lunes, 26 de octubre de 2026

Fuera de la Literatura

 
La literatura es una aduana, un mecanismo de homologación y legitimación de los discursos, textos y palabras que tienen voluntad de hacerse públicos. Un mecanismo social, y por tanto intervenido por la clase social dominante, que detenta los medios de producción de ese constructo del lenguaje que ellos mismo definen en cada momento histórico como literatura, actuando esa definición y delimitación como mecanismos de censura.
Como nos recuerda Raymond Williams,  además de una categoría de producción, la literatura es también una categoría de uso y de condición, un modo lingüístico y un espacio en el que se agrupan aquellos hechos de lenguaje a los que se les otorga la condición o carácter de literarios, en función de que incorporen aquellos atributos que los poderes sociales que poseen los mecanismos de producción y homologación determinan en función de reglas y criterios que ellos mismos delimitan y a los que conceden carácter constituyente.
La literatura es proceso y a la vez resultado de ese
proceso que tiene su primer momento autorial en la
composición de su material lingüístico, y, que como tal y
más allá de esa autoría, atiende a las propiedades socia-
les y semiológicas del lenguaje. A ese primer momento
siguen aquellos otros procesos e instancias con que esa
composición formal ha de ser homologada y legitimada
como literatura. Proceso de producción, por tanto, que
abarca tanto la composición material, lingüística, como
su posterior publicación, circulación y consumo en el
espacio social.
En tanto territorio cultural, la literatura agrupa todos
aquellos materiales que en cada momento la sociedad
homologa como literatura, mientras que como actividad
social históricamente construida se ha venido configu-
rando alrededor de su entendimiento como forma de
expresión, dice Williams, de la más «plena, fundamen-
tal e inmediata experiencia humana», que es categoría
cuyo contenido semántico a su vez nos remite a la capa-
cidad social, de la clase dominante, para definir el sin-
tagma en sí mismo y en sus dos conceptos de experiencia
y humana. Funciona la literatura como mecanismo de
delimitación de lo humano y de ahí su papel relevante
dentro de esa área político-cultural que recibe el nombre
de humanismo, desde cuyas consideraciones se han ela-
borado y desprendido las nociones actuales de calidad
literaria, canon, obra maestra, gusto o sensibilidad, que
el propio discurso humanista impone como atributos
objetivos e inmanentes de unas «obras literarias» que,
por su propia y milagrosa inmanencia, se homologarían
a sí mismas como tales al margen de las subjetividades
personales o colectivas.
La literatura como un espacio social construido a
lo largo de un proceso histórico que ha ido definiendo
y redefiniendo categorías y criterios de producción,
identificación y acceso, y con los que inevitablemente
uno debe contar cuando, implícita o explícitamente,
se acepta que un hecho o actividad dada está inserta,
quiere insertarse o debe insertarse en ese espacio social
—lo literario— aunque se haga desde la pretensión de
enjuiciar y cuestionar o rechazar los criterios sobre los
que se sustenta ese espacio. En ese sentido y aunque
desde zonas teóricas cercanas al marxismo se propon-
gan definiciones menos inmanentes de lo literario y se
haga referencia a la literatura como materialidad del len-
guaje a través de una sociedad que se narra a sí misma,
resulta, finalmente, que quien determina esa materiali-
dad es inevitablemente la clase dominante a través de
sus sacerdotes de la semántica, la poética y la retórica.
Frente esta realidad que sitúa a la literatura como
patrimonio y posesión de la burguesía capitalista, el
proletariado revolucionario, al tiempo que iba teniendo
acceso a esa herramienta para el conocer, comunicar y
propagar qué supone la escritura y al conocimiento y
uso de los recursos y técnicas expresivas que su incor-
poración a la cultura escrita ponía a su alcance, pronto
interiorizó la importancia de producir una literatura
al servicio de la emancipación social que pudiese dar
cuenta tanto de sus condiciones para la acción como de
sus objetivos y obstáculos.
Desde esa comprensión, las organizaciones obreras
socialistas o anarquistas entendieron la necesidad de
crear sus propias escuelas y sus propios ateneos como
armas imprescindibles para su enfrentamiento con los
imaginarios que la burguesía, en su pretensión de ser la
clase universal, había venido edificando y esparciendo
a través de unos aparatos ideológicos entre los cua-
les la literatura ocupaba y ocupa un lugar relevante en
cuanto que funciona, podría decirse, como una especie
de manual de instrucciones o «argumentario» al servicio
de su visión del mundo y de las relaciones sociales. De
ahí la necesidad política para las fuerzas de la emanci-
pación de construir y propagar su propia visión e histo-
ria del mundo, es decir, su propia narración, su propia
literatura, en una situación, insistimos, en la que la cate-
goría sociocultural literatura era detentada —y lo sigue
siendo— por una burguesía que ha integrado dentro de
ella la herencia cultural que el humanismo representaba.
