martes, 20 de octubre de 2026

ENTREVISTA A C. BÉRTOLO

 NN

 

Entrevista a Constantino Bértolo.


Mario Campaña.


GUARAGUAO ∙ año 30, n.º 82-83, 2026 - págs. 271-283


Formado en la retórica y la dialéctica, Constantino Bértolo no rehúye ningún tema para la discusión, como verá enseguida el lector. Es gentil, pero directo y franco. Su amplia formación es un soporte que, sin exhibirse, dinamiza y amplía una astucia innata que alcanza frutos intelectuales infaliblemente comprometidos con la igualdad y la justicia. En unos cuantos días hallamos momentos para introducirnos en un juego de amigos, de preguntas y respuestas, sin protocolos. El resultado es el siguiente.


Pongo por delante esta pregunta porque no quiero olvidarla, por ninguna causa. Tengo entendido que desde que te jubilaste, o un poco después, sueles visitar el pueblo de tu infancia. ¿A qué se debe ese interés? ¿Qué clase de retribución recibes en esos viajes, en esas visitas?

Bueno, te cuento: en el 2020, en la contratapa de un libro de poesía publicado en una editorial gallega, Chan da Pólvora, se leía –traduzco– la siguiente nota: «En el año 2011,  Constantino Bértolo se asomó durante unos minutos al otro lado de la muerte y a su regreso tenía el cuerpo atestado de saudades y nostalgias. Abrió la ventana de los orígenes y se reencontró con Tino de Féliz, el chaval que había sido, y con la lengua gallega». En efecto, ese Tino de Féliz era yo mismo que firmaba el libro, de título nada modesto, O Gran Poema, con el nombre con el que era y soy conocido en mi pueblo, Navia de Suarna, allá al pie de las montañas de Lugo. El libro, un largo poema dividido en seis cantos, suponía efectivamente, se dice allí también, «la respiración de un resucitado o un epitafio… Un poema de regreso y de inocencia». Valga recordar que años antes, en el 2011, aún en tiempos de mi actividad como editor, había sufrido un infarto que me llevó a un más allá del que ni la nada pude experimentar.

Quizá sea esa circunstancia la que explique, al menos en parte, la retribución que mis viajes a los paisajes y gentes de mi infancia me conceden. Acaso sea el mismo movimiento animal que hace que los elefantes caminen en sus andares póstumos hacia los cementerios que les son familiares, o acaso, y más simplemente, sea que, al alcanzar la jubilación, las vivencias del tiempo, su disponibilidad y finalidades se modifiquen de manera sustancial. Regreso a la nostalgia de uno mismo, a los ecos de una lengua antigua extraviada en el camino y a los espejos y espejismos de un paisaje, un río, unas montañas o unas nieblas, que traducen la vana ilusión de permanencia. Sentimentalismo cursi, en resumen; algo que odiaría en cualquier texto propio o ajeno.


¿No has dado paso a la pregunta por lo que no fue, la pregunta por la vida que hubieras vivido y no viviste si en lugar de irte hubieras permanecido junto a esa lengua, esos caminos, ese río, montaña o nieblas, esos espejos o espejismos? ¿Cómo le hubiera ido en la vida a ese Tino de antes? ¿Cómo crees que lo mirarías ahora si pudieras encontrarlo?

Creo que hubiera formado parte de ese trayecto generacional en el que muchos de mis compañeros de infancia se ubicaron históricamente, es decir, en alguna de las grandes oleadas de la emigración rural hacia ciudades como Madrid, Barcelona o Bilbao. Por estadística hubiera sido mayor la posibilidad de vivir en Cornellá o París que en Usera. Aquellos son los años en los que la economía en crecimiento provoca una alta movilidad social, con fuerte trasvase de población del campo a la ciudad, que da ocasión a una posibilidad de acceso al mundo universitario hasta entonces detentado por la burguesía o la pequeña burguesía. En ese sentido no creo que los perfiles de mi campo biográfico hubieran variado mucho. Mi pueblo, Navia de Suarna, era lo que se entendía por una villa, es decir, un pequeño foco comercial con fuerte contacto con lo rural –de ahí la presencia en mi memoria de lo que vengo llamando «los tonos graves de la musicalidad de la lingua gallega», que permanecieron como ecos en mi voz–, y además mi familia en concreto no se integraba con especial implicación en el mundo campesino. Lo que es posible es que, en esas otras circunstancias que imaginas, mi «desclasamiento cultural» hubiera sido menos predecible o asequible. Procuro en cualquier caso no vivir esos regresos desde una antropología sentimental. Como recuerda Raymond Williams en La ciudad y el campo, cuando uno ha vivido inmerso en la cultura urbana siempre la lleva encima. Hoy, por otra parte, cualquier vana nostalgia idílica se desvanece cuando suena el móvil.


