Necrologiza, que algo
queda.
Y
si miras hacia atrás sólo verás esquelas en el mar.
Aquellos
tiempos periodísticos en que al más maula de la redacción se le
encargaba escribir las necrológicas, han pasado a mejor vida. El
género, antaño arrinconado y desagradecido, hijo espurio de la
rentable esquela, ha cobrado en los últimos tiempos un auge
sorprendente: mucho espacio, buena maqueta, bien ilustrado y a ser
posible firmado por nombres con cierto renombre. Sin duda son hoy
una de las secciones más leídas de los diarios y casi cabe afirmar
que, en tiempos donde gran parte de las páginas de la mayoría de
ellos parecen estar ocupadas por la propaganda, la promoción y la
publicidad mercantil o ideológica, quisieran ser uno de los pocos
espacios donde sobrevive la vieja tarea de dar información. Lee uno
muchas de esas necrológicas que dan cuenta del fallecimiento de
alguien que no le suena de nada y, a tenor de lo en ella se lee, el
finado ha desempeñado tan señero lugar en la vida social, política
o cultural que lo que no se acaba de entender es cómo hasta ese
momento de lo fatal el periódico jamás se había ocupado de dar
noticia y relieve a ninguno de sus actos, opiniones o teorías. Ya se
sabía aquello de cuánta gente se está muriendo que no se había
muerto antes, pero lo que es nuevo es cuanta gente importante se ha
muerto sin que en vida se les concediera importancia.
El
muerto al hoyo y el vivo al bollo.
Claro
que la poética de aquellas antiguas, discretas, impersonales y
anónimas necrológicas poco tienen que ver con la hoy dominante. En
este campo puede hablarse de la necrológica postmoderna como un
nuevo género literario en el que es fácil señalar rasgos que
afectan tanto al necrologizador como al necrologizado. Ahora de lo
que se trata es de chupar cámara a costa del cadáver. De obituario
impersonal con trazos de síntesis o recuento final se ha
pasado a la más autosatisfecha subjetividad y al despliegue del
exhibicionismo narcisista del firmante, que en la mayoría de los
casos se reclama buen conocedor y fiel amigo del finado, dando suelta
a sus veleidades literarias mientras utiliza la figura del muerto
para, con descaro, introducir de contrabando su propio encomio por
más que el tráfico clandestino de cadáveres sea delito contemplado
en nuestro código penal: Ejemplo:“Leía (leíamos) sobre todo
literatura y algunos ensayos, másde autores españoles (sobre todo,
claro está, Ortega y Unamuno) que de extranjeros”. Claro
está.
Vale constatar también que en el nuevo formato el
muerto es tratado como un muerto postmoderno, más pretexto que
texto, y por tanto en su retrato, además de los obligados y
paternalistas tópicos sobre sus humanas y humanistas virtudes (
Ejemplo: “Estudió Derecho en la Universidad Complutense de
Madrid, trabajando al mismo tiempo en el modesto despacho de pan que
su familia tenía en la avenida de Felipe II, el escenario añorado
de sus juegos infantiles”), está permitido saltarse las, al
parecer, ya superadas fronteras entre la realidad y la ficción,
entre el conocimiento y la suposición y, puesto que se trata de
entonar el autoelogio, nada mejor que elucubrar al por mayor cuando
por los motivos que sea algún aspecto de la realidad del
necrologizado pueda manchar con algún borrón el ataúd semántico
sobre el que el firmante estira su estatura. Que el fallecido fue un
marxista, pues nada, se pone en duda su condición de tal “entre
los muchos libros que devoraba y que eran el tema habitual de nuestra
conversación, no figuraba ninguno que hubiera podido introducirlo en
el pensamiento marxista”; que lamentablemente fue comunista y
militante del partido comunista, pues juicio temerario al canto en
plan perdonamuertes: “Creyó que el comunismo era el camino para
liberar al proletariado de sus cadenas (…) Seguramente, como toda
fe, religiosa o secular, también la suya estaría llena de dudas y
supongo que la perdió por completo en 1989, o quizá mucho antes;
nunca hablamos de ello”.
Muerte a muerte, necrológica
tras necrológica, nos están reescribiendo la historia. Los
exministros de Franco devienen en liberales reprimidos; los
comunistas que se enfrentaron a la dictadura ven ninguneada su
militancia si no dejaron de serlo o son tratados con generosa
comprensión si en algún momento, camino de Bruselas, se subieron al
caballo de la fe socialdemócrata; los que se lavaron las manos son
exaltados por prudentes; los especuladores de la postguerra son
celebrados como capitanes de empresa. El cementerio como finca a
cultivar y los epitafios como medallas que el enterrador se cuelga en
su pecho. Y el duelo como inversión mediática.
El
desnecrologizador que te desnecronologice buen desnecrologinizador
será.
Es difícil fechar la aparición
de la necrológica postmoderna. Algunos teóricos se refieren a la
muerte del Conde de Barcelona como momento en que la entrada de la
fábula en el género, transfigurando al pretendiente que en ocasión
propicia solicitó del General Franco combatir en su levantamiento
anticonstitucional contra la República, en primer rey “in
pectore”de la democracia, dio lugar a su mutación. Otros creen ver
su consagración en la sangría hagiográfica originada por el deceso
de Jesús (de) Polanco. No falta quién piensa que “arrimar el
ascua a tu sardina” es cosa de siempre y que ya Pablo de Tarso puso
en práctica. De lo que no cabe duda es de que en el diario El País
del pasado de hace ya uns cuantos años, y a propósito de la muerte
del abogado comunista Manuel López López se pudo leer con rúbrica
de Francisco Rubio Llorente, presidente del Consejo de Estado, una
pieza ejemplar por su catadura y deshonestidad
intelectual,
impropia, por decirlo educadamente, de quién detenta una
representación institucional. A ella pertenecen las citas que
ilustran este texto. Quizá Garzón debería intervenir cuando se nos
expolia la Memoria del Presente.
¡Que dios nos coja ya necrologizados!