Esa voluntad de hacerse dueños de su propio relato
del mundo y de la vida planteaba —y creo que sigue
planteando— a los poderes populares una relevante
cuestión, teórica en principio pero, a mi entender, con
un importante alcance práctico: ¿Cómo construir una
literatura contra la clase que detenta el poder de definir
y delimitar qué es y qué no es literatura? O enunciado de
otro modo y siguiendo al gato de Alicia en el país de las
maravillas: ¿cómo conseguir un lenguaje propio y dife-
rente si el lenguaje hegemónico es propiedad del ene-
migo de clase?
Históricamente un problema semejante —la con-
veniencia de crear una «literatura» diferente a la que se
estaba produciendo de manera hegemónica—, se había
presentado a lo largo de la historia occidental al menos
en dos momentos de cambio en los que nos detendre-
mos brevemente: con la propagación del cristianismo y
con la Revolución francesa. El cristianismo, que para su
expansión por el universo romano, entendió la necesi-
dad de contar con una red de comunicación que le exi-
gía impulsar la alfabetización de, al menos, una minoría
capaz de asegurar junto a la expansión un alto nivel de
uniformidad en los mensajes y criterios de organización,
se encontró con una literatura imperial y romana carac-
terizada por la presencia de una retórica sofisticada y
rebuscada de la que trató de huir tanto porque sus adep-
tos no provenían mayoritariamente de las élites educa-
das en el uso y artes de esas retóricas como por lo que
esa diferenciación aportaría a la nueva identidad, ser
cristiano, que su prédica y fe implicaban.
Esta contradicción dio lugar, seguramente de manera
más espontánea o práctica que programada, al surgi-
miento de una «literatura cristiana» —entendiendo por
tal la práctica de la escritura y lectura que los cristianos
practicaban— en la que el alto empaque de las letras
romanas dejó su lugar a una escritura de elaboración
más simple y «menos educada» (según los patrones de
la educación romana dirigida a una clase dirigente para
la que la retórica era un instrumento de relación política
imprescindible).
Nace entonces lo que se llamó el sermo humilis, un
lenguaje de tono bajo, llano, muy accesible, pero pronto
la intelligentia cristianae, con Pablo de Tarso al frente,
comprobó que ese uso les impedía, en su camino hacia la
propagación de la fe, «conectar» con aquellos grupos de
población que ocupaban posiciones sociales o políticas
de niveles superiores obligándoles a considerar que no
podrían renunciar al uso de ese latín altamente retórico si
querían hacerse con el dominio religioso (y político) den-
tro del imperio. Desde ese momento convivieron en el
cristianismo ambas tendencias en el interior de la nueva
Iglesia: el sermo humilis que, por ejemplo, se encontraría
reflejado en el lenguaje de los evangelios o de los hechos
de los apóstoles, y la nueva retórica cristiana que las
obras de los Santos Padres o los poetas cristianos encar-
nan. Y en realidad y hasta tiempos muy recientes, hasta
el Concilio Vaticano II, la Iglesia católica no renunció al
«prestigio» y ropajes de la lengua latina en sus liturgias y
ceremonias religiosas como la misa o los Te Deum.
Pasan los siglos hasta que nos encontramos con una
burguesía en su ascenso como clase que también iba a
tropezar con la dificultad del control sobre el lenguaje y
la literatura que venía ejerciendo la maquinaria cultural
de las monarquías absolutas en compañía de las institu-
ciones religiosas con sus fuertes aparatos de educación y
propaganda (los sermones y las cátedras).