Ahora sí, arranquemos. Cuando te jubilaste se te identificaba como editor y crítico literario, alguien que había ejercido la crítica y además intervenía directamente desde la Escuela de Letras. De tu experiencia como editor se ha hablado mucho, y en la crítica has seguido. Me gustaría pedirte que empieces haciendo una evocación de la Escuela, de tu vida y empeño como maestro. ¿Cómo se gestó, por qué se terminó y qué crees ahora que fue lo más valioso de aquellos años, para ti y para todos los demás?

Durante los años finales del franquismo, de 1974 a 1978, trabajé como profesor de Lengua y Literatura Españolas en un instituto de un barrio de trabajadores al norte de Madrid. Años en los que la cultura, la literatura, la política y la militancia eran una misma cosa; recuerdo aquel trabajo en la enseñanza como agotador y tremendamente satisfactorio al mismo tiempo. Luego, diríamos, otros menesteres y el ejercicio de la crítica literaria salieron a mi encuentro y fue precisamente durante mis años de actividad como crítico en el diario El País cuando, de la mano de Alejandro Gándara y con la compañía de Juan Carlos Suñén, participé en la «imaginación», fundación y puesta en marcha de la Escuela de Letras. Creo que fue un gran invento, un gran acto de imaginación. Sin tener ningún método previo en la cabeza –quizá solo con el difuso modelo de aquella serie, Fama, que la televisión nos había mostrado–, pero partiendo de la idea de que imaginar era pensar y que a pensar se podía enseñar, considero que la experiencia fue muy estimulante y provocadora tanto para nosotros como para el alumnado. Como profesor me vi obligado a, semanalmente, ser interlocutor en voz alta de todos y cada uno de ellos. Otra vez la inseparable suma de lo agotador y lo desafiante a un mismo tiempo. Si vuelvo la mirada hacia atrás pienso que, aunque Carlos Blanco Aguinaga me había enseñado a ver lo que hay en un texto y que con Lacan aprendí a ver lo que no hay, gracias a aquellos alumnos y alumnas comprendí que un texto es sintaxis, es decir, el orden de un desorden, y que sin desorden previo en el imaginar no hay texto literario. Por eso y desde entonces digo y repito que los buenos escritores lo son porque no saben escribir. Los que saben no escriben: redactan. La sintaxis como acto de violencia del lenguaje llevado por su deseo de construir significación. El mal de la Escuela, un mal que sin duda formaba parte del bien que sin duda aportaba, era que creaba adicción. Tanto entre alumnos como entre profesores, y esa adicción no siempre era fácil de gestionar. A través de la escritura de alguna forma se incidía casi inevitablemente sobre los delicados espacios, materiales e inmateriales, de los egos, las identidades, los deseos y las vanidades. Por decirlo de otra manera más contundente: el eje de aquella enseñanza descansaba sobre la asunción, por parte de unos y otros, de que el acto de escribir era un acto de soberbia. Creo que ahí estaba, paradójicamente, una de las claves de su éxito y de su riesgo. Digamos que la toma de conciencia de ese hecho y algunos desencuentros personales me llevaron a alejarme de la Escuela tres años más tarde. En cualquier caso, esas circunstancia no impiden que recuerde aquel tiempo como un período lleno de intensidad y aprendizaje. Al abandonar la Escuela entré ya de manera plena en el mundo editorial.


¿Es esa sintaxis, el orden de un desorden, lo que exploras más concienzudamente cuando detienes la mirada en un libro como crítico profesional? Lo señalo en el sentido en que antes se decía que se trataba de buscar la literariedad de una obra literaria.

No, no veo esa sintaxis como esencia o especificidad de la literatura, aunque sí como cualidad presente en algunos de los textos que más aprecio. Yo no sabría delimitar qué es o no es literatura. Como crítico o editor, evidentemente, estaba y estoy obligado a saber a qué se llama o no literatura en cada momento histórico y, en función de eso, he tratado de intervenir –«Para entrar o salir de la ciudad sitiada», rezaba el sintagma de Caballo de Troya, en clara referencia a las murallas del canon y del mercado– en esa comprensión, que no deja de ser una construcción cultural. En ese sentido, siempre he estado más cerca de las «literaturas postautónomas» de Josefina Ludmer que de la trascendencia de Byung Chul Han (La salvación de lo bello), que tanto éxito tiene entre aquellas o aquellos a quienes «lo que más les gusta de la literatura es que les guste la Literatura».


