miércoles, 19 de marzo de 2014

POÉTICAS DE LA NARRACIÓN (5)


POÉTICAS DE LA NARRACIÓN (5)

Todo esto no significa desprecio o negación hacia el uso del yo y de la primera persona si bien incluye desconfianza acerca del abuso del yo y de los narcisismos especulares Tampoco se trata de negar que la autoobservación, más allá del inevitable exhibicionismo – repetimos: inevitable- permite calibrar la configuración de las zonas y reparticiones en los que se asienta la conciencia y la interpretación del mundo y de sus realidades. Lo que si rechazamos en la psicologización extrema de los conflictos, de la relación entre el yo y el yo, o entre el yo y los otros.
Para salir de estos pantanos parece conveniente y quizás necesario volver a la ingenua pregunta primigenia: el escritor ¿quién es?, con la correspondiente respuesta o entendimiento desde el que estás Poéticas que hemos venido desprendiendo deben ser abarcadas (o abandonadas): escritor es aquel que tiene algo que decir y no sabe cómo hacerlo. Dicho lo dicho veamos que hemos querido decir:
Aquel. No es nada sencillo determinar qué aquel es el aquel de que estamos hablando. En principio, el escritor cuenta con señas y carnet de identidad: un nombre y por consiguiente una biografía, una condición social, un género, pero bien sabemos que el castellano es revelador al respecto: no siempre el ser comprende- abarca- el estar. Borges lo señala con sutileza en su poema más marxista: “ Yo, que tantos hombres he sido, no he sido nunca aquel en cuyos brazos desfallecía de amor Matilde Urbach“. Y digo bien: poema marxista porque por una vez Don Borges abandona aquí lo intemporal para descubrir que es la situación concreta la que, al limitarnos como posibilidad, nos hace y define. El Aquel es solo aquel de un escritor cuando este se mueve en la situación de escritor que es situación - y este duele a los necesitados de trascendencia- que para tener cuerpo, volumen y consistencia necesita ser corroborada por lo Otro (el editor, la edición, la recepción, la lectura). No se entienda sin embargo que la situación “viene dada” y que por tanto lo absuelve de responsabilidad. En la situación que lo constituye como tal el escritor “responde”, es decir, se hace responsable. Veamos un ejemplo de situación que puede servirnos para aclarar o plantear espacios de comprensión de esa actividad que es el escribir: Hace años y ante el diagnóstico funesto de un cáncer de resolución mortal y en corto plazo a un viejo escritor gallego hubo de planteársele un problema de esquiva providencia. Puesto en situación fatal el escritor gallego redactó, aparte del oportuno testamento, un pliego de últimas voluntades en las que proveía petición a sus herederos para que en la lápida de su tumba ubicasen un retrato suyo tal y como venía siendo costumbre y tradición funeraria en el entorno rural de donde procedía. Sobre su mesa dispuso de tres fotografías correspondientes a “su ser” en tres momento vitales diferentes: foto de adolescente, foto de madurez, foto reciente. Es entonces cuando le surge el problema narrativo fundamental: qué retrato va a ser el que asuma para “ser” entre los otros cuando ya no esté entre ellos. El viejo escritor gallego sabe que no es él quien elige su muerte – la parte de la situación que viene dada- pero que frente a esa muerte que va a separarlo de los otros, al elegir la foto que ha de inscribirse en su tumba sí será responsable del “ese era yo” que la foto va a hacer público. Inscribir, hacer público, hablar con los que no te oyen son elementos que es fácil ver comparten esta historia y esa actividad social que supone la escritura literaria. No sabemos cuál fue la foto que finalmente nuestro personaje eligió, quizá siguiendo pautas “decimonónicas” acabaría por asumir que en la edad última están contenidas todas las edades porque “uno solo es el argumento de la vida”, pero quizá el viejo escritor se viese atravesado de inquietudes o veleidades posmodernas y decidiese que no una sino las tres fotos honrasen su lápida desde el convencimiento de que el yo es múltiple y la vida requiere fragmentación e ironía. En uno y otro caso lo la historia pone en evidencia es que “la voz propia” es siempre una voz impropia, coyuntural, construida.
Porque el escritor , al igual que el difunto escritor gallego lo hace en su tumba, “se persona” en sus textos, se hace persona en ellos, se hace máscara, instrumento de sonido, tecnología para que oigan más allá de su espacio y tiempo, más allá de la muerte y en ese sentido el escritor es un hallazgo tecnológico, la extensión técnica de una capacidad de la especie, una maquinaria, un recurso de la sociedad para hacerse memoria y tiempo. Y al igual que serán los otros los que pongan cara al muerto cuando encuentren su tumba en su cementerio galaico, serán los lectores los que den voz a la voz del que ha escrito. La voz propia es un mito del yo. La voz está en los otros. El viejo escritor sabe que “será mirado” por lo otros y en esa mirada estará su ser. De ahí que el escritor deba aprender a oírse a través de la voz de los otros.
Como el difunto, el escritor sabe que “soy en los otros”, aspira a eso, a ser en los otros y precisamente por eso su angustia no proviene de sus dudas sobre si es o no es sino si ellos, los otros, “son en él”. pues en definitiva de esa condición depende vivir - “en escritor”- en éxito o en fracaso. Llegar a ser en el ser de los otros es la ambición, el deseo, el punto de partida y el punto de llegada. Y de ahí también la tentación de tratar de garantizarse el éxito dejando que los otros escriban por ti, que escriba por ti el gusto dominante, la moda, la tendencia, la imaginación hegemónica. Como si el viejo escritor gallego hubiese sacado a consulta electoral la toma de decisión acerca de qué foto sería la más conveniente para hablarnos desde la muerte.
Seguiremos.

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