Ciertamente ya en momentos anteriores los valores
literarios de la aristocracia y las élites asociadas, que
tenían su referencia básica en las literaturas de los clá-
sicos griegos y romanos, habían sido puestos en cues-
tión por la aparición de la novela (El Quijote, la narrativa
picaresca) en cuanto género «libre», sin precedentes
clásicos relevantes, y por el auge del teatro como, avant
la lettre, medio de comunicación de masas. Valga recor-
dar como precedente al respecto a un Lope de Vega que
acepta escribir para «el vulgo» aunque ello suponga no
respetar las reglas de los clásicos. Pero el momento más
representativo de esta confrontación va a tener lugar en
el siglo siguiente y dentro de la literatura en lengua fran-
cesa. Por un lado estallará la primera de las dos famo-
sas querelles: la Querelle du Cid que toma su nombre del
drama homónimo de Corneille donde rompe con la regla
de las tres unidades que la tradición venía imponiendo,
provocando un fuerte enfrentamiento entre el autor y la
Academia de la Lengua que funciona como instancia y
portavoz de la voluntad Real.
En medio de ese combate, la lógica de la burguesía,
el beneficio económico como brújula y criterio, hace
su aparición cuando el dramaturgo, acusado de irres-
petuoso, contesta presumiendo de su éxito de público
a quienes le reprochan el uso de recursos un tanto tre-
mendistas —lo que hoy llamaríamos «efectos especia-
les»— para contar una historia que además rompe con
el decoro y el recato que la aristocracia literaria defiende
como valores literarios. Por si fuera poco la propia que-
rella significa, de facto, que el monopolio que hasta ese
momento mantenía el poder monárquico sobre la publi-
cación —el hacer públicos— los textos de toda clase pues
hasta ese momento la publicación de escritos era pre-
rrogativa real y las imprentas requerían de un permiso o
concesión. Años más tarde tiene lugar la nueva «Querella
entre los antiguos y los modernos» donde las tesis de «lo
nuevo», los aires y valores de la burguesía emergente, se
afianzan y legitiman.
Ya a finales del XVIII, una emergente generación de
ilustrados y prerrománticos pone en circulación, apo-
yándose en la novela como género que no admite reglas,
y en el libelo anónimo, toda una literatura prerrevolu-
cionaria que concentra sus ataques en clave de sátira y
libertinaje contra la aristocracia como clase decadente
e instalada en un «gusto» literario ya superado, cursi,
vacuo y hasta ridículo. En su intento de buscar fórmu-
las no impregnadas de los valores «aristocráticos», estos
escritores encuentran en la ruptura de los límites del
decoro, en el libertinaje moral y en la literatura erótica,
su modo de intentar encontrar una literatura propia,
fuera de los prejuicios literarios neoclásicos. Esos serán
logros parciales que permiten que aflore a corto plazo
una literatura no sujeta a la moral más conservadora y
rancia, aunque una vez que la nueva clase se instala en el
poder político se producirá una «restauración cultural»,
un pacto con los antiguos valores que la burguesía, en
su pretensión de ser aceptada como clase universal, va
a asumir otorgando ahora a la literatura la categoría de
marco neutral y dotado de una autonomía extrema que
viene a defender la absoluta independencia entre la vida
social y la literatura, y abandonando aquella antigua pre-
tensión de crear una literatura que fuera alternativa a la
«aristocrática» y que si bien y frente a la poesía que hasta
ese momento y al menos desde el Renacimiento se había
construido como género mayor, dejará su huella más
relevante en la consagración y auge de la novela como
género hegemónico.
El siglo XIX significa el asentamiento del capitalismo y
por consiguiente la lucha de clases como geología sobre
la que la historia y la cultura tienen lugar. Las fuerzas
sociales que acompañaban al proletariado en su lucha
contra el capitalismo y la clase burguesa, le van a con-
ceder a la cultura, como ya hemos comentado, enorme
relieve y atención. Hay tanto en el marxismo como en
el anarquismo un afán pedagógico que presupone y
necesita toda una literatura con capacidad de mover
conciencias, señalar causas y efectos, y urgir a la acción
revolucionaria. Creo que podríamos considerar que en
general la conciencia cultural proletaria no cuestionó
los valores de la cultura humanista que la burguesía
utilizaba en clave de clase superior, sino que se planteó
ante todo y como objetivo prioritario su reutilización en
favor de la emancipación, propiciando una literatura
que diera protagonismo a los problemas del sujeto revo-
lucionario —fundamentalmente la clase obrera— en
tanto clase explotada, es decir, una literatura inclinada
a sustituir el protagonismo del mundo burgués por un
paisaje literario en el que el proletariado cobrara dimen-
sión protagonista. Una actitud bienintencionada y que
aún hoy podemos encontrar en esa «caridad literaria»
que tanto escritor sentimental utiliza como moneda de
cambio jugando a revestirse de «literatura social».
