jueves, 16 de enero de 2020

Compromiso que compromete


TESTIMONIO Y COMPROMISO

La literatura, aunque algunas almas lectoras piensen lo contrario, tiene que ver con lo público. Escribir literatura es, indudablemente, en sus orígenes, un acto privado - el del escritor en la soledad de su casa o en medio del café - pero para que un texto pueda llegar a realizarse como acto literario requiere ser publicado, hecho público. En la sociedad actual es el editor, el que publica, quien carga con la responsabilidad de decidir que actos de escritura privados merecen hacerse públicos si bien su decisión sera más tarde legitimada por aquellas instancias públicas con capacidad para enjuiciar el valor literario, alto, medio o nulo de un determinado texto. Tradicionalmente esa capacidad legitimadora venía recayendo en la crítica, la Universidad o el público, si bien hoy "el mercado" parece haber acaparado toda o casi toda esa capacidad. Sin duda convendría señalar las diferencias entre "el público" y "el mercado" pero no parece que sea este espacio el más apropiado para meterse en esas honduras. Si me parece necesario indicar que el concepto de público contiene aunque sea muy débilmente la conciencia de "bien público" mientras que el concepto de mercado sólo atañe a satisfacción de necesidades privadas. Por otra parte, la materia literaria está conformada por elementos de carácter público: palabras, historias, convenciones literarias, estéticas, criterios de verosimilitud, presuposiciones narrativas, etc. y en ese sentido el escritor trabaja con materiales públicos, de ahí su responsabilidad. Con razón se dice que los textos literarios construyen una realidad "autónoma" respecto a la realidad "real", que a su vez es una "construcción" social determinada por el desarrollo histórico, científico y cultural de la sociedad. Pero que la literatura sea autónoma no significa, como a veces parece quererse dar a entender, que sea independiente. En úItima instancia las palabras hablan de la vida y por tanto los textos literarios producen ideología, es decir, visiones del mundo, escalas de valores, sensibilidades, subjetividades colectivas, sueños, deseos, juicios, tareas, miedos y expectativas. Y eso lo hace fuera de la voluntad del escritor. Esto conlleva que, quiérase o no se quiera, que los textos siempre dan testimonio de la sociedad que los produce y consume. Sin embargo cuando se habla -se hablaba porque actualmente se habla poco- de Literatura y Testimonio de lo que realmente se estaba hablando era de la necesidad de que los escritores dieran testimonio en sus libros de determinadas realidades que determinados poderes políticos trataban, y tratan, de ocultar o distorsionar. Es decir, el concepto de testimonio se establecía como voluntad política. Al día de hoy, el reclamo de esa voluntad parece haberse disipado y tal desaparición podría tener su origen en los siguientes fenómenos: las democracias capitalistas son hoy ideológicamente hegemónicas y por lo tanto su discurso se presenta como no cuestionable y por lo tanto no hay hueco para más realidades que las que ese discurso ofrece; la ideología literaria dominante rechaza, con repugnancia estética, cualquier imposición de tareas a la literatura que no sean las que esa ideología le impone y entre sus imposiciones ha logrado establecer que cualquier relación entre Literatura y voluntad de testimonio es mala para la primera, y por último y acaso el más importante; dar testimonio implica dar testimonio ante alguien, ante algún juez más o menos determinado que este juzgando, valorando pruebas por tanto, para resolver alguna acusación. Pues bien, en mi opinión no existe hoy ningún juez de este tipo.  La desaparición de la escena política de la lucha de clases y de los proyectos transformadores ha diluido la posibilidad, al menos a corto plazo, de esa instancia acusadora. La metáfora de Fukuyama sobre el fin de la historia encerraba un juicio claro; definitivo y final: la realidad actual está bien y en cualquier caso es inocente. Las democracias occidentales se ha juzgado a si misma y se han encontrado inocentes. Caído el muro de Berlín y sin proyectos transformadores que cuestionen el sistema ningún recurso de apelación ni juicio alternativo alguno es posible. Por tanto nadie podría acusar hoy a Ignacio Agustí de dar una visión parcial de un problema narrativo: ¿ se puede abordar narrativamente la legitimación de la clase empresarial catalana sin dar el paso narrativo necesario a los afectados por esa legitimación? Ningún juzgado aceptaría a trámite tal querella porque la doctrina actual -e incluso mi amigo Borras parece de acuerdo con ella- no considera este problema narrativo como un problema narrativo. Sobre el término compromiso habría en primer lugar que situarlo históricamente. EI concepto de compromiso que Sartre teorizaría de manera espléndida en su texto ¿Qué es la literatura? - una pregunta que no estaría mal hacerse de vez en cuando- si bien tiene su origen en la Revolución Soviética y en la Guerra Civil española, corresponde al momento concreto de la guerra fría y está relacionado con la necesidad de tomar partido en aquella situación concreta. Creo por tanto que su utilización hoy sólo puede crear confusión. Con todo, quisiera volver a recordar que lo importante de cualquier compromiso es que comprometa, es decir, ponga en riesgo nuestra situación, nuestro estatus social o profesional, nuestro sueldo. Comprometerse con los pobres del mundo, los refugiados serbios o kosovares no es hoy ningún compromiso. Entre otras cosas porque si no cumplimos nuestros compromisos nadie nos lo va a echar en cara. El compromiso sólo tiene sentido si alguien puede reclamarnos su cumplimiento, de ahí que frases como "compromiso con la literatura", o "compromiso con el lenguaje" no dejen de ser farfollas retóricas, vacías y "estéticamente correctas". El que sí está "comprometiendo" a los escritores de hoy es el mercado, pues más o menos explícitamente nos hace saber que quién no siga sus reglas está condenado a no existir. Quién no vende no existe decía hace poco el escritor Manuel Vicent. Y tenía razón aunque, qué le vamos a hacer, no nos aclaró a que le llama existir. No vaya a ser que aceptemos confortablemente que el mercado sea el dueño, también, del significado de esa palabra.
Revista Contrastes 2001

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