Doce años después de tu jubilación como editor, puede parecer difícil atribuirte una identidad profesional: elaboras ensayos de creación; compones antologías de doctrinas subversivas; firmas prólogos y epílogos de clásicos de la novela o de epistolarios; participas en traducciones; hurgas en la dinámica editorial con los autores y sus originales… ¿Es muy arbitrario atribuirte una personalidad intelectual unificada hasta cierto punto por la crítica literaria? Asumiéndolo así, quisiera recordar que en 2004 publicaste un ensayo en el que te preguntabas si la novela española de los últimos veinte años era «una comedia ligera». Han pasado veintidós años desde entonces. ¿Qué pregunta te harías ahora sobre el mismo objeto, la novela española, y en particular sobre la de 2004 a 2026?

Ignacio Echevarría, en un prólogo a la edición de El sentido del rencor, con el que me identifico sin problemas, hablaba de lo poliédrico como caracterización de esa multiplicidad de actividad dentro del campo literario, a la que habría que añadir el reencuentro con la poesía. ¡A la vejez, poemas! En octubre aparecerá, por ejemplo, un nuevo libro, La revolución no es una metáfora, en el que lo poético se funde con la político sin necesidad de justificación alguna: ¡a la vejez, poemas! Aciertas plenamente cuando observas que la crítica es el eje de mis ajetreos intelectuales. La crítica como voluntad de intervenir en la producción y circulación de los discursos públicos. De tener que definirme, me definiría como crítico cultural que tiene en las admiradas figuras de Mariátegui, Ángel Rama o Raymond Williams sus más apreciadas referencias y guías. Sobre la novela actual me cuesta manifestarme. Con el paso del tiempo, la novela como género ocupa menos espacio en mis lecturas, más volcadas en la poesía o el ensayo. Una comedia ligera, de Mendoza, a pesar de su ligereza contenía un grado de ironía crítica que es casi imposible encontrar en la narrativa escrita entre el 2004 y el 2026, a la que haces referencia. Da la impresión de que la narrativa de hoy participa sobre todo de una poética de lo noticiable, ya sea morbo, patología, trauma o autoficción narcisista. La novela última parece haberse incorporado sin demasiado recelo a la industria del ocio y del entretenimiento. La narración como testimonio de la geología de lo dado, como resistencia de materiales, no parece gozar de mucho predicamento. Y digo resistencia de materiales como metáfora porque el último manuscrito que ha despertado mi interés tiene ese título. Extrañamente, creo que ha encontrado cobijo editorial.


¿Y cuánta presencia tiene o te gustaría que tuviese ese crítico cultural cuando haces crítica literaria? ¿El crítico literario debe tener en cuenta también la crítica cultural para comprender mejor la obra sobre la que reflexiona?


Entiendo que nadie puede ser un buen crítico literario si no es al tiempo un crítico cultural; al fin y al cabo la literatura o es cultura o no es nada (acaso un miembro con voz dentro de un círculo de coleccionistas de libros, al modo de los coleccionistas de sellos o carteles de cine). Un libro –de poesía, novela, teatro o ensayo– es un algo dentro de otro algo –la cultura, la política, el convivir– que lo rodea y le da significado. Pertenece, como diría Aristóteles; es un miembro de una familia, de la familia literatura si es el caso, entendiendo, como ya he dicho, que ese marco categorial es un espacio lingüístico que en cada momento histórico se delimita socialmente. El crítico, vuelvo de nuevo a Aristóteles, tendría como función explicar la diferencia específica que esa obra concreta introduce, si tal hecho se produce, en esa comunidad de textos que la familia configura y, en consecuencia, la lectura que aporta a esos otros marcos o lenguajes –la cultura, lo político– que dentro de ella tienen existencia. Partiendo de esta poética, que comparto, es fácil entender que el juicio crítico requiere un conocimiento –más importante todavía: un juicio– de ese entorno cultural y político en el que la aparición de la obra tiene lugar. Dicho más claramente: si la crítica literaria se limita a dar cuenta de lo que una obra concreta supone dentro de la familia estrictamente literatura, no estaría siendo crítica literaria sino mera filología, «crítica filológica», que sin duda tiene razón académica de ser, pero que, a mi entender, no alcanzaría el rango que la crítica literaria presupone. Ni que decir tiene que si la obra no aporta diferencia específica alguna, lo que ocurre con la mayoría de los textos, la única función de la crítica sería poner en evidencia tal constatación. Resumiendo: o la crítica literaria es también crítica cultural y crítica política o es mera y simple publicidad, dicho este juicio sin olvidar que la publicidad poco tiene de simple en nuestro mundo capitalista.