Por otro lado la estrategia literaria, la poética, que
debería acompañar a este objetivo, más que provocar
reflexión sobre la necesidad de encontrar nuevos len-
guajes y estructuras de comunicación se inclinaba hacia
unos tratamientos en un registro melodramático casi
siempre, idílico muchas veces o tremendista otras, que
en la narrativa —que también acepta como género mayo-
ritario— no logra ir más allá de esa sustitución del héroe
burgués por un héroe proletario o «pobre», voluntarioso,
abnegado y casi siempre —o siempre— fracasado en
sus esfuerzos. Se busca en estos códigos encontrar una
comunicación accesible a las nuevas capas del proleta-
riado recién alfabetizado pero que no deja de sentirse
atraído con el mundo moral del folletín o las novelas de
misterio. Es el momento de la novela social, que eviden-
temente cumple un papel testimonial e incluso pedagó-
gico de valor estimable en sus mejores momentos, pero
que no deja de traducir un aire idealista e ingenuo.
Quizá lo más singular y llamativo de ese primer
momento de la emancipación revolucionaria sea «la
sacralización» de la cultura que la clase obrera en buena
parte interioriza dando lugar a un predicado y programa
político que parece asentarse sobre la propuesta de que
la cultura sólo será cultura plena, es decir, Kultur, cuando
el proletariado la asuma hegemónicamente.
El único momento de quiebra de esta consigna cultural que las izquierdas revolucionarias hacen suya tendrá lugar, precisamente, en el momento que por primeravez el proletariado se hace con el poder, es decir, con la propiedad de los medios de producción y es posible por tanto, ahora sí, al poder actuar sobre todo el proceso de producción de cultura o literatura, construir una «literatura-otra» que integrase y fuera consecuencia de los nuevos valores surgidos durante el proceso revolucionario. La revolución como proceso, la cultura (la literatura) como proceso revolucionario en el que hasta «el asalto a la imaginación», es decir, la posibilidad de elaborar una imaginación propia, revolucionaria, se planteaba como viable.
Llevados por el impulso de la revolución los nuevos propietarios de los medios de producción de esa categoría mayor que nombramos como Arte y por consiguiente
de categorías que la acompañan como literatura, pintura o música, llevaron en algunos casos hasta el extremo la ocasión histórica de ruptura total con la tradición literaria burguesa negando —en el caso de grupos de vanguardia como Proletkult— justamente la conveniencia de trabajar con tales categorías dentro de una praxis
revolucionaria.
En el contexto de la institucionalización del Estadosoviético se impondrían sin embargo aquellas teorías o doctrinas que entendían que la revolución en el campo artístico debía incorporar en su quehacer toda la herencia del pasado transformando, eso sí, de modo radical sus objetivos pero sin cuestionar la naturaleza del Artecomo categoría a considerar. Se mantiene así dentro de las izquierdas la defensa del arte «comprometido» en tanto arte que apoya y acompaña la ideología y la acción revolucionaria sin apenas incorporar nuevos ángulos o
rupturas, salvo las teorías teatrales de un Bertolt Brecht que trata de escapar de los mecanismos de la poética de la identificación sobre la que ha venido sosteniéndose buena parte de la estética burguesa.
Pero una literatura comprometida no es exactamente,en nuestra opinión, una literatura popular ni por consiguiente una literatura que pudiéramos llamar de unidad popular capacitada para «ser poder popular». Creo que
una literatura que incorpore ese impulso revolucionario requiere hablar más de la voz del pueblo como arma de poder que de literatura comprometida con el pueblo.
En realidad hablar de «voz del pueblo» para constituirse como herramienta de emancipación debería remitir a lo que se «oye» en los niveles donde el pueblo se expresa, y no hacia una literatura a través de la cual hablarían «los
que no tienen voz», sin que esto signifique que consideremos que la literatura comprometida no deba mantener presencia y relevancia en los frentes culturales. Pero el concepto de «literatura popular» que propondríamos
sería no una «literatura contra» sino una «no-literatura»,
o por mejor decir, una «literatura fuera de la literatura»,
que recogiera aquellos modos de comunicación y expresión a través de los cuales lo popular, es decir, lo que no es institución de ningún tipo, se relaciona consigo mismopara construirse o reconocerse como Poder Popular.
