo político para asentarse en lo privado: donde ustedes ven política, yo veo psicología. No es que esto sea algo nuevo en la obra de Vargas Llosa: al fin y al cabo ya en Conversaciones en La Catedral lo psicológico en clave patología estaba presente aunque no de forma tan absoluta como en esta obra que, entendemos, marca el claro giro hacia la derecha de su autor.

La verosimilitud de Walsh es otra, afincada en la constatación de que las relaciones sociales son la urdimbre donde se producen las relaciones personales, individuales, subjetivas.

Toda Retórica, toda poética, toda verosimilitud se nutre y crece sobre una forma determinada de ser y estar en el mundo. La poética de Walsh no es hoy una poética dominante por lo que cabe preguntarse a qué se debe la buena recepción que han tenido ultimamente sus escritos y de manera especial Operación Masacre y este¿Quién mató a Rosendo?

A esta cuestión se puede responder desde dos ángulos bien distintos. Uno optimista y otro pesimista. El pesimismo nos diría que la atención prestada a Walsh viene dada por un lado por el narcisismo del cuerpo periodístico que al celebrar a Walsh quizá pretenden legitimar lo que el periodismo ya no es en función de lo que el periodismo pudo o podría ser y por otro tal aceptación respondería además a esa tradición ideológica a la que le encanta celebrar como nostalgia el fracaso de las opciones revolucionarias: ese mecanismo que permite homologar al Ché derrotado y crucificado y expulsar al Ché que tomó el poder y lo hizo efectivo sobre los paredones de La Cabaña.

Desde el optimismo se plantearía que el éxito de la recuperación de Walsh está indicando que el deseo de verdad sigue estando presente en la sociedad y que esta evidencia debería orientar el tono y las estrategias de aquellas fuerzas que siguen apostando por la transformación revolucionaria de los actuales parámetros socioeconómicos. Esta sería una lectura optimista aunque sin exceso pues no parece que sea verdad lo que falta sino saber el qué hacer con esa verdad. Lo que parece evidente que estamos en tiempos donde la verosimilitud de Walsh permite denunciar las patrañas de aquellas otras que defienden la necesidad del reformismo más prudente y huyen como del diablo de cualquier cosa que suene a ruptura.

MISERIAS NARRATIVAS

 

Escribía Benjamin lo siguiente: “la Nueva Objetividad ha hecho de la lucha contra la miseria, a su vez, un objeto de consumo”. Hacer de la corrupción un objeto de consumo, una moda, ésa podría ser otra descripción de algunas de las últimas tendencia narrativas. Se trataría de un abastecimiento de imágenes que no aportan ninguna transformación, “es —tomando a Benjamin— un procedimiento criticable aunque los materiales de que se abastece parezcan de naturaleza revolucionaria”.

lunes, 7 de septiembre de 2026

AMOR /ODIO

 


Amar es “ser en el otro”, es decir, la aceptación de no ser.


Y por eso el amor es una inteligencia insoportable.


Una persona inteligente que ama, en algún momento de intensidad, próximo o distante del inicio, odia al ser amado


Una persona inteligente que es amado, en mayor o menor grado mayor , odia a quien lo ama.


Las buenas novelas de amor, hay pocas, tratan de narrar eso: el desencuentro entre la inteligencia y el amor.


El desprecio de Alberto Moravia.