Otro elemento que unifica tu vida pública es, sin duda, la política. No sé si se puede decir que ese fuerte interés haya influido en tu trabajo como editor. ¿O sí? En todo caso, he visto artículos tuyos sobre coyunturas políticas y quisiera preguntarte si sigues afiliado al Partido Comunista y, en el caso de que así sea, pedirte que nos digas cuál es la propuesta más madura que puede hacer un ilustre militante comunista como tú a la sociedad española de hoy, si acaso un militante está autorizado a hacer este tipo de declaraciones.

Sí, indudablemente lo político, más que la política, ocupa un lugar con singular relieve entre mis señas de identidad. Podría casi considerarme un hijo del 68 español, que lo hubo, que es el tiempo de la Universidad, una época de enorme agitación en la que la cultura, lo político y la política, en tanto espacio de acción e intervención, formaban de una misma «esfera pública». Es a esa identidad de inquietudes a lo que me refiero al hablar del 68. Recuerdo casi perfectamente mi primera participación pública en un acto cultural montado en la Facultad de Filosofía y Letras, en el que leí unos poemas aquella misma mañana que el cantautor, recientemente fallecido, Pablo Guerrero nos impulsaba con su Pero tiene que llover. Es también el tiempo en el que, de la mano de algún compañero, Rafael Chirbes por ejemplo, empiezo a interesarme por el marxismo en aquellos encuentros semiclandestinos en los que del Cineclub, Rocco y sus hermanos, se pasa casi sin transición a los comentarios sobre textos de Marx, a las charlas de Ernesto Portuondo sobre Braudel, de Gabriel Albiac sobre Althusser o a la lectura de los primeros relatos kafkianos de Juanjo Millás. Un totum revolutum de revueltas, amistades, libros, militancia y afectos que entiendo dejó un fuerte sello sobre aquella generación. En aquellas circunstancias, la entrada en el pce era algo bastante esperable. Pasé un año en Londres y recuerdo haber coincidido en algún acto con un tal Joaquín Sabina, quien, después de contarnos que venía huyendo de la policía de Jaén, cantó varias canciones de Paco Ibáñez. Les debo de dar suerte a los cantantes, porque conocí en otros momentos a Mari Trini y recuerdo con una buena sonrisa que, con ocasión de una entrevista en la tele para algo literario, coincidí con los chavales de Estopa y mientras a mí me ofrecían qué quería beber, a ellos, desconocidos totalmente en aquel momento, se negaron a traerles nada. La vida, que da vueltas. Volviendo a la militancia: me parece necesario añadir que desde el Congreso de 1978, donde el pce abandonó el leninismo, me di de baja y no volví a pedir el ingreso hasta 1994, cuando en Madrid el partido tomó un rumbo más leninista. Actualmente me gustaría que los comunistas procurásemos volver a ese «ser comunistas», un concepto y una praxis que la dilución en ropajes electoralistas ha distorsionado. Sostengo, en clara minoría, que una voz más radical, directa y transparente respondería de modo más adecuado y eficaz a este momento de «plusvalías absolutas» al que nos están sometiendo.


Permíteme que insista… ¿Qué propuesta harías tú como individuo autorizado por tu experiencia y tus meditaciones a tus congéneres de la España de hoy? Te confieso que a mí, viendo y escuchando a la derecha y la izquierda del sitio en que creo estar, muchas veces me ha parecido que a los españoles de hoy no os queda más alternativa que hacer otro país, uno más, para que cada uno pueda vivir en el país que desea, ya que no podéis convivir en ese país único que se conoce con el nombre de España. ¿Estarías a favor de los dos países? Me voy a permitir contar una pequeña historia personal. A los nueve años mi familia emigró a Madrid. Me gustaba jugar al fútbol y quería hacerlo bien, mi ídolo era Kubala. Un primo me dio un consejo: «Para jugar bien hay que pensar, jugar despacio, sin prisa», y yo intentaba ponerlo en práctica. Cuando jugaba en el colegio de Madrid me decía «voy a jugar despacio para que cuando en el verano vaya a Navia juegue bien». Y en Navia, cuando jugaba me decía también lo mismo: «Voy a pensar sin prisas para jugar bien cuando vuelva a Madrid». Nunca llegué a jugar bien. Con esto del país creo que me pasa algo semejante. Luego estaría el lío de definir qué es exactamente un país y qué es exactamente una nación, pero no me voy a escapar de la pregunta haciendo filología. Lo digo claramente: España como nación única es un imposible. Como país no estoy tan seguro, porque existe un país, Suiza, que a mí me vale como posible referencia de futuro. España quizá sea un país antiguo, pero no deja de ser una nación provisional y reciente. Como mucho, para sus orígenes, podríamos hablar de 1812 y las Cortes de Cádiz, en las que, no lo olvidemos, también estaban representadas «las colonias» de Ultramar. Lo que llamamos la España actual es hija de al menos tres guerras civiles: las guerras de sucesión, con el consiguiente centralismo borbónico; las guerras carlistas, con las correspondiente fuerzas centrífugas; y, finalmente, la guerra del 36, con la derrota de una República Española como proyecto integrador. Es decir, la posibilidad de esa España como nación única contradice nuestra propia historia. Diría que incluso semánticamente la cosa es imposible, porque, en el supuesto de una posible separación de Cataluña, el País Vasco y Galicia, ¿podríamos seguir diciendo España para nombrar la suma del resto de los territorios o ese nombre sería un absurdo insostenible? Como estoy a favor del derecho de autodeterminación, la cosa semántica no me parece un improbable, si bien, como internacionalista y defensor de la igualdad en las condiciones económicas del conjunto de los trabajadores del actual Estado, seguramente, aunque en función de la circunstancia política, no apoyaría esa decisión. Contesto por tanto a tu pregunta: España, como «convenio colectivo», me parece un país deseable. Como «empresa», no.


Tampoco quisiera olvidar preguntarte sobre tus gustos y placeres como lector. ¿Qué es lo que más disfrutas de una obra literaria? ¿Y cuáles son los autores de los llamados clásicos que se han ganado tu devoción o mayor fidelidad?

Me gusta, diría, aquella literatura en la que el árbol (el texto) me deja ver el bosque (el contexto) y la tierra (el lenguaje) sobre la que el árbol y el bosque crecen. Del lenguaje me interesa la presencia de una sintaxis de ruptura con lo dado y lo predecible. Ese encuentro con la violencia del lenguaje en busca de la precisión que uno encuentra en un gran poema (Raúl Zurita, Méndez Ferrín), una aguda pieza dramática (Bertolt Brecht), una novela plena (Dostoievski) o incluso en algún ensayo insólito (Sánchez Ferlosio). Últimamente –y pienso que por una casuística en la que la edad (las expectativas de esa narración llamada vida que a uno le quedan por delante) tiene mucho que ver–, me cuesta asomarme a la novela como género. Me mantengo más atento a la poesía (Lupe Gómez) y al ensayo cultural o político (Didi-Huberman). Si hay que hablar de clásicos, Garcilaso me sigue pareciendo la hostia. La transformación que introdujo el endecasílabo en el oído del castellano me parece algo memorable, un cambio radical y generoso en los modos de producción del sentir. Como contraste, es un poco terrible ver el uso bronco y matón del octosílabo con que en Vox y el pp envuelven su idea de España. Un poquito de endecasílabo no les vendría mal. Entre los clásicos, y sin olvidar esa narración tan enorme e inaugural que suponen los Ensayos de Montaigne, quizá los mejores ejemplos de novela «exacta» me siguen pareciendo La educación sentimental, de Flaubert, o Ana Karenina, de Tolstoi. Pero siempre he disfrutado mucho leyendo las novelas de Thomas Hardy, Baroja, Max Aub, Pérez de Ayala, Carmen Laforet o Armando López Salinas. Y como no soy partidario de mirar hacia atrás sin ira, los textos de SaintJust o Robespierre me parecen imprescindibles.


¿No te parece que a Robespierre le faltó concisión tanto en sus decisiones políticas como en sus discursos? Si lo comparas con Maquiavelo, por ejemplo, ¿no crees que el pensador renacentista aventaja a uno de los más influyentes fundadores de nuestra modernidad?

A su modo creo que de cada uno de ellos podría decirse que fueron fundadores de nuestra modernidad. Pienso que Maquiavelo, testigo de la agonía de los feudalismos cortesanos y del surgimiento de las burguesías económicas, vislumbró en efecto «la sintaxis» de la modernidad en la que llevamos viviendo siglos, con la Revolución francesa incluida. Sintaxis burguesa en definitiva: las luchas en el interior de la nueva clase dominante por el control de las plusvalías. En Robespierre, sin embargo, yo veo la intuición de una sintaxis revolucionaria. Robespierre es la lucha en el interior de la propia revolución, la revolución en lucha con la revolución. Una dialéctica revolucionaria inevitable. Se dice mucho eso de que la revolución devora a sus hijos. Y no. Lo que las revoluciones devoran, vale esto también por supuesto para la soviética, es a los hermanos y cuñados, es decir, a los y a las que discuten cainitamente sobre la herencia. Robespierre se adelanta a su propia revolución y por eso lo matan «sus iguales», y por eso me sigue pareciendo que su pensamiento nos orienta hacia un adelante que todavía no se ha cumplido: el comunismo como exigencia de la razón. La diosa Razón, que no es la diosa Ganancia que hoy está en los altares. Y sí, a Robespierre quizá le sobraron palabras y le faltaron decisiones. Aunque, al parecer, sus enemigos, antes de la guillotina, le pegaron el tiro en la boca por miedo a sus palabras.


Para terminar, por el momento: ¿qué reflexiones o reacciones te inspira ese famoso verso de Mallarmé que dice que ningún golpe de dados abolirá el azar? ¿Qué sentidos le atribuyes?

Siempre me ha parecido un misterio insondable la significación de ese verso. La interpretación dominante es que la realización concreta de lo posible no determina que otros posibles no hayan podido producirse o vayan a hacerlo. Algo así como el principio de incertidumbre de Heisenberg: que el gato esté vivo no convierte en necesario el que no esté muerto. A mí esta interpretación «cuántica» me parece brillante pero no me acaba de satisfacer. Recuerdo que cuando leí El azar y la necesidad, aquel libro de Jacques Monod, que en los años setenta provocó ciertas inquietudes en el marxismo más hegeliano, el papel del azar en nuestra relación con la realidad me pareció apabullante. ¿Quien no ha tenido la experiencia concreta de que el encuentro casual con una persona determinara alguna toma de decisión que acabaría ocupando un lugar insoslayable en su trayectoria vital o intelectual? Que tire la primera piedra aquel cuyo destino, diríamos, no haya tropezado con el azar en algún momento de su vida. ¿Cuándo, cómo y por qué, por ejemplo, el entrevistador y el entrevistado nos hemos conocido? Pero también en aquel libro se hacía evidente que la necesidad era un espacio que acotaba las posibilidades del azar, y eso ya no entraba en contradicción con el ser social que todos somos y que, en última instancia, delimita las posibilidades concretas del azar. En otras palabras: el azar me parece menos azaroso de lo que podría desprenderse del verso de Mallarmé: dime cuál es tu sueldo y te diré qué posibilidades tienes de encontrarte tomando cervezas con la hija de Amancio Ortega.

Dicho esto, lo que también me parece innegable es el papel relevante del azar en nuestra vida cotidiana. Si en mi primer día en la Facultad de Filosofía y Letras no me hubiera sentado al lado de aquel amigo concreto que acabaría presentándome a mi maestro Carlos Blanco Aguinaga, casi seguro que mi trayecto e identidad como crítico o editor no serían los que fueron, pero cabe también preguntarse si acaso la ubicación del asiento elegido fue solo cosa del azar o intervino, igualmente, la lectura previa de aquel espacio y de los códigos que sin duda iban a influir en esa elección: ¿sentarse delante?, ¿detrás?, ¿en un lado? Como diría Montaigne: «Todo movimiento nos delata». Por otro lado, concedo además al azar una alta competencia para introducir las convenientes dosis de humildad a la hora de la valorar las circunstancias propias y ajenas. Las relaciones entre el azar y el mérito deberían rebajar soberbias y vanidades. El azar y sus relaciones con «lo desconocido» me parecen motivo más que suficiente para cuestionar también el papel del saber en cuanto concepto «superior». Saber mucho, a veces, impide descubrir lo que no se sabe. El conocimiento, que suele conllevar soberbia, puede producir ceguera o recelo ante lo desconocido. El azar ayuda a la humildad, a «saber saber», que es algo muy difícil de lograr. Por eso en las entrevistas de trabajo sería bueno que se presentase el anticurrículum: con los datos de lo que no sabes pero querrías aprender. En las entrevistas de trabajo o en entrevistas como esta. Disculpen si no lo he logrado.

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