Entiendo que estas propuestas sobre las que hemos
empezado a reflexionar en compañía del Colectivo
Todoazen pueden resultar al menos en teoría confusas y
nada mejor en consecuencia que acudir al ejemplo como
recurso expresivo cuando algo se resiste a ser explicado,
definido o delimitado: día a día los trabajadores de una
empresa, una oficina o una tienda se «narran» entre
sí sus vicisitudes laborales, charlas entre ellos y ellas y
dan cuenta, a modo de aviso o experiencia, de aquellas
«historias ejemplares» con las que se sienten implica-
dos y que conformaría una especie de memoria viva de
las relaciones entre trabajo y capital en esa empresa,
oficina o tienda. Historias de «A fulanito que protestó
sobre esto le pasó...», «Se hizo una huelga y nos...», «La
jefa de recursos humanos siempre dice que de acuerdo
pero nunca...», «Tú haz lo que quieras pero a tal compa-
ñera que trabajaba aquí hace unos años le hicieron...».
Esta «narrativa laboral» debería ser recopilada y dada a
conocer, es decir, debería ser publicada, hecha pública
y no sólo en el propio ámbito de la empresa sino en el
más amplio espacio de la política de lucha y combate
en cuanto que constituye un patrimonio narrativo de
especial relevancia para entender el «background narra-
tivo» casi siempre desconocido sobre el que descansa el
capitalismo. La «narrativa laboral» como ejemplo de ese
nuevo entendimiento de literatura popular, literatura
fuera de la literatura, que proponemos como tarea a rea-
lizar desde las organizaciones que sientan la necesidad
de hacer poder popular.
Historias ejemplares que no sólo tendrían como foco el espacio laboral, aun cuando le concedamos a este ámbito especial relevancia. También las «historias de
vida», el registro de aquellas vidas que han transcurrido bajo el dominio del capital y que a través de la propia autonarración acaso recogiesen, con mayor naturalidad y ejemplaridad que la retórica tradicional políticalas huellas de la inevitable humillación que ese dominio impone sobre las vidas concretas sin que, muchas veces, esto sea algo consciente para quien las padece pero que acaso, a través de la narración que emerge, sin duda se podría hacer presente. Se trataría de oír, transcribir y publicar las vidas de aquellos que han padecido el despido, el paro, el desahucio, o la historia ejemplar de la trabajadora o el trabajador ya jubilado, o la historia de aquel o aquella militante que lleva años y años participando en las organizaciones políticas revolucionarias y que a pesar de tanto cansancio siguen colaborandoactivamente. Oír las vidas del mundo del trabajo. Oír las voces de quienes esperan su cita en el ambulatorio y se desahogan contándonos su vida y padecimientos, de quienes están ingresados en un hospital y relatan sus sueños de juventud, de quienes hacen rehabilitación y recorren el curriculum de su familia, de quienes llevan a sus nietos al cole y miran hacia atrás con ira callada.
Crear todo un sistema de ediciones populares, en papel o digital, donde esas voces tengan su lugar. La «literaturaotra» como presencia y herramienta de Poder Popular.
Mientras «la literatura» no cesa de contarnos historias de héroes decepcionados nadie habla de aquellos que siguen militando. Tampoco sabemos mucho del futbolista que no triunfó, del cantante que fracasó, del nadador que no logró el record. Voces y contrahistorias de quienes en algún momento creyeron que la salvaciónera una mera cuestión de empeño y sacrificio personal.
Estas y otras muchas más historias que los medios tradicionales de producción de «literatura» no contemplan, de las que los medios de comunicación nada nos dicen.
Esos silencios que son silencios porque nadie los oye.
De vez en cuando por ejemplo, la prensa sensacionalista nos cuenta la historia de alguien al que le tocó la lotería pero nunca se nos cuenta la historia de aquellos y aquellas a los que nunca les tocó la lotería y sin embargo siguen, semana a semana, jugando y creyéndose que al fin les va a tocar y entonces podrán «empezar a vivir».
Para cuándo una novela de misterio y acaso de horror que nos cuente «la historia del jugador de lotería al quenunca le tocó la lotería». Oír y leer las vidas del común,
de «lo ordinario». Una tarea más política que cultural y que requiere voluntad, reflexión, tiempo y concreción.
Una tarea a la que prestar atención en todo proyecto de construcción de Poder Popular. Una «literatura-otra», literatura fuera de la literatura, que debe ser intendencia del combate porque en medio de la lucha (de clases) es bueno y necesario recordar sin retóricas las palabras a favor de las cuales se está luchando. A veces el mejor libro no está en una biblioteca. A veces se trata de